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Apertura del Proceso de Canonización de la Hna. María Stella Iglesias

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 27/01/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 92. p. 128



Mis queridos Capitulares,
mis queridos hermanos Sacerdotes,
saludo especialmente al Postulador y a los Sacerdotes que han venido para la celebración de la Apertura del Proceso de Canonización de la Hna. María Stella,
queridas Religiosas de María Inmaculada,
queridos amigos del Coro de Santa María Micaela, de La Chana,
queridos hermanos y amigos.

Estamos al comienzo del año litúrgico, después de la Navidad. Y el Evangelio de hoy nos hace una presentación de lo que era la predicación de Jesús. Y lo que Jesús predicaba era una buena noticia. De hecho, la palabra evangelio significa buena noticia en el griego que se hablaba en el siglo I. Y refleja una costumbre que tenían los habitantes de Palestina, que era que, cuando nacía un hijo, el hijo mayor de la familia se iba por los montes y decía “al bishara, al bishara”. Y “al bishara” significa “buena noticia”. Un pasaje de Isaías dice casi literalmente: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”.

¿Cuál es la buena noticia que Jesús anuncia? El Reino de los Cielos, dice el Evangelio de San Mateo. Este Evangelio, que está probablemente dirigido a comunidades judías, lo llama el Reino de los Cielos porque entre los judíos, en la época en la que se escribe el Evangelio (Jerusalén ya había sido destruida), la mayoría de los judíos seguía la doctrina de los fariseos, y los fariseos eran muy remisos a usar la palabra Dios y, por tanto, la expresión Reino de los Cielos es idéntica a Reino de Dios, que es la que usan el resto de los evangelistas.

¿Qué es el Reino de Dios? Nosotros somos herederos de una cierta tradición muy moralista, donde todo lo que se refiere a la religión se reduce a una serie de obligaciones que tenemos que hacer. Eso proviene del mundo exterior. La tradición cristiana no es así, aunque nosotros casi no nos damos cuenta. Llevamos tanto tiempo alimentando ese moralismo que apenas lo percibimos. Y, efectivamente, si el cristianismo consistiese sólo en recordar una serie de obligaciones, lo primero que uno pensaría es que Dios ha hecho una historia demasiado complicada para recordarnos que, en definitiva, teníamos que querernos y ser buenos. Todo el Antiguo Testamento, la pasión y muerte de Cristo, es demasiado complicado para algo tan sencillo y tan imposible al mismo tiempo. Por esa herencia moralista, una palabra tan sencilla como evangelio la traducimos inmediatamente en exigencias, en reglas, en leyes. Y por esa herencia, que viene fundamentalmente del siglo XVIII, la expresión Reino de Dios la hemos convertido en una serie de valores que nosotros tenemos que luchar por conseguir. Es verdad que hay alguna expresión en el Evangelio que habla del Reino de verdad y de justicia, del Reino de amor y de paz, pero ese Reino sólo es el lugar donde Dios reina. Ese Reino lo crea Dios para los hombres. Y lo que hace Jesús es decir: “El Reino de Dios ya está aquí”.

¿Qué significa el Reino de Dios? El Cielo, pura y sencillamente. El lugar donde Dios es todo en todas las cosas, y el lugar donde es nuestra salvación. Y hay palabras en el Evangelio que son inequívocas: “Si tu mano te escandaliza, córtatela”, es decir, si tu mano te sirve de tropiezo en la fe, si te hace pecar, córtatela, “porque más vale entrar manco en el Reino de los Cielos que ir con las dos manos a la gehena”, que privarte del Reino de Dios con tus dos manos.

El Reino de Dios es el Cielo. Pero el Cielo se ha inaugurado aquí, en esta tierra de pasiones humanas y de hombres mortales, lo ha inaugurado Jesucristo. Porque el Cielo es estar unido a Dios, de tal manera que esa unión sea irrompible. Y eso no lo podemos hacer los hombres, porque nosotros no somos capaces de llegar hasta Dios, ni de agradarle por nuestras obras porque, además, tenemos una herida en el corazón que hace que metamos la pata. ¿Cuál es la buena noticia? Que no tenemos que alcanzar a Dios, que Dios nos ha alcanzado a nosotros, que Dios se ha entregado a nosotros. La buena noticia es que en Jesucristo, “en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad”, como dice San Pablo, Dios se ha unido a nosotros con una unión indisoluble, porque el amor de Dios no se deja romper. El amor humano se rompe, se fatiga, se cansa, enferma, se muere a veces (muchas veces), pero el amor de Dios no, y Él se da todo entero en un solo gesto de amor, y ese gesto de amor es capaz de abrazarnos a todos. El amor de Dios nos abraza tal como somos, nos quiere tal como somos. Esa es la gran noticia.

Otra carta del Nuevo Testamente dice que “ha aparecido la gracia de Dios para todos los hombres”. En Jesucristo Dios se nos da como amor, inaugura en esta tierra ese amor cuya participación es el Reino de Dios. Es el Cielo aquí abajo. Es el Cielo vivido en nuestra fragilidad, pero con la certeza de que Dios es fiel. Ha venido Uno que es más fuerte que Satán, que ha roto las divisiones que había entre razas, entre naciones, entre pueblos. “Ya no hay judío ni gentil, ya no hay griego ni bárbaro, ya no hay esclavo ni libre, ya no hay hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús”. Cristo ha desvelado el horizonte de la vocación humana al amor sin límites, al amor que Dios mismo ha sembrado en nuestros corazones, y que nos permite entender por qué nuestros corazones son como son, por qué somos torpes, y por qué muchas veces nuestra torpeza expresa sin embargo un anhelo de plenitud, de belleza, de felicidad, de amor, del que no podemos prescindir más que muriendo.

Mis queridos hermanos, el Reino de Dios se ha inaugurado, se inauguró en el seno de la Virgen. El nombre del Reino de Dios sigue siendo Jesucristo. Y sigue vivo en la Iglesia. Eso no fue algo que les pasó a aquellos que vivían en Galilea o en Judea en el siglo I, a Zaqueo o a la samaritana, o Pedro y a Juan y a Santiago, o a Pablo. El Reino de Dios sigue siendo una posibilidad para nosotros. ¿Por qué? Porque permanece en la Iglesia. En todas las Eucaristías hay un momento en el que cantamos un canto que deberíamos cantar siempre, aunque fuéramos cuatro personas, o fuera la Eucaristía más humilde de diario, que el “Santo”.

El “Santo” es un canto que está en el Antiguo Testamento, y es el canto que cantan los querubines (la misma palabra hebrea lo expresa: los que están próximos al rostro de Dios, los que sostienen el trono de Dios, que ven su trono, a pesar de que se cubren la vista con sus alas, según la visión del relato de Isaías). Ese canto que se canta en el Cielo, nosotros lo cantamos en la tierra. Y justo antes, “con los ángeles y con los santos nos atrevemos a decir”, como nos atrevemos a decir a Dios Padre en el Padrenuestro. ¿Por qué? Porque la gracia que apareció en Jesucristo está con nosotros, permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
El Evangelio, el cristianismo, sigue siendo una buena noticia para todos nosotros. ¿Cuál es esa buena noticia? Es muy sencilla: Dios nos quiere. Aunque nos portemos regular, aunque haya gente que no nos quiera, aunque no nos quisiera nadie, Dios nos quiere y no puede dejar de querernos. Esa es la buena noticia. Esa es la gracia. Y esa es la única realidad que es capaz de cambiar nuestro corazón y que, en lugar del egoísmo, o de esa mentalidad por la que tratamos de atesorar o de apoderarnos de las cosas que nos han sido dadas, hace que nuestro corazón se ensanche sin límites.

¿Sabéis dónde podemos ver el signo más claro de que Jesucristo vive, de que el Cielo sigue estando al alcance nuestro? En los santos, en las personas de fe. Es verdad que hay unos santos que la Iglesia proclama, y lo que hemos hecho esta mañana es iniciar un proceso para que, si Dios quiere, si el proceso es conducido a buen término, si la Iglesia así lo juzga convenientemente mediante su autoridad, podamos reconocer en la vida virtuosa de la hermana María Stella un modelo para todos. Pero la Iglesia está llena de santos. Yo he conocido cientos en mi vida que jamás los canonizará la Iglesia, personas de fe en las que uno puede reconocer que Cristo vive. Y ese reconocimiento hace nacer en el corazón la alegría, hace renacer siempre la esperanza. Poder reconocer algo que no es humano, que es signo de la presencia de Dios, fundamentalmente ese amor sin límites. En una persona frágil, pequeña, en un temperamento que tiene defectos, como todas las personas, y sin embargo poder reconocer ese amor, esa donación, esa alegría que no es fruto de este mundo, que no es fabricada, que nace de lo más hondo de las vísceras, que no es algo ficticio, sino que permanece, y permanece en medio de la dificultad, en medio de los sufrimientos, hasta en presencia de la muerte. Y uno ve que no son personas alucinadas ni raras. Y uno siente la urgencia de reconocer su Presencia en ese sagrario vivo que son las piedras vivas de la Iglesia, las personas de fe.

No lo olvidéis: la Iglesia es un pueblo de santos. Basta abrir los ojos, cuando uno vive dentro de la Iglesia, para encontrar personas cuya vida resplandece (es verdad que uno encuentra miserias, muchas, las mismas que encuentra uno fuera). Y no es que te den buen ejemplo por lo buenas que son, no es eso. Uno reconoce en ellas que Cristo vive. Y eso fortalece en nosotros la fe, hace renacer la esperanza, ensancha el corazón y lo llena de misericordia y de amor por todos los hombres, desbloquea ataduras en las que nos enzarzamos y nos quedamos apresados. Hace florecer el Cielo aquí en la tierra. Esa es la Iglesia. Ese es el cristianismo. Eso es lo que el Señor nos ha regalado, como un don que no tiene precio, para poder vivirlo desde ahora mismo, desde que uno cae en la cuenta del tesoro grande que significa ser cristiano.

Hoy es el día de la Infancia Misionera. Y esa buena noticia, tal vez la entienden los niños mejor que los mayores. Los mayores tenemos más heridas, tendemos a ser más escépticos. Sólo los niños tienen ese corazón limpio que no duda del milagro, que cree espontánea y sencillamente que el milagro es posible. Por eso el Señor los amaba tanto. Y no porque los niños no tengan defectos. Pero su inteligencia no está recortada ideológicamente como lo está la nuestra. Saben que el milagro es posible. Entre otras cosas, porque quizá no han perdido la memoria del milagro que es su propia vida. Tienen la conciencia de que la vida cotidiana es, en sí misma, un milagro. Algo que nosotros hemos perdido. Por eso tal vez nadie puede entender a Jesucristo como los niños, o los que conservan la infancia y la juventud, tengan los años que tengan. Y también los niños pueden ser testigos de eso. Por eso los niños pueden ser los mejores misioneros.

En mi historia sacerdotal, yo podría deciros de muchos padres que han reencontrado la fe viendo cómo sus hijos pequeños la vivían, donde los niños han traído a los padres a la fe, les han vuelto a acercar a Jesucristo, les han hecho posible volver a dar gracias por la vida. ¡Claro que los niños pueden ser misioneros! ¡Claro que los niños pueden ser testigos de la buena noticia! El Papa Benedicto XVI ha dado hace unos días la aprobación para la beatificación de una niña de seis años. Y muchos de nosotros hemos oído frases a niños que son del otro mundo. Recuerdo una niña de la que me hablaban que se abrazaba a un enfermo con cáncer en la cara, totalmente desfigurado (el anciano no era ni siquiera familiar suyo), y le daba besos, y cuando los padres le preguntaron que por qué le había abrazado y le había dado tantos besos, esa niña, que tiene unos cinco años, dijo: “Es que era Jesús”. Ya quisiera yo que nosotros entendiéramos la vida con tanta sabiduría. Un día estaba celebrando la Eucaristía un sacerdote en el aniversario de bodas de sus padres, una familia numerosa, grande, y al final se le acerca un niño a la sacristía y le dice: “Gabriel, ¿y tú por qué has hecho de Jesús ahí en el altar?” Ya quisiera yo entender mi sacerdocio tan bien como lo entendía ese niño.

Vamos a dar gracias a Dios por el tesoro de la fe, y vamos a pedirle que Él nos ayude a todos, especialmente a los niños, pero a todos, con un corazón de niños, a ser testigos de esa buena noticia del amor de Dios hacia todos los hombres. Y que, si Dios quiere, que la hermana María Stella pueda guiarnos y sostenernos en ese camino, porque la Iglesia reconozca su santidad. No será más que un motivo más de esa acción de gracias para la que todos tenemos ya tantísimos motivos.

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