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Homilía en el Funeral en el III Aniversario de la muerte de Juan Pablo II

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 02/04/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 93. p. 171



Mis queridos hermanos sacerdotes,
diáconos y seminaristas,
queridos hermanos y amigos.

En los casi cinco años que pronto hará que yo soy arzobispo vuestro, aunque he vivido celebraciones preciosas en esta Catedral y explosiones hermosísimas de fe (cada año el día del Corpus, por ejemplo, o la Coronación de la Virgen de la Misericordia), no recuerdo la Catedral tan llena como el día que celebramos el funeral por Juan Pablo II. No cabía un alfiler. Y vuestra muy numerosa presencia, a pesar de las limitaciones de la comunicación, tres años después, expresa de sobra el sentir del Pueblo cristiano, que le debemos tanto al magisterio, a la palabra, y sobre todo a la humanidad de Juan Pablo II. Expresa que no nos es posible olvidarnos de esa gracia inmensa que ha sido haberle tenido como Pastor supremo de la Iglesia, haber experimentado su afecto.

Esta tarde nos reunimos para dar gracias por esa vida de la que yo me considero indigno, pero agradecidísimo, de haberla podido conocer, y ver, y observar, y escuchar, y experimentar su afecto y su interés por cada persona, hasta casi más allá de donde la limitación humana permite llegar.

Nos reunimos para pedir al Señor por su alma. Y también, por qué no, para pedir lo que todos llevamos en el corazón. Yo creo que la Santa Sede hace exactamente igual con Juan Pablo II que lo que haría con cualquier fiel cristiano por una sola razón. Si por el hecho de ser un Papa y ser querido por muchísima gente, eso ya por sí mismo evitaría el proceso formal de beatificación, se crearía un precedente, y en eso se pone también de manifiesto la prudencia de la Santa Sede. Pero si lo que ese proceso hace es verificar si el Pueblo cristiano, infalible (la Iglesia Católica Universal es infalible, y la infalibilidad del Papa no es más que la expresión personal de esa infalibilidad prometida por el Señor a la Iglesia), cree en la santidad de una persona, es evidente que el Pueblo cristiano ha canonizado a Juan Pablo II.

Lo canonizó el mismo día de su funeral. Casi lo canonizó el Cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe y Decano del Colegio Cardenalicio en aquel momento, que era el Card. Ratzinger, cuando en la homilía de su funeral dijo: “Santo Padre, igual que tantas veces nos ha bendecido desde su ventana, hoy, desde la ventana del Cielo, bendíganos a todos”. De alguna manera, sin la infalibilidad propia del Papa (que no la tenía él en ese momento), estaba proclamando su santidad.

Pero, al mismo tiempo, a lo largo de todo el mundo, si en cualquier catedral del mundo sucedió lo mismo que en la Catedral de Granada (en Australia, en la capital de Alaska, en Washington, en Santiago de Chile, en Manila, en la capital de Armenia o en el mismo Jerusalén), todos orábamos juntos por haber sido dignos de merecer un Pastor así, una vida tan entregada así, es legítimo que nosotros, el Pueblo cristiano de Granada junto a su Pastor, le pidamos al Señor que lo podamos ver pronto en los altares, que podamos hacer de manera pública lo que muchos de nosotros hacemos ya en privado, que es pedirLe al Señor a través de su intercesión que nos sostenga en la esperanza que él siempre proclamó, que nos haga perseverar en su enseñanza.

A mí me gustaría señalar esta tarde un aspecto de su enseñanza que, conforme pasa el tiempo y uno lo mira con más perspectiva (pasa como con los Evangelios: San Juan, que lo mira con más distancia, a veces puede hacer una síntesis más sencilla de todo lo que fue la experiencia de vivir junto a Jesús, y sobre todo en sus cartas es capaz de resumir esa experiencia casi en una frase: “Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna”, o “Dios es Amor, y todo el que permanece en el Amor permanece en Él”; eso sólo es posible decirlo cuando aquella experiencia había sido meditada, triturada, rumiada, asimilada,  pensada y vivida muchas veces), se da cuenta de que cada vez es más esencial, y sigue siendo necesario, y Benedicto XVI lo sigue repitiendo (con su temperamento y de su forma y su estilo) constantemente.

“El misterio del hombre sólo se esclarece a la luz de Cristo”. Ese pensamiento era central para Juan Pablo II. Y con ese pensamiento, superaba y trascendía cuatro o cinco siglos de separación de dos órdenes: el orden natural, la realidad, dejada a las leyes de la naturaleza y su exploración a las ciencias, sin ninguna relación con Cristo; y Jesucristo, que sólo tenía que ver con otro orden de cosas, con el orden de la vida interior, de la vida sobrenatural, o lo que llamaríamos la vida cristiana.

Esa separación de lo natural y lo sobrenatural deja a la vida real sin la luz de Cristo. Deja a las cosas y a las personas sin la luz de Cristo. Y reduce lo cristiano a una faceta de la vida, la faceta religiosa, o al orden sobrenatural, separado por completo de la vida real. Esa separación ha sido trágica para la Iglesia, para el cristianismo de Occidente. Porque esa separación ha roto los vínculos de la Iglesia con la humanidad concreta del hombre.

Ya en su intervención en el Concilio, el Papa hizo suyas e hizo que apareciesen en el texto del Concilio unas palabras de un teólogo de los más grandes del siglo XX, Henri de Lubac. En la Constitución sobre la Iglesia y el mundo actual, citó una frase de ese teólogo: “Jesucristo, al revelar al Padre y su designio de amor, revela también el hombre al mismo hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación”. Juan Pablo II dijo que esa frase de De Lubac (que, por cierto, los papas no suelen citar a teólogos contemporáneos en sus documentos o encíclicas, y De Lubac ha sido citado de nuevo por Benedicto XVI, a pesar de que su muerte está tan cercana, en un pasaje en la encíclica sobre la esperanza), es la clave hermenéutica del Concilio. Es decir, ésa es la clave para interpretar toda la enseñanza del Concilio.

Esa frase significa, precisamente, que no hay dos órdenes, uno natural y otro sobrenatural. Y Jesucristo es el Redentor del hombre, es el centro no sólo de la Historia Sagrada, sino del cosmos y de la Historia, porque ilumina el orden natural.

No se puede entender al hombre sin Cristo.

En su primera visita a Polonia, cuando todavía no había caído el muro de Berlín, el Papa dijo: “Precisamente porque el hombre no es plenamente sí mismo más que en Cristo y desde Cristo, es un crimen de lesa humanidad el arrancar de los pueblos la fe en Jesucristo”. Es fortísimo. Justamente porque sin Cristo el hombre no puede entenderse a sí mismo de manera total, en todas sus dimensiones: en su dimensión personal, como alma y cuerpo, el significado de la vida, del nacer, del morir, del crecer, de lo que significa el desarrollo de la persona humana, el desarrollo de la razón, de la libertad, de su capacidad de amar. Como tampoco se puede entender sin Cristo el matrimonio. Está muy bien que los cristiano hayamos dicho durante siglos que el matrimonio es una cuestión de Derecho Natural, pero no deja de ser menos verdad que para entender el matrimonio cristiano hace falta haber entendido el misterio de la Encarnación y del Viernes Santo. Sin eso, no es el matrimonio cristiano. Lo que durante muchos siglos hemos llamado el Derecho Natural, es lo que los cristianos, a la luz del misterio de Cristo, descubrimos sobre la naturaleza humana. Pero el matrimonio cristiano es un milagro. Porque  la vocación humana es la vocación a vivir del milagro y a participar del milagro constantemente. Es una llamada a participar de la vida divina, y no somos plenamente nosotros mismos más que cuando participamos de la vida divina. Y sólo se puede participar de la vida divina cuando la recibimos como gracia.

Esa gracia tiene que ver con todo. Con el desarrollo de la persona en cuanto que individuo (si es que se puede hablar alguna vez del ser humano como ser individual, como desconectado de las otras dimensiones de la vida humana), con la vida familiar, con la vida laboral, con la vida social y la vida política. Todas las dimensiones de la vida humana, hasta la ciencia. Y me diréis: “Pero, ¿qué relación pueden tener las Matemáticas con Cristo?” Pues porque “el mundo ha sido creado por Él y para Él, y todo tiene en Él su consistencia”. Y, porque los hombres modernos hemos dejado de percibir esa relación entre el orden creado y Cristo, ya no entendemos los sacramentos, ya no entendemos que la Creación está llena de símbolos de Cristo. Pensamos que la Creación es una cantera con la que fabricar chismes y aparatos. Y hasta nuestro cuerpo lo entendemos como si fuera un mecano con el que jugar y hacer cosas. Por haber roto ese nexo profundo entre la Creación y Cristo, no somos capaces de entender la dimensión simbólica, el lenguaje con el que las cosas nos hablan.

Y quizá las Matemáticas fueran las mismas si Cristo no se hubiera encarnado, no se trata de eso. Lo que sé es que los científicos, probablemente, no pondrían su énfasis y sus trabajos, ni dedicarían sus esfuerzos a las mismas cosas, si son conscientes de que Cristo es la plenitud de la vida humana, que si piensan que la vida humana es simplemente un fenómeno de la naturaleza donde los hombres, al igual que los animales, luchamos por el poder y el pez grande se come al chico, igual que en el mar. No es lo mismo. Las leyes físicas serían las mismas, sin duda. Pero toda su aplicación, toda la perspectiva, sería distinta. Aparte de que nos permitiría volver a gustar esa percepción del mundo que nos hace hoy casi imposible una poesía verdadera que pueda cantar la canción de la Creación. De la misma manera que se nos hace imposible oír el lenguaje simbólico de lo real. El lenguaje simbólico de lo que significa lo masculino y lo femenino, o de lo que significa la paternidad o la maternidad, o de lo que significa ser hermanos, de lo que significa vivir, de lo que significa la luz de la mañana o la caída de la tarde, de la belleza del otoño (y no me refiero al otoño físico exterior, sino al otoño de la vida), de lo que significa acercarse al Cielo, y no ese pánico nervioso y casi histérico ante el envejecimiento y la muerte, y ese culto no menos irracional a la juventud.

Todo eso lo hemos perdido por haber perdido que Cristo es la plenitud de lo humano. Y no lo ha perdido el mundo que nos persigue. Lo hemos perdido los cristianos. Lo perdemos nosotros. Lo hemos perdido nosotros en nuestra vida. Y el Papa nos abría de nuevo el camino de Cristo hacia el hombre cuando nos decía que, en Cristo, Dios se ha hecho compañero de camino de todo hombre y de toda mujer en el camino de la vida. Y cuando insistía una y otra vez en que “el camino de la Iglesia es el hombre”, “para que la Iglesia pueda evangelizar, tiene que encontrarse de nuevo con la humanidad del hombre, e iluminar desde Cristo esa humanidad concreta”. Y todos sus viajes, todos sus gestos, eran una búsqueda apasionada, infatigable, invencible, por cada hombre y cada mujer, hasta quedar derrotado. También en sus casi últimas palabras, cuando se dirigió a aquellos jóvenes que le estaban cantando en la Plaza de San Pedro: “yo os he buscado siempre y hoy vosotros estáis aquí”. Uno puede entender su ministerio como esa búsqueda, no de la humanidad abstracta, sino, como él decía, del hombre en su humanidad concreta. A cada hombre y a cada mujer, porque por cada hombre y cada mujer ha venido Cristo y ha derramado su sangre.

Y aquellos que están más lejos, más, porque tienen más necesidad de Cristo. Y por eso el Papa trataba de llegar hasta lo más lejos posible, hasta donde más pudiera. ¡Cuántas frases en ese sentido! Por ejemplo, un gesto tan significativo de su pontificado como el doctorado de Santa Teresa de Lisieux: doctora de la Iglesia, una mujer que ofreció verse privada del Cielo para que se salvase un condenado a muerte que no había querido confesarse antes de morir y que ella había leído en un periódico. Y ella, en su oración, le ofrecía a Dios ir ella al infierno en lugar de aquel hombre. Que Juan Pablo II haya proclamado doctora de la Iglesia a una mujer que hace ese tipo de oración dice cómo tenemos que aprender nosotros a tratar a los hombres, qué es lo que tenemos que amar en el hombre. ¿Qué mérito tiene amar a los nuestros, a los de casa? Ir a buscar al hombre donde esté. El Papa llegó a escribir: “con su pecaminosidad, el hombre necesita de Cristo”. Por eso necesita de Cristo, porque está en pecado.

Mis queridos hermanos, yo Le pido al Señor, y se lo pido con mucha sencillez, para mí en mi ministerio, para mis sacerdotes, para los seminaristas, que están a punto de serlo, que algo de esta sabiduría, de la necesidad que el hombre tiene de Cristo, pueda penetrar en nosotros. Y no se trata de ir a uno echándole sermones. También de eso tengo anécdotas preciosas. Recuerdo unas niñitas de siete u ocho años, en su primer viaje a Australia, que le entregaron al Papa unas flores vestidas con trajes típicos, y una de las niñas le dijo: “Dicen que la casa en la que tú vives es muy bonita”. Y el Papa, que llevaba ya tres o cuatro años en Roma, le dijo: “Pues no sé si es bonita o no, porque no he tenido tiempo de verla, pero os aseguro que vosotras sois mucho más bonitas que todo el Vaticano junto”. El Papa en ese momento les podía haber echado un sermón, y a nadie le hubiera extrañado. Y, sin embargo, lo que el Papa hizo fue conectar con su humanidad, y basta. ¡Si Cristo ya estaba en el Papa! Y cuando el Papa conectaba con esa humanidad suya, era Cristo el que estaba conectando con ella.

Cuando estaba acariciando a un enfermo, o cuando le pidió que le confesara a aquel sacerdote que llevaba tantos años sin ejercer de sacerdote y se arrodilló ante él, el Papa no necesitaba echar un sermón o juzgar nada. Cristo iba dentro de él. Y él acariciaba a aquella prostituta enferma de sida que se acercó en uno de los actos del Jubileo, y era Cristo el que la acariciaba, delante de todas las televisiones del mundo. No porque estuviera hablando a esa mujer de Cristo, que no le dijo nada. Lo único que hizo fue acariciarla y cogerle las manos. Y bastó. O el director de la película “La vida es bella”, que era humorista y había criticado bastante a Juan Pablo II, y un día sonó el teléfono en su casa y era Juan Pablo II invitándole a ver la película con su mujer en su casa. Y cuando salió dijo: “Venía con mucho temor, porque yo me había metido mucho con el Papa con bromas, y salgo con la conciencia de que he encontrado a un padre”.

Ese tipo de encuentros, esa sed que hace imposible no evocar el encuentro con Zaqueo, o con la samaritana, o con Juan y Andrés; de eso es de lo que tiene necesidad nuestra Iglesia. Y eso tenemos que volver a aprenderlo y mirarlo. Y si tenéis películas o documentales de Juan Pablo II, vedlos, de manera que el Señor nos enseñe ese amor por el hombre que es como la marca de origen del cristiano. Sin ese amor por el hombre, es como cuando alguien se acerca y te dice “soy muy católico”. Los curas tenemos mucha experiencia de eso. Cuando uno te dice “soy muy católico” uno se echa a temblar, porque ningún católico muy católico te dice normalmente “soy muy católico”. Es decir, que podamos aprender de nuevo el camino hacia el hombre con sencillez, con una pasión inmensa por la vida y la esperanza de los hombres.

Que el Señor nos conceda a todos ese don. Y en ese sentido, si Él considera que es bueno para su Iglesia y para su Gloria, que podamos venerarle, pedirle públicamente su intercesión, lo antes posible.


Monición antes de la Bendición final:

Tengo la sensación de que no he sabido explicar bien un punto de lo que os quería decir, y quisiera explicarlo mejor. Se podría pensar que de lo que se trata es de volver a lo humano y dejar a la espalda la oración o los sacramentos. Jamás. Eso sería seguir viviendo en esa oposición entre lo divino y lo humano que ha marcado estos últimos cuatro siglos en la vida y en la piedad cristiana, donde se pensaba que amar lo humano era poner en peligro a Dios, y que para amar a Dios había que no amar a los hombres, hasta llegar a una separación tan grande que el gran cristiano y poeta Charles Péguy expresaba diciendo: “esos que se creen que aman a Dios porque no aman a nadie”.

Eso era lo que el Papa hacía al afirmar la necesidad profunda de Cristo que tiene lo más profundo de lo humano, y al hacer de toda su vida un camino de búsqueda de lo humano. En una de sus primeras encíclicas, dijo: “Cuanto más antropocéntrica tenga que ser la misión de la Iglesia, como debe serlo, más teocéntrica tiene que ser su experiencia”. Es decir, para poder amar al hombre (como Juan Pablo II amaba a todo ser humano que se encontraba con él, como él daba su vida por cada uno de los que podía encontrar) hace falta el “Totus tuus”, hace falta que el corazón sea por entero de Cristo, que la vida esté tan poseída de Cristo que el amor a los hombres sea expresión del amor de Cristo. Y lo que él ha roto es esa separación: que para amar a Dios hay que apartarse de lo humano, o que para amar lo humano hay que apartarse de Dios. No. El hombre necesita encontrar a Cristo, y sólo lo podrá encontrar en su humanidad concreta.

Y al hacerse camino y unir las dos cosas, el Papa ha roto muchas otras que apenas empezamos a vislumbrar. Ha roto el clericalismo. Ha roto una cierta separación entre la Iglesia y la humanidad del hombre. Ha roto la separación entre lo sagrado y lo profano. Lo sagrado ha dejado de ser un espacio distinto de la vida real en el que mandan los curas. Lo sagrado es la maternidad. Lo sagrado es el misterio del niño que nace. Lo sagrado es el amor de los esposos. Lo sagrado es la enfermedad, o la muerte, o el estudio. Lo sagrado es la vida. Y esa vida, iluminada por Cristo, es por lo que Cristo ha derramado su sangre.

Ha roto la idea de que la vida de los hombres no tiene nada que ver con la organización de los hombres y con la vida de la polis. No me refiero a la política profesional. Sí a la constitución de la convivencia humana. Y como Jesucristo no tiene nada que ver con la vida de la polis, entonces hay que meter entre medias una ideología (el marxismo, el liberalismo) para organizar la vida, y luego los cristianos tienen que apoyar esa ideología. No. Nos basta nuestra fe. Los cristianos de los primeros siglos no tenían ideologías. Vivían la vida cristiana, y cambiaron el mundo. Y nosotros, por esa separación, metemos entre medias una ideología que termina siendo nuestra religión, y terminamos subordinando nuestra experiencia de Dios a esa ideología. El Papa ha roto con eso. Cristo ilumina la vida de los hombres, la vida concreta. No hace falta una ideología. Y de lo que se trata es de que los cristianos aprendamos a expresar la experiencia de Cristo.

Al haber roto esa frontera, que tan marcada hemos tenido durante siglos, ha vuelto a abrir la posibilidad que teníamos cerrada durante siglos de un arte cristiano contemporáneo. Si os fijáis, el último arte cristiano popular ha sido el barroco. Y lo único que tenemos son repeticiones cada vez más aburridas, cada vez más insípidas, del barroco. No existe un arte cristiano contemporáneo, excepto excepciones. Sólo cuando podamos volver a descubrir que Cristo ilumina la humanidad del hombre, podrá existir de nuevo un arte cristiano que no sea repetición de modelos del pasado, sino que sea expresión de la novedad de Cristo en el mundo contemporáneo. Un arte cristiano que no dependa de las estéticas, sino que genere una estética propia que nace del dinamismo de la fe y de la esperanza cristiana. Y con esto no hago una crítica al barroco, cuya belleza alcanza un punto culminante en el arte granadino. Lo que es trágico es que, cuatro siglos después, cuando el arte de la vida real se expresa en unas categorías completamente distintas, a la hora de pensar en el arte cristiano no sigamos más que mal repitiendo cada vez con menos gusto, de una manera más kitch, sin pasión y sin alma, justamente los peores modelos del barroco. Eso es lo que es dramático, y lo que expresa es la separación entre la humanidad del hombre y la fe cristiana. El Papa ha abierto el camino para que eso no siga sucediendo. Tardaremos generaciones en asimilar un don tan grande, en expresarlo con plena libertad, pero él nos ha abierto el camino.

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