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Homilía en el Jueves Santo

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 20/03/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 93. p. 155



Las celebraciones del Triduo Pascual no necesitan demasiadas palabras. Es más, uno tiene la impresión, casi inevitable, de que deterioran la grandeza y el esplendor y el misterio grande que estamos celebrando, justamente porque las palabras no son capaces de expresarlo en toda su belleza y su significado. Tal vez no hay más que una manera de expresar enteramente el don que el Señor nos hace en la memoria y en la celebración viva de estos días, y es el martirio, porque es lo único que equivale a ese don, es lo único que no es demasiado inadecuado para el significado de ese don.

Tal vez por eso, los antiguos cristianos usaban como altar para celebrar la Eucaristía, preferentemente, el sepulcro de los mártires. Y aún la Iglesia de hoy, cuando erige un altar, pone reliquias de santos en el altar, justamente para expresar el don, ese regalo precioso que son los santos para el mundo. Los santos, y especialmente los mártires, son quienes prolongan en la Historia el fruto de la pasión de Cristo, el misterio pascual entero de Cristo, la redención de Cristo.

Los israelitas, en la memoria histórica de su pueblo, guardaban el recuerdo de que en su origen ellos habían sido unas tribus nómadas errantes (“mi padre era un arameo errante”, dice un pasaje del Deuteronomio) que, por avatares de esos grandes nómadas que bordeaban el desierto de Siria, fueron a parar a Egipto, en una época perfectamente determinada por los historiadores, y se establecieron allí, y prácticamente adquirieron un enorme poder en Egipto hasta que un renacimiento de la cultura egipcia los sometió a la esclavitud. Y ellos recuerdan aquella salida de Egipto, en la que unas tribus nómadas pudieron escapar al que era en aquel momento el ejército más poderoso del mundo conocido, por entre las cañas de lo que hoy es el Canal de Suez, como el origen de la memoria histórica del pueblo de Israel, como el momento fundacional del pueblo de Israel.
Imaginaos que durante catorce siglos, hasta Cristo, en las puertas de las tiendas y en las puertas de las casas, los abuelos les explicaban a los niños, las madres les explicaban a los hijos cómo había nacido aquél pueblo, que era un pueblo peculiar entre todos los pueblos, que daba culto a un Dios que no tenía imágenes ni era representado por animales. Y ligado a ese recuerdo estaba el hecho de una noche en que ellos salieron y de un sacrificio de un cordero que habían ofrecido y que había marcado los dinteles de sus puertas. Aquel cordero les había salvado la vida. Aquél cordero era para ellos la memoria de su liberación de Egipto. Egipto había sido la casa de la esclavitud, y ellos ahora eran libres gracias a aquella sangre que marcó las puertas de los israelitas y que les permitió ser reconocidos por el ángel exterminador.

Es una memoria épica, sin duda. En muchos puntos sólo las minucias del trabajo de los historiadores y de los arqueólogos es capaz de recomponerlo con detalle, aunque no es eso lo que nos interesa a nosotros aquí. Pero en esa memoria estaba el carácter central, en su historia, de aquel sacrificio de aquel cordero y, por tanto, la celebración anual de aquel momento en el que Dios pasó por las puertas de los israelitas y la sangre del cordero les libró del exterminio.

Cuando los cristiano leían este texto, sólo podían pensar en otro Cordero. Ya Juan el Bautista Le había señalado: “He aquí el Cordero de Dios”. En otro Cordero que había sido el origen de una liberación infinitamente más grande que la liberación de Egipto, y una redención más poderosa que la de pasarse la vida construyendo ladrillos o adobes para palacios en las ciudades de Pitón y de Ramsés, como cuenta el libro del Éxodo. Es la liberación de la muerte. Es la liberación del pecado. Es la libración de la esclavitud en la que los hombres vivimos, como dice la Carta a los Hebreos, “por el temor a la muerte”, y por el poder del pecado. Y cualquiera de vosotros diréis: “Pero Señor, ¿en qué sentido nos has liberado del pecado, si todos nosotros experimentamos nuestros límites, nuestras torpezas, nuestras pasiones, todos los días de nuestra vida?” ¿Cómo podremos decirlo, si no es como con miedo, sin que se oiga demasiado? No. Lo podemos decir bien alto. El Señor nos ha librado del pecado. Nos ha librado de una vez para siempre del poder del pecado y de la muerte.

¿Por qué nos ha librado para siempre del poder del pecado y de la muerte? Porque la esperanza de nuestro corazón ya no está determinada por lo que nosotros seamos capaces de hacer con nuestras vidas. Ya no está determinada por las capacidades o las virtudes que seamos capaces de obtener o de conseguir. Nuestra esperanza está determinada sólo y exclusivamente por el amor con el que somos amados. “No hay amor más grande que el de dar la vida por aquellos a los que uno ama”. Y el Señor ha derramado su Sangre y ha marcado nuestras vidas, las puertas de nuestras casas, nuestros nombres y nuestros apellidos, nos ha señalado como elegidos en el Libro de la Vida. Uno de los antiguos nombres que los cristianos daban al Bautismo era “la marca”, en referencia a la marca que el cordero había hecho en los dinteles de las puertas de las casas de Israel y en alusión a la circuncisión. La circuncisión era la señal de la pertenencia al pueblo judío. Y el Bautismo es la señal, la marca. Y los cristianos decían: “Nos ha marcado el Señor como pertenecientes a Él, como propiedad suya, y Él es lo suficientemente poderoso como para que nadie le arrebate su propiedad”.

Nosotros seguimos siendo débiles, pobres, pequeños. Aunque conozcamos nuestra vocación, seguimos siendo torpes al darnos en el amor, en la vida, en las relaciones humanas, en nuestra relación con Dios. Y, sin embargo, esa marca está ahí. La marca de su Sangre. El don indeleble de su amor, eternamente fiel. Porque Dios sí que se dice a Sí mismo en una sola Palabra, sí que se da a Sí mismo en una sola Palabra. Y esa Palabra es su Hijo. Y cuando se da, se da para siempre. Él no retira sus promesas. Él no se cansa, no se fatiga de querernos. Si no, no sería Dios. Sería como somos nosotros: pobres, torpes en el ejercicio de nuestra capacidad de amar.

Yo quisiera que, en esta Eucaristía, adorásemos ese don de la Pascua, del paso de Cristo por nuestras vidas, del don de la Sangre de Cristo, de ese amor más grande que nos es regalado hoy, y que nos permite vivir hoy sin estar determinados por el poder del pecado y de la muerte, por ese amor sin límite. Y ese amor es tan sin límite que, aunque todo Él se dio todo entero a la Historia entera, al mundo entero, a todos los hombres en un solo momento, en el momento de la Cruz, sabiendo que nosotros no vivimos a la vez y, por tanto, no todos podemos participar a la vez de ese amor, quiso quedarse con nosotros para siempre. En la Eucaristía, de manera misteriosa, ese don permanece para siempre para ti y para mí como un regalo de amor, como una alianza nueva y eterna.

Su Sangre derramada para el perdón de los pecados. Esa Sangre no tiene la finalidad de convencernos de que sí, de que tenemos que ser buenos, porque tenemos un Dios que nos quiere. No, no es esa la finalidad. La finalidad de esa Sangre es el perdón. La aspersión de una Sangre que se nos da para vivificarnos, para librarnos del poder de la muerte. Para identificarnos de modo que, cuando el Enemigo se acerque a nosotros, se encuentre con la marca de “Peligro. No tocar”. Porque somos posesión de Otro que es más fuerte que nuestro Enemigo. Porque somos posesión de Otro que nos ama y que no dejará nunca jamás de amarnos.

Adoremos este misterio de amor. Vivamos en estos días sumergidos en Él. Dejemos que nos cale. Es cierto que ese amor, si florece en nosotros, se traduce sin duda alguna en unos gestos, en un modo de tratarnos unos a otros. De hecho, cuando Jesús lava los pies a los discípulos y hace ese gesto que hacían los esclavos, les dice: “Yo he hecho esto para que vosotros también hagáis lo mismo unos a otros”. Pero no hay más que una forma en la que ese amor puede surgir en nuestro corazón. Fijaos en que el amor nunca puede ser una obligación. Un amor obligado no es amor. Un amor que se hace por cumplir unas reglas no es amor. Sólo hay una forma de que ese amor brote espontáneamente en nuestro corazón, y es, sencillamente, dejarnos nosotros invadir por el amor con el que nosotros somos amados. Sólo esa experiencia hace aflorar en nosotros el deseo de un amor semejante.

Y si la acogida del amor de Cristo es verdadera, no sólo despierta el deseo, sino que desarrolla la imaginación, pone en juego nuestras energías para construir, al menos en el espacio de nuestro entorno (nuestra familia, nuestro lugar de trabajo), un trozo de tierra liberada, un pequeño espacio donde el amor (y no el interés) es la regla suprema. Donde la donación, la gratuidad (y no la utilización de los otros) es la norma básica, el modo habitual de relacionarse entre nosotros. La competición es en un quererse más, en un quererse mejor. La vida es concebida como un tiempo que el Señor nos da para aprender a querernos como Él nos quiere.

Si la vida entera es vivida así, eso hace de la vida una realidad preciosa, os lo aseguro. Y hace florecer formas nuevas de la vida social, de la vida familiar, hasta de la organización del trabajo y de la organización política. Cuando uno acoge el amor de Cristo, Él hace nuevas todas las cosas. Él hace posible que florezca en nosotros una humanidad distinta que nuestro mundo necesita absolutamente, como un enfermo grave necesita el suero o la UVI.

Nuestro mundo necesita a Cristo para revivir, para encontrarse a sí mismo, para adquirir una esperanza cada vez más escasa en nuestros países ricos. Sólo hay una medicina: acoger a Cristo nosotros, que ya lo poseemos, de forma que florezca en nuestras vidas, en esa humanidad bella en la que los hombres puedan reconocer lo que su corazón desea; en esa humanidad, cuyo secreto último es la vocación al amor: porque somos imagen de Dios, la realización del amor de Dios en nosotros. Que así sea para vosotros. Que así sea para todos los cristianos. Que así sea para toda la Iglesia, y podamos así iluminar las perplejidades y las oscuridades de nuestros hermanos y amigos, los hombres.

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