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Los sacerdotes, un regalo de Dios

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba sobre el Día del Seminario

Fecha: 19/03/1999. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 1999. Pág. 247



19 de marzo de 1999

Queridos hermanos:

Los sacerdotes son un regalo de Dios. Hombres tomados de entre los hombres, rodeados de fragilidad como todos, son sin embargo portadores de la esperanza del mundo, que es Cristo resucitado, “Camino, Verdad y Vida” de los hombres (Jn 14, 6). Cuando los sacerdotes viven su vocación con sencillez y fidelidad, en la comunión de la Iglesia, Dios renueva a través de ellos las maravillas de la redención, y son entonces una fuente de alegría y de gratitud para quienes han encontrado a Cristo por su ministerio.

Sí, “los sacerdotes son un regalo de Dios”, como reza el lema de la campaña del Día del Seminario en este último año antes del gran Jubileo del año 2000 y del comienzo del tercer milenio cristiano. Acaso en otros momentos ha habido otra percepción de su ministerio, cuando se vela a la Iglesia como a una institución más entre las instituciones del mundo, y a los sacerdotes como detentares de un poder mundano, en el que la fe y la moral cristianas parecían un instrumento al servicio de un sistema politice, social o cultural. En esa percepción los mismos sacerdotes tenemos no poca responsabilidad. Pues cada vez que los cristianos -y más aún los sacerdotes-­ sacrificamos la gloriosa libertad de los hijos de Dios a la idolatría de los poderes del mundo, y la esperanza en Cristo a las falsas seguridades del mundo, hacemos un grave daño a la fe. Pues con ello se desnaturaliza la identidad y la misión de la Iglesia, se mina la credibilidad de la fe cristiana, y se corta a los hombres el acceso a la verdad de Cristo. Es así como la fe en Jesucristo ha podido ser considerada por muchos como una especie de “montaje” para sostener ese poder y esos sistemas.

La toma de conciencia de su propio ser que la Iglesia ha vivido en el Concilio Vaticano II, y la llamada a la Nueva Evangelización a las puertas del tercer milenio cristiano, nos invitan a todos a tomar otros caminos. Nos invitan a considerar la Iglesia, y el ministerio sacerdotal, a la luz del designio salvador de Dios para con el hombre, y a recuperar la conciencia de nuestra identidad y de nuestra misión como cristianos y como sacerdotes. En este último año preparatorio para el Jubileo, dedicado a la misericordia de Dios Padre, a la penitencia y a la caridad, esa invitación es además para todos, y especialmente para los sacerdotes, una urgente llamada a la conversión. De esa conversión depende que el futuro del mundo sea verdaderamente humano. Porque esto, que nos importa mucho a todos, depende a su vez por entero de que resplandezca y pueda ser reconocida la verdad de la fe en Jesucristo, y su significado para la vida de los hombres. La conversión a la verdad integra de Cristo, y el testimonio de que su gracia “vale más que la vida” (Sal 62, 4), son, en efecto, el primero y el más importante gesto de caridad, de amor a las personas y al mundo.

Es ese amor sin límites ni condiciones al hombre y al mundo lo que se pone de manifiesto en todo el designio de Dios, cumplido en su Hijo Jesucristo, y perpetuado en la comunión de la Iglesia. Es ese amor el que se hace presente en el ministerio de los sacerdotes, tomados por Cristo para ser su presencia viva en medio de los hombres. No solo Dios nos ha creado por amor y nos ha destinado a participar de su vida divina, sino que, siendo nosotros pecadores, entregó a su propio Hijo por nosotros para devolvernos la Vida. El Hijo de Dios, viviendo verdaderamente una existencia humana en medio de los hombres, y padeciendo como nosotros -hasta el extremo- las consecuencias del pecado en el mundo, ha vencido en su carne al pecado y a la muerte, y nos ha abierto de nuevo el camino a la Vida verdadera.

El mismo Jesucristo ha querido perpetuar su entrega a los hombres por medio de personas elegidos del pueblo cristiano que libremente le entregan toda su vida. El sale a su encuentro y los llama para una vocación divina, les comunica su Espíritu de un modo especial y les confío su misma misión, de dar la vida -entregar su cuerpo y derramar sus sangre- por la Vida de los hombres, por el perdón de los pecados. Los sacerdotes, en efecto, por la imposición de las manos del Obispo que les hace participes del ministerio apostólico, son administradores al servicio de los hombres del amor y de la misericordia de Dios (1 Tim. 4,14).

En nuestro tiempo, los hombres, a pesar de sus admirables conquistas en el terreno de la ciencia y de la técnica, viven con frecuencia atormentados por la falta de un sentido verdadero de la vida. A veces, con una autosuficiencia sin limites, y contra lo que enseña la experiencia, todavía ponen su esperanza en las capacidades del hombre para resolver el drama humano, y para dar respuesta a las preguntas de su corazón. Otras veces, desengañados por las innumerables mentiras con las que tratan en vano de sostener su vida, se arrojan a la desesperación y a la amargura, o buscan ahogar sus preguntas en una evasión que también termina destruyéndoles. Lo cierto es que, con todos los medios de que hoy disponemos, la vida de los hombres está llena de sufrimiento. Por eso aparece con urgencia en el horizonte cultural la necesidad de una verdad acerca de la vida humana y de su significado, sobre la que se pueda construir, fuera de las utopías de todo tipo en que hemos vivido, la vida personal y social.

En un contexto como éste se pone especialmente de manifiesto el valor de una vida consagrada a Cristo para hacer presentes en el mundo la verdad de su palabra, la gracia de su presencia y el don de su esperanza. El sacerdote, que es portador de Cristo siempre en la acción sacramental por el don del Espíritu Santo recibido en la ordenación, ya que actúa en ella en nombre de Cristo, lo es además en su vida cuando se identifica en su pensar y en su sentir con Aquél que le ha llamado a la misión apostólica. Y esa identificación es para el mismo sacerdote una fuente inagotable de gozo y de fortaleza. Nuestro mundo tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas así.

Por todos los bienes que nos llegan a través de los sacerdotes es preciso estimar más la vocación sacerdotal. ¡Jóvenes cristianos, pedidla como un don para vosotros mismos! No hay en el mundo, os lo aseguro, un modo de vida más pleno, más plenamente humano, más fecundo, que el que la vida sea entera y totalmente de Cristo, que es la Vida misma de los hombres. ¡Padres y madres cristianos, desead y pedid que el Señor os conceda una vocación sacerdotal entre vuestros hijos! Todos hemos de suplicar insistentemente al Señor que nos dé las vocaciones que la iglesia y el mundo necesitan. Es lo único que el Señor nos pidió que hiciéramos, porque la vocación la da Él: “rogad al Señor de la mies obreros para su mies” (Mt 9, 38). Seguramente no pedimos lo suficiente, y hemos de hacerlo más, y con más insistencia. Y Él nos dará las vocaciones que necesitamos. Serán vocaciones para el comienzo del tercer milenio, vocaciones para la Nueva Evangelización. Sacerdotes que proclamen gozosamente con todo su ser que Cristo es la única esperanza de los hombres. Entregados a Cristo con un corazón indiviso y fuerte, apasionados por la verdad y la vida de los hombres, libres para dar la vida por la misión que el Señor quiera confiarles.

Nuestro Seminario Mayor tiene actualmente 43 seminaristas. El Menor, 40. No es un mal número, pero necesitamos bastantes más. En ambos seminarios, el seminarista se prepara, ante todo, para ser un hombre de Dios. Se trata de facilitar en ellos un discernimiento vocacional claro, y de ayudarles a crecer en una identidad cada vez más profunda con Cristo. Esa es la tarea de sus formadores y educadores, así como de todos los que colaboran en los seminarios. Todos los cristianos hemos de ayudar al Seminario, bien económicamente (con nuestros donativos o con becas, para subvencionar los estudios de los futuros sacerdotes), bien espiritualmente, con nuestras oraciones y sacrificios. Y también, sobre todo los padres y educadores, ayudando a los niños y jóvenes a descubrir la belleza de la vocación sacerdotal. Y para eso, que los niños y jóvenes, y todos, puedan reconocer en nosotros los sacerdotes verdaderos testigos de la fe, “que sirven a Dios y no a los hombres” (Ef. 6,7).

Os bendigo a todos de corazón.

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