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Alocución en el Acto de Clausura en el Congreso Trinitario Internacional

Juan Bautista de la Concepción. Su figura y su obra (1561-1613). Año Jubilar Trinitario y IV Centenario de la Reforma Trinitaria (1599-1999)

Fecha: 10/04/1999. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 1999. Pág. 251



10 de abril de 1999.


Queridos P. Ministro General,
hermanos de la familia trinitaria,
hermanos y amigos:

Hace poco más de cuatrocientos años, un joven llamado Juan Bautista conoció en Toledo a los trinitarios, cuya forma de vivir y testimoniar la fe, con su acento característico de imitación de la misericordia de Cristo que  redime al hombre de todas sus cautividades, le fascinó profundamente. Tanto, que la Regla instituida por San Juan de Mata cuatrocientos años antes, se conviertiría para Juan Bautista en el cauce viviente para crecer en su entrega total a Dios y a los hombres.

El Papa Juan Pablo II ha escrito que la Gracia objetiva del encuentro con Cristo llega a nosotros a través de encuentros con personas determinadas, de las que recordamos con gratitud el rostro, las palabras, y las circunstancias. Así le sucedió a San Juan Bautista, primero en el convento de Toledo y después con el P. Dueñas y sus compañeros reformadores de Valdepeñas. En el fondo, ese es el camino profundamente humano que el Señor ha querido trazar siempre para atraernos a su amor y consagrarnos a su servicio, y para mostrar así la novedad perenne de Cristo. Estoy seguro de que todos vosotros, miembros de la familia Trinitaria, os sentiréis reflejados en esta dinámica propia de lo que la Iglesia llama carisma.

En ocasiones, un carisma llega a ser un árbol frondoso. Echa raíces, extiende sus ramas y da mucho fruto. El Señor Jesucristo llena la historia de su Iglesia de esos momentos privilegiados en los cuales la libertad de su Espíritu, que aferra amorosamente a su criatura, el hombre, y la libertad de la criatura que se le ofrece en completa adhesión, suscita un testimonio vivo del Resucitado, de manera que otros muchos son llamados a seguir ese testimonio. Así sucedió en el origen con Juan de Mata, y la historia se repitió de nuevo con Juan Bautista de la Concepción, que deseaba “volver al fervor de los principios”.

En cada carisma reconocido por la Iglesia, el Cuerpo de Cristo permanece con toda su profunda consistencia histórica y también con toda la histórica fragilidad de sus hijos, de sus obras y de sus métodos, para ofrecer el don de una manifestación convincente  de Cristo, a través de personas que El escoge y envía. De esta forma, el Señor agita la historia de la Iglesia, la purifica, la pone en movimiento, y la salva de peligros a menudo todavía inadvertidos. Por eso nunca debemos cansarnos de pedir con fuerza que sea reconocido y apreciado en la Iglesia el acontecimiento de cada carisma suscitado por el Espíritu.

Por su propia naturaleza, los carismas crean una afinidad entre quienes se adhieren a ellos, afinidad que se convierte para cada uno en sostén de su tarea objetiva en la Iglesia. Vivir esta comunión generada por el carisma, no es sólo un derecho reconocido y amparado por la Iglesia, sino más bien, como recuerda el Papa, “es un aspecto de la obediencia al gran misterio del Espíritu” (JP II,  A los sacerdotes de CL, 12-IX-1985).

Pero además, el Espíritu suscita en la Iglesia los carismas para continuar en cada época y lugar el diálogo que Dios quiso iniciar con los hombres en Jesucristo. Esto significa que cada carisma es “para el mundo”,  para hacer más incidente y persuasiva la misión que el Señor ha encomendado a su Iglesia para el bien de todos los hombres. Este es el horizonte adecuado de vuestra preocupación por la necesaria renovación de la vida religiosa en el momento presente. Juan Bautista de la Concepción (como anteriormente Juan de Mata) surge en la Iglesia con un atractivo humano que despierta inmediatamente a su alrededor el atractivo de la fe; su forma de vida despierta el deseo de vivir según el mismo impulso, el mismo corazón que a él le mueve;  más aún, su forma de vida, cuajada en una relación creativa y obediente con la totalidad de la Iglesia, se presenta como un camino claro, un itinerario posible para que muchos realicen su propia vida según el modelo de Cristo, que se entregó para la redención de nuestros pecados.

El documento de la Santa Sede Mutuae Relationes afirma que “el carisma de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu transmitida a los propios discípulos para ser vivida por éstos, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en perenne crecimiento” (n. 11). De esta forma se comprende la fidelidad creativa a la que os invita la Iglesia, para que la familia trinitaria siga siendo un faro luminoso que reclama a todos sus miembros en esta hora de la historia, no menos dramática que la que tocó vivir a Juan Bautista de la Concepción, de quien sois, en cierto modo, hijos. El que es hijo pertenece a la misma cepa que su padre, recibe de él la forma creativa de su obrar, que es por otra parte un reflejo de la genialidad del Espíritu. Por eso el hijo no se aparta de la raíz que le da vida, pero tampoco repite mecánicamente, sino que construye en el tiempo y el espacio que se le ha señalado, conforme a la genialidad eclesial de la que ha nacido.

El tiempo presente necesita con urgencia testigos del amor de Dios, cuya mejor documentación se encuentra en la Cruz de Cristo. Si algo caracteriza a un cristiano es la caridad, es decir, amar al otro porque existe, por el bien que significa su vida independientemente de sus cualidades o defectos, del bien que haya realizado o del mal que haya cometido. Sólo la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, aclaran radical y definitivamente lo que cualquiera puede intuir sobre el misterio de cada vida humana: que viene de Dios y está llamada a la felicidad total que sólo Dios puede otorgar. En eso consiste el valor y la dignidad inviolable de toda vida humana. 

Vivimos en un tiempo de banalización de lo humano, en el que tantas veces la razón está herida y la libertad extraviada. Los obispos españoles hemos hablado de “oscurecimiento de la conciencia” en los individuos y en el conjunto de la sociedad. Muchas veces parece que el valor de cada persona se reduce al de un tornillo dentro de la maquinaria social, en la que cada cual tiende a considerarse a sí mismo trágicamente solo, a merced de situaciones que violentan sus exigencias más profundas y los derechos fundamentales de su naturaleza. Ante esta situación, proliferan en todos los ámbitos respuestas que oscilan entre el sentimentalismo y el voluntarismo, que no pueden satisfacer la verdadera necesidad de los hombres. Frente al vacío de la vida, frente a la horfandad que experimentan tantos hermanos nuestros, la única respuesta apropiada es la de un amor sin límites ni condiciones, un amor gratuito que sólo puede nacer de un juicio nuevo sobre la vida, el juicio que ha introducido en el mundo Jesucristo. Pero tampoco basta ese juicio, esa “mentalidad nueva”, como diría San Pablo. Es precisa una energía que por nosotros mismos no tenemos, que sólo nos puede llegar como Gracia, y por eso mismo se convierte en indicio seguro de Algo que es de Otro mundo, o mejor, de Alguien: de Jesucristo resucitado, vencedor en nuestra carne del pecado y de la muerte (y, en primerlugar, de nuestro propio pecado y de nuestra muerte).

La obra de S. Juan de Mata, de S. Juan Bautista de la Concepción y de tantos compañeros suyos de la gran familia trinitaria, señala con elocuencia en la historia la intervención de un poder que no es de este mundo, que no está en las manos del hombre adquirir, que es propiamente divino, y que nos ha sido entregado como don por Jesucristo, el único Redentor del hombre. Así se explica un modo de vida que de otro modo sólo sería locura para el mundo. Vosotros hoy, naciendo de la misma cepa que vuestros padres fundadores, estáis llamados a ser signo de esta Presencia de Jesucristo prolongada en la historia, que busca sanar toda dolencia, liberar de toda esclavitud, y comunicar la única alegría que puede ser completa.

Queridos hermanos y amigos: la fe en Jesucristo, vivida en la comunión de la Iglesia, nos hace participar en un amor sin límites hacia cada hombre, hace que nos conmovamos frente a la necesidad del otro hasta el punto de que se convierte en nuestra necesidad. No hay nada tan adecuado para responder a las múltiples necesidades de los hombres, nada capaz de movilizar tanto las energías de nuestra inteligencia, nuestro afecto y nuestra libertad, como esta fe en Jesucristo, que vosotros estáis llamados a vivir juntos dentro del hogar trinitario, hasta la plenitud del don de la vida, hasta la plenitud de Cristo.

Con esta certeza en el corazón, y con el testimonio que os ofrecéis cotidianamente unos a otros, vuestra fecundidad será inagotable. Asumiréis nuevos compromisos en los diversos ámbitos en que se manifiesta la necesidad de los hombres, y no sucumbiréis a la tentación de un servicio burocratizado, del escepticismo, o de la rabia que deriva en violencia. Recordamos bien, y con razón, las palabras del Apóstol Santiago, según el cual “una fe sin obras es una fe muerta”, pero este siglo que termina nos ayuda a reconocer también cuán terribles pueden llegar a ser algunas obras (incluso si su intención era buena) cuando les falta la fe.

Cualquier necesidad humana particular, ya sea el hambre de pan, de justicia, de libertad o de sentido, habla de una necesidad mayor y más completa que es el verdadero motor de la vida del hombre. Por eso, al responder del modo más inteligente, gratuito, realista y eficaz, a cada necesidad que descubráis a vuestro alrededor, no temáis ir hasta el fondo, no frenéis el impulso que lleva hasta el origen insaciable del que cada necesidad concreta da testimonio. Obrando con absoluta gratuidad como el Señor, con un amor radical a la libertad de cada uno, no dejéis de ofrecer el testimonio de Aquel que únicamente sacia la sed de cada hombre;  y no como el epílogo de vuestro servicio, sino como el corazón que alienta en cada uno de sus pasos.

Recordad las palabras de Jesús a la viuda de Naím: “Mujer, no llores”. ¡Y llevaba a enterrar a su hijo único, muerto en la flor de la vida! Es verdad que el Señor hizo el signo de resucitar a su hijo (vosotros también estáis llamados a intentar desatar toda esclavitud, según el don que Dios os dé) pero habría sido igualmente justo decir “mujer, no llores”, aunque no lo hubiera resucitado, porque Jesús, fuente y meta de toda vida, estaba junto a ella, y podía acompañar su vida en adelante. Esa misma compañía del Hijo de Dios, que os ha elegido y consagrado para prolongar su presencia y su obra entre los hombres, por así decir, hecha carne en vosotros, es la que podéis ofrecer a todos en su necesidad. Y esa compañía es la que sacia toda hambre, y cumple toda promesa.

Vosotros trabajáis por la misma piedad de Dios hacia los hombres, manifestada en Jesucristo. Por eso no podéis tener tregua, y sin embargo vuestro trabajo no os deshace ni os conduce a la amargura resentida de tantos hombres de buena voluntad que han luchado y luchan contra el mal y la injusticia. Porque a fin de cuentas, bien lo sabéis, vuestra vocación es dar la vida por la Obra de Dios en el mundo, y sólo Él sabe los tiempos y puede  medir los frutos.

Al saludaros a todos en el acto de clausura de este Congreso Trinitario Internacional, pido al Señor que los trabajos del Congreso os estimulen a todos a vivir cada día con más plenitud y con más gozo la preciosa vocación a la que habéis sido llamados. Sobre todo, pido que vuestro testimonio, siguiendo los pasos de vuestros fundadores, sea un signo cada vez más elocuente de la Redención de Cristo, que es una realidad que se puede ver y tocar ya en el presente, a través del cambio humano de quienes se adhieren a Él. Un cambio que no puede dejar de construir, con tenacidad y paciencia, un hogar más habitable para el hombre, un hogar que ya anticipa en esta tierra la felicidad y la justicia plenas del Reino.

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