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Callar sería traicionar nuestra fe

Homilía en la Eucaristía celebrada en la catedral de la Almudena para rogar por los frutos de la III Conferencia de la ONU sobre Población y Desarrollo de El Cairo

Fecha: 10/09/1994. Publicado en: Así (octubre 1994), 6.9



Queridos sacerdotes concelebrantes,
queridos hermanos y hermanas:

1. Nos hemos reunido aquí esta tarde para celebrar juntos el memorial del sacrificio de Cristo, fuente inagotable de vida para el mundo, y para orar unidos a la plegaria de intercesión de Cristo al Padre, pues toda oración cristiana es "por El, con El y en El". Orando por la mediación de Cristo, el Hijo de Dios, y en El, es decir, unidos a El por el don de su Santo Espíritu, que habita en nosotros, tenemos la certeza de que nuestra frágil oración es atendida por la inefable misericordia del Padre. El Padre no deja jamás de escuchar la plegaria santa de su Hijo, y nosotros, que somos hoy su cuerpo, vivificados por su Espíritu, unimos nuestra súplica y nuestra ofrenda a la de Cristo. Queremos pedir como El pide y lo que El pide. Dirigimos nuestra súplica a Dios Padre, escondiéndola, por así decir, en el rostro ensangrentado de Cristo, cuya imagen nos preside, para que repose sobre ella la mirada de ternura infinita del Padre.

Cristo, resucitado y vivo para siempre, intercede y ora al Padre sin interrupción por los hombres, por la salvación y la vida de los hombres. Su oración tiene el mismo significado que tuvo su ministerio terreno: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10,10). El mismo significado que tuvo su muerte: "Este es mi cuerpo, entregado por vosotros; ésta es mi sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados" (cf. Lc 22,19-20; Mt 26,28). "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). Toda acción de Cristo, Hijo Unico de un Dios que es Amor, tiene por objetivo la salvación y la vida de los hombres. Una vida que Dios quiere darle, que Dios no quiere más que darle, pues que el hombre viva verdaderamente, que viva en la Verdad y en el Amor, es todo lo que Dios quiere del hombre, en eso consiste "la voluntad de Dios".

Pero esa vida necesita ser acogida por la libertad del hombre. Dios no violenta jamás esa libertad que El mismo ha dado al hombre al crearlo, porque la Verdad y el Amor   que es en lo que consiste la salvación del hombre   sólo pueden darse en una criatura dotada de libre albedrío. Por eso Dios no violenta al hombre. Cristo proclama la Verdad, da su vida para mostrar a los hombres "el amor mayor" que puede darse, el de "dar la vida por los que uno ama" (cf. Jn 15,13), pero no violenta al hombre. Cristo no pide "que baje fuego del cielo" para destruir al pecador (cf. Lc 9,54-55), ni castiga a un mundo invadido por el pecado, sino que carga con las culpas de los hombres para obtener el perdón de los pecados, ora y ofrece su vida   ¡su sangre preciosa, su vida divina!   por la vida del mundo. Como hemos oído en la lectura del Profeta, en un texto que prefigura el destino de Cristo, "yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos" (Is 50,5-6). No, "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva" (Ez 18,23). Si el mal y el pecado destruyen al hombre, no es porque Dios lo castigue, sino porque el mal es mal, y por eso hace daño al hombre. Y es por eso por lo que Dios no lo quiere.

2. Toda oración cristiana, precisamente porque se apoya en el sacrificio de Cristo y en la oración de Cristo, es, ante todo, acción de gracias. También hoy el núcleo primero de nuestra oración es la gratitud por la persona de Cristo, el Redentor del hombre, en quien hemos conocido el valor y el significado de nuestra vida, la de cada uno de nosotros, y de toda vida humana. Es Cristo quien "revela plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación" (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, nº 22; Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, nº 8; etc.) . A esta gratitud se une hoy, sin embargo, una súplica ardiente, por las deliberaciones y los resultados de la III Conferencia de la ONU sobre Población y Desarrollo, que se está celebrando en estos mismos días en El Cairo. También suplicamos por la paz en Bosnia-Herzegovina, y en Ruanda, cuya terrible tragedia ha sido ya descrita como la mayor catástrofe sucedida en nuestro siglo después de la II Guerra Mundial. Y también suplicamos por el viaje del Santo Padre a Zagreb, para que produzca frutos de paz y de reconciliación en la región de los Balcanes, tan decisiva para la paz de Europa y del mundo.

Ruanda, los Balcanes, la Conferencia de El Cairo. Tres graves motivos de preocupación, cargados de consecuencias para la vida de los hombres, que reflejan los tres la misma realidad: el olvido de la persona humana, más aún, el sacrificio de la persona humana a intereses políticos o económicos. Cuando el bien de la persona humana no está en el centro de toda la vida política y social, los valores morales se supeditan a objetivos de poder, a ideologías de fuerza, a concepciones nacionalistas exacerbadas, a los intereses de los poderosos, y a programas que, aun defendiendo en muchos casos bienes parciales, son en realidad destructivos para el hombre. Nuestro siglo, por desgracia, ofrece abundantes ejemplos de la trágicas consecuencias de ese sacrificio del hombre a las ideologías y a falsos programas de liberación y de progreso. Lo que está en juego en las deliberaciones de El Cairo es el futuro mismo de la humanidad.

3. Son tantos los intereses políticos y económicos en juego que no nos debe extrañar que se haya comprendido y presentado mal la posición de la Santa Sede, y que esta posición haya provocado reacciones fuertes en contra. Se ha querido, sobre todo, interpretar las intervenciones del Santo Padre, y la posición de la Delegación Vaticana en El Cairo en una clave que las presentaba como reaccionarias al progreso, según el viejo y falso estereotipo ideológico que ve en la religión un obstáculo para la razón, la libertad y el progreso del hombre. A eso respondía el interés de muchos de vincular la posición de la Iglesia Católica con la de algunos regímenes fundamentalistas islámicos. El supuesto, tácito o explícito, de tales acusaciones es el de que la religión no es más que una preferencia privada sin contenido alguno de verdad, y que, por lo tanto, no tiene relevancia ni significación alguna para la vida concreta del hombre, para los asuntos humanos. Esa es, evidentemente, la idea que se hacen de la religión   o la que quieren difundir   quienes han perdido toda referencia auténticamente religiosa. Porque lo religioso coincide tan absolutamente con lo humano, que un mundo que prescinde en su organización social de la verdad de la religión se convierte inevitablemente en un mundo inhumano. Tampoco faltan en nuestro siglo horribles experiencias que corroboran esta verdad.

No, la posición de la Santa Sede en la Conferencia del Cairo no es una posición reaccionaria, sino todo lo contrario. No es reaccionario sostener que las decisiones políticas y económicas relativas al desarrollo y a la población tienen que tener en cuenta unos valores morales cuyo centro es la persona humana. No es reaccionario sostener que toda vida humana es sagrada, independientemente de la edad, del sexo, de la nacionalidad, de la religión o de la raza, desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural. No es reaccionario afirmar que los derechos humanos fundamentales son innatos, anteriores al Estado, y a cualquier orden legal, nacional o internacional. No es reaccionario defender a la familia frente a la difusión de una concepción de la sexualidad individualista y hedonista que ya está destruyendo las sociedades occidentales. Y no es reaccionario oponerse al aborto y a la esterilización, aunque estén encubiertos con eufemismos como ese concepto ambiguo de "salud reproductiva". O recordar que el problema fundamental del desarrollo de los pueblos debe abordarse desde la solidaridad y el aprecio a la vida, y no con políticas antinatalistas que responden a intereses de los países ricos, a la vez que minan el fundamento moral de la vida social. Proclamar estos principios es más bien la única garantía que tiene el mundo de una convivencia justa y en paz, y la única defensa contra la amenaza de las tiranías y de la opresión de los poderosos, tenga la forma que tenga. Al sostenerlos inquebrantablemente, pese a todas las presiones, la Santa Sede hace el mejor servicio posible al desarrollo y al futuro del hombre, a la causa de la razón y de la libertad, independientemente del consenso que puedan obtener en el seno de la Conferencia de El Cairo.

Es muy posible que al final, a pesar de todas las suavizaciones realizadas en el texto del documento final de El Cairo para obtener un consenso, la Santa Sede no pueda aceptar ese texto, y que se quede sola en su defensa de la dignidad incondicional de la persona humana y de la familia. Esa soledad no debiera extrañarnos, ni escandalizarnos. Pues aunque el valor de la persona está inscrito en el corazón de cada hombre y de cada mujer, sólo en el ámbito de la experiencia cristiana   el ámbito de la gracia de Cristo   la persona humana puede, de hecho, ser considerada como un valor intangible e incondicional, independientemente de cuantos pecados en este sentido hayamos cometido los cristianos a lo largo de la historia. Y esta constatación pone de relieve, mejor que ninguna otra cosa, la urgencia y la primacía del anuncio de Jesucristo para que los hombres podamos vivir de un modo pleno nuestra propia humanidad, para que el mundo pueda ser un mundo verdaderamente humano.

4. Por eso también, la Iglesia no puede callar ni podrá ser detenida en su defensa del hombre, independientemente de cuáles sean los resultados de la Conferencia, el consenso alcanzado, los valores dominantes en una cultura determinada o el peso de la opinión pública. Callar sería traicionar nuestra fe en Jesucristo, y faltar a una deuda de justicia que tenemos para con todos los hombres, precisamente por haber recibido una gracia   el conocimiento de Cristo, y con él, el del significado de la vida   que no hemos hecho nada para merecer.

No, no podemos callar, ni permanecer pasivos ante la destrucción progresiva del hombre que estamos viviendo, mis queridos hermanos. Quiero, en esta ocasión, expresar públicamente mi gratitud a la persona del Santo Padre, por su libertad, por su fidelidad al mandato de Cristo. Sé que en esto soy portavoz de vuestros mismos sentimientos. Gratitud y adhesión, porque la persona del Papa es, para todos nosotros, pastores y fieles, un ejemplo vivo de cómo la fidelidad a Cristo y la fidelidad al hombre son la misma fidelidad, la misma pasión, el mismo amor, y no se dan el uno sin el otro.

No, no podemos callar ni permanecer pasivos, mis queridos hermanos, ante el mal y la mentira que derrotan la humanidad del hombre. Que no se producen sólo a miles de kilómetros de nosotros, sino a nuestro lado, entre nuestros amigos, delante de nosotros. La destrucción de la familia, la banalización nihilista de la sexualidad, la dimisión de la conciencia moral, la pérdida del sentido de la vida, la supeditación del valor de la persona a su "utilidad" económica, la alienación del consumismo, todas ésas son plagas en las que estamos inmersos, y en las que está inmersa de lleno nuestra sociedad. La reciente sentencia de un alto tribunal español permitiendo la esterilización de deficientes, o la legislación que se prepara para ampliar la despenalización de ese crimen que es el aborto son ejemplos dramáticos de la pérdida progresiva del valor de la persona humana en el sentir de nuestra sociedad y en nuestro sistema legislativo. Son realidades ante las que no podemos situarnos como si nada tuvieran que ver con nosotros o con nuestra fe. Ante las que tenemos la grave obligación moral de hablar y de actuar.

5. Nuestro camino, naturalmente, no puede ser el del mundo, sino el de Cristo. Nuestra defensa de la verdad no es ideológica. Es evidente que tenemos que usar todos los recursos cívicos y legales que una sociedad democrática pone a nuestro alcance para oponernos a todo lo que destruye al hombre, y, sobre todo, para proponer y proclamar la dignidad de la persona y el respeto a la vida. Hemos de hacer esto, y mucho más de lo que lo hacemos. ¿Recordáis lo que el Papa os decía, hace poco más de un año, en este mismo lugar? "Salid a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política", pues "la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana" es "inaceptable, contraria al Evangelio"  (Homilía en la dedicación de la catedral de Nuestra señora de la Almudena, 15-6-1993, nº 5.). ¿Recordáis lo que nos decía la segunda lectura de hoy, que una fe sin obras es una fe muerta?

"Salid a la calle, vivid vuestra fe con alegría". Las dos cosas son lo mismo. Sencillamente, porque no se puede ocultar la alegría, como "no se puede ocultar una ciudad construida sobre la cima de un monte" (Mt 5,14). Es contrario a la razón, a la ley más elemental de la vida. Si verdaderamente hemos conocido a Cristo, si sabemos que El está en medio de nosotros, entonces sabemos también que el cambio del mundo empieza con nuestro propio cambio, que la conversión del mundo empieza en nuestra conversión. Entonces sabemos que el corazón de todos los hombres, igual que el nuestro, está hecho para la verdad y para el bien. Y que el testimonio de la verdad y del bien   el testimonio del amor de Cristo, que habita en nosotros   vence al mundo, vence al mal, aunque tenga que pasar por la cruz. Vence al mundo sobre todo en la cruz, que permite mostrar que el amor de Dios por el hombre es más fuerte que la muerte.

El primer camino cristiano, pues, el camino de Cristo, es el del testimonio de la vida, antes aún que el de la palabra. ¡Nuestra entera vida ha de proclamar lo que hemos encontrado en Cristo, el sentido de la vida y el gusto por la vida, el valor de la persona como centro y meta de todo! ¡Nuestra vida entera ha de proclamar que para nosotros la salvación no es una palabra vacía, sino una experiencia vivida, tangible, en esta comunión de la Iglesia en la que Dios nos ha introducido por su misericordia! Sólo esta experiencia de la salvación vivida es capaz de poner en juego la existencia, hasta "perderla" por Cristo y por el Evangelio, es decir, por la verdad y por la vida de los hombres.

6. "Señor Jesús, que nos has redimido y que salvas y acoges a los hombres con amor infinito, escucha esta tarde la plegaria de tu pueblo. Mira nuestra pobreza y cambia nuestros corazones. Haz de cada uno de nosotros un testigo de tu salvación. Y haz de todos juntos un pueblo, unido en la comunión fuerte de tu Espíritu Santo, en el que resplandezca el gusto por la vida y tu amor infinito por el hombre, por todos y cada uno de los hombres. Sostén a tu Iglesia, para que, en medio de las dificultades, proponga siempre sin desfallecer el valor de la vida humana y la dignidad de la persona. Mueve los corazones de los gobernantes del mundo hacia designios de verdadero progreso, del progreso en la humanidad del hombre, y de respeto a su dignidad sagrada, de cooperación mutua y de solidaridad. Haz que cesen los designios de muerte, en Ruanda, en los Balacanes, en tantos otros lugares de la tierra. Haz eficaz el esfuerzo y el testimonio del Papa en favor de la paz. Tú que amas esta dulce tierra, que creaste para tus amigos los hombres, hasta el punto que quisiste nacer en ella como un hombre, del seno de una mujer, haz que sea un lugar habitable para todos, donde todos los hombres podamos darte gracias por el don de la vida y por la gracia de tu amor.

Madre de Jesucristo, abogada nuestra, ruega por nosotros, ruega por todos los hombres. Amén."

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