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Eucaristía de acción de gracias por el reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación y el III Aniversario de la muerte de D. Luigi Giussani

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 11/02/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 92. p. 146



Mis queridos hermanos, la Eucaristía de esta tarde coincide con la que me había pedido la Fraternidad, aquí en la Diócesis, de Comunión y Liberación (un grupo minúsculo, como podéis ver), para celebrar la acción de gracias por el reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación y, al mismo tiempo, el aniversario en fechas próximas de la muerte de su fundador, D. Luigi Giussani.

Mi vida y mi historia personal desde hace muchos años, entorno al año 1978, está vinculada a los orígenes del nacimiento de Comunión y Liberación en España. Por tanto, para mí también es una ocasión de gracia a la que no me uno de un modo formal o exterior, sino desde mi experiencia personal.

Sólo quisiera subrayar en esta Eucaristía dos aspectos que, a mi juicio, tienen que ver con las lecturas que acabamos de escuchar, y que la Iglesia propone al principio de la Cuaresma para iluminarnos el camino de conversión. Y en estos dos aspectos, el encuentro con Comunión y Liberación ha sido para mí particularmente luminoso, y me ha abierto caminos en mi propia vida, como cristiano y también como Pastor.

El primero (y yo creo que en este aspecto la experiencia de Comunión y Liberación ayuda a superar ciertas perplejidades o ciertas aporías vinculadas al cristianismo de la Modernidad, o ciertos techos que hacen que la experiencia cristiana en nuestro mundo sea tantas veces agónica) es la quiebra de ciertas barreras fijas entre el mundo de lo cristiano y el mundo natural, el mundo de lo sobrenatural y el mundo de lo natural; entre el mundo de lo religioso y el mundo, las cosas. En la experiencia, en la palabra y en la enseñanza de D. Luigi Giussani, uno aprende a reconocer que lo religioso no es ni más ni menos que un cierto espesor de las cosas de la vida, de las relaciones humanas, de la realidad misma del trabajo… absolutamente todo. Porque donde uno vive, si uno aprende a mirar con fe, si uno aprende a mirar desde Cristo y en función de Cristo, uno puede percibir los signos, las huellas de la presencia de Cristo en la realidad física, en el mundo de las cosas materiales, y sobre todo en el corazón del hombre, en la vida humana, en la existencia humana, en la que uno puede reconocer siempre la belleza de la imagen de Dios. Y la misión cristiana consiste en algo tan sencillo como recomponer esa imagen, o como poder recuperar la percepción y la mirada y el afecto a esa imagen. El hecho de que Jesús ponga el Juicio Final, no en el cumplimiento de unas prácticas religiosas determinadas, sino en las relaciones de unos con otros, hace clarísimo que para Cristo no existe eso que los hombres modernos hemos llamado “lo religioso”, como distinto de “lo profano”; espacios o tiempos dedicados a Dios que serían, por así decir, los que darían sentido a los otros espacios. No. La vida, nuestro destino sobrenatural, nuestra salvación, nuestra vocación se juega en esta vida, y se juega en las cosas de esta vida, en todas ellas: en el trabajo, en el tiempo libre, en el empleo del tiempo, en la posición que el corazón tiene ante la realidad y, por lo tanto, en la posición que el corazón tiene ante el Misterio revelado en Cristo.

Extraordinariamente vinculado a este aspecto estaría otro que para mí ha sido muy determinante, y que resumo en una frase de un prólogo que D. Giussani escribió para un libro que contenía relatos de vidas de santos. Y esa frase que aparecía al principio del prólogo decía sencillamente: “El santo es el hombre verdadero”. La Redención de Cristo no introduce en nuestra vida una serie de aspectos extraños o añadidos a la misma vida. Lo que nos devuelve el poder salvador de Cristo es a nosotros mismos. Lo que nos permite es vivir la verdad de lo que somos. Lo que nos permite es reencontrarnos a nosotros mismos, amar la realidad y, por decirlo con términos de Bernanos, amarnos a nosotros mismos con la misma ternura con la que Dios nos ama, en lugar de los mil enredos como nosotros tendemos a juzgar nuestra historia, nuestro pasado, nuestras capacidades, nuestros límites, nuestras expectativas de futuro o nuestras expectativas de la misma vida… Nos da la libertad de poder amarnos, porque no es posible amar nada sin libertad. Y, ciertamente, no es posible amarse a sí mismo o amar a otras personas sin libertad. Y el Señor nos da la libertad y la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos, y de mirarnos a nosotros, y a los demás, y a la realidad con un afecto grande.

Cristo no añade nada a nuestra vida, en el sentido de nada extrínseco, exterior o extraño. Nosotros estamos hechos para una plenitud que no podemos darnos por nosotros mismos. Estamos hechos para la vida divina que recibimos de Jesucristo, y con ella Jesucristo nos da todo: nuestra propia humanidad y la posibilidad de cumplirla. Porque nosotros no podemos ni vivir en plenitud, ni ser felices, ni vivir contentos si no es por el don de Cristo.

Son dos aspectos, muy pobremente expresados, de la gratitud del encuentro con esta experiencia de Iglesia. Y de igual modo a lo que el propio D. Giussani dijo delante de Juan Pablo II, yo no he querido sino recordar algunos elementos esenciales de la experiencia cristiana de siempre que el encuentro con Comunión y Liberación ha aportado a mi vida, y que comparto con vosotros en la medida que puedan serviros. Ciertamente, para mí son motivo de gratitud y, en la medida que eso marca la historia de vuestro Pastor, si ese ministerio mío es motivo de gratitud para algunos de vosotros, también es motivo de alegría y de gratitud para todos juntos.

Otra cosa que podría subrayar, leyendo a D. Giuss, viviendo en la compañía de las personas que han nacido de su paternidad, es que la fe deja de ser la afirmación de una serie de ideas abstractas, o de una serie de pensamientos o de frases, para convertirse en el reconocimiento de una Presencia. El núcleo de esa Presencia es la Eucaristía. Y yo creo que para cualquier cristiano, y para mí de una manera ciertamente viva en la pertenencia a la historia de Comunión y Liberación, la vida no es más que la prolongación de la Eucaristía, del don que el Señor nos hace de Sí mismo en la Eucaristía. Y vivir eso es una inagotable fuente de libertad y de gozo. De gozo humano, no de un gozo místico o sobrenatural de un modo extraño. Un gozo en el que el corazón canta agradecido, en el que el corazón vive contento. En un gozo que se te impone, por así decir, que cae sobre ti y te sorprende, y te arrastra.

Vamos a darle gracias al Señor por esa presencia que la Eucaristía nos da día tras día la posibilidad de reconocer y de renovar.

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