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Homilía en el II Domingo de Pascua (selección de párrafos)

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 30/03/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 93. p. 167



La liturgia de hoy nos pone delante dos cosas. La primera, que si Cristo ha resucitado, es para nuestra vida, y si ha muerto, es para nuestra vida; que Cristo es para nosotros, y para nuestra alegría, para que nosotros podamos vivir con esperanza y con gozo. De hecho, Juan Pablo II instituyó en este domingo el Domingo de la Divina Misericordia. Y yo creo que lo hizo, como siempre sucede con las decisiones de los Papas, con una intuición muy certera, muy profunda.

Por una parte, los textos de la liturgia decían en el salmo: “que proclame la Casa de Israel, eterna es su misericordia, que lo diga la Casa de Aaron, eterna es su misericordia, que lo digan los fieles del Señor, eterna es su misericordia”. Pero, al mismo tiempo, yo creo que el Papa era consciente de que, en las sociedades contemporáneas, la misericordia tiene un lugar cada vez más escaso. En nuestra sociedad, según se nos dice y casi aprendemos desde niños, lo que importa es moverse por el interés. Y al parecer, moviéndose por el interés es como progresa la sociedad. Y a lo mejor progresa el IPC, pero yo no estoy seguro de que progrese nuestra humanidad. Es más, yo creo que nuestra humanidad retrocede en la medida que sacrificamos más zonas de esa humanidad nuestra al progreso del IPC. Pero lo cierto es que, en la medida en que nuestras decisiones, nuestros proyectos, nuestros deseos se orientan más a ese progreso de la vida económica, pero no a un crecimiento de nuestras personas y de nuestras relaciones humanas como personas, el espacio para la misericordia en nuestro mundo se hace cada vez más pequeño. Hasta el punto de que hay espacios enteros de nuestra sociedad en los que la misericordia no existe.

Ciertamente, en esos productos acabados de la modernidad que han sido las dictaduras, la misericordia no existía en absoluto. Ni en la dictadura soviética ni en las que la han imitado, la dictadura del nacional-socialismo, o el fascismo. Si algo caracterizaba esos tipos de sociedad era la eficacia, la obediencia ciega, y no había ningún espacio para lo que no fuera aquello, por lo tanto, ningún espacio para la humanidad, es decir, para la misericordia humana.

Pero también en nuestras sociedades escasea la misericordia. Ese bien tan profundamente humano, tan profundamente gratuito (porque la misericordia no es la justicia, va mucho más allá de la justicia; de hecho, un mundo en el que no hubiera más que justicia sería un mundo terriblemente inhumano, que algún pensador del s. XX lo definía como “una bestia rabiosa”), porque para que el mundo sea humano hace falta gratuidad. Y la forma más humana de la gratuidad es la misericordia. La conciencia de que nadie puede tirar la primera piedra. La conciencia de que, si nosotros somos cristianos, no es por ningún mérito nuestro, sino que es por pura gracia de Dios, por pura misericordia de Dios. Si Cristo ha entregado su vida, ha sido por amor a nosotros. Y si Cristo ha resucitado, ha sido para arrancarnos a nosotros del poder de la muerte y, por tanto, también por amor a nosotros. A nosotros que, como dice San Pablo, no éramos hombres de bien, no merecíamos ese amor.

No somos hombres de bien. Somos pecadores. Pero la prueba de que Dios nos quiere es que, siendo pecadores, muere por nosotros. Eso es lo grande. Eso es lo que merece nuestra fe. Y eso es lo que hace resplandecer en nuestra vida una realidad más poderosa, más eficaz, más grande, más misteriosa también (en el sentido de que nos ciega su luz), que es justamente la victoria del amor, la victoria de la misericordia sobre la muerte y sobre el pecado. (…) Y eso es lo que hace que podamos vivir contentos sin olvidarnos del dolor, y de los sufrimientos, y de la muerte. Y eso realmente es un milagro.

Ese milagro tiene que ver con el otro punto que la liturgia de hoy nos enseña. La conversación de Jesús con Tomás terminaba diciendo: “Porque Me has visto has creído, dichosos los que crean sin haber visto”. O la misma lectura de la Carta del Apóstol San Pedro, que es una homilía para el tiempo pascual: “Jesucristo, en quien creéis sin haber visto, y a quien, sin haber conocido, Lo amáis”. Nosotros normalmente reducimos el creer sin haber visto a que la fe es algo irracional, y hay que creer fiándose en algo de lo que uno no tiene experiencia. La Iglesia nunca ha enseñado eso. La fe no es irracional. No es ni siquiera arracional, es decir, algo que esté fuera del uso de nuestra razón. La fe es fruto del ejercicio de nuestra razón. De hecho, yo creo que es el más profundo y radical ejercicio de nuestra razón.

Decir “dichosos los que crean sin haber visto” es decir “dichosos los que crean en las generaciones que vienen y que no han convivido con Jesús”, pero no que tengamos que creer de un modo irracional. La Iglesia siempre ha rechazado algunas frases de algunos cristianos muy radicales que terminaron fuera de la Iglesia, por ejemplo “creo porque es absurdo”, o “creo porque es imposible”. Mentira. La fe cristiana no es así. Yo creo porque es lo más razonable que he encontrado, la forma más plenamente humana de vivir que he encontrado, la experiencia más plenamente humana y que más cumple de todas las experiencias humanas que me han sido hechas a lo largo de toda la vida. Y las conozco. Se me han hecho muchas, y se me hacen todos los días a través de los medios de comunicación. (…)

El Señor ha querido que haya una manera de verificar con nuestra inteligencia que la fe es verdad. Uno puede saber que la fe es verdad porque, cuando acogemos lo que la Iglesia nos propone, la vida que Cristo nos da (no las ideas cristianas, porque el cristianismo no es una ideología, sino la vida que el Señor en su Cuerpo, en la Iglesia, nos ofrece hoy) y la vivimos con sencillez, crece nuestra razón, crece nuestra inteligencia de la vida, crece nuestra sabiduría, entendemos mejor quiénes somos, qué significa vivir, crecer, enamorarse, tener hijos, envejecer… y eso no nos lo da la química.

Si uno entiende mejor la vida, las relaciones humanas, qué significa vivir, y casarse, y trabajar, ¿eso es una razón que se dilata, o es algo que uno acoge sin ninguna relación con nuestra inteligencia? No, es un acto de nuestra inteligencia.

Pero, igual que crece la razón, crece la libertad. Las personas de fe, las personas que han acogido a Jesucristo de verdad, las personas que viven con la conciencia de que son hijos de Dios, viven una libertad que no os podéis imaginar. Sí os la podéis imaginar, porque tenéis experiencia de ello. No depender ni siquiera de la salud. O no depender de que te quieran o no te quieran. O no depender de eso tan absurdo y en lo que las personas ponen tantas veces su confianza, que es en la suerte. En cambio, depender de un amor que, cuando me apoyo en él, soy más libre… Eso no puede ser una mentira. Eso es tan milagroso como el hecho mismo de la resurrección de Cristo.

Y crece en nosotros el afecto. Cuando uno acoge el amor de Cristo, surge en nosotros el deseo de querer a los demás como son, del mismo modo que tú eres querido, y surge el deseo de querer a todos. ¿Cómo va a ser eso una mentira? Cuando mentimos no nos suceden esas cosas.

Ese es el criterio que el Señor nos ha dejado para verificar la fe. (…)

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