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Homilía en la Misa Crismal

Jueves Santo. Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 20/03/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 93. p. 148



Muy queridos hermanos sacerdotes,
seminaristas,
religiosos, religiosas,
queridos hermanos y amigos,

Si cada uno de nosotros, cuando celebramos la Eucaristía o cualquier otro sacramento, no podemos decirles a los hombres con certeza, con una serena convicción, como una afirmación que brota de nuestro corazón, de lo más profundo de nuestro yo, estas mismas palabras con las que terminaba el Evangelio de hoy, “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”, toda la vida de la Iglesia no sería más que un montaje humano, y todo nuestro ministerio, y nuestras fatigas por la evangelización o por la construcción de la Iglesia, no serían más que fatigas humanas. En realidad, no tendríamos nada que añadir a lo que los hombres son capaces de añadir por sí mismos.

Si Jesús de Nazaret no es Aquél a quien la Iglesia testimonia desde la primera generación apostólica, desde las etapas más antiguas de la tradición sinóptica; si Él no fuera el Logos que desde el principio estaba junto a Dios y desde el principio era Dios, si no era Aquél que podía perdonar los pecados cuando sólo Dios puede hacerlo; si Él no es el camino, y la verdad y la vida, si Él no es la resurrección y la vida, y el Pan de vida con el que los hombres pueden acceder a la vida divina, es decir, a la victoria sobre la muerte y a la vida eterna, somos los más desgraciados de los hombres.

Si Jesús fuera un hombre extraordinario, un rabino judío que hubiese enseñado un camino de vida religiosa espléndido, el mejor que los hombres hayan podido imaginar, el más perfecto y acabado; si fue alguien que dio la vida por sus ideas, o por la enseñanza moral que había transmitido; si es simplemente un testimonio extremo, último, de la fidelidad a unos valores morales y nada más, la vida de la Iglesia seguiría siendo inútil. No habría ninguna diferencia sustantiva entre la muerte de Jesús y la muerte de Sócrates, por ejemplo, o la muerte de tantos otros hombres justos, rechazados por los hombres, quitados de en medio porque estorbaban a intereses humanos, o a maneras de pensar de un determinado tipo.

No hay diferencia alguna entre el Jesús de la Historia y el Cristo de la fe. Esa distinción es una distinción hecha para minar la fe. Uno puede hacer todo el trabajo que quiera quitándole capas a la redacción evangélica, y es como una cebolla, las capas últimas son iguales que la primera. Tal vez expresadas de otro modo. A veces no expresadas en palabras, o en títulos, o en declaraciones formales. Pero, ¿hay diferencia alguna entre las frases de San Juan, cuando dice: “Yo sólo hago lo que he visto hacer a mi Padre”, y las parábolas del capítulo 15 de San Lucas, la del hijo pródigo, o la de la oveja perdida? No hay absolutamente ninguna diferencia. Uno puede hurgar en la tradición evangélica lo que quiera y, a menos que parta de un prejuicio de que lo que la Iglesia enseña es imposible, lo que uno encuentra al final de ese despojarse de las capas posteriores de la tradición evangélica es exactamente igual que lo primero. Y si no lo fuera, de nuevo, seríamos los más desgraciados de los hombres.

Si así fuera, ¿qué hacemos aquí? ¿Cómo se justifica nuestro sacerdocio? Pero, ¿cómo se justificaría la vida de la Iglesia? ¿Sería al final una religión más al servicio (como tantas religiones a lo largo de la Historia, como tantas veces el mismo cristianismo cuando no ha sabido ser él mismo) de los poderes del mundo? ¿Una religión de Estado? ¿Una serie de funcionarios clérigos? ¿Una casta sacerdotal que sirve a los faraones de la antigüedad o del mundo moderno?

Ninguna de esas razones vale ni vuestro corazón ni vuestra vida, ni el mío. Y, mis queridos hermanos, no vale vuestra fe, ni vuestro bautismo.

Si el acontecimiento que celebramos estos días fuese simplemente algo que sucedió hace dos mil años, de un hombre justo que murió, no hay motivo para celebrar nada. ¡Cuántos hombres justos han muerto! ¡Cuántos inocentes son sacrificados cada día! Desde las clínicas del aborto, hasta los niños de la guerra en África, o los niños y las mujeres esclavas en el sudeste asiático, las nuevas esclavitudes que nacen a las sombras de las basuras del mundo desarrollado. ¡Cuántos inocentes son sacrificados a los intereses humanos!

¿Por qué celebrar a Aquél inocente particular que se llamaba Jesús? ¿Es uno más en la Historia de las miserias humanas? ¿Sólo por su enseñanza? Pero, ¿qué valor tiene su enseñanza hoy para nosotros? ¿Bastaría que fue muy buena para justificar el Bautismo o la existencia de la Iglesia? No. Bastaría con unas clases en las que se explicase un poco cuáles eran sus doctrinas, o bastaría que las destilásemos para resumirlas en tres o cuatro valores o palabras significativas, pero no sería el Evangelio, y no sería la Iglesia de Cristo.

Si nosotros estamos aquí esta mañana, si vamos a celebrar los oficios esta tarde, si nosotros somos sacerdotes; si vosotros habéis recibido el Bautismo y el Bautismo significa algo más que un rito bonito inventado por los hombres para expresar que nos gusta la figura de Jesús y nos atraen sus enseñanzas; si la vida de la Iglesia tiene alguna razón de ser y la fe cristiana puede ser anunciada sin enrojecer, sin ruborizarse, mirando a los ojos de los hombres de nuestro tiempo, mirando realmente al corazón del ser humano, de cualquier ser humano, tenga la edad que tenga, sea de la cultura que sea, es sencillamente porque aquél acontecimiento único tiene una eficacia y una fuerza que permanece intacta en esta mañana de hoy. Una fuerza y una eficacia exactamente igual hoy que aquella primera mañana de Pascua.

La Magdalena, o María la de Salomé, o María, la Madre de Jesús, no fueron más privilegiadas de lo que lo somos nosotros por poder estar cerca de Jesús y de su ministerio. Porque ese mismo don, misteriosamente (pero no penséis que de un modo más misterioso a como les fue dado a ellos), nos es dado a nosotros esta mañana, con la misma verdad, con el mismo significado, con la misma autenticidad: el perdón de los pecados, el acceso a la vida divina, la participación en su herencia, la promesa de la inmortalidad… Todos esos dones están para nosotros en la más humilde de las Eucaristías que se celebran en el más humilde de los pueblos de nuestras montañas. En la más pobre, en la más desnuda, en la más despojada, sucede lo mismo que sucedió en Palestina hace dos mil años.

Ése es todo el significado de la Semana Santa. Y ese significado se concentra de una manera especial en la Misa Crismal, donde se celebra la sacramentalidad de la Iglesia como prolongación, como permanencia en el tiempo y extensión de la geografía, de la pasión y de la resurrección de Cristo, de su misterio pascual, del don de Cristo a los hombres, de la redención de Cristo.

Sólo porque esa redención es contemporánea, sólo porque aquel acontecimiento de hace dos mil años, justo porque Cristo es el Hijo de Dios, se pone delante de nosotros como una posibilidad concreta, precisa, de plenitud para nuestras vidas humanas como lo pudo ser para Zaqueo, para la Magdalena, para la mujer samaritana, para el ciego de nacimiento, y tantos otros que se encontraron con Jesús y encontraron su vida en Él, como lo fue para el buen ladrón en el último momento. Sólo si podemos decir que esa posibilidad nos es dada hoy a ti y a mí, a nosotros, a cualquier ser humano, porque Cristo ha permanecido en la comunión de la Iglesia, y de alguna manera misteriosa pero absolutamente verdadera (tan verdadera como el dogma de la transubstanciación, tan cierta como la Presencia de Cristo en la Eucaristía), Cristo permanece en su Iglesia. Por eso el Concilio llama a la Iglesia sacramento universal de salvación. Por eso Cristo habla de la Iglesia como un instrumento, signo eficaz, de la vocación del hombre a la íntima unión con Dios y a la unidad de todo el género humano. Signo e instrumento, dos términos que definen el concepto cristiano de sacramento. Signo e instrumento de la plenitud humana, que es vocación a la participación de la vida divina y que es participación en esa vida generando la unidad entre los hombres.

Eso es lo que celebramos: la contemporaneidad del misterio pascual de Cristo, de la pasión y la resurrección del Señor. Eso es lo que celebramos en todos los oficios de Semana Santa. Y eso es lo que celebramos en esta Eucaristía única, singular a lo largo del año, expresión total, aunque simbólica, de la plenitud de toda la Iglesia, lugar donde aprendemos una y otra vez la misteriosa contemporaneidad de Cristo. Pero esa contemporaneidad es la fuente de la esperanza para el mundo. Si no fuera así, no habría esperanza. Y si no fuera así, todo nuestro quehacer y todo nuestro vivir no sería, repito, más que un pobre montaje humano, indigno de hombres con la inteligencia despierta y con el corazón vivo. Gracias a Dios no es así. Y uno puede acoger la fe con la mirada muy alta, adherirse a la fe de la Iglesia sin restricciones y sin fisuras, y uno puede proponer esa fe a los hombres con la certeza de que no les está proponiendo algo que sublima sus sentimientos, o un consuelo para los males de la vida, sino la posibilidad real de una humanidad cumplida, porque Cristo vive hoy entre nosotros. Y esto no son ideas. Es la experiencia infalible de la Iglesia.

En esa sacramentalidad de la Iglesia, un puesto singular, sin duda, le corresponde a la sucesión apostólica y al ministerio sacerdotal. Por eso en esta Eucaristía los presbíteros, colaboradores del Obispo, renuevan sus promesas sacerdotales. Porque esa permanencia de Cristo, que tiene muchas formas (permanece en la Palabra de Dios, permanece en todos los sacramentos, permanece en la comunión de la Iglesia cuando esa comunión es un signo lo suficientemente visible como para que pueda ser una bandera levantada en medio de los hombres), el sacramento del Orden tiene un lugar especial, absolutamente insustituible, necesario para la Iglesia sea la Iglesia de Jesús, ya que es el sacerdocio de Cristo y la permanencia viva, personal, de Cristo en medio de la comunidad y de cara al mundo. Ese es el significado de que en esta Misa Crismal, donde se consagran los óleos que van a servir para la vida sacramental de la Iglesia, también los sacerdotes renovemos nuestras promesas sacerdotales. Sois la Presencia viva de Cristo en medio de la comunidad cristiana, en medio de los hombres.

A lo largo de estos días, la liturgia nos propone esa preciosa carta, que es la Carta a los Hebreos. Sólo quisiera deciros unas palabras acerca de ese sacerdocio. Curiosamente, la Carta a los Hebreos nos llama la atención porque sus razonamientos nos resultan extraños culturalmente, desconocidos, ya que tienen un lenguaje tomado del mundo ritual del Antiguo Testamento y del sacerdocio levítico. Y, sin embargo, toda la finalidad de esa carta (o de esa homilía, que es lo que probablemente es: una homilía dirigida a un grupo de sacerdotes judíos convertidos a la fe cristiana y que vacilaban en su fe porque añoraban las liturgias extraordinariamente solemnes del Templo de Jerusalén, y tenían que conformarse con las pobres Eucaristías que celebraban las primeras comunidades cristianas, y perseguidos además probablemente por sus hermanos de religión) es justamente mostrar que el sacerdocio de Cristo, a diferencia del sacerdocio levítico (que afirmaban ante todo la separación entre el sacerdote y el pueblo, entre lo divino y lo humano, que afirmaban que la santidad del Santo de los santos se expresaba justamente porque nadie podía acceder a Él; sólo una vez al año el Sumo sacerdote podía entrar, y cualquier otro que se atreviera a traspasar la cortina al lugar de la presencia de Dios era condenado a muerte inmediatamente), ha rasgado (como decía la pasión del Evangelio de San Mateo) la cortina del Templo.

Ya no hay distancia entre nuestra humanidad y Dios. Ya no hay distancia, porque el Hijo de Dios se ha hecho uno en la carne y en la sangre con los hijos, para arrancarnos a nosotros de la esclavitud del pecado. Cristo ha inaugurado un sacerdocio nuevo, que no huye de lo humano, sino que abraza a lo humano en su pequeñez, en su miseria, en su pecado. Y lo abraza de tal manera que lo rescata y lo introduce en el Santuario. Por eso somos un pueblo de sacerdotes. Lo somos en ese sentido. No tenemos necesidad de un largo proceso de iniciación a algo que es misterioso y sagrado, y que está fuera de nuestro alcance. Desde el Bautismo, nosotros podemos dirigirnos a Dios como Padre de pie, como hijos, con la parresía, con la libertad confiada con la que los hijos hablan con su padre. Dios no es lejano, gracias al sacerdocio de Cristo.

¿Sería mucho pedirLe al Señor que nos dé esa sabiduría que hay en la pasión de Cristo, y que expresa cada Eucaristía? Para nosotros mismos, puesto que decimos Sus palabras en primera persona: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo” “Tomad, bebed, esta es mi sangre”. ¿Sería mucho pedirLe en este día que, al renovar nuestras promesas, nuestro sacerdocio se parezca más al de Cristo, que queramos tiernamente al Pueblo que Dios nos confía: a las familias, a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos; que, lejos de ser funcionarios de unas funciones sagradas de las que mantenemos separados a los hombres, pudiéramos ser sacerdotes como Cristo, es decir, pudiéramos hacer en memoria Suya el dar nuestro cuerpo y nuestra sangre y nuestra vida por la vida de los hombres? ¿Sería mucho pedirLe al Señor que nos concediera la gracia de nuestra unidad para poder ser signo visible de la Presencia de Cristo entre nosotros, y que nuestra competición no fuese por puestos de más o menos supuesto poder, sino por ese darnos más, por esa caridad pastoral más plena, más total, más sencilla, hacia todos los miembros del Pueblo de Dios por el que Cristo ha derramado su sangre?

Si el sacerdocio de Cristo es así, tampoco nosotros podemos concebirnos a nosotros mismos (y lo digo porque esa tentación aflora, y a veces entre los más jóvenes) como si fuéramos una ideología o un partido, separados de los demás, juzgando a los que están fuera de la Iglesia. ¡Somos cristianos sólo por la gracia de Dios! ¡Somos sacerdotes sólo por la gracia de Dios! Si no estamos en la misma condición de quienes viven tirados por la calle, o esclavos de la droga, o del alcohol, o del sexo, es solamente porque, por la misericordia de Dios, hemos sido protegidos, no porque seamos mejores. Y mucho menos mejores que los no creyentes. ¿O no forma parte del Evangelio el amor a los enemigos? ¿O no forma parte del Evangelio esa regla tan sencilla: “al que te pide que le acompañes una milla, acompáñale dos, o al que te pide el manto, dale también la capa”? Esa regla de la gratuidad con la que Dios nos trata a nosotros, ¿no va a ser la regla de la vida de la Iglesia, de los cristianos para los no cristianos, de los sacerdotes para los hombres, sean cristianos o no lo sean, sean pecadores o no lo sean? ¿No somos tal vez nosotros más pecadores que quienes supuestamente llamamos pecadores, justamente porque hemos recibido más gracia de Dios y tendríamos mucha más responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia, es decir, ante el Pueblo cristiano?

Mis queridos hermanos, hoy es un día de fiesta y de alegría. Le damos gracias al Señor, ante todo, por su Presencia viva en medio de nosotros. Le damos gracias al Señor por tanta generosidad de los sacerdotes, por el don del sacerdocio, que es un don precioso para la Iglesia, al que está vinculada la Eucaristía (el regalo más grande que la Iglesia posee), y el Bautismo, y la Confirmación, y la permanencia viva de la Palabra de Cristo y de la esperanza de Cristo en nuestro mundo. Demos gracias por todo eso. Y pidámosLe que todos, fieles y sacerdotes, sepamos vivir para Cristo, para Aquél que por nosotros ha muerto y ha resucitado, para Aquél que nos ha entregado el Espíritu Santo siendo nosotros todavía pecadores, y así nos da la prueba de que Dios nos ama, de que Dios es amor. Dejémonos invadir por ese amor que se derrocha en las celebraciones del misterio pascual, para que nuestras vidas rebosen de la alegría de quien se sabe amado, de la alegría de quien tiene la experiencia de haber sido rescatado de las tinieblas al Reino precioso, humanamente precioso, de tu luz admirable.

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