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En el funeral por las víctimas del atentado de Madrid

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 12/03/2004. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 69 p. 331



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos:

España está de luto.

Nuestras conciencias, nuestros hogares, nuestros pueblos y ciudades, todos hemos sido heridos. No todos en el cuerpo, pero sí todos en lo más profundo del alma, en nuestra humanidad. Faltan las palabras para describir la monstruosidad del crimen de que nuestro pueblo, y nuestra convivencia, ha sido objeto. Ante las imágenes que hemos visto, ante el sufrimiento de los heridos y de las familias de las víctimas, el dolor toca el fondo de nuestra común humanidad, que es la que ha sido brutalmente herida por la masacre  del jueves en Madrid.

Ayer por la tarde, el pueblo de Granada, como lo ha hecho de forma masiva, y de mil formas, el pueblo español, expresaba en una manifestación su dolor, su conciencia de unidad con las víctimas y con sus familias, y la reacción unánime de repulsa y de condena al terrorismo de un pueblo grande y generoso de corazón, que ponía así de manifiesto su sentido moral.

Es necesario repetir una y otra vez, es necesario expresar constantemente, en público y en privado, en la casa y en la escuela, en todas partes,  que la destrucción de una sola vida humana es un grave pecado que ofende a Dios, que la dignidad de toda vida humana es sagrada, y que no hay ningún objetivo, político o económico, que no hay absolutamente nada, que justifique el asesinato de víctimas inocentes. Las manifestaciones de ayer, los innumerables gestos espontáneos de repulsa al terrorismo, y de solidaridad, de generosidad y de amor, que se han puesto de manifiesto también desde el jueves en todas partes, son un signo de que el corazón de los hombres, nuestro corazón, está hecho para el bien, es decir, que nuestro corazón está hecho para el amor, la concordia y la paz, y de que la violencia es un mal, que el hombre espontáneamente rechaza, que humilla y quiere doblegar lo mejor de nuestra humanidad.

Hoy, nosotros, cristianos de Granada, nos reunimos aquí, en la Iglesia madre de Granada, en nuestra Catedral, como lo están haciendo desde el mismo jueves muchas comunidades cristianas en sus casas y en sus iglesias, y como yo he pedido que se haga también este fin de semana en todas las iglesias de la Diócesis, para ofrecer a Dios el sacrificio de Cristo por los difuntos; para mirar a la Cruz de Cristo –que nos abraza a todos en esta hora de luto y de dolor–; para interceder ante Dios por los heridos y por sus familiares sin consuelo; y para suplicar, para el pueblo español y para sus dirigentes, y para todos nosotros, la serenidad, la concordia, la firmeza en la unidad que son condiciones indispensables para desarraigar y derrotar al terrorismo, y toda forma de violencia, de división y de odio, de un pueblo que quiere vivir en libertad, y a la vez unido y en paz.

A los cristianos no nos escandaliza el crimen, porque sabemos que el hombre, que es, como hemos visto estos mismos días, capaz de un heroísmo enorme, es también capaz de lo peor. El signo de nuestra fe, y el signo de nuestra victoria, es laCruz, donde el mismo Amor con mayúsculas ha sido injustamente sacrificado y convertido en víctima inocente. En la cruz de Cristo, Dios ha abrazado a todas las víctimas de la historia, ha abrazado todo el mal del mundo, de cada uno de nosotros, haciendo de ese abrazo –por muy paradójico que pueda parecer– la roca más firme sobre la que construir la esperanza de un mundo humano. Cristo, el Hijo de Dios, ha hecho de ese abrazo la revelación suprema e inefable de Dios como misericordia infinita, como un puro Amor que se da a Sí mismo, que se pone a Sí mismo, literalmente, en el “lugar de los pecadores”, para que puedan reencontrar el camino de la verdad y de la paz. 

Cristo, en su Cruz, revela así, al revelar a Dios como Amor victorioso del odio y del pecado, el valor de la vida y de la persona humana: que cada vida humana, creada a imagen de Dios, es portadora siempre, y por el hecho de ser una vida humana, de una dignidad única, sagrada, conferida por ese Amor, y de la que nadie puede disponer si no es en legítima defensa, y para evitar el daño de la pérdida de otras vidas inocentes; y eso tiene como consecuencias fundamentales: por una parte, que el contenido moral esencial de una vida social que quiera corresponder al designio de Dios, y también a las exigencias más profundas del corazón del hombre, es la tendencia a la unidad en el amor y la concordia, a la libre cooperación al bien de todos, y que toda violencia y todo lo que favorece la división y el odio es un “no ser”, y un camino de muerte.  Y por otra parte, que la historia, a pesar de todas las innumerables miserias que la llenan (y los atentados del jueves en Madrid son de las más execrables que hemos conocido), no está abandonada a sí misma, sino que tiene sembrado en su propia carne el Espíritu de Dios, que Cristo ha entregado a los hombres con el don de Sí mismo. Por eso la cruz de Cristo es un signo glorioso de victoria, porque es el signo de que la misericordia de Dios, ni se apartará ya nunca de los hombres ni se deja vencer por nuestros males. La Cruz de Cristo, por primera vez en la historia, hace razonable, y no simplemente voluntarista y arbitraria, la esperanza humana de un sentido positivo a la historia, de un triunfo final del bien y del amor.  

“Yo sé que está vivo mi Redentor”, es decir, mi vengador, mi rescatador. Así decía Job. Más aún lo sabemos nosotros, que hemos visto obrar en la Historia el Espíritu de Dios, entregado en la Cruz a los hombres. Sabemos que está vivo, y a Él entregamos las víctimas, las de los atentados de Madrid, y todas las víctimas del odio de la historia. Porque sabemos del Amor y la misericordia infinitos de Dios, revelados en Cristo, confiamos a su amor los difuntos. Le rogamos que no tenga en cuenta sus posibles faltas, y que gocen ya de la Belleza de su Rostro.

Y a los familiares queremos decirles, por supuesto, que estamos con ellos, que todos quisiéramos consolarles y acompañarles del mejor modo posible, sabiendo que nuestra compañía no es capaz de hacer desaparecer su dolor. Pero queremos decirles también que su dolor, como todo el dolor de todos y cada uno de los hombres, es ya parte de la pasión de Cristo, y que allí donde no puede llegar nuestro consuelo ni nuestra compañía, llega la compañía de Dios. Gracias a Cristo, sabemos que no habéis perdido a vuestros seres queridos para siempre, que un día “Dios enjugará las lágrimas de vuestros ojos”, y habrá de nuevo luz. Gracias a Cristo, sabemos que la última palabra sobre ellos y sobre vosotros no la tienen los asesinos, sino que la tiene el Amor invencible de Dios. 

Y, en cuanto anosotros, ¿qué podemos hacer? Ayer y antesdeayer he oído decir muchas veces la palabra “impotencia”, o en la misma manifestación, expresar esa impotencia diciendo: “Es que esto es lo que podemos hacer”. No es verdad. El problema del terrorismo es un problema moral, antes de ser un problema político (o si se quiere, es un problema político precisamente porque es un problema moral), y la vida moral de una sociedad se construye día a día, en todos los órdenes de la vida y en todos los gestos de cada día, y la construimos entre todos.

Por ejemplo: el terrorismo es un mal que traspasa todos los límites de la conciencia humana, y lo es siempre, y no hay para él nunca justificación ni disculpa. Pero no hay que olvidar que el terrorismo es un mal precisamente porque parte del odio, y quiere suscitar odio, y quiere difundirlo. Su primera victoria sobre una sociedad es que crezca en ella la ira, el odio o la división, y que nos dejemos arrastrar por ellos a su misma lógica. Ciertamente, y a pesar del sentido de impotencia que genera un acto de esta naturaleza, no dejarnos arrastrar al odio, o a la ira, o a la manipulación política de las muertes y del sufrimiento provocados por estos atentados es ya una forma de defensa, de victoria, y tal vez la principal.

Luego, como decía antes, todos hemos de expresar, en toda circunstancia, y de todos los modos que sean adecuados a la conciencia que tenemos del valor y de la dignidad de la vida humana y de la persona humana, la repulsa al terrorismo como una gravísima ofensa a Dios, y la afirmación de una sociedad en la que se sostiene la razón, la libertad, la verdad y el amor mutuo, por encima de cualesquiera motivaciones políticas o económicas, incluso las que pudieran ser más legítimas.

Una de las ocasiones para expresar ese rechazo son las elecciones de mañana. El espanto provocado por los atentados en Madrid, y vivido por todos estos días, es un motivo más para acudir mañana a las urnas y votar con responsabilidad por el tipo de sociedad y de dirigentes que queremos. Igualmente, es una grave obligación moral cooperar con las autoridades competentes en los esfuerzos para la erradicación del terrorismo.

Y luego está la vida cotidiana, en la que todos decidimos día a día nuestro destino, y la sociedad que queremos, con nuestros actos y nuestros gestos. En ella, en la vida cotidiana, cuando nos vayamos despertando de la pesadilla, nos quedan a todos infinidad de tareas que hacer, de pequeños gestos y actos que constituyen la trama de la vida, infinidad de amor que se puede sembrar –porque también el amor se siembra y se difunde, como el odio–, y de perdón que se puede pedir, porque –repito– todos somos responsables de la sociedad en la que vivimos, todos la construimos todos los días, no sólo cuando sucede una desgracia o cuando somos convocados a una manifestación.

En este sentido, y precisamente hoy, me parece urgentes e indispensable un camino que no hago más que esbozar: en primer lugar, hay que favorecer y alentar la búsqueda de la unidad, y de todo lo que contribuye a la unidad, entre los españoles y entre todos los hombres. Y eso, no sólo en estos días, sino como un método habitual de construcción de la convivencia y de la polis. Hay que hacer hueco en la vida social, y en el discurso social y político, y tal vez todavía más en la práxis social, a una ontología y a una ética del amor, y no de la violencia. “Todo lo que crece tiene que converger”, escribía un pensador del siglo XX. El terrorismo tiene un humus, y hace mella especialmente, en una sociedad en la que se siembra el odio, o en la que se alimenta y se legitima la competitividad o la búsqueda del poder por el poder como el motor de la historia, y en la que se censuran el discurso moral y las tradiciones que lo hacen inteligible, o las cuestiones últimas sobre el sentido de la existencia humana y de la historia.

Luchar contra el terrorismo significa,  pues, no dejar resquicio al triunfo del odio, o a nada que siembre desamor y división, en la vida cotidiana: en el seno de las familias, en los pueblos, en la vida profesional, social y política.

Junto a esto, y en conexión muy estrecha con ello, hemos de volver a aprender a considerar siempre al hombre, a todo hombre y a toda mujer, en tanto que ser humano, persona humana, creatura de Dios y creada a su imagen, y destinado a la vida eterna, a compartir con nosotros la vida divina, y alguien de cuya vida los hombres no podemos disponer. Y no dejar que prevalezcan sobre esta consideración otras consideraciones parciales, que sólo miran aspectos parciales, como la pertenencia a una nación o a una raza, o a un partido, o a una profesión, o a un grupo lingüístico, o a una cultura, o a una religión. 

Por último, está la oración. No como un último recurso, porque “no podemos hacer otra cosa”, sino como un poder real, el poder de Dios de cambiar nuestros corazones. No para las situaciónes extremas, sino como una cultura de la vida cotidiana, como el modo más racional e inteligente de abordar la vida y de construir la historia. Sin la gracia de Dios, sin la oración y la súplica, sin la conversión, las esperanzas de un mundo más humano son poco más que esperanzas vacías. Construir un mundo en el que triunfa el amor no está, sin más, en nuestras manos. Sólo es posible si nos es dado, si acogemos el Espíritu de Dios. Espíritu de Dios, Espíritu de santidad que nos ha sido dado, que nos es ofrecido en Jesucristo, hoy, una vez más, en esta Eucaristía, y en la comunión de la Iglesia.

Por ello, en este día de luto, con toda la paz y el consuelo que brotan del Amor infinito de Cristo, presente entre nosotros, y con todo el dolor que compartimos con las víctimas y con sus familias, mi corazón se dirige a la Virgen de las Angustias, Patrona de Granada, que acogió en su vida al Espíritu Santo como nadie, y vivió la Cruz sostenida por Él, para suplicarle:

BAJO TU AMPARO NOS ACOGEMOS, SANTA MADRE DE DIOS.
NO DESOIGAS LA ORACIÓN DE TUS HIJOS,
NECESITADOS DE TI.
ANTES BIEN, LÍBRANOS DE TODO PELIGRO,
¡OH, VIRGEN, GLORIOSA Y BENDITA!

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