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Domingo XII del Tiempo Ordinario. Celebración del CL Aniversario de la Congregación de la Consolación

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 22/06/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 94 p. 317



Queridos hermanos sacerdotes,
acólitos,
muy queridas hermanas de la Consolación,
muy queridos hermanos y amigos,

Sería muy fácil, en un Evangelio de hoy, que termina poniendo ante nuestra libertad, ante nosotros mismos, el reto de dar un testimonio público de nuestra fe cristiana, contentarme con hacer una exhortación y decir, como decía Péguy, “¡Qué pena que tantos buenos cristianos no hagan una buena cristiandad!” Que haya tantas buenas personas cristianas y que, sin embargo, se perciba tan poco su presencia, o signifique tan poco en el ámbito de los ritmos o los estilos de vida del mundo en el que vivimos. Y hasta sería muy fácil analizar parte de las causas que han llevado a esta situación. Cómo muchas veces hemos reducido nuestra fe a una serie de vivencias interiores, o de valores etéreos, que no requieren ni producen por sí mismos la necesidad de un testimonio público de la fe.

Ese tipo de reflexión, también haría muy actual el hecho de que dar testimonio de la fe en el contexto contemporáneo, y especialmente en el contexto contemporáneo español, significa siempre exponerse a bromas, o a desprecios, o a cierto tipo de dificultades que, demasiado acostumbrados como estamos a vivir en un ambiente social de matriz cristiana, nos escandaliza, cuando no debería escandalizarnos en absoluto, porque fue más o menos el tipo de situación que el Señor previó para los discípulos y para la Iglesia a lo largo de los siglos. El Evangelio está lleno de palabras que dicen: “Alegraos y regocijaos cuando os calumnien, cuando digan de vosotros toda clase de mal por mi causa”, o en otra ocasión: “Si al dueño de la casa le han llamado Belcebú, Príncipe de los demonios, ¿qué os van a llamar a vosotros?”

Ahí habría mucho que reflexionar y que aplicar a nuestra situación fácilmente. Y tenemos necesidad de ello. Pero no voy a insistir en ello, porque me parece que hay que ir a algo más profundo, y el Evangelio de hoy nos habla de ese algo más profundo que es más bello.

¿Sabéis de qué nos habla el Evangelio de hoy? De la libertad. De la libertad de quien ha reconocido a Cristo como su Señor. Señor de su vida, de sus pensamientos, de su tiempo, de sus deseos, Señor de la Historia, Señor de nuestras familias, Señor de la Creación, y centro y meta final de la Creación y de todo. Paradójicamente, ese reconocimiento de ese señorío es la fuente de una libertad extraordinaria, única. Yo creo que el fenómeno de la libertad cristiana es absolutamente único en la Historia, como el florecimiento de la gratuidad y de la creatividad del amor cristiano. Ambos son inagotables y, además, llenos de imaginación, de creación de posibilidades nuevas en cada circunstancia o en cada momento de la Historia. Los 150 años de la Consolación es uno de los casi infinitos signos que, en la vida de la Iglesia, a lo largo de los siglos, han ido surgiendo en determinados momentos para responder a situaciones que estaban delante desde la experiencia del amor cristiano.

Pero, fijaos, uno sólo es libre para darse, uno sólo puede darse, cuando de alguna manera se posee. Y esa capacidad de poseerse se llama libertad. Es paradójico, lo sé, pero ser siervos del Señor, reconocer su señorío sobre todo nos hace libres de un montón de esclavitudes, en primer lugar de la esclavitud del pecado. La esclavitud del pecado no consiste tanto en no tener fragilidades o debilidades humanas (que el Señor conoce, y que conocía antes de redimirnos, y nos conoce desde antes de habernos creado), sino que, habernos liberado de la esclavitud del pecado, significa habernos librado de que el valor de nuestras vidas esté determinado por las acciones que somos capaces de hacer. Que el valor de nuestras vidas sea si tenemos muchas cualidades. Si hemos hecho muchas cosas bien, entonces nuestra vida vale mucho. Si somos un pobre hombre que quizá se ha pasado toda su vida luchando con su pereza, o con su ira, o con su envidia, y apenas lo ha conseguido, pues es un pobre hombre. No. La calidad y el valor de nuestras vidas son medidas exclusivamente por una sola realidad, y es el amor infinito de Cristo, la sangre preciosa que Él ha derramado por cada uno de nosotros y por el último de los hombres según el juicio humano sin la menor vacilación.

Esa es la libertad que el Señor ha obtenido para nosotros: no estar determinados. Y a partir de ese momento, a partir del reconocimiento del triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, y del don de su Espíritu Santo, no vivimos determinados por el pecado, ni somos esclavos del temor a la muerte (que no voy a entrar en ello ahora, pero que tiene una extraña y misteriosa relación con el pecado). Porque si no existiera el pecado, si el hecho de morir fuera para nosotros absolutamente transparente, si la muerte tuviera para nosotros tal transparencia que fuera para nosotros evidente que es llegar al Hogar, nadie tendría dolor, ni por la separación ni por la muerte. El hecho del dolor que nos produce la separación, que nos produce la muerte, es una especie de sombra misteriosa del pecado que, no sólo se extiende ante el hecho del pecado, sino que acompaña nuestras vidas, nuestro vivir cotidiano.

Cristo nos libera de eso. Esta misma mañana hablaba yo con una persona que ha perdido a su padre, y le preguntaba: “¿Cómo está tu madre?” Y me decía: “Es una mujer de fe, así que no necesito decirle que es muy fuerte, que está bien. Es una de esas mujeres que respiran fe”.

La pertenencia a Cristo nos libera del temor a la muerte, y nos libera de otras muchas esclavitudes más pequeñas y más cotidianas. De la esclavitud de tener que ganarnos constantemente el afecto de los demás para pensar que nuestra vida vale, por ejemplo. Es una esclavitud a la que millones de personas sacrifican cosas preciosas en su vida: ganarse el afecto del jefe, ganarse el afecto de los compañeros de trabajo, o de los amigos, tener que vivir siempre como si tuviera que conquistarlo día a día, o de los hermanos, o de la familia, o de la familia política. De la esclavitud de pensar que la felicidad nos la da el comprar cosas.

Era evidente: arrancar la conciencia que Cristo nos da de ser hijos de Dios no podía hacer de nosotros más que pueblos o sociedades esclavizadas. Esclavizadas a sus gobiernos, esclavizadas al mercado, al consumo, a las mil esclavitudes que establecemos o tendemos a establecer constantemente unos con otros. Un pueblo no liberado por Cristo es un pueblo de esclavos. Un Pueblo cristiano es un Pueblo de hijos de Dios y, por lo tanto, siempre, un Pueblo de hombres y mujeres libres. Un Pueblo, repito, donde el amor es la única ley.

Y la ley del amor exige la libertad. Y la libertad cristiana es una libertad infinitamente más rica, más creativa, porque no es simplemente estar libre de constricciones que nos impiden ser nosotros mismos, sino que es, sencillamente, disponer de nosotros mismos de un modo que podemos dar la vida, que podemos amar. Y es eso lo que constituye nuestra plenitud humana. Es Cristo quien nos permite ser nosotros mismos, de modo que podamos ser plenamente humanos. Es Cristo quien nos revela en qué consiste la humanidad verdadera, en qué consiste nuestra plenitud, la de cada uno de nosotros, como hombres y como mujeres, como trabajadores o como empresarios, como marido o como mujer, como padres o como hermanos. Es Cristo quien revela y nos hace posible vivir en plenitud lo que somos, con una libertad y una conciencia de dignidad que no hay ninguna ley humana ni ninguna institución humana que pueda dar. Esa dignidad de los hijos de Dios. Esa dignidad de la persona humana que Juan Pablo II decía que es como el sello de denominación de origen del cristianismo. El cristianismo, el Evangelio, consiste en el profundo estupor ante la dignidad de cada persona humana.

Eso es lo que Cristo nos da. Jesús no lo expresa en el Evangelio con las palabras que yo acabo de decir. Pero eso es lo que está incluido detrás de una frase como: “Valéis mucho más que dos pajarillos, y ninguno cae sin el permiso de la voluntad del Padre celestial”. O una frase de las más bellas del Evangelio: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. Ni nuestra madre, que es probablemente la persona que más nos ha querido en el mundo, ha tenido la paciencia, o la exquisitez, o la capacidad, o el tiempo necesario para poder contar nuestros cabellos. Dios nuestro Padre tiene nuestros cabellos contados, y eso me hace libre: la certeza de ser hijo de Dios. La certeza de que la herencia que me corresponde, que es la participación en la vida divina, nadie me la puede arrebatar, es mía. Dispongo ya de una plenitud, aunque fuera pobre materialmente. Mientras que se puede tener de todo, como dirá el Señor en otro lugar del Evangelio, y ser paupérrimo, si me falta la conciencia de la paternidad de Dios, si no sé a quién pertenezco, si no sé para qué estoy en la vida. ¿De qué te sirve tener el mundo entero, hacer conquistado esa cátedra, o esa posición social, o tener ese reconocimiento público? ¿De qué te sirve ser rey de una serie de cosas que posees si pierdes tu vida, si al final no sabes para qué sirve todo eso? Si todo eso lo devora al final la muerte, ¿para qué ha servido todo ese esfuerzo, todo ese trabajo?

El poseer a Cristo nos da esa certeza de ser hijos de Dios a la que está vinculada la posibilidad de la libertad en el mundo. No estoy hablando de nada espiritual o místico. Estoy hablando de un futuro humano para los hombres. La posibilidad de no vivir en un mundo de esclavos está vinculado a la experiencia de Cristo que nos ha hecho libres, y a personas que, por la experiencia de esa libertad, no estén dispuestas a venderla o a negociar con ella.

El dar testimonio de Cristo no es nunca una obligación. Quienes estáis acostumbrados a mi predicación sabéis que siempre presento el mensaje cristiano, el anuncio del que la Iglesia es portadora, en términos de una posibilidad de un amor que llena de satisfacción y de sentido nuestra vida. Dar testimonio de lo que es más querido para uno nunca puede ser una obligación. El sentir eso como una obligación, lo que indica es que uno no lo ama. Por tanto es necio insistir en que los cristianos tenemos la obligación de dar testimonio. Lo único que merece la pena decir es: ¡cuánto nos perdemos porque no sabemos lo que significa ser cristianos! No hay un chico enamorado de una chica al que su madre tenga que recordarle que la llame. Si su madre le tiene que decir que tiene obligación de llamarla, ¿qué amor es ese? Si nos tienen que recordar que tenemos obligación de dar testimonio de Cristo, si eso no nos sale del corazón porque la libertad y la vida que Cristo nos da vale más que el mundo entero y que la vida, es que no somos conscientes del tesoro que tenemos dentro.

Por tanto, la tarea no es dar testimonio, ni comprometerse a darlo. La tarea es pedirLe al Señor: “Señor, que yo pueda sacarle gusto a lo que significa ser hijo tuyo, que yo pueda vivir la vida con la conciencia de que mis cabellos están contados, de que yo no tengo nada que temer, porque lo único que el mundo me puede arrebatar es la vida. Pero no Te pueden arrebatar a Ti, no me pueden arrebatar de tu Amor. Y eso es lo único que vale. Porque la vida sin Ti no valdría nada. Y, teniéndoTe a Ti, lo tengo todo. Por tanto, no hay nada de la riqueza que me constituye, que es ser hijo tuyo, que dependa de nada que el mundo pueda hacer”.

Eso es ser libres. Y ése es el regalo que el Señor nos hace. Y ése es el regalo que nos renueva en cada Eucaristía. Y de la conciencia de la pertenencia a Cristo nace un Pueblo indomable, os lo aseguro. Nace un Pueblo agradecido, capaz de amar, capaz de darse. Nace un Pueblo capaz de responder al hombre que se encuentra en el camino herido porque había caído en manos de ladrones. Es una bella imagen para el hombre contemporáneo. Y cargarlo sobre sus espaldas, y curarlo, y quererlo, porque no hay ninguna razón para que él sea menor que yo, y yo he sido curado así. Yo he sido encontrado así, también al borde del camino, por la misericordia de Cristo.

Mis queridos hermanos, vamos a pedirle al Señor que Él nos dé la posibilidad de experimentar la belleza de esa vida que Él nos da. Y la belleza de esa vida, y la libertad de la que hablo, no es una cosa abstracta. Es algo que se vive día a día, segundo a segundo, en vuestros matrimonios, en vuestra paternidad, en vuestra comunidad cristiana, en el tejido y la trama de la vida de cada día, en los lugares de trabajo. Si uno puede vivir ese regalo, no lo cambiaría por nada, os lo aseguro. Vamos a perdirLe al Señor que Él nos conceda vivir ese regalo para poder vivir más contentos


Palabras antes de la Bendición final:

Antes de daros la Bendición, mis mejores deseos para las hermanas de la Congregación de la Consolación. Que podáis, primero, vivir con muchísima alegría el regalo que el Señor os ha hecho con vuestra vocación a esta modalidad de la virginidad consagrada. Y que podáis amar con el mismo corazón de Cristo. Que podáis estar tan unidas a Cristo, que Cristo pueda amar, a través de vuestro corazón, como Él ama, sin límites, a este mundo herido.

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