Inicio arrow Docs arrowEscritos pastorales

Imprimir Documento PDF
 

Homilía en el IV Domingo de Pascua. Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. (selección de párrafos)

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 13/04/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 93. p. 206



Muy queridos hermanos sacerdotes,
saludo hoy especialmente al Presidente de la CONFER Diocesana,
el P. Onofre,
queridos religiosos y religiosas, consagrados y médicos, que nos acompañáis también, en este domingo del Buen Pastor y, al mismo tiempo, Jornada Mundial por las Vocaciones,
queridos hermanos y amigos todos,
también los que nos seguís a través de las cámaras de Localia,

Durante todas las Eucaristías del tiempo pascual, es precioso cómo la Iglesia nos va desgranando el significado del hecho de que Cristo haya resucitado. (…) Y en este domingo nos describe, como hemos leído en la Primera Carta del Apóstol San Pedro, cómo “Él es el pastor y el guardián de nuestras vidas”.

Probablemente la imagen nosotros nos resulta a nosotros extraña (…), pero la idea de un pastor que cuida, para un pueblo como el de Israel de entonces (que excepto en las ciudades eran pueblos de pastores), es tan expresiva, tan rica, que se aplicaba a los buenos reyes. (…) Por eso, cuando Jesús dice “Yo soy el Buen Pastor”, está usando una imagen totalmente conocida, que tiene un montón resonancias en la cultura en la que Él se expresaba, pero al mismo tiempo está diciendo algo precioso que, para nosotros, es igualmente expresiva.

“Pastor y guardián de nuestras vidas”. Yo creo que esta imagen es completamente actual, porque la experiencia más común del hombre contemporáneo es la de la soledad, (…) la de sentirse como arrojado o tirado a la vida, como abandonados. (…) Justamente, porque el ser humano se siente así, podemos dar gracias desde nuestras mismas entrañas por haber conocido a Jesucristo, porque el que Jesucristo haya resucitado significa precisamente que nosotros no estamos tirados a la existencia sin más (…), sino que nuestras vidas están mimadas, cuidadas. Y esa tendría que ser fundamentalmente la experiencia de un cristiano. Porque cuando unoha encontrado a Jesucristo sabe que no está solo nunca. Benedicto XVI lo dijo en su primera homilía: “un cristiano no está solo jamás”. (…)

Jesucristo no viene a arrancarnos nada que sea sustantivo de nuestra humanidad, o a limitarlo, o a hacerlo más difícil. Viene a hacer posible que seamos verdaderamente, íntegramente, plenamente, nosotros mismos. (…)

Vamos, pues, a darle gracias al Señor porque es nuestro Pastor, y no nos abandonará jamás. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y vamos a pedirLe que esa Presencia suya se haga más viva entre las comunidades en que nosotros vivimos la vida de la Iglesia, en vuestra parroquia. (…) Y no porque seamos “santos” en el sentido en que normalmente entendemos la palabra “santos”, es decir, llenos de virtudes y sin defectos, sino porque Cristo está en medio de nuestra pobreza, y no nos abandona, y Él es fiel. Aunque seamos todos muy pobres y muy torpes, ahí está Él. Y a Él le necesitamos, y su afecto, y su Compañía. Lo necesitamos como el aire para respirar, os lo aseguro.

Y que Él multiplique en nosotros los signos de que Cristo vive: sacerdotes que cuidan a su Pueblo como buenos pastores, dispuestos a dar la vida por la porción de Pueblo que el Señor les ha confiado; y vírgenes consagradas, que testimonian sencillamente, con el mero hecho de su vida, hagan lo que hagan (rezar o matarse a trabajar en una guardería o en un colegio, o en un hospital, o en una residencia de ancianos, da igual), que lo más querido de su corazón se llama Jesucristo, y que Jesucristo vivo es capaz de llenar de tal manera su corazón de mujeres, que uno puede ver el gozo y la alegría de una vida cumplida con sólo mirarles a la cara.

Que el Señor nos conceda esa gracia que tanto necesitamos todos. Los matrimonios necesitáis sacerdotes, las familias necesitáis sacerdotes. No soy yo, obispo, quien los necesita. Sois vosotros quienes los necesitáis.

Y necesitáis personas consagradas. ¿Cómo vais a saber que vuestro amor de esposos, vuestra unión conyugal, tiene su origen y su plenitud en Cristo, si nunca habéis visto a una persona cuyo corazón, cuya vida entera, resplandezca de la Presencia de Cristo? Os parecería que es una mentira. De igual modo que, ¿cómo podríais saber que en el momento de comulgar recibís a Aquél que es el Amor si nunca habéis visto a una persona transformada por el Amor? Eso son las personas consagradas. Esa es su misión. De ese modo es cómo cooperan de la manera más eficaz a la misión de la Iglesia. Porque la misión de la Iglesia es ésa: hacer presente a Cristo en un mundo que lo necesita como el aire, y que se muere cuando no lo tiene.

arriba ⇑