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Los Misioneros, Mártires como Cristo

Carta sobre la Campaña del Hambre 1997

Fecha: 07/02/1997. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba VIII-XII 1997, 231; y en Diario Córdoba (07/02/97)



El Domund’97 quiere manifestarle al mundo entero la razón de ser del testimonio de vida de nuestros misioneros, lo que justifica su amor hasta el extremo, que mueran perdonando a quienes los matan, que se conviertan en paradigmas de solidaridad. El Domund quiere decirle a todos que Cristo es el protagonista de sus vidas, que ellos sólo son testigos suyos, los que traducen en obras y palabras el amor fontal del Padre para cada criatura, sin distinciones ni exclusiones. La vida misionera es martirial porque se gasta sólo por Cristo y por su Iglesia: “Quien tiene espíritu misionero siente el ardor de Cristo por las almas y ama la Iglesia, como Cristo” (RMi,89).

“El martirio -nos dice el Catecismo- es el supremo testimonio de la verdad y de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza” (CEC, 2473).

La misión, por ser prolongación de la vida de Cristo, recorre su mismo camino de inmolación, y”tiene su punto de llegada a los pies de la cruz” (RMi, 88). Todo misionero sabe muy bien este camino, y está convencido de que no hay fecundidad sin cruz, como “no hay redención sin derramamiento de sangre” (Hbr. 9,22).

Hay dos clases de martirio, el de sangre y el de amor, los cuales se complementan y se postulan mutuamente. El martirio propiamente dicho es el de sangre. Pero ese martirio cruento no se improvisa, sino que se prepara siempre con el martirio de amor en la vida ordinaria de todos los días. El martirio de amor es la vida donada gota a gota, viviendo a la sorpresa de Dios. Y a la iniciativa de Dios se deja también el género de muerte y las dificultades que puedan sobrevenir. Esta actitud martirial es el celo de almas que quema la vida haciéndola fecunda.

El martirio de amor es el que define a Santa Teresa de Lisieux, cuyo centenario estamos celebrando. Realmente el despertar misionero del siglo XX y el amanecer de una nueva época misionera en el inicio del tercer milenio sería inexplicable sin su figura martirial. En ella aparece con toda claridad el valor del martirio permanente de la vida misionera en sí misma, que es don total de uno mismo, como hizo Cristo en la cruz. Juan Pablo II en su mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud en París, ha querido invitar a los jóvenes a considerar su figura misionera: “Recorred con ella el camino humilde y sencillo de la madurez cristiana en la escuela del evangelio. Permaneced con ella en el corazón de la Iglesia, viviendo radicalmente la opción por Cristo”.

La actitud martirial de Santa Teresa de Lisieux tiene una gran dimensión eclesial. La vida misionera es hermosa porque se desarrolla en el corazón de la Iglesia, gastándose en aras del amor. Esa es la vocación misionera de la santa: “La caridad -dice- me dio la clave de mi vocación... Comprendí que la Iglesia tenía corazón... Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones... Por fin he hallado mi vocación. ¡Mi vocación es el amor!... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!”. Y será, precisamente el día del Domund, cuando Juan Pablo II la proclame, a la ya Patrona de las Misiones, Doctora de la Iglesia.

La actitud martirial de tantos y tantos misioneros, la de Santa Teresa, la de la Iglesia entera, se enraiza en un amor apasionado por Jesucristo, pues El, “el enviado del Padre, el primer Misionero, es el único Salvador del mundo. El es El Camino, La Verdad, La Vida: como lo era ayer, así lo es hoy y lo será mañana, hasta el fin de los tiempos, cuando todas las cosas se recapitularán para siempre en El” (Del Mensaje del Papa al Domund’97). El amor constituye la esencia de esa actitud martirial, es el amor que aspira a ser de totalidad, que tiende continuamente a darse del todo y para siempre, que hipoteca la vida para vivir este anuncio apasionado a los más pobres, a los que todavía no viven de la fe en El. Los grandes misioneros han subrayado que la relación de intimidad con Cristo ha sido siempre la fuente de su disponibilidad misionera, pues el misionero es nada si no personifica a Cristo... Sólo el misionero que copia fielmente a Cristo en sí mismo, puede reproducir su imagen a los demás.

La Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, nos invita a asumir como propio el lema misionero de Santa Teresa de Lisieux que hace de cada bautizado un discípulo y un apóstol: “Amar a Jesús y hacerlo amar”. Amarlo en nombre de todos, hacerlo amar por todos.

Pongamos todo el Octubre Misionero a los pies de María, Reina de los mártires, “que en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno que debe animar también a los que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan para regenerar a los hombres”. (LG 65).

Os bendice

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba

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