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Domingo XI del Tiempo Ordinario

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 15/06/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 94 p. 312



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,
muy queridos enfermos, y amigos también, que os unís a esta Eucaristía a través de las cámaras de Localia,

El Evangelio de hoy es prácticamente un Evangelio narrativo. Sin embargo, contiene dos o tres pensamientos, que a mí me gustaría compartir con vosotros, que nos pueden ayudar a vivir con más gusto nuestra condición de cristianos.

Lo primero es esa imagen de Jesús que, ante la multitud que le seguía, y que iba detrás de Él, y que buscaban ser curados, o escuchar su Palabra, o recibir de Él el perdón de los pecados, el comentario que hace el Evangelio es: “tuvo lástima, tuvo misericordia de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor”. La verdad es que no resulta difícil, ni es necesario hacer una transposición extremadamente grande, para transponer esa imagen de Jesús al mundo contemporáneo.

Un autor español conocido de libros de ética escribía hace poco más de una década un libro que se titulaba “Ética para náufragos”. La conciencia con la que el hombre contemporáneo se mira a sí mismo es muy parecida a la que aparece descrita en las palabras de Jesús. El ser humano se siente como arrojado a la vida, empleando el noventa y nueve por ciento de su vida en cosas que no le dan una felicidad estable, sólida, profunda, capaz de generar una alegría que brote del fondo del corazón. Producir, consumir, producir, consumir. El término marxista, que todos hemos olvidado, hablaba de la alienación, y describe de manera muy adecuada la vida de millones de hombres, especialmente en las sociedades desarrolladas. Vivimos para cosas que valen menos que nosotros. Sacrificamos nuestras vidas, no a aquellas realidades que cumplen nuestra humanidad, sino a producir cosas que, al final, no son nuestras, no nos expresan, no nos dicen quiénes somos, no las poseemos. Y, realmente, no nos poseemos a nosotros mismos.

En un contexto así, la palabra libertad, tanto en las sociedades democráticas como en las totalitarias, no deja de ser en muchos casos una palabra bastante vacía de contenido. Y es reducida a la servidumbre del individuo aislado, a la pura instintividad, que lo arroja necesariamente en manos del consumo. El consumo indiscriminado, el gastar la vida consumiendo con un fondo de amargura, de tristeza, de desazón y de cansancio, de hastío, por algo que no es capaz de darnos una satisfacción plena.

Y diréis: “Eso es demasiado, porque el mundo de Jesús era un mundo muy distinto al nuestro”. Es evidente, pero en las palabras que había en las lenguas semíticas para describir el desierto, una de ellas era precisamente “desolación”, en el sentido de lugar sin ley, de guerra continua. Y una de las palabras que había en varios de los dialectos arameos para describir lo que era la tierra cultivada era precisamente “paz”. En la tierra cultivada, frente al desierto, se vivía en paz. Se vivía en paz porque había un rey, y si era un buen rey, era pastor del pueblo, ponía una ley. En cambio, la imagen del desierto era la de un lugar donde el ser humano vivía perdido, que es justamente la imagen que describe Jesús. Y la imagen del desierto es una imagen que aflora una y otra vez en los pensadores de la segunda mitad del siglo XX, no sólo la imagen del naufragio. Vivimos muchas veces en un desierto de humanidad.

Digo esto, no para lamentarnos por nuestra situación. Lo hago porque el Señor, inmediatamente después, hace el comentario: “la mies es mucha y los obreros pocos, pedid al señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

Nosotros estamos acostumbrados a interpretar esa frase de Jesús en forma de petición de pastores para el Pueblo, de sacerdotes. Y, sin duda, yo ruego por ello. Porque, además, es curioso que la única condición que el Señor nos pide para darnos esos pastores es que los pidamos, y, por supuesto, tenemos que pedir sacerdotes. Dentro de un par de semanas, si Dios quiere, se ordenan aquí seis diáconos, seis jóvenes que comienzan su ministerio sacerdotal. Tendrían que ser siete, pero hay uno que no cumple los 24 años hasta el día del Pilar, y con menos de 24 años la Iglesia no concede la dispensa para que se ordenen. Yo puedo dispensar de un año (porque la Iglesia pide que sean 25), pero de más de un año no hay dispensa posible ahora mismo y, por tanto, tendrá que esperar hasta Navidad. Pero es un buen plantel para el tamaño de nuestra Diócesis y de nuestra situación.

Quisiera subrayar otro aspecto del Evangelio de hoy (y luego vuelvo al tema de los pastores en este mundo de náufragos), y es el hecho de que el Señor escoge a los Doce. Ese hecho nos pone de manifiesto algo. Ser cristiano no consiste en tener una serie de ideas comunes sobre el mundo, sobre Dios, sobre la vida… Tampoco unos principios morales comunes, en el sentido de que pensemos determinadas cosas o tengamos determinados valores o concepciones acerca de lo que es el bien o es el mal, o de lo que está bien o mal. Porque todas esas cosas podríamos tenerlas y, de hecho, se nos invita a tenerlas sin necesidad de tener ninguna relación entre nosotros, o al menos una relación mayor que la que puedan tener los miembros del club de amigos de Cervantes, que tienen algo en común: a todos les gusta Cervantes, pero eso no vincula a las personas más allá de la comunión en unas ideas, en unos gustos, en unas preferencias subjetivas semejantes.

La Iglesia es la Iglesia fundada sobre los Apóstoles. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y ser cristiano, antes incluso que comportarse de una determinada manera, es pertenecer a esta familia. Perteneciendo a esta familia, sucede el encuentro con Cristo. Incorporándose a esta familia, a este Cuerpo que es la Iglesia, hecho de personas frágiles, santo (en el Credo decimos que la Iglesia es santa, pero no porque quienes la formamos tengamos más o menos cualidades, sino porque Cristo permanece en Ella para siempre, y esa permanencia de Cristo garantiza la presencia de la santidad en Ella, en nosotros, junto a nosotros, a pesar de nuestras limitaciones; eso es lo que afirmamos cuando decimos que la Iglesia es santa), uno tiene la posibilidad de alimentarse, de vivir de la vida y de la esperanza que Cristo no cesa de comunicar a su Pueblo, a su familia santa, a su Cuerpo.

Esto, evidentemente, tiene unas consecuencias inmensas para el modo de vivir, para el modo de mirar la vida, para el modo entender todo: el trabajo, la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, la vida social, la vida política, absolutamente todo. Pero el ser cristiano no consiste en esas consecuencias. Y muchas veces hemos reducido a esas consecuencias en qué consiste ser cristiano. Y parte de nuestra pobreza y de nuestra incapacidad de transmitir la fe es porque lo que transmitimos son las consecuencias, no el hecho, el acontecimiento, aquello que fundamenta todo ese frondoso y precioso árbol que es la vida y la santidad cristiana.

En cierto sentido, cuando uno comprende eso, comprende también que la misión de ese Pueblo entero, de esa familia entera, es ser el signo vivo de la Presencia de Cristo para el mundo.

La Primera Lectura hablaba de un Pueblo de sacerdotes. Eso es lo que significa. Quienes somos hijos de Dios, somos un Pueblo de sacerdotes, porque nuestro acceso a Dios en la comunión de la Iglesia es inmediato. Por el Bautismo, Dios habita en vosotros. Cada uno de vosotros sois un sagrario vestido y con zapatos, por la calle o en vuestros lugares de trabajo. No hace falta una clase que es la única que tiene acceso al Santuario. Cuando comprendemos cómo ha sido el sacrificio de Cristo, cómo ha sido el sacerdocio de Cristo, qué don nos ha hecho de Sí mismo, ¡claro que, en ese sentido, somos todos sacerdotes! No estamos lejos de Dios.

Muchos de vosotros vais a comulgar. ¿Cabe más inmediatez que el que Dios mismo sea vuestro alimento temporal, alimento de vuestro cuerpo, de vuestra carne? Alimento espiritual en el sentido de que es misterioso, pero no en el sentido de que es una idea, algo etéreo. No, es Cristo quien alimenta mi vida, mi vida temporal, mi camino por mi vida, mi historia en este Pueblo. Y si Cristo, el Hijo de Dios, vive en mí, eso no lo tenía ni el Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento, cuando entraba en aquel lugar donde moraba la memoria de la Presencia divina en el Templo, el lugar que expresaba el continente de algo que era incapaz de ser contenido. Nosotros somos verdaderamente hijos de Dios, hemos recibido el mismo Espíritu de Dios, somos tan carne de Dios como lo era el Cuerpo físico de Jesús.

El mundo está como ovejas sin pastor. Hoy el mundo es un mundo de náufragos. Cada uno de nosotros somos portadores de Cristo. Y no estoy diciendo que no necesitemos sacerdotes para la Eucaristía, para el perdón de los pecados, ¡claro que los necesitamos! El sacerdocio en la Nueva Alianza es la garantía de la permanencia de Cristo. Pero Cristo, una vez que se da, os hace a todos vosotros Cuerpo de Cristo. ¿Cómo se hace presente Cristo en el aula donde das clase, en el hospital donde trabajas, en la cocina de tu casa, o en el salón, delante de la televisión viendo un partido de fútbol, o celebrando un cumpleaños? ¿Cómo está Cristo allí? Tú estás allí, y si tú estás allí, Cristo está allí. ¿Cómo acaricia Cristo a tu madre con alzheimer? Cuando tú la acaricias. ¿Y cómo te acaricia Cristo a ti? Cuando otro miembro del Cuerpo de Cristo tiene misericordia de ti, o te coge la mano y te acaricia.

No estoy hablando más que de la comunión de los santos. Y estoy hablando también de una palabra con la que terminaba el Evangelio de hoy. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Uno podría resumir ahí toda la moral cristiana, toda. Porque es casi una versión más de andar por casa de aquel mandamiento del Señor en el Evangelio de San Juan, en el discurso de despedida de la Última Cena, cuando dice: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, es decir, con la medida infinita de un amor sin límites que todo espera, que espera sin límites, que perdona sin límites, que soporta sin límites cuando es necesario, cuando la forma del amor es también soportar.

Señor, danos esa gracia. Pero sólo Tú puedes cambiar nuestro corazón. Sólo la experiencia de que Tú vives, y vives en este Pueblo, sólo la experiencia de vivir y de buscarTe, y de encontrarTe, y de poder reconocerTe en esta familia permite que en el corazón surja, no como una ley, o como una obligación, o como un peso, sino como un deseo profundo de comunicar la misma alegría, el mismo amor del que cada uno de nosotros somos objeto. Permítenos, Señor, acogerTe con verdad. Y a un mundo lleno de náufragos, de personas que viven en un desierto de humanidad, poder transparentar algo de esa misericordia de la que nosotros tenemos experiencia, y sin la cual nosotros seríamos exactamente igual de náufragos, de sedientos en mitad de un desierto, de cosas que no son capaces de corresponder a las exigencias más profundas del corazón. Llénanos, Señor, con tu Presencia, con tu gracia. Ayúdanos a reconocerte en este Pueblo, en esta familia, en esta comunidad cristiana en la que vivimos. Y haz de cada uno de nosotros un signo de esa Presencia tuya en medio de este queridísimo y doliente mundo nuestro.

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