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Creer, esperar, amar

Catequesis cuaresmal en la Archidiócesis de Mérida-Badajoz

Fecha: 13/02/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 92. p. 149



Yo no vengo a daros una conferencia. Hay un lenguaje propio de la experiencia cristiana que es el lenguaje del testimonio, y lo que quiero daros es un testimonio, el testimonio de mi propia experiencia.

Puesto que el título que se me ha propuesto es “Creer, esperar, amar”, y la fe, la esperanza y la caridad aparecían en el pequeño texto de San Pablo que se acaba de leer, voy a tratar de poner ante nuestros ojos lo que significan esas tres palabras como experiencia humana, y subrayar algún aspecto menos habitual, más llamativo, y por tanto probablemente menos espontáneo para nosotros, de cada una de esas tres palabras que juntas describen la novedad de la experiencia cristiana.

El ser cristiano consiste en poder anunciar, porque uno tiene la experiencia de ello, que hay un lugar en este mundo donde la vida humana se cumple. Es tan sencillo como eso. Anunciar que existe un lugar donde esas aspiraciones, esos deseos que nos constituyen, ese anhelo de plenitud del que no podríamos prescindir sin morir y que está en el corazón del ser humano, de cada hombre y de cada mujer, es posible cumplirlo. Y no como una utopía, o como un sueño o una fascinación, sino como experiencia vivida. Y se cumple (y en eso Dios mismo pone de manifiesto su verdad) sin eliminar nuestra fragilidad, sin suprimir nuestra contingencia, sin trasladarnos a un mundo virtual, fantasmagórico, ideal, donde no seríamos nosotros mismos, donde no tendríamos los límites de nuestra carne, los límites de nuestros temperamentos particulares de cada uno, los límites del pecado en nosotros.

Poder afirmar que hay un lugar en el mundo donde la vida humana se cumple es un escándalo, y yo soy consciente de que es un escándalo. Y hasta tal punto es escándalo que a nosotros mismos nos daría vergüenza decirlo, muy probablemente. Y, sin embargo, ser cristiano es eso: poder decir eso, porque uno tiene experiencia de que es así en la propia vida, y poder ofrecer ese mismo cumplimiento a cualquiera que esté a nuestro lado, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar, en cualquier momento de la vida, en cualquier cultura. Poder ofrecer participar de esa plenitud que nos ha sido regalada, y que se nos da y se nos ofrece como gracia y como posibilidad cotidianamente.

Ese lugar es la Iglesia. Por tanto, el cristianismo comienza con la Iglesia. La Iglesia es ese lugar donde uno puede vivir la vida en toda su plenitud. ¿Por qué? ¿Porque la Iglesia está compuesta por personas que no tienen defectos? No, en absoluto. No somos mejores que nadie. No somos cristianos porque seamos mejores que personas que no están en la Iglesia. Incluso no somos mejores que los enemigos de la Iglesia, y en muchos sentidos incluso es posible que seamos peores. Pero en la Iglesia hay una Presencia indefectible, que entró en la Historia en un momento de la Historia, en una casa de Nazaret, en una persona joven. Y esa Presencia, que es la Presencia de Cristo, el único Redentor del hombre, no desaparecerá nunca jamás de nuestra Historia mientras que el mundo sea mundo.

Y la Iglesia es el lugar donde el Señor cumple indefectiblemente su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y en ese lugar nos es regalada constantemente una vida nueva, donde el factor determinante es, precisamente, la compañía del Señor en este cuerpo humano en el que estamos nosotros, pero en el que Cristo vive. Y me diréis: “¡Pero si la Iglesia está llena de defectos!” Ciertamente podemos encontrar en la Iglesia los mismos defectos que encuentra uno en cualquier grupo humano. Y hasta duelen más cuando se encuentran en la Iglesia, porque uno esperaría que tal vez la Presencia de Cristo hubiera hecho desaparecer muchos de ellos. Y, sin embargo, al mismo tiempo que ese conjunto de defectos, o que esos límites o torpezas y pecados, hay algo más: la Presencia de Cristo y la novedad constante que no cesa de fluir con la misma frescura que la mañana de Pascua, con la misma inmediatez con que Pedro y Juan se encontraron el sepulcro vacío, o con la que María Magdalena se encontró a Jesús en el huerto. Con la misma inmediatez y la misma frescura nos es ofrecida a nosotros la novedad de una vida que no es algo añadido a nuestra vida. Y esto quisiera subrayarlo bien. No es como una especie de vestido que nos ponemos. No es como un mundo distinto al real. Sencillamente nos permite ser nosotros mismos. La Presencia de Cristo y la comunión de la Iglesia nos permite ser nosotros mismos con gratitud. Nos permite vivir contentos. Nos permite ser libres. Nos permite vivir anticipadamente esa plenitud para la que estamos hechos. Y vivirla en un mundo hecho de pasiones, de limitaciones, de vidas en las que los seres humanos nos hacemos daño unos a otros. Esa plenitud existe.

Cuando hoy nos preocupa tantas veces la evangelización (y ahora me dirijo más a los que quizá tenéis alguna responsabilidad en ese ámbito, tal vez en la educación, o en el ministerio sacerdotal, o en otros trabajos de otro tipo), a mí me parece que es algo muy sencillo. Es sencillamente testimoniar que nosotros hemos encontrado la plenitud que todo ser humano busca. Yo, en el terreno de las ideas, me he encontrado con personas de ideologías muy diferentes y de pensamientos muy distintos. Pero en el terreno de la humanidad, si uno es capaz de atravesar la ideología y dirigirse o apelar a la humanidad de la persona (es verdad que a veces la ideología es una máscara tan grande que la humanidad está como protegida detrás de un verdadero telón de acero), si uno es capaz de llegar a la humanidad, yo nunca me he encontrado con una distancia con nadie. Porque todo ser humano, de los que yo he conocido, quiere ser feliz, quiere vivir en la verdad, desea vivir en la verdad. Y aunque viva en la mentira, quiere creer que esa mentira sea verdad, o necesita que esa mentira tenga una parte de verdad a la uno se pueda agarrar. Y todo ser humano quiere ser amado. Yo no he encontrado a nadie que no quiera ser amado, que no quiera ser feliz, que no quiera ser libre. Y lo que yo he encontrado tiene que ver con mi capacidad de recibir amor y de darlo, tiene que ver con mi libertad, me permite vivir en la verdad de lo que soy, de la pequeñez de lo que soy, contento de lo que soy. Y en este sentido, en medio de la vida y de las mil tramas que hay en ella (y yo creo que lo puedo decir con una autoridad particular, ya que todos sabréis que recientemente he vivido un juicio), yo puedo afirmar que se puede vivir contento. ¿Que se vive con dolor? Sin duda. Pero tampoco eso tiene mucho de escándalo. También el Señor sintió el dolor. Y como me comentaba un amigo mío, “dicen los periódicos que es la primera vez que un arzobispo es sentado ante los tribunales. No han leído la historia de la Iglesia. Los tribunales y las cárceles han sido la segunda casa de los obispos desde el principio”.

Cuando os digo que esa plenitud es posible, lo digo, no porque mi vida haya sido una colección de éxitos humanos, sino con la experiencia también de alguna pequeña tribulación. También hay un amigo que me decía, cuando me veía con la cara un poco más caída, antes de los episodios del juicio: “¡Levante Vd. esa cara, que podría haber leones por aquí! Y los cristianos han pasado también por los leones y no ha pasado nada”.

En la cultura en la que vivimos, concebimos siempre la plenitud como algo que los seres humanos tenemos que conquistar a base de adquirir cualidades, bien sea pensamientos, bien sea formas de vida… Una serie de perfecciones que nos tenemos que fabricar nosotros, como si tuviéramos que alcanzar nuestra plenitud nosotros. Somos hijos de la Ilustración. Llevamos dos siglos oyendo por todas partes, muchas veces al día y de mil formas diferentes, que el ser humano se hace a sí mismo, que la felicidad la tenemos al alcance de nuestra mano. Y es verdad que ese discurso, aunque permanezca todavía (o al menos algunos residuos de él) en algunos discursos oficiales, cada vez es menos creíble para los seres humanos que vivimos con los ojos abiertos en nuestro momento cultural.

Ese mito de que el hombre es capaz de darse a sí mismo la plenitud nos ha envenenado el pensamiento y el corazón durante al menos dos siglos, si no más. Y eso es mentira. Cuando yo digo que hay un lugar en el mundo donde esa plenitud nos es ofrecida y nos es dada, ese lugar es la Iglesia. Y la razón por la que nos es ofrecida, no es por las cualidades de la Iglesia, sino porque la Iglesia es el lugar, el Pueblo, el espacio humano donde Cristo vive, y donde Cristo se me da. Y se me da como don y como amor, de tal manera que transfigura realmente mi vida, y me permite vivirla de una manera nueva. Al decir esto, estoy afirmando que la plenitud existe, pero no como conquista del hombre, sino como gracia. Esta es la experiencia del cristianismo. Y eso está en la primera frase del antiguo catecismo: “¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano por la gracia de Dios”. Porque no hay otra manera de ser cristiano. Muchos de nosotros hemos recibido la fe en nuestras familias (yo, por la gracia de Dios, la he recibido), y si hemos permanecido en ella, es evidente que no ha sido por rutina, sino porque de alguna manera hemos visto, hemos tocado su verdad en testimonios de vidas sencillas, con defectos, con límites, pero que transparentaban la presencia viva de Cristo.

¿En qué consiste la novedad de la vida cristiana? Básicamente, en que la vida deja de ser vivida en solitario. La tragedia del hombre contemporáneo es que, a base de enseñarle que uno tiene que hacerse su propia felicidad y su propia vida, es un hombre más solo. Cuanto más grandes son las ciudades, más solitario es el ser humano. Y en esa conciencia de que el ser humano se hace a sí mismo, al final el ideal de la vida es de algún modo el autista: ese ser que vive en solitario, que no necesita nada de nadie, o que cuando los necesita recurre a ellos para usarlos, y utiliza a los demás para satisfacer sus necesidades. Y eso se da ahora mismo muchísimo. Yo he tenido que trabajar en mi vida con adolescentes y con jóvenes, y uno ve que la relación entre chicos y chicas, la mayoría de las veces, salvo que haya otra cosa, consiste en un permanente chantaje afectivo que no es capaz de hacer feliz, que es incapaz de llenar el corazón. A lo mejor lo hacen incluso de acuerdo mutuo, pero lo que hacen es utilizarse mutuamente para satisfacer necesidades afectivas o carencias  que tiene la propia vida cuando es vivida en soledad. A eso se le puede llamar amor por rutina, pero ciertamente no es amor. Y ciertamente no hace feliz, no genera una compañía buena.

La Iglesia es el lugar donde Cristo nos acompaña y, en esa compañía de Cristo, la verdad de la vida florece, se ilumina, se hace posible. Y eso cambia todo. Cambia la mirada sobre la vida, cambia la mirada sobre las cosas. Por decirlo en pocas palabras, llena de buen gusto la vida. Genera en nuestro corazón algo que en nuestro mundo se hace cada vez más difícil, y es el gusto por la vida, la capacidad de disfrutar, hasta la capacidad de vivir contentos, de dar gracias por la vida, y de reconocer el misterio y el afecto de las personas con un corazón sencillo, de comprender que la vida es para aprender a querernos, y que eso es un trabajo precioso, y que el tiempo nos es dado para aprender a querernos. Es decir, en esa compañía de Cristo, cambia el corazón, cambia la mirada.

Hay un corolario de lo que estoy diciendo, y es que, lo que hace una vida buena, no son valores. Yo desterraría la palabra “valores” del vocabulario cristiano. Y sé que nuestro lenguaje ético, y no digamos el lenguaje educativo, está lleno de la palabra “valores”, como si eso fuera la panacea universal. Y los valores no sirven para nada. Realmente no cambian nada. Sería una palabra de la que habría que prescindir. En un contexto cultural como el nuestro, que afirma que el hombre se hace a sí mismo y que no hay más que lo que el hombre pueda conseguir arrebañando de la tarta de la creación un trozo más grande del pastel de la felicidad, los valores son referencias subjetivas. Y punto. Educar en valores tiene como respuesta: “Sí, pero los valores, ¿de quién?, ¿qué tipo de valores?, ¿quién los escoge?, ¿quién los determina?, ¿quién los decide? Yo tengo los míos. Tú tienes los tuyos”. Y al final es una palabra vacía. Tan vacía como pueda serlo “derechas” o “izquierdas”, por ejemplo. No significa nada.

La gracia de Cristo, el encuentro con Cristo como realidad presente, histórica, vivida en la Iglesia, me da acceso a una humanidad, porque me da acceso a una plenitud, me da acceso a la vida, a la verdad, a la posibilidad de un amor sin límites, que es para lo que mi corazón está hecho. Pone ante mí, y no sólo ante mí, sino que pone en mí, me confiere la posibilidad de vivir ya, en este mundo de pecado, en este mundo mortal, la vida eterna. Hay un pasaje precioso de San Juan que expresa qué es la vida eterna: “Que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”.

El encuentro con Cristo me da acceso a la plenitud humana. El santo, decía una persona de la que yo he aprendido muchísimo, no es más que el hombre verdadero. No es alguien al que a su humanidad se le han añadido no sé qué cosas. Es el hombre que puede vivir en plenitud. Y esa plenitud nos es ofrecida en el Bautismo, en la vida de la Iglesia, si viviéramos lo que somos conscientemente. ¿Y por qué nos es ofrecida? Porque nos es ofrecida la compañía de Cristo. La palabra compañía yo sé que es insuficiente. El Bautismo es una celebración nupcial. Cristo es mucho más que un amigo, o que un compañero. Es mucho más que un padre, o que un esposo, o que un hijo. La unidad de Cristo con nuestro ser, por la fe y el Bautismo, es más grande que ninguna de las formas humanas de unidad que existen. Pero la más parecida, la menos inadecuada para esa unidad, sería justamente la forma esponsal. De igual modo que la Eucaristía también es un rito esponsal. Dos siglos y medio de Ilustración han hecho de la Eucaristía un deber, una cosa sosísima, fría, normalmente áspera, vacía, donde lo que cuenta es si el cura ha estado simpático, si ha dicho algo que valiera la pena, o si ha estado aburridísimo. Y luego, normalmente, una serie de ritos hechos de prisa sobre el altar y que tienen que ver poco con nuestra vida. La Eucaristía es un rito nupcial. Esta es la tradición de la Iglesia, independientemente de que nosotros seamos o no conscientes de ello.
La novedad de la vida cristiana consiste en esa compañía de Cristo aunque, repito, la palabra compañía es muy pobre para expresar esto. Es la vida sostenida desde dentro por el don de Cristo hecho uno con nosotros. Eso cambia todo en la vida. Cambia también lo que (antes de que entrara el lenguaje de los valores) el lenguaje de la vida moral llamaba virtudes. Y las virtudes, por ejemplo en Aristóteles, eran el trabajo que hace un ser humano para cambiar desde como somos normalmente a como tendríamos que ser si viviéramos la plenitud de la vida humana. ¿Qué es lo que nos da el encuentro con Cristo? Nos da esa plenitud como gracia, como don, para poder vivirla. Y eso cambia todo en la vida. Cambia la justicia. No es lo mismo la justicia de un cristiano que la justicia de uno que no ha conocido a Cristo. Porque aunque la justicia siga siendo “dar a cada uno lo que es suyo”, quien ha conocido a Cristo y ha recibido la plenitud de la vida gratis, dar a cada uno lo que es suyo, probablemente, tiene un contenido completamente diferente. Y, por ejemplo, la templanza, o la fortaleza, no es la fortaleza del soldado o del guerrero, sino que tal vez es la fortaleza del amor. Esas cuatro virtudes, que la tradición filosófica occidental ha llamado cardinales, cambian en la clave cristiana, porque esas virtudes humanas son transfiguradas por la compañía de Cristo.

Pero hay tres virtudes que forman parte sólo de ese don, que no son virtudes humanas, y que constituyen ellas mismas la novedad que Cristo nos ha dado. Un teólogo muy grande del siglo XX ha llamado a esas tres virtudes los “existenciales cristianos”, es decir, aquello que determina la existencia cristiana. De igual manera que hay cosas que determinan la existencia humana (por ejemplo, que somos en el tiempo, que somos en los otros y, de algún modo, para los otros, y no somos si no es en una relación con otros), hay tres realidades que determinan la realidad de la vida cristiana y que sólo se dan en la novedad de la vida cristiana, y éstas son la fe, la esperanza y la caridad.

La novedad cristiana está constituida por estas tres virtudes, que son dones, regalo, que no son fruto de ninguna conquista moral. La fe no se consigue. La fe se desea, se pide. La fe, probablemente por haber visto a alguien en cuya vida puede uno percibir esa plenitud, te atrae. Te atrae la belleza de una vida y dices: “yo quisiera ser como ese”. Veo que aquí hay religiosas, y seguramente hay más personas consagradas, y estoy seguro de que a todos en vuestras comunidades os preocupa el problema de las vocaciones. Por favor, no hagáis una delegación de pastoral vocacional. Sirve de bien poco. Más bien, pedidle al Señor que vuestras vidas sean lo suficientemente atractivas y bellas como para que quien las vea pueda tener ganas de ser como vosotros. Y punto. No hay otro camino. Como no hay otro camino para la evangelización. No se trata de descubrir técnicas más complicadas. Porque no se trata de manipular a nadie. Se trata de que resplandezca en nosotros aquello que cuenta con la complicidad del corazón humano, porque todo corazón humano desea esa plenitud. Y cuando uno puede percibir esa plenitud, uno dice: “yo quiero vivir así”. Recuerdo que en mis primeros años como obispo yo no tenía obispado Mi obispado y mi despacho eran las cafeterías de la Universidad Complutense, o de la Autónoma de Madrid. Me habían encargado que me dedicase exclusivamente a la pastoral de los universitarios, y los universitarios no iban a venir al Arzobispado de Madrid a hablar con su obispo. Y aprendí a ser obispo en las escaleras de la facultad tomándome un bocadillo con los de Derecho, o pasando un rato al laboratorio de los de Telecomunicaciones, o sentados en el césped del paraninfo comentando la película del día anterior, o cualquier cosa de ese tipo. Y yo doy gracias a Dios por ello. Porque uno se da cuenta de que no hay más que una forma de que crezca la Iglesia. Recuerdo perfectamente a un muchacho que había entrado en contacto con un grupo cristiano en la Universidad y le invitaron a unos Ejercicios espirituales durante un fin de semana. Y al final hubo una asamblea e invitaron a que hablara quien quisiera. Y este chico subió allí y dijo: “yo llevo dos días y medio oyéndoos hablar de Jesucristo, de la presencia de Jesucristo, y de un montón de cosas que no entiendo, pero me da igual, no me voy a despegar, porque desde que estoy con vosotros vivo más contento, y sé que, por lo tanto, lo que vosotros vivís es verdad, y me voy a pegar a vosotros porque, aunque ni sé quién es Jesús, lo que me importa es lo que he encontrado en vosotros”. Si nuestras vidas tuvieran un atractivo así… Ese es el único paso que no nos podemos saltar en la evangelización. Sobre esto puede uno construir lo que quiera. Pero lo primero que tiene uno que percibir es justamente la belleza, la libertad resplandeciente de una humanidad cumplida.

Y en esa humanidad, ¿qué es lo que resplandece? Resplandecen esos aspectos que mencionan las cuatro virtudes cardinales, y otras muchas: la delicadeza, la cortesía… porque hay todo conjunto de virtudes menores que también son diferentes cuando uno vive acompañado por Cristo; hasta las más pequeñas, como los gestos de atención, el saber escuchar, y tantas y tantas cosas que podría uno mencionar. Pero sobre todo resplandece algo que abre al horizonte de esa plenitud, y ese algo es la fe, la esperanza y la caridad.

Es evidente que no se puede hablar de un modo adecuado en el tiempo que tenemos. Pero fijaos que las tres son relacionales. No son algo que uno adquiere. Es una forma de relacionarse con Dios, que crea Dios. Cuando decimos que la fe, la esperanza y la caridad son virtudes infusas, significa que la fe surge en mí como respuesta a la acción de Dios. ¿Cuál es la acción de Dios en nosotros? Justamente esa belleza, y el atractivo de esa belleza.

Sobre la fe sólo quisiera decir una cosa, y es que no está en contraposición a la razón. La Iglesia ha defendido siempre que la fe es una forma de conocimiento, de conocimiento real. Es verdad que, desde la Ilustración e incluso antes, desde el comienzo del siglo XVI, el hombre ha tratado de entender la razón de una manera cada vez más pequeña: la razón sólo sirve para medir y contar cosas. Y sólo las cosas que se pueden medir y contar entran dentro de la razón. Y cada vez entran menos cosas en la razón, porque en la vida humana hay muchas cosas que no se pueden medir y contar de las cuales uno puede tener certeza, del mismo modo que uno puede tener certeza de que sus padres no le ponen cianuro en el café por las mañanas, por ejemplo. O uno puede tener certeza de que sus padres le quieren, y no puede traducir eso en una fórmula matemática. Y, sin embargo, son certezas que determinan la vida mucho más que el que dos y dos sean cuatro o que pudieran ser siete. Las cosas que se pueden medir son sólo las cosas físicas, y en la vida hay muchas otras cosas que no son medibles, porque no son físicas, y eso no significa que uno no tenga acceso a su conocimiento.

La fe es un acto de conocimiento, y un acto de conocimiento racional. Yo tendría que arrancarme los ojos para no creer, porque yo he visto en mi vida milagros tan grandes como la resurrección de Lázaro. Yo he visto la belleza de la vida cristiana, y sé que eso es tan imposible para el ser humano como resucitar. Exactamente igual de imposible. Por tanto, cuando yo me adhiero a lo que la Iglesia me enseña, a la fe de la Iglesia, cuando proclamo el Credo, estoy acogiendo una verdad sobre la que sé que se construye. Y luego está mi propia experiencia, la experiencia de cada uno: uno sabe que sobre la mentira la vida no crece. Cuando uno tiene la experiencia de que, acogiendo el amor de Cristo que la Iglesia me ofrece, mi vida crece en libertad, en sabiduría, en comprensión, en capacidad de amar la vida, y uno ve que eso permanece en el tiempo, uno se da cuenta de que eso no es una alucinación de fin de semana como las que se pueden obtener a base de cerveza, o como los fuegos artificiales. Uno se da cuenta de que eso es verdad. Y no necesita haber hecho unos estudios especiales de historia sobre los orígenes cristianos, o de crítica de las formas del Nuevo Testamento, o cosas de ese tipo. Uno sabe sencillamente que eso es verdad. La persona más sencilla tiene dentro de sí el criterio para saber que eso es verdad, porque mi humanidad crece cuando edifico sobre ese anuncio, sobre esa propuesta de la Iglesia. Y mi humanidad se empequeñece, se empobrece, pierde sabiduría, pierde racionalidad, pierde inteligencia. Inteligencia de la vida, no inteligencia sobre el ADN, o sobre los componentes del genoma humano. Pierde inteligencia sobre el sentido de la vida cuando me aparto de Jesucristo, cuando me aparto de la fe. Y eso me da la certeza de la verdad de lo que la Iglesia enseña.

Por tanto, sobre la fe: es un acto de conocimiento. Es un acto de adhesión a una verdad que uno puede comprobar, que uno puede verificar, que uno puede experimentar. No como la razón matemática, que además es extraordinariamente pobre, ya que no la usamos para la mayor parte de las cosas de la vida, las que más nos determinan, como pueden ser  nuestras relaciones humanas.

La esperanza. Hay una frase de un poeta que os invito a leer si tenéis ocasión (os invito a leer cualquier cosa de ese poeta). Es un francés que se convirtió después de haber sido socialista y agnóstico, auque él dijo que jamás tuvo que renunciar a sus ideales de una ciudad armoniosa para ser llevado por esos ideales hasta la puerta de la Iglesia. Se llama Charles Péguy, es de principios del siglo XX, y murió en 1914, a los comienzos de la I Guerra Mundial, dejando su obra a medio escribir. Este hombre escribió una obra preciosa sobre la esperanza que se llama “El pórtico de la segunda virtud”. Él trataba de escribir obras de teatro, y en la página tres o cuatro aparece Dios, y Dios se pasa cien páginas hablando, y se acabó la obra de teatro. En esa obra sobre la esperanza, Dios le dice a Juana de Arco, que todavía no ha recibido su vocación, “para tener esperanza, hija mía, hace falta haber recibido una gracia muy grande, hace falta haber sido muy feliz”.

Quiero subrayar este aspecto. La esperanza no es voluntarista. La esperanza, efectivamente, nace de la experiencia de ser objeto de un amor grande. Nace de esa plenitud a la que yo hacía referencia hace un momento, cuando uno percibe que la propia vida, sin que uno lo haya buscado, de repente se va transformando, se va haciendo más humana y más verdadera, justamente por Alguien que existe porque actúa, del que yo puedo reconocer su obra, porque yo sé que no soy capaz de producir en mí lo que produce su Presencia (y cuando hablo de su Presencia, no hablo de algo místico, en el sentido de extraño) acogida sencillamente, diariamente, cotidianamente, segundo a segundo, en la vida de la comunión de los santos, en la vida de la Iglesia. Yo sé que eso es tan incapaz de ser producido por mi esfuerzo, por mi voluntad, que no puedo más que reconocer que eso es un don. Pero la experiencia de ese don, el ser amado con un amor infinito, es lo que hace nacer la esperanza.

La esperanza no es una utopía, algo que uno sueña que podría pasar. Es uno que dice: “si yo puedo ser amado así, yo puedo desear que el infierno esté vacío”. El ser humano es capaz de decirle que no al amor de Dios. Y Dios ha corrido el riesgo inmenso de la libertad humana. Pero si el amor de Dios es eso de lo que yo tengo experiencia en Jesucristo y en la comunión de la Iglesia, ese amor, que es infinito, tiene infinidad de recursos que a mí se me escapan. Yo tengo la obligación de esperar que ese amor triunfe definitivamente sobre el mal. Y puedo comprender que decir eso no es un acto de autoengaño o voluntarista. No, es un acto razonable. Porque no es más difícil que nazca el encuentro con Cristo en cualquier otro ser humano de lo que ha sido o es en mí. Por lo tanto, si ha sucedido, si yo tengo la experiencia de haber sido salvado, ¿por qué voy a dudar yo de que su amor pueda salvar a cualquier otro?

Con respecto a la esperanza sólo quería decir eso. Nuestra falta de esperanza muchas veces nace de que no tenemos experiencia de ser felices. Vuelvo a poner otro ejemplo de jóvenes. Yo he conocido a jóvenes muy cínicos con respecto al amor, y con respecto a las relaciones entre el hombre y la mujer. Los muy cínicos eran aquellos que nunca habían experimentado un amor de verdadero, grande y bello, o lo que habían experimentado eran formas contrahechas, monstruosas, deformes del amor. Recuerdo una conversación con una chica que había estudiado Filosofía, y en su facultad le habían enseñado a ser absolutamente escéptica de todo. Un hermano suyo se había suicidado, y ella estaba trabajando como camarera en un bar. Yo la acompañé durante un kilómetro y pico a ver a su madre, que no salía de casa desde que su hijo se había quitado la vida, y por el camino ella me fue diciendo que todo era mentira, que no existía nada, que no había nada en lo que apoyarse. Conforme ella iba hablando, me di cuenta que, sin embargo, ella tenía una ternura muy grande por su padre y por su madre. Cuando llegamos a la puerta, le pregunté: “¿tú dirías que el amor que tienes a tus padres, y el que ellos te tienen, es mentira también?” Y respondió inmediatamente, como ofendida: “No, eso no” Y yo le respondí: “Pues mira, la noche puede ser muy oscura, pero con que haya una sola estrella, la luz existe; tú agárrate a esa estrella, agárrate a esa luz, y pide y desea que se iluminen más, pero basta con que haya una para poder estar seguros de que la luz existe”. Para poder tener esperanza, es necesario que haya un atisbo de luz sobre el que uno pueda construir su propia vida.

Cuando nosotros hablamos de una forma semicínica sobre la muerte, o sobre el dinero y la felicidad en el dinero, o cuando decimos “bueno, que el Señor me llame cuando quiera, pero aquí se está muy bien, y si puede ser lo más tarde posible, mejor”, estamos poniendo de manifiesto nuestra falta de fe. Es decir, no tenemos la experiencia de quién es Dios. Quien ha encontrado a Dios, no habla así de la muerte, ni del Cielo, os lo aseguro. Nuestra fe es una especie de añadido que nos hemos puesto, porque nuestra humanidad, nuestro corazón, es pagano. Y en esto ponemos de manifiesto nuestra falta de fe. “Para tener esperanza, hija mía, hace falta haber sido haber sido muy feliz, hace falta haber obtenido, recibido una gran gracia”. Esa felicidad del encuentro con Cristo, esa experiencia de felicidad y de plenitud que genera el amor de Cristo es lo que me hace esperar. Porque la vida eterna no es otra cosa sino más de lo que ya tengo, de la estrella que ya he encontrado, del tesoro, de la perla que ya tengo. Pero si existe esta perla, es que puede haber otras, puedo esperarlas. Puedo esperar todas las perlas del mundo.

Sobre el amor. En primer lugar, más que la esperanza y que ninguna otra cosa, el amor no puede ser una obligación, y yo sé que el primer mandamiento es “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”, y que el segundo mandamiento es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En la clave cristiana, esos dos mandamientos resumen toda la ley, y la plenitud de la vida humana se da cuando amamos a Dios con todo nuestro ser y cuando amamos a las personas que tenemos al lado como a nosotros mismos. Sólo que el amor no puede ser una obligación. Si dos personas se casan obligadas, no puede haber matrimonio, es nulo. En la universidad, cuando antes de los exámenes había chicos que se hacían muy amigos tuyos porque no habías faltado a clase y tenías muy buena letra, esa amistad no valía nada. ¿Te quieren a ti, o quieren tus apuntes? Cuando una chica es heredera de una fortuna fantástica y los chicos van detrás de ella, ¿te quieren a ti, o quieren tu dinero? Estas preguntas se las hace hasta el último. Uno no quiere ser querido en función de otras cosas. Uno quiere ser querido por sí mismo. Por tanto, el amor no puede ser fruto de una obligación.

Para poder pedirles a los hombres que amen a Dios, es preciso primero amarles mucho, y me parece que esto está en lo más hondo de la tradición cristiana. Hay algo que es más importante que los mandamientos, que expresa los mandamientos, y es poder tener la experiencia de que Dios me quiere. ¿Cómo voy a poder amar a Dios? ¿Voy a poder amarle porque me digan que tengo la obligación de hacerlo? Jamás. ¿Por qué quieren los hijos normalmente a sus padres? Porque tienen la experiencia cotidiana de que sus padres se desviven por ellos, y se fían, confían en ellos, evidentemente. Por lo tanto, previo (y eso tendría que ser un aldabonazo para todos nosotros) a recordar a los hombres la necesidad o el deber de amar a Dios, o que la plenitud de la vida coincide con amar a Dios, es pedir: “Señor, que yo pueda encontrarme con tu amor”, “que este chico, o esta chica, o esta familia, puedan experimentar tu amor”. Y tal vez la misión de la Iglesia no es recordar a los hombres que tienen que amar a Dios. Tal vez nuestra misión consista pura y simplemente en tratar de pedirle al Señor que podamos querer a los hombres como Él nos quiere. Que puedan los hombres reconocer en nuestro modo de estar en medio de ellos, con nuestros compañeros de trabajo, codo con codo, un reflejo de cómo Dios nos quiere, de la gratuidad con la que Dios nos quiere.

Esa gratuidad es un bien tan escaso en el mundo como los diamantes. Cuando uno se encuentra con ella, uno reconoce algo extraordinariamente bello y extraordinariamente atractivo. Y no hace falta recordar que uno tiene la obligación de amar a Dios. Si uno es bien nacido y experimenta un amor así, os aseguro que brota espontáneamente. Luego habrá que educar ese amor, como hay que educar cualquier amor, y habrá que ayudarlo a que crezca, a que florezca, a que madure, a que adquiera solera, como los vinos. Pero el amor brota del corazón libre, espontáneamente. No puede ser de otra manera. El fracaso clamoroso de nuestra evangelización y de nuestras catequesis nace de que ese primer punto nos lo saltamos.

El amor no es una cuestión de sentimientos. La caridad no es una cuestión de sentimientos. El ser humano moderno es extraordinariamente sentimental y extraordinariamente duro de corazón. Corazón en el sentido fuerte de la palabra, en el sentido bíblico. El amor tiene que ver con un juicio. Tiene que ver con el reconocimiento del destino de la verdad de la otra persona. La otra persona está hecha para Dios. Y, porque está hecha para Dios, es digna de amor siempre, siempre. La única manera justa de tratar a un ser humano es amarlo. Y amarlo lo más posible. Sin límites, a ser posible. Sin condiciones, como yo soy amado por Dios. En la misma experiencia de misericordia sin límites y de don sin límites que cada Eucaristía es para mí.

Sólo añado una cosa. Generalmente, a quienes hemos sido educados en la fe cristiana, se nos ha enseñado normalmente que la fe y la esperanza desaparecen en la vida eterna, y sólo queda la caridad. Suele apoyarse esto en una traducción de Corintios 13 que dice: “Ahora permanecen estas tres, la fe, la esperanza y la caridad, pero la más grande es la caridad”. Eso se interpreta como que ahora, en este mundo, están la fe y la esperanza, pero la caridad permanece también en la vida eterna. No. Hay aspectos de la fe que caerán en la vida eterna, sin duda: los velos de percibir la gloria de Dios. Pero la fe en cuanto fidelidad, la fe en cuanto unión, la fe en cuanto estar pegado a Cristo, o Cristo estar pegado a mí de tal manera que suscita una adhesión a Cristo de todo mi ser, eso no desaparece en la vida eterna. Tampoco la esperanza. San Juan de la Cruz lo decía de una manera preciosa: “Hay dos maneras de esperar: para uno mismo y para otros”. Cristo espera, y tiene la visión beatífica. ¿Qué le falta en el Cielo a Cristo? Le faltamos nosotros. Espera por nosotros. El Cielo no es una realidad estática donde, puesto que ya he visto a Dios, ya lo tengo todo. Al contrario: puesto que ya he visto a Dios, me siguen faltando mis hermanos. Y mientras haya un solo hermano que me falte… Pensad los que sois padres, si os faltara un solo hijo vuestro en el Cielo, ¿sería el Cielo?, ¿creéis realmente que podría ser el Cielo? Yo creo que no. Por lo tanto, también en el Cielo hay esperanza. Incluso la hay para uno mismo. Porque si uno entiende que Dios es infinitamente más grande que lo que nosotros podamos abarcar, el Cielo no es algo a lo que poseo, como el que posee una televisión o un DVD. Si fuera así, el Cielo sería una cosa aburridísima, porque ya lo habrías visto todo desde el principio. Si se entiende el Cielo en una clave de relación, de relación con un amor infinito, el Cielo es la capacidad de sorprendernos infinitamente. Y cuanto más crece el conocimiento, más crece la sorpresa. De alguna manera tenemos ya experiencia de ello en la experiencia pobre del amor humano. También el amor humano es una fuente inagotable de sorpresas. Sin duda alguna es una fuente de asombro: la amistad, el amor de los padres, el amor de los hijos, o el amor de los esposos o de los amigos, si es verdadero, es una fuente inagotable de sorpresa. Pensad que el horizonte de Dios es infinitamente más grande que nada que nosotros podamos haber visto o imaginado. En el Cielo hay esperanza también para uno mismo. La visión beatífica no la anula, la intensifica. Y siempre estaremos descubriendo a Dios. Y siempre tendremos la conciencia y la impresión de estar empezando a escarbar en la piel de Dios, si uno pudiera emplear esa imagen.

Señor, haznos crecer. Danos el don de tu amor. Haznos experimentar esta vida nueva, preciosa, que está hecha de tu compañía, y que suscita en nosotros la fe, la esperanza y el amor: aquello para lo que estamos hechos, pero que no somos capaces de darnos a nosotros mismos, a menos que Tú lo siembres en nuestro corazón.

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