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Toma de posesión de la Archidiócesis de Granada

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 01/06/2003. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 65. p. 168



Querido Sr. Nuncio,
Sres. Cardenales,
Hermanos Arzobispos, Obispos,
Muy querido D. Antonio, mi antecesor en la sede granadina y amigo;
Querido Miguel, que con tanto celo y prudencia la has cuidado en nombre del Señor durante estos meses, y con tanta bondad me has acompañado en estos pasos iniciales;
Muy queridos sacerdotes;
Religiosos y religiosas;
Autoridades;
Hermanos todos y amigos que habéis querido, unos acogerme y otros acompañarme, y en ambos casos, expresar junto a mí, junto al representante del Santo Padre y junto a los demás Obispos que nos acompañan, ese tesoro de vida, de libertad y de alegría que es la comunión de la Iglesia:

1. Quiero que mis primeras palabras, al inaugurar mi ministerio en esta Archidiócesis de Granada, querida y deseada desde el momento mismo en que me fue comunicada la voluntad siempre buena y amable del Señor, sean de gratitud. Quiero expresar mi gratitud al Santo Padre por una confianza que me conmueve una vez más, al confiarme el ministerio apostólico y el cuidado de una parcela de la Iglesia de Jesucristo, que es la realidad más bella que existe en el Universo. Y quiero expresarle también mi gratitud -y le ruego, Sr. Nuncio, que se la transmita usted al Santo Padre, junto con la expresión de mi comunión profunda- por su testimonio infatigable de que, viviendo por entero para esa carne en la que mora Cristo -totus tuus, referido a la Virgen Madre de Dios, “tipo” y figura de la Iglesia-, nuestra humanidad florece de tal modo, hasta en la extrema fragilidad de los muchos años, que se convierte en un testimonio y una llamada permanente al afecto por la vida, a la libertad y al gozo, a la comunión que es fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Un testimonio que el corazón fragmentado y lleno de desasosiego de los hombres y mujeres de nuestro tiempo sabe comprender perfectamente como lo que es, como un milagro de la gracia, como el fruto de la redención de Cristo. Sí, ese milagro es la explicación última de la pasión por la vida de cada hombre -de cada uno de nosotros-, y de ese atractivo profundo que irradia la humanidad del Papa, pasión y atractivo que, sin discursos, alcanza a todos, y despierta lo mejor de la humanidad de cada uno, hasta en esos jóvenes a quienes la censura de lo humano dominante en nuestro tiempo les cierra los caminos de una educación verdadera.

2. Por eso, porque la humanidad del Papa es toda ella signo de la carne poseída por el Verbo de Dios, por la gracia de Cristo, mi gratitud se dirige, ante todo, a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, origen y meta de esta historia de amor que sigue viva, viva y fresca como la mañana de Pascua, y que no terminará jamás, sino que desemboca -más allá del pecado, del dolor y de la muerte- en los nuevos cielos y la nueva tierra, en la Jerusalén del Cielo, en esa ciudad toda ella resplandeciente porque Cristo es ya su indefectible luz, y porque en ella ya no hay luto, ni llanto ni dolor, y Dios mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Esa ciudad de la que nuestra asamblea de esta tarde, nuestra comunión de esta tarde, y la vida entera de nuestro Pueblo, que es la Santa Iglesia, es ya pregusto y anticipo.

3. Hoy, en efecto, una vez que ha sido consumada la obra de Cristo en la tierra, esto es, ha sido consumado el camino que se había iniciado en la Encarnación, en el que el Hijo de Dios “ha caminado con nosotros”, se ha hecho nuestro compañero de camino, y “se ha unido, en cierto modo, a todo hombre” (GS); una vez que ha sido consumado el don de su vida a nosotros hasta el “amor más grande” que hay, que es “el que da la vida por aquellos que uno ama”, hasta el amor “más fuerte que la muerte”; una vez que eso ha sucedido -y sucedió un día, a las afueras de Jerusalén, y ese día y esa hora y ese lugar son desde entonces el centro del mundo-, eso que la Escritura llama “la carne”, tan efímero y tan frágil como la flor del heno, ha entrado en el Cielo, y el Espíritu de Dios, el Amor en persona que es el principio de la vida divina, y el anhelo profundo de todos los hombres, pero inaccesible a nosotros en cuanto nos tomamos la palabra “amor” en serio, está disponible para ser comunicado a los hombres, y para empezar con quienes quieran acoger su don una nueva historia, que ya no terminará jamás. Una historia, no de odio y de división, como la que empezó con Caín y Abel tras el pecado, sino una historia nueva de comunión y de justicia, de misericordia. Regnat caro, “¡La carne reina!”, grita con asombro un viejo himno para la liturgia de hoy. “¡La carne reina!”. Decir que la carne reina es decir que la fragilidad participa de la inmortalidad divina. A la incapacidad de amar se le regala gratis Aquél que es el principio y la fuente de toda experiencia humana de amor, y el corazón de piedra se transforma en corazón de carne. Los siervos se hacen hijos. El temor es borrado del corazón humano, y sustituido por la libertad gloriosa de los hijos de Dios. “Donde hay amor, ya no reina el temor” (1 Jn). Y el contenido de la vida y de las relaciones humanas -de todas ellas, desde las de los esposos hasta las del mundo laboral, y hasta en la convivencia política-, en lugar de ser la esclavitud del temor a la muerte (cf. Hb), que llena la vida del temor al otro, es la charis, la charitas, la gratuidad libre y llena de afecto por el otro. A esa gratuidad, convertida en motor de la historia por obra de un pueblo para quien la frase del Salmista “tu gracia vale más que la vida” no sea una metáfora, sino una experiencia, está absolutamente vinculada la posibilidad misma de un futuro verdaderamente humano, que dé su debido puesto a la razón y a la libertad, y que haga posible amar la vida como es, y no sólo “cargar con ella”, y vivir y trabajar sólo para buscarse estrategias, técnicas o espacios de evasión cada vez más sofisticados que permitan a duras penas soportarla.

4. “¡La carne reina!” ¡La victoria de Cristo es ya nuestra victoria! Nuestra humanidad ha sido hecha, por la inefable omnipotencia de la imaginación de Dios, por el poder de su amor, divinitatis consors, “consorte de la divinidad”, partícipes de su vida y de su ser comunional. Y por eso, mis queridos hermanos, la redención de Cristo es el bien más grande. Y la redención de Cristo es el mismo Cristo, no “unas cosas” que Cristo nos da. La redención de Cristo es nuestra relación con Él, nuestra identificación con Él por la fe que acoge el don de su Espíritu, en la comunión de la Iglesia. La redención de Cristo es vivir como “hijos” y con la libertad de los hijos en un mundo de esclavos, y la experiencia de este vivir como hijos hace que el mundo sea percibido aún como un cosmos, como una casa, como un espacio para el asombro agradecido, y no simplemente como materia de explotación, y como un lugar de desazón y de violencia. La redención de Cristo no es algo añadido a la vida, sino lo que permite vivirla en la verdad. Y por eso, la redención de Cristo es el bien más grande para la vida humana, para nuestra vida y nuestra humanidad concretas, también en este momento de la historia, en que, insatisfechos y fatigados por el incumplimiento de las promesas de tantas utopías, el corazón de los hombres, que está hecho siempre para la verdad y el amor, se abre de nuevo a la búsqueda del sentido; y no quiere precisamente nuevas ideas, sino que, como dice la encíclica Fides et ratio, “el hombre busca la verdad, y alguien de quien fiarse”

5. Pero tal vez para comprender que la redención de Cristo, y la vida de la Iglesia por tanto, no son una parte de la vida, ni un añadido a la vida, ni pertenecen a uno de esos ámbitos irreales y opcionales que tienden a ser en nuestro mundo las ideas o los valores, sino que son la condición misma de posibilidad de una experiencia de la vida en plenitud, y para recuperar de nuevo en toda su verdad aquella vieja afirmación de un cristiano del siglo II, que “la gloria de Dios es la vida del hombre” (S. Ireneo), nos es necesario superar algunas fracturas que han marcado muy profundamente la experiencia cristiana en estos siglos, y que están en la raíz de no pocos de los problemas más graves que afectan a la fe y a la vida de la Iglesia en nuestro tiempo, y en nuestra relación con el mundo, y de los que rara vez somos conscientes. Me refiero, muy concretamente, a esa línea de pensamiento que atraviesa la cultura moderna desde sus orígenes, y que, en contra de lo que ha sido la tradición cristiana, sitúa a Dios, primero fuera del cosmos, y luego, fuera de la realidad, para terminar, con una lógica implacable, negando su realidad y convirtiéndolo en una fantasía humana.

6. En virtud de esa línea de pensamiento -simplifico, por supuesto: junto evidentemente con otros muchos factores sociales y de sucesos en la vida de la Iglesia que la hicieron posible-; en virtud de esa línea de pensamiento de la que participamos todos, repito, sin darnos cuenta, pero mucho más de lo que somos conscientes, sucede que Cristo deja de ser la clave de comprensión de la vida humana, deja de formar parte de la definición del hombre y de su destino; y la vida cristiana es concebida también como un ámbito particular -ideológico, “construido”, y por lo tanto, opcional- que, por supuesto, queda fuera de la vida real, de la tierra (relegado, en el mejor de los casos, a ese orden que se llama “sobrenatural”), lo que tiene dos tipos de consecuencias igualmente terribles: la primera, que cuando se quiere “volver a la dura tierra”, según el grito de un pensador contemporáneo (Wittgenstein), el hombre piensa casi espontáneamente que el bagaje recibido de la tradición cristiana (aunque en realidad es sólo el bagaje de esa tradición maltrecha y deformada) le estorba, puesto que no tiene nada que ver con la vida real, y tiene que prescindir de él, y volverse hacia otras fuentes para comprender la existencia humana y para orientar la vida social; y a la vez, si Dios está fuera de la realidad y de la vida, en el sentido más fuerte del término, la realidad y la vida no pueden sino carecer de todo significado. El hombre está solo ante la existencia, que además ha sido vaciada de misterio, y eso significa, sencillamente, que el hombre está solo ante el vacío, ante el poder del Poder. Es esta ruptura entre Dios y la realidad, entre Cristo y la realidad, lo que el Concilio Vaticano II puso las bases para superar, cuando afirmaba que Cristo, el Verbo Encarnado, “al revelar al hombre el Padre y su designio de amor, ha revelado también el hombre al hombre” (GS 22). Ésta es también sin duda una de las claves profundas del magisterio del Papa Juan Pablo II. Y ésta es una de las tareas de fondo de nuestra Iglesia en esta hora, también en Granada.

7. Por eso, frente a estas tendencias que marcan tan profundamente la experiencia cristiana moderna, las fracturas de la Iglesia en Occidente, y la vida de los hombres de nuestro tiempo, yo quiero confesar de nuevo hoy ante vosotros, al inaugurar mi ministerio, como he hecho a la entrada de la Catedral, la fe católica, la fe de la tradición, la fe del Credo Apostólico, lo que decimos cuando afirmamos la Encarnación del Verbo, y el don del Espíritu Santo, y la certeza del perdón de los pecados, y “la esperanza que no defrauda”, esto es, la esperanza en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Y dejadme decirlo con unas palabras del Papa Juan Pablo II en su primera Encíclica, programática de su pontificado, la Encíclica Redemptor hominis: en lo que podríamos llamar -dice el Papa- “la dimensión humana” del misterio de la redención, “el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propio de su humanidad” (...) “El profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama evangelio, es decir, Buena Noticia. Se llama también cristianismo” (RH 10).

8. Igualmente, cuando en la liturgia de hoy conmemoramos que Cristo ha entrado victorioso “a lo más alto de los cielos”, ha “retornado al Padre”, no estamos diciendo que “se ha ido” de este mundo, sino que ha hecho retornar el mundo, nos ha introducido a nosotros, en el corazón del Misterio, en el corazón de la realidad, en Dios, en el Amor que es origen, consistencia y fin de todo lo real. Y por ello, también, la liturgia de la fiesta de hoy vincula tan estrechamente la Ascensión del Señor y la realidad sacramental de su cuerpo, que es la Iglesia. Porque la Iglesia es el lugar de la presencia fiel de Cristo, el lugar donde Él se queda, por el don de su Espíritu, “todos los días, hasta el fin del mundo”, el lugar donde Él se sigue dando y ofreciendo a los hombres: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal de la vocación del hombre a la íntima unión con Dios y a la unidad de todo el género humano” (LG 1)

9. Esto tiene una consecuencia pastoral importantísima. Si el camino de Cristo, en efecto, para introducir al hombre en la divinidad, ha sido descender hasta el abismo de nuestra humanidad pecadora, y “atarnos” con su amor hasta arrebatarnos con Él al Cielo como “cautivos” de ese amor suyo, sería una pretensión vana y estéril pretender servirse de otro método para la evangelización, o para la misión de la Iglesia. No lo hay. Pretender que lo hubiera sería como pretender “poner otro cimiento” distinto a Cristo. Pero sería también una pretensión trágica, porque sería hacerse la ilusión de que sobre algo que no sea Cristo -el poder humano, los medios, las técnicas, los valores comunes-, puede sostenerse la existencia humana, o una vida social que responda a las exigencias profundas del corazón de los hombres. Esa pretensión, cuando se da, es trágica para nosotros, porque es la señal de que hemos perdido la fe y ya no comprendemos lo que significa ser cristiano, pero es sobre todo trágica para los hombres y para el mundo, ante quienes somos deudores de la fe y de la esperanza en Cristo, y ante quienes nos hacemos responsables por defraudar su esperanza. Como ha repetido incansablemente el Papa, el camino de la Iglesia es el hombre. No puede ser más que el hombre, si seguimos a nuestro maestro y Señor, si creemos en Él como la revelación de Dios. La misión, la pastoral de la Iglesia sólo puede ser hacerse, como Cristo, compañera del hombre en el camino de la vida, estar cerca de su humanidad concreta para iluminarla y enriquecerla con la fuerza salvadora de Cristo.

10. Hace siete años, al iniciar mi ministerio en la Diócesis de Córdoba, decía que no era yo quien tomaba posesión de la Diócesis, que era la Iglesia en Córdoba la que tomaba posesión de mí. Eso ha sido verdad estos siete años, como algunos de vosotros sabéis bien. Nada me he reservado, nada ha sido mío, sino vuestro amor. Y yo he sido vuestro con todo mi ser, tal como soy. Hoy, al iniciar mi ministerio en la Archidiócesis de Granada, repito exactamente las mismas palabras, y con la misma frescura, con el mismo anhelo de entregaros a Cristo, y con el mismo gozo que el día de mi ordenación sacerdotal: yo no tomo posesión de la Iglesia de Cristo en Granada. Es Ella, sois vosotros, los que tomáis posesión de mí.

11. Mis queridos hermanos sacerdotes de la Archidiócesis de Granada: quiera el Señor concedernos trabajar juntos, y en comunión, por la construcción de este Pueblo de santos que el Señor ha confiado a mi ministerio, y a vosotros como colaboradores míos. Quiera el Señor darme parte en su corazón, para que sepa amaros como el Señor os ama. Quiera el Señor ayudarnos a desear la comunión, porque la comunión es precisamente el signo más transparente e inequívoco de que Cristo ha resucitado y vive entre nosotros, el único signo que el Señor puso como condición de la fe, porque la comunión es el lugar donde se hace inteligible la fe, como tal fe, y no como ideología, y donde se llenan de racionalidad y de buen sentido también los motivos para la esperanza. Quiera el Señor darnos a todos, a vosotros y a mí, un corazón sencillo, que desee y pida a Dios el don de la comunión, para que podamos revelar y no velar el rostro de Cristo a los hombres. Que Él nos permita “imitar lo que conmemoramos” en la Eucaristía, y “conformar nuestra vida con el misterio de la pasión del Señor”, como nos fue dicho en nuestra ordenación sacerdotal, al ser incorporados a Cristo de un modo especial por el Sacramento del Orden, para ser transformados en “iconos” de Cristo en medio de los hombres, para que nuestra humanidad y el don de nuestra vida pudieran ser signos persuasivos de que Cristo vive, y de que la plenitud es posible. Nos ha confiado el Señor la tarea más apasionante que puede haber en la vida: construir y cuidar de un Pueblo que es la esperanza del mundo, y defenderlo de la mentira o de todo aquello que dañe su libertad, y ser así, mediante la edificación y el servicio a la Iglesia (la esposa y el cuerpo de Cristo), “servidores de la alegría” de los hombres.

12. Antes de continuar con la celebración de la Eucaristía, que es el lugar, en esta tierra, donde cotidianamente la Iglesia se apropia de la redención de Cristo, donde cotidianamente el Cielo y la tierra se unen, y nosotros, “comiendo la carne” de Cristo, nos transformamos en su Cuerpo, quiero decir una palabra a quienes con tanto afecto me habéis acompañado desde Córdoba: la Iglesia es una, como sabemos por el Credo y nos acaba de recordar S. Pablo, y uno es Cristo, como una es la Eucaristía, y “una la vocación a la que hemos sido llamados”. Os repito lo que os he dicho tantas veces estos días: permaneced cerca de Cristo, todo lo cerca que podáis; cuanto más cerca estemos todos de Cristo, más cerca estaremos también unos de otros, para que “ninguno se pierda”, ni falte ninguno el día de Cristo Jesús.

13. Una palabra también para vosotros, jóvenes. Desde el comienzo de mi ministerio sacerdotal, en un pequeño pueblo al sur de Madrid, y luego como Obispo auxiliar en Madrid, cuando el Card. Suquía me encomendó la pastoral en la Universidad y entre los jóvenes, y también en Córdoba, mi ministerio ha estado siempre vinculado a vosotros. Podría deciros, como os dijo el Papa en Cuatro Vientos hace unas semanas: “Os abrazo a todos y a cada uno”. Jesucristo es la respuesta a las preguntas y a los deseos de vuestro corazón, que el Señor mismo ha creado para que podáis reconocerlo al encontrarlo. Jesucristo, que no es un personaje del pasado, sino que vive misteriosamente en su Cuerpo, que es la Iglesia, os quiere, y quiere vuestra felicidad y vuestra alegría. Quiere vuestra libertad y vuestra vida más incluso que vosotros mismos. No temáis. Buscadlo, allí donde Él está, buscad los signos que hacen fácil reconocer su presencia, esto es, las personas de fe, los santos, la comunión en que la vida -con todas sus dificultades y torpezas- se hace grande y bonita como fruto de la dulce presencia del Señor.

14. Pedid al Señor, y a la Santísima Virgen -Virgen de las Angustias, a cuyos pies he podido postrarme esta tarde antes de venir a la Catedral- por mí. Que, mirándola a Ella, cada día renueve mi “sí” al Señor, y a su designio bueno para con nosotros; que cada vez sea más consciente de que sólo perteneciendo a Cristo del todo, en la comunión de la Iglesia, la vida se hace digna de vivirse, y florecen en el corazón la libertad y la alegría.

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