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Solemnidad de Pentecostés

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 11/05/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 94 p. 285



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,

Yo creo que, en este día de Pentecostés, lo primero que tendríamos que hacer es dar gracias al Señor por estos días de agua que venimos teniendo. Justo en la lectura de la Vigilia de Pentecostés, Jesús decía (en una fiesta que se celebra ahora en otoño, la fiesta de los Tabernáculos, justo antes de las pocas aguas imprescindibles para que los sembrados agarrasen en el árido suelo de Israel): “El que tenga sed, que venga a Mí y beba, porque, como dice la Escritura, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva”. Y comentaba el evangelista: “Decía eso refiriéndose al Espíritu, que todavía no habían recibido los que habían de creer en Él”. Los torrentes de agua viva, que comunican la vida y alegran la Creación son, para el Evangelio de San Juan y para tantas otras partes de la santa Escritura, un signo del Espíritu. Hasta el Bautismo, en el recibimos el Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios, tiene que ver con el agua viva brotada del costado de Cristo, brotada de la Redención de Cristo. Por tanto, bendita agua, si es un símbolo, una efusión igualmente generosa del Espíritu. Hace mucho que la necesitábamos y que se la venimos pidiendo al Señor, y el Señor nos la está regalando abundantemente en estos días. Que siga hasta que Dios quiera, para bien de las cosechas, de los campos, de la vida de las ciudades, que tanta necesidad de agua tienen, y para bien de todos.

Esta imagen del agua me permite retomar el sentido profundo de esta fiesta. En ese pasaje, Jesús dice que, de su costado abierto, mana un río de agua viva. Y en la iconografía cristiana está muchas veces expresada la Cruz y un río, el Espíritu Santo, manando de la Cruz de Cristo.

¿Qué significa eso? Significa que toda la finalidad de la historia de la salvación, desde la elección de Abraham, pasando por todos los complejísimos vericuetos del Pueblo de Israel, hasta la Encarnación del Hijo de Dios, su ministerio público, su vida oculta en Nazaret, todo estaba orientado a esta consumación de la obra redentora de Cristo que es hacernos a nosotros partícipes de la vida divina. ¿Cómo? Comunicándonos su Espíritu Santo, dándonos su Espíritu de hijos de Dios, de modo que nosotros, sostenidos por ese mismo Espíritu (ese regalo que cambia nuestro corazón, que afecta a lo más íntimo de nuestra experiencia humana de la vida), podamos vivir en la libertad de los hijos de Dios. Nos permite poder vivir con una mirada nueva, con un corazón nuevo. Ya no el corazón de piedra, del que hablaba el profeta, sino un corazón de carne, renovado justamente por el Espíritu de Dios. Y ese corazón renovado nos permite mirar las cosas, mirar la vida, sobre todo mirar a las personas, mirarnos a nosotros mismos (a nuestro pasado, a nuestro futuro, a nuestras esperanzas, nuestros dolores, absolutamente todo), con la misma mirada con que Dios lo mira. Y vivir en consecuencia. Vivir de un modo nuevo. Un modo nuevo en el que todas las experiencias humanas, las bellas y las dolorosas, están transfiguradas por esa mirada de Dios, por ese corazón de Dios del cual ya participamos, que está en nosotros, y que nos permite vivir todas las cosas de un modo absolutamente nuevo.

Uno de los modos más expresivos es lo que expresa el relato del día de Pentecostés, que aparece en los Hechos de los Apóstoles. Para el hombre antiguo la pertenencia a la tribu, al clan, a la nación, al imperio, era la pertenencia decisiva a un pueblo. Hasta tal punto que, quien vivía fuera de ese pueblo, no tenía ningún derecho como persona. No había mayor desgracia para un griego que morir fuera del mundo griego, porque fuera de su nación no era persona.

La Redención de Cristo nos introduce en un mundo nuevo: nos hace a todos miembros de una nueva nación hecha de todas las naciones, como les gustaba decir a los cristianos del Medio Oriente en los primeros siglos. “Somos una nueva nación hecha de todas las naciones”. Somos una nueva humanidad renovada en cuanto que humanidad, no en cuanto que miembros del Pueblo judío. Y esas discusiones las hubo en la Iglesia primitiva. Algunos pensaban que para hacerse cristiano era necesario hacerse judío. Y San Pablo luchó, con toda razón y con argumentos absolutamente convincentes, contra ello. Porque si Cristo había resucitado, ese hecho anulaba la ley judía, y la validez de la ley judía. Pero, al mismo tiempo, era un acontecimiento que afectaba al ser humano en cuanto a ser humano y, por lo tanto, tenía un significado universal para todos los hombres.

La redención de Cristo, es accesible ahora a todos los hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación. ¿Por qué? Porque nuestra pertenencia última ya no es nuestra nación. Nuestra pertenencia primera y última es que pertenecemos a Dios. Y nuestra verdadera casa es la comunión de las Divinas Personas, la comunión de la vida divina. Ése es nuestro hogar. Ésa es nuestra vocación. Para eso se nos ha dado la vida. Para poder vivir para siempre participando de ese amor infinito, introducidos en la intimidad del Amor de Dios, el Amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Y todas las demás pertenencias, incluso la pertenencia a los padres, o a la esposa, o al marido, o a los hijos, la pertenencia familiar (que es sin duda la más sagrada) pasa a un segundo plano, deja de ser la primera. Es más, la experiencia nos demuestra (y lo vemos en nuestro contexto cultural) que quitar a Cristo de la vida significa también, no que los hijos, o la mujer, o el marido ocupen el primer lugar, sino que nada ocupe el primer lugar. Porque todas las demás realidades pierden como su consistencia, y dejan de ser determinantes. Y uno ve más y más cómo hijos abandonan a sus padres ancianos, cómo maridos o mujeres se abandonan mutuamente por motivos verdaderamente futiles, o por motivos a veces muy graves, pero que se hace imposible la permanencia del amor y la fidelidad porque falta la experiencia de Cristo, que es como la roca sobre la que uno puede construir una vida, una casa, una humanidad auténtica.

Toda la razón de toda la Historia santa ha sido poder comunicarnos esa vida divina para la cual estamos hechos. Y, cuando uno la ha conocido, se da cuenta de que todo lo demás está en función de eso, y de ahí recibe la luz y adquiere su sentido, de esa condición de hijos de Dios que Cristo nos ha dado. Pero, cuando uno no conoce a Cristo, uno se da cuenta de que a la vida le falta algo, nos falta dónde poder poner las cosas en su sitio. Nos falta dónde poder poner el amor humano, pero nos falta también dónde poder poner la enfermedad o la muerte. Nos falta dónde poder poner el significado del hecho de haber nacido, el hecho de la vida. O nos damos cuenta de que los significados que nos damos son parciales y no llegan a iluminar todas las dimensiones de la vida, la existencia humana en cuanto tal.

Aunque no lo formule así, ésa es la experiencia que le hace decir al cristiano: “Yo sé que mi religión es verdadera”, “yo sé que el Dios que he conocido en Jesucristo es el Dios verdadero”, “yo sé que la fe que proclamo en la Iglesia es el único Dios”. Así de simple. Y esa certeza, vivida como experiencia, es de tal grandeza que no puede ser condicionada, ni estar sometida, ni ser subsidiaria a ninguna otra instancia humana. Porque esa es la conciencia de que Cristo me ha hecho partícipe de su condición de hijo de Dios, de su vida divina, y la que me da la libertad. Me da la libertad con respecto a otras cosas. La libertad no es un don gracioso de un Gobierno, o de un Estado, o de cualquier otra instancia humana que los hombres, pobres siervos, reciben como un donativo. La libertad es constitutiva de nuestra condición de cristianos, porque ni siquiera somos siervos de Dios. Somos hijos, y si somos hijos, también herederos. Y nadie tiene derecho a disponer de esa libertad. Sólo Dios, y Dios es fiel, y no nos la va a quitar nunca. Por lo tanto, nadie fuera de Dios tiene derecho a disponer de nuestra libertad. Eso es esencial en la experiencia cristiana. Lo ha sido y lo seguirá siendo.

Ese don del Espíritu nos hace criaturas nuevas. Y ese don del Espíritu no es algo misterioso, abstracto, impalpable. Ese don del Espíritu se comunica de una manera muy sencilla en la comunión de la Iglesia y en los sacramentos de la Iglesia. Jesús, en el relato evangélico de hoy, antes de Pentecostés les comunicó a los Doce el poder de perdonar los pecados. Así, su Presencia viva permanecía a través del sacramento de la Penitencia. Era un modo concreto de que Cristo cumplía su promesa de permanecer con ellos, ese “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. ¿Y qué es lo que hacía Jesús? Abrir a los hombres al horizonte de su vocación, curar sus heridas y perdonar sus pecados. El perdón de los pecados permanece todos los días en la vida de la Iglesia. Lo mismo que el don de la Eucaristía, en la que Cristo se nos comunica, se hace uno con nosotros. ¿Para qué? Para darnos su Espíritu, para fortalecernos como Alimento en esa condición de hijos de Dios.

Apenas caemos en la cuenta de algunos aspectos de nuestra fe cristiana, cuántas gracias tenemos que dar al Señor por la experiencia de Jesucristo, por ser cristianos, por la gracia de Cristo, por la experiencia del don del Espíritu que, repito, pone en su sitio las demás pertenencias: la pertenencia a una empresa, la pertenencia a una familia, la pertenencia a una tribu, a un clan, a una nación, a un Estado; y hace que la pertenencia única, definitiva, la que ilumina y da contenido a todas las demás, sea la pertenencia a Cristo.

Pero ese don hace algo más: nos une a todos nosotros en un solo Cuerpo. “Hay diversidad de dones, pero un solo Espíritu”. Hay misiones diferentes, vocaciones diferentes (aquí mismo es evidente: religiosas, padres de familia, sacerdotes, jóvenes estudiantes, niños), y, sin embargo, todos somos uno. Es lo que San Pablo expresaba diciendo: “Ya no hay judío ni gentil, ni griego ni bárbaro, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”.

¿Qué es lo que nos hace uno? La acogida sencilla del Espíritu Santo de Dios. Porque es el mismo Espíritu, no hay un Espíritu para cada uno, como no hay un Cristo para cada uno. Cuando comulgamos, comulgamos todos al único Cristo, recibimos al único Señor que se une a nosotros, que introduce nuestra humanidad en su Cielo e introduce su Cielo en nuestra humanidad; introduce su vida en nuestro corazón, su vida en la nuestra, y se hace uno con nosotros de una manera absolutamente única. No hay unión entre amigos, ni entre esposos, ni entre padres e hijos, no hay unión en este mundo que pueda parecerse de cerca a esa unión de Cristo con nosotros por el don de su Espíritu. Su don es completo. Su don no elimina nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestras limitaciones, ni siquiera nuestros pecados, pero su don cambia la vida, y nos da, con toda razón, la certeza esperanzada de la vida eterna.

Mis queridos hermanos, ¡cuántas gracias tenemos que dar a Dios por la fe! Dadlas, no os canséis de darlas. Apenas araña uno la superficie de lo que esa fe significa, y uno no puede menos que decir: “Señor, ¿qué he hecho yo para merecer ser cristiano?, ¿qué he hecho yo para merecer ser hijo tuyo?, ¿qué he hecho yo para encontrarme con algo tan precioso en mi vida que me permite, además, amar la vida, y ver en ella tus dones por todas partes, ver en todas las personas tu imagen, desear una comunión entre todos los hombres que sólo puede ser obra Tuya, que sólo puede ser un milagro Tuyo, pero que es una comunión para la que estamos hechos, la que, en el fondo, todo ser humano desea?”

Señor, no dejes de realizar en nosotros esa maravilla de tu gracia.

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