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II Domingo de Cuaresma

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 17/02/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 92. p. 164



Queridos hermanos sacerdotes, acólitos,
Queridos televidentes,
Queridos hermanos y amigos todos.

Dejadme que salude antes que nada a mis amigos, a los niños y niñas, y muchachos y muchachas de la Schola de los Pueri Cantores. No os hacéis idea de la alegría que me da cada vez que os veo. Es un regalo especial para todos, para los que están aquí y para los que os ven por televisión, pero también para mí.

También hay un grupo de la Pastoral Universitaria de Pamplona. Bienvenidos a esta tierra. Está muy bien eso de establecer lazos los de Pastoral Universitaria de un lado y de otro. Estáis en vuestra casa.

El Evangelio de hoy puede resultar extraño. En el marco de la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza la Iglesia nos invitaba a asumir algunas prácticas, como la oración, el ayuno y la limosna, que son camino para disponer el corazón para acoger la gracia grande que supone la Semana Santa. En el I Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos recordaba que Cristo ha vencido al poder del mal (lo cual también encaja: en el fondo, lo que vamos a celebrar en el Misterio Pascual es ese triunfo de Cristo sobre el mal y sobre la muerte que ya había comenzado en su vida personal). Y sin embargo hoy la Iglesia nos propone un pasaje cuya relación con la Pascua no parece tan evidente, el pasaje de la Transfiguración. Y yo le pido al Señor poder explicarlo de manera que podáis comprender el valor que ese texto, en el contexto de la Semana Santa y de la preparación a la Semana Santa, tiene para nuestra vida.

La Cruz está en el centro de la vida cristiana, sin duda ninguna. Me habéis oído decir varias veces que, en la iconografía cristiana, la imagen más repetida durante los diez primeros siglos era sin duda alguna la de la Cruz, normalmente rodeada, o por una corona de laurel (que representaba la victoria), o por una corona de flores (que representaba la fecundidad del Paraíso, el retorno al Paraíso; era un signo de anticipación del Paraíso, del jardín, del vergel, de las flores, de la fecundidad perenne del Cielo). Pero siempre en el centro la Cruz. Y nosotros mismos, en los antiguos catecismos, decíamos: “¿Cuál es la señal del cristiano? La señal de la Cruz”. Por lo tanto, la Cruz está en el centro de la experiencia cristiana. Yo creo que por dos motivos, fundamentalmente.

Primero, porque el Señor, al unirse a nosotros, ha querido unirse a lo que es más nuestro. Y lo que es más nuestro, en nuestra experiencia humana, es precisamente el dolor, el sufrimiento, la muerte. Es lo que determina más nuestra experiencia humana, si miramos sólo de tejas para abajo. Por ejemplo, los jóvenes se casan llenos de ilusión (en el mejor de los casos), y un día ese amor lo rompe la muerte, si no se rompe antes por diversos motivos. Pero luego, en la experiencia de la traición, de la mentira, del daño que los seres humanos nos hacemos unos a otros, del odio, de las guerras, de la explotación del hombre por el hombre, de la manipulación de unos por otros… Toda esa experiencia es experiencia de dolor. Si el Señor quería unirse realmente a nuestra condición humana, tenía que asumir eso. Tenía que asumir hasta la soledad del sepulcro. En ese sentido, la Cruz es el culmen de la Encarnación. El Señor se acerca al hombre de verdad, y el hacerlo implica unirse a nuestra condición, a nuestra carne y nuestra sangre, igual a nosotros en todo menos en el pecado. Por tanto, no nos extraña. También porque es nuestra experiencia humana más específicamente humana, ¿no? El dolor que es capaz de arrancar de nuestro corazón la experiencia de la alegría, que es capaz de secar el amor por dentro, de desarraigar de nuestra tierra la esperanza.

En segundo lugar, la Cruz está en el centro porque, paradójicamente, justo porque el Señor llega a tocar nuestra muerte y a unirse a nosotros en nuestra muerte, ahí se revela como el amor infinito, como el amor más grande. “No hay amor mayor que dar la vida por aquellos a los que uno quiere”, dirá el Señor en la Última Cena. Y también, en ese sentido, ese don de la vida que el Señor nos da es el punto central de la experiencia cristiana.

La Cruz está en el centro de la experiencia cristiana, pero no es ni la primera palabra ni la última. Está en el centro, pero ya en ese signo iconográfico de los primeros cristianos, no estaba sola. Y me habréis oído decir que eso es de todo menos inocente, incluso desde el punto de vista político. La corona de laurel, en el Imperio Romano, llevaba dentro las siglas SPQR. El Imperio Romano era el triunfador, y era el que tenía derecho a la corona de laurel. Y los cristianos quitaron el Imperio Romano y pusieron la Cruz. El único triunfo verdadero, el único triunfo sobre nuestros males, el único protector de la vida humana en su misma raíz, porque ha vaciado de poder al pecado y a la muerte, es la Cruz de Cristo. El comienzo del Paraíso y de la vida nueva es la Cruz de Cristo. Por tanto, esa imagen está siempre rodeada, o del signo de la victoria, o del signo del comienzo de la vida nueva que ha florecido en la tierra con la resurrección del Señor.

¿Qué nos quiere enseñar la Iglesia al proponer esta lectura de la Transfiguración en este domingo? Que la Cruz, que está en el centro, no es ni la primera palabra ni la última. ¿Sabéis cuál es la primera palabra? Os va a sorprender mucho: belleza. En la experiencia cristiana, la primera palabra es belleza. ¿Y por qué os he dicho que os iba a sorprender? Porque no estamos acostumbrados a que la belleza tenga que ver con ser cristianos. Pensamos que es una cosa que es independiente, que no tiene que ver específicamente con lo religioso. Es verdad que el 98% de la belleza de la tradición cultural de todos los pueblos tiene que ver con lo religioso, y el otro 2% que me he dejado fuera, también tiene que ver con lo religioso, aunque no sea explícitamente religioso.

Donde hay belleza, resplandece, brilla, asoma, aunque sea como un pequeño brote de la primavera, aflora ese misterio que es más grande que nosotros mismos, y que es más grande que el dolor y que la muerte. Si puede existir la belleza, no todo es muerte. Si puede existir una sola estrella, no todo es noche, existe la luz, y uno puede sostenerse en ese punto de luz, aunque todo lo demás sea oscuro. Y si Cristo ha venido a nosotros, no es para enseñarnos a aguantar nuestras cruces, sino para atraernos a la belleza de su amor infinito y a la belleza de la participación en su vida divina.

El nombre religioso de ella belleza se llama gloria. Y, curiosamente, la palabra gloria es la primera palabra que aparece en el Evangelio justo cuando  nace Cristo: “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres”. La gloria es el resplandor de la belleza de Dios.

El que la primera palabra en la experiencia cristiana sea la belleza tiene unas consecuencias inmensas, de tipo pastoral y para nuestra propia vida. Nuestra relación con el Señor no empieza con la Cruz. Ni siquiera pedagógicamente. Eso nos habría echado a todos para atrás. Y yo creo que muchas de las personas que se han alejado de la fe, se han alejado precisamente porque piensan: “El cristianismo, la Cruz, es decir, el sufrir, el aguantar las cosas malas que tiene la vida”. No. El cristianismo es encontrar un amor que te seduce, que te atrae. ¿No es esa nuestra experiencia humana? Estamos hablando constantemente del amor de Dios, y el amor no es algo que te repela. A nadie que sea sano y que tenga el corazón bien puesto le repele el amor. El amor nos atrae porque nos gusta, porque lo necesitamos, porque nos ayuda a vivir. Ser amados nos ayuda a vivir. Poder amar hace la vida infinitamente más bella y más grande. La primera palabra en el cristianismo es belleza. Es el resplandor de la gloria de Dios y su atractivo.

Esto sólo requiere una precisión, y es que la belleza no tiene sólo que ver con formas sensibles. La belleza siempre tiene una dimensión física, siempre tiene una dimensión sensible. Hasta la que suele considerarse la más espiritual, que es la belleza de la música, si estuviéramos sordos no podríamos percibirla. Por tanto, la belleza tiene siempre que ver con nuestra condición corporal y sensible, pero siempre la trasciende. La gloria de Dios, el atractivo de su Presencia en medio de nosotros, tiene esa dimensión sensible, corporal, pero la trasciende.

¿Qué quiero deciros con esto? Que lo primero que puede acercar a los hombres a Dios no es un discurso moral, y menos aún un discurso moral (que no sería moral, aunque parece moral muchas veces) de regañar, de echar en cara, de recordar obligaciones o cosas de ese tipo. El verdadero discurso moral es mostrar nuestra vocación, la grandeza de nuestro destino, la belleza de nuestro destino. Y que los hombres puedan reconocer en nuestras vidas la belleza de la presencia de Cristo. El camino de la evangelización no es más que ése. Para los que sois universitarios, que puedan ver los demás la belleza de vuestra amistad, la belleza de vuestra alegría, de vuestro afecto de unos por otros, de vuestro amor, de vuestros noviazgos. Que puedan reconocer en ese amor algo más que lo que se da en una colmena, por ejemplo, o en cualquier otra colonia de animales. Ese algo más es Dios. Ese algo más es Cristo. Es el amor de Dios que uno ha aprendido a reconocer en el amor de Cristo.

La primera palabra del Cristianismo no es la Cruz. Es el atractivo de la belleza de una vida tocada por el amor de Cristo. Y evangelizar al mundo no es recordarle sus obligaciones. Evangelizar al mundo es dejar que esa belleza de la Iglesia, de la vida que Cristo hace posible, salga a la luz.

Sobre que la última palabra tampoco es la Cruz, no voy a decir más que una frase. La última palabra no la tiene la Cruz. La última palabra la tiene la mañana de Pascua. La última palabra la tiene la resurrección. La tiene el poder de Dios que transforma ese dolor y esa muerte en fuente inagotable de una luz y de una vida que iluminará la Historia humana para siempre, y que nadie podrá detener jamás, en ningún tipo de circunstancia, mientras que el mundo sea mundo, porque el Señor ha prometido: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Es el estar con nosotros de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

Ahora, cuando veamos una Cruz rodeada de laurel o coronada de flores, nos daremos cuenta que no son las coronas de los muertos, aunque las coronas de los muertos nacen también de esa experiencia de que el morir no es nada más que lo penúltimo en nuestra vida, porque lo último es la victoria del amor de Dios en la resurrección y en la Pascua.

La transfiguración fue un anticipo pedagógico de eso, para que los discípulos, cuando llegase el momento de la pasión y de la Cruz, hubiesen visto ya la gloria de Dios. Y que cuando sucediera la resurrección, no se creyeran que estaban alucinados, sino que pudieran reconocer: “esto es lo que nosotros vimos en el monte, por eso nos parecía la autoridad de Jesús tan poderosa, por eso sus signos eran tan fuertes”. Porque Él es el Señor de la vida y de la muerte.

Vamos a pedirle al Señor que Él nos haga descubrir esa belleza del rostro de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia, en nuestros rostros, en nuestra vida, en nuestro afecto, en nuestro cariño de unos por otros. Que Él nos acompañe de un modo que la belleza de Cristo nos atraiga para que la Cruz no nos escandalice. Para que cuando llegue el momento de la prueba (que llega de una manera o de otra para todos), podamos recordar lo que hemos visto y la gloria que esperamos, que es la herencia propia del Hijo sentado a la derecha del Padre, triunfador del mal y de la muerte para siempre.

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