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Homilía en el Encuentro Diocesano de Adviento

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 27/09/1999. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-XII de 1999. Pág. 83



Queridos Vicarios,
Cabildo Catedral,
hermanos sacerdotes,
querida iglesia diocesana de Córdoba, elegidos y amados de Dios:

Nos hemos reunido esta tarde para comenzar el último Adviento de este siglo y el último Adviento de este milenio, ya a las puertas del Gran Jubileo, cuando toda la Iglesia, todo el Cuerpo de Cristo, toda la Esposa de Cristo extendida por todo el mundo, dará gracias a Dios porque, en Cristo, hemos encontrado la verdad, la vida, la esperanza. Y es hermoso que para la celebración de este Adviento nos hayamos reunido tantos como un signo del deseo de este tiempo fuerte de gracia, que Dios prepara para su pueblo y para el mundo.

Decía la primera lectura: “ojalá rasgases los cielos y bajases”. Ni siquiera el profeta sabía lo que estaba diciendo. Y lo decía en esa expresión que suena como algo irrealizable, como algo que uno no se atreve ni siquiera a esperar. Él vela la situación de un pueblo desperdigado, perdido; vela las roturas en el corazón humano, en el propio pueblo de Dios, y en el mundo, y expresaba, como un anhelo, como en un ataque de locura, algo que el hombre ni siquiera se atrevía a esperar. Y sin embargo, eso es lo que ha sucedido. Dios es fiel y la fidelidad de Dios ha desbordado absolutamente todas nuestras esperanzas.

Pero parémonos un momento en ese grito, en ese grito que expresa lo que hay en el corazón de todo hombre, de toda mujer. Nuestro corazón está hecho para la plenitud y sin embargo experimenta en la vida todas las heridas y cicatrices, fruto del pecado.

“Ojalá rasgases el cielo y bajases”. No, no es una frase simplemente bonita. Detrás está esa oleada, esa marea que parece inagotable, que parece infinita, del sufrimiento del hombre, del sufrimiento de cada uno. Detrás están las rupturas en las familias, el desamor en los matrimonios, las distancias y las incomprensiones entre padres e hijos, entre hermanos. Detrás está la desesperanza de tantas personas en que la vida pueda cumplirse de algún modo; en que haya algo que merezca la pena la fatiga y el sufrimiento de vivir. Detrás está la falta de sentido. Muchas personas no se reconocerían en las palabras del profeta. Su expresión no sería nada más que como un desahogo, en forma de inquietud, de desasosiego, de rebeldía contra la vida; de violencia con uno mismo o con los demás. Detrás están las rupturas entre unas clases y otras. Las rupturas que hacen que el mundo se divida en unos pocos que disfrutan de la mayoría de los bienes del mundo y muchos que no tienen lo necesario para vivir, debajo de un techo, para comer cada día una comida que les mantenga. Detrás están las rupturas entre las naciones. Hemos vivido durante este siglo todo el drama de un siglo lleno de tragedias: primera guerra mundial; segunda guerra mundial; en medio, en nuestra tierra, esa espantosa guerra civil que rompía a las familias, que dividía a los pueblos, que sembraba el odio entre hermanos; pero después Vietnam, Etiopía, Camboya; la Revolución Cultural China con sus millones de muertos, de deportados; todas las represiones, Etiopía, en África, Uganda; y este mismo año, tan cerquita de nosotros, Bosnia, Kosovo, ahora Chechenia. Es como si el hombre fuera incapaz de construir un mundo verdaderamente humano, como si la violencia estuviera justo al lado de nosotros siempre.

Muchas de esas personas no van a poder expresar su deseo, su inquietud, su rabia en forma de “ojalá bajases”, “ojalá rasgases el cielo y bajases”. Pero en esa rabia y en ese sufrimiento, lo que está es el drama de un hombre hecho para una vida auténtica, de hermanos, de bien, de verdad y sin embargo incapaz de realizarla. Detrás de ese grito del profeta, que tenía la experiencia de la alianza de Dios, está toda la herida del pecado que el hombre es incapaz de sanar por sí mismo. Nuestra oración hoy y nuestra súplica en este Adviento, en nombre del mundo que no comprende el porqué de la existencia, el porqué de la realidad, el porqué las cosas son como son, el porqué de esa herida que hemos introducido nosotros, el porqué la vida misma se vuelve oscura y nuestro destino y la razón de quiénes somos, para qué estamos aquí se oscurece, se entenebrece. Y eso hace imposible la alegría. Pues nuestra súplica en este Adviento retoma ese grito del mundo. Lo pone, por decir así, sobre nuestras espaldas. Y nosotros, en nombre de todos los hombres en esta Vigilia ya del Gran Jubileo, le suplicamos a Dios: “Señor, cumple tu promesa. Tú eres nuestro Padre, Tú eres el alfarero, Tú eres la arcilla. Tú eres nuestra esperanza, Tú eres nuestro pastor, que brille tu Rostro y nos salve”.

Y la segunda lectura nos recordaba que Dios es fiel. Que Dios es fiel y que efectivamente ha rasgado el cielo y que en un Hombre el misterio entero del Amor que ya se había ocultado para los hombres, fruto del pecado y de la desesperanza, se ha acercado a nosotros. Ha aparecido, diremos la noche de Navidad, la bondad de Dios y su amor para con todos los hombres, ha aparecido la ternura de Dios. La ternura de Dios se llama Jesucristo y nosotros sabemos que Él ha vencido al pecado y a la muerte y está vivo para siempre. Qué Él nos ha comunicado su Espíritu y nos ha hecho hijos en el Hijo. Que Él nos da la posibilidad de curar esas heridas con el Don de su Espíritu y de unirnos en un Pueblo nuevo, hecho de todos los pueblos, hecho de hermanos, hecho de todas las razas. De curar las heridas que hay en nuestro propio corazón y de hacer de nuestra vida, fragmentada y rota, una unidad en la que brota la acción de gracias, la gratitud, en la que es posible la alegría verdadera. En la que es posible vivir como hermanos, no sin fatigas, no sin la misericordia y el perdón, pero sí de un modo nuevo vivir como hermanos, sobre la presencia y la certeza de Quien ha revelado que Dios es Amor en su propia vida, en su propia carne, y ha revelado que nosotros hemos recibido el don de la vida para ser sus hijos y para participar de su herencia. De Quien ha revelado que Dios es comunidad de personas, comunión de Padre, Hijo y Espíritu Santo y ha revelado que nosotros estamos llamados a construir en el mundo por el don de su gracia un mundo de hermanos, de hijos de Dios.

El Jubileo que vamos a celebrar es la gratitud porque Dios es fiel. Porque en estos veinte siglos, en medio de toda esa marea y ese mar inmenso de sufrimiento y de dolor, en medio de todo el abismo sin fondo de nuestro pecado, ha resplandecido como algo más poderoso y más grande: que Dios no se olvida del hombre, que Dios no se olvida de su criatura, y que aquel que acoge su gracia con un corazón sencillo, con verdad, puede empezar a vivir una vida verdadera. La Redención, la Salvación, es eso. Todo el mundo la busca. Nosotros la llamamos con esas palabras, pero todo el mundo busca que la vida pueda ser algo grande, verdadero, alegre, gozoso. Todo el mundo lo desea. Y cuando nosotros decimos salvación, ¿qué estamos diciendo? Estamos diciendo que, por el don de Jesucristo, por la persona de Jesucristo, unidos a Él, podemos vivir en la verdad de lo que somos, podemos vivir en la verdad de aquello para lo que se nos ha dado la vida, podemos vivir en definitiva como hijos de Dios. Con la confianza, el abandono, la sencillez, la alegría de un hijo que está acompañado por su Padre, con esa despreocupación de un hijo que está al lado de su Padre y que juega en la vida despreocupado sencillamente porque su Padre está con él y lo puede todo. “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, dice el Señor. “Vosotros valéis mucho más que los pajarillos”, decía el Señor. “No os preocupéis por cómo habéis de vestir, o por cómo habéis de vivir. Vuestro Padre del cielo se preocupa de todo eso”. Poder vivir con esa libertad de los hijos de Dios. Eso es lo que Cristo hace posible a quien acoge con sencillez su persona, su gracia, su Espíritu.

Por eso el Jubileo que nos preparamos a vivir es un tiempo de gratitud, un tiempo de alabanza, de una alegría que brota del corazón y que le hace decir a uno: “Señor, gracias. Gracias porque sin ser nosotros mejor que nadie, por tu misericordia, porque Tú nos has elegido, porque Tú así lo has querido, nosotros hemos conocido a tu Hijo. Nosotros hemos recibido en este pueblo de Córdoba y desde los primeros siglos del cristianismo, hemos recibido ese don que vale más que la vida, que es la gracia, que es la fe en Ti, porque nosotros sabemos que Tú eres nuestro Padre. Porque a través de mil vicisitudes y mil dificultades, sin embargo, ese don precioso ha llegado hasta nosotros y nosotros damos gracias porque Jesucristo, presente en su Iglesia, nos comunica hoy su Espíritu y nos hace posible vivir como hijos, y en medio de un mundo de mal y de dolor poder esperar con la mirada clara: «ojalá rasgases el cielo y bajases», con la confianza de un niño en brazos de su madre, con la certeza de que Quien sostiene el mundo y me ha dado la vida, me ama y me ama para siempre y me ofrece la posibilidad de unirme a Él, de vivir como hijo suyo, como hermano de Cristo y de aguardar la misma herencia y la misma gloria que el Hijo de Dios, es decir, la vida divina”. ¿Cómo no vamos a dar gracias?

¿Cómo no vamos a dar gracias por ese don? Porque después de ocho siglos de ocupación islámica, varios siglos, al principio de vida de la Iglesia, de persecución, tantas vicisitudes, tantos pecados, entre nosotros mismos, entre los cristianos, y sin embargo la fe ha llegado hasta nosotros. Y en esos veinte siglos no han dejado de faltar en el mundo debilidades. Es cierto que la historia de la Iglesia es una historia llena de debilidades humanas, las mismas que puede haber en cualquier otro grupo humano, pero lo que también es cierto es que en esa historia de debilidades humanas no ha dejado de brillar la santidad de Dios; no ha dejado de haber personas de fe que con sus vidas testimonian que sólo Dios es la esperanza del hombre, que sólo Dios es capaz de llenar de contenido, de jugo y de sabor, la vida, que sólo Jesucristo es capaz de hacer de nosotros hombres nuevos. En esos veinte siglos no han faltado, y no han faltado en Córdoba, con una historia tan llena de santos, santos públicos, conocidos, y una historia mucho más rica quizá de santos ocultos, que sólo Dios conoce, o sólo las personas que estuvieron cerca de ellos, cuya vida resplandecía de fe, de esperanza y de amor, y que hacían que la vida cerca de ellos valiera la pena.

El gran Jubileo es esa gratitud a Dios, ese canto de alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por esa historia que ha llegado hasta nosotros, que llega hasta nosotros, con la misma frescura que la noche de Navidad primera, cuando el Hijo de Dios lloraba en la carne de un Niño recién nacido, o que en la mañana de Pascua, con la misma frescura. No es algo que ha gastado el tiempo, porque el Amor de Dios no lo gasta el tiempo, porque Dios es fiel y su gracia y su verdad y su misericordia y su elección permanecen para siempre, porque Cristo está en medio de nosotros para siempre. Será un año de alabanza. Un año centrado en la Eucaristía porque es el signo de la Presencia de Cristo, porque es la llamada de Cristo. La Eucaristía es el don de Cristo para cada uno de nosotros, la posibilidad de unirnos en comunión con Él, de hacernos Cuerpo suyo, miembros suyos, de ir experimentando cómo Dios realiza algo nuevo, algo que empieza, una humanidad distinta, una humanidad nueva, una humanidad que participa de la santidad de Dios. Dios es fiel y ese es todo el significado de ese gran canto de gratitud y de alabanza que va a ser todo el año jubilar.

Pero en este tiempo de Adviento, para prepararnos a recibir esa gracia, para que esa gracia sea una verdadera explosión en nuestro pueblo y en nuestra Diócesis, y como el origen de un testimonio dado por la unidad de todo el Cuerpo de Cristo de que Cristo es la gran esperanza para este mundo que se muere de desesperación, el Santo Padre nos invita a que purifiquemos la memoria, es decir, a que nos convirtamos. ¿Qué significa purificar la memoria? Algo muy parecido a lo que nos invita el Evangelio: “Estad en vela” ¿Qué es lo que hace alguien que está vigilante? Está despierto, está atento. Y, ¿cuál es esa invitación a convertirnos? Nos invita a hacer presente a Cristo que quiere llegar a todos los hombres, que quiere llenar de alegría a todos los hombres, que quiere que esa explosión que hubo en los comienzos de la Iglesia se renueve por unos cristianos, Cuerpo de Cristo, Pueblo de Cristo, que acogen de tal manera su gracia que en ellos resplandece una humanidad verdadera.

Para eso es necesario despojarnos de muchas cosas. Decía el Concilio que el ateísmo del mundo contemporáneo tiene probablemente su causa más fundamental en que los cristianos más que revelar el rostro de Cristo, revelar su misericordia por el hombre, muchas veces la ocultamos. Y la ocultamos sobre todo cuando hacemos de nuestra fe una ideología, cuando usamos la religión para beneficio nuestro, cuando nos servimos de ella, por así decir, en lugar de testimoniar con nuestra vida que Dios es lo único importante. Lo único que realmente necesitamos, el único Bien. Es necesario purificar a la Iglesia, es necesario que nos purifiquemos; cuando digo “purificar a la Iglesia” somos todos, purificarnos nosotros de tantos lastres, que velan, que ocultan el Rostro de Dios, de tanta realidad que no corresponde al designio de Dios. Nuestra misión es anunciar a Jesucristo, vivir la vida que el Señor nos permite vivir de hijos de Dios, y testimoniar que Jesucristo es el único Redentor, la única esperanza del hombre; que Jesucristo ama a todos los hombres sin condiciones, porque nadie merecemos la gracia de Cristo, nadie la hemos merecido. La gracia de Cristo, la Redención, no es fruto de nuestras obras, de algo que hayamos hecho. Es fruto de una misericordia que ha llegado hasta nosotros, de un regalo del que hemos sido objeto. Y por lo tanto, a cualquier hombre esté como esté, viva como viva, tendría que llegarle ese anuncio que es la nueva evangelización: “Dios te ama, Cristo ha venido por ti”. La purificación y la conversión del Adviento es sencillamente poder decir esta frase tan sencilla a cada hombre y cada mujer: “Dios te ama, Cristo ha venido por ti”, con un corazón transparente, con verdad. No porque en nosotros no haya pecado, sino porque para nosotros Cristo es lo más precioso, porque para nosotros Cristo es la única esperanza, nuestra única seguridad, nuestra única fuerza. La fuerza de la Iglesia, decía también el Concilio, es la fuerza del Espíritu Santo: es la única fuerza, no poderes humanos. La Iglesia no se apoya en esos poderes. La Iglesia no confía para su futuro, o para la permanencia de la fe, en esos poderes. La Iglesia confía, para anunciar a Jesucristo a todos los hombres, en la verdad de Cristo y en el poder de su Espíritu.

Que el Señor nos ayude, en este Adviento, a que la súplica “Ven Señor, que brille tu Rostro y nos salve” llegue a nosotros y a todas las personas que queremos y a todas las personas de la Diócesis. Que esa súplica sea como un grito que hacemos nuestro, acogiendo el grito de dolor y de sufrimiento de todos los que no saben qué sentido tiene ese dolor ni ese sufrimiento. A todos los que acaso ahogan, o tratan de ahogar, ese sufrimiento con el alcohol, con la droga, con tantas cosas. Y que el Señor purifique nuestro corazón para disponerlo a recibir con una alegría desbordante el anuncio de la noche de Navidad cuando comencemos ese año de gracia inmenso y que, porque Cristo está entre nosotros con la misma frescura, con la misma verdad que el primer día, que el día de la Encarnación, podamos gritarlo de nuevo al mundo, anunciar a todo hombre y a todas las personas, que hay una esperanza, que hay una posibilidad de construir un mundo verdadero, que hay una esperanza para la vida, que nuestro pecado no tiene el poder de destruirnos definitivamente porque no tiene el poder de destruir el Amor con que Dios nos ama que es más poderoso que el pecado, más poderoso que todo el mal del mundo. Y que acogiendo a Cristo y el don de su Espíritu es posible construir una humanidad sobre bases verdaderas, sobre la justicia, sobre el amor mutuo. Es posible la libertad de los hombres, una libertad que no es como la que dan los políticos, porque es una libertad que nace de la conciencia del valor de la vida y de la propia dignidad. Un mundo donde los pequeños no sean explotados, ni instrumentalizados, ni utilizados por los poderosos. Un mundo donde cada hombre y cada mujer sea reconocido en su valor inmenso, infinito, sagrado, intocable, indestructible, porque está sostenido por Dios mismo. Eso sólo se puede construir desde la fe en Jesucristo. Ese mundo, sin embargo, lo vemos como escaparse de nuestras manos a medida que nuestra sociedad pierde su instancia cristiana. Y sin embargo ese mundo es posible y no lo construyen las estrategias ni los cálculos humanos: lo construye la fe de la que el mismo Señor dijo “esta es la victoria que vence al mundo”, nuestra fe. Porque Cristo ya lo ha vencido, y Cristo está en nosotros y se nos da.

Vamos a hacer más sencilla y más verdadera nuestra súplica, “que brille tu Rostro y nos salve, Pastor de Israel, Pastor de tu pueblo, Pastor, Tú que amas infinitamente a esos jóvenes que se pierden, Tú que amas infinitamente a cada persona humana, Tú que conoces su corazón y sin embargo no dejas de amarla, y quieres que a todos llegue el anuncio de la salvación y de la vida nueva. Conviértenos, transforma nuestro corazón, haznos capaces de acoger la gracia que Tú quieres darnos, y haz que este año comience con un nuevo impulso, sobretodo con una nueva transparencia, con una nueva verdad: la evangelización, el anuncio de una buena noticia para todos los hombres”. Ha aparecido la gracia de Dios y su bondad y su ternura para con todos y nosotros somos testigos de esa gracia.

Sólo una última cosa. Hace unos días, en Madrid, en la Catedral de la Almudena, el Cardenal Arzobispo de Madrid, como presidente de la Conferencia Episcopal Española y la mayoría de los Obispos de España, invitaba a que en esa mañana del 25 de diciembre, después de que el Santo Padre, la noche de Nochebuena haya abierto la Puerta santa e inaugurado el Jubileo de la Iglesia Universal y unas horas después en Jerusalén y se inicie ese tiempo de gracia en cada una de las Iglesia, cada una de las Catedrales del mundo (él decía que todas las iglesias de España), tocasen a las 12 de la mañana que es el momento en que se abrirá también aquí en la Catedral de Córdoba el Jubileo. Sé que es una noche en la que os acostaréis tarde y en la que no será sencillo, pero esto sólo sucede cada 1000 años. Estáis todos invitados. Pedía que en todas las iglesias de España repicasen las campanas a las 12 para mostrar, como un gesto único, a través de toda la geografía de nuestros pueblos, el gozo de su Iglesia, de la Esposa de Cristo por haberlo conocido; el gozo de nuestro pueblo cristiano, el gozo nuestro, de cada uno de nosotros, porque Cristo está entre nosotros y, por lo tanto, porque la vida humana tiene un significado y un valor y hay una esperanza verdadera para todos los hombres. Yo sé que las campanas no las tocáis vosotros, algunas a lo mejor sí, y a lo mejor también hay campanas en alguna ermita que alguno puede tocar, pero que resuenen esa mañana.

Que resuenen sobre todo como una expresión de que resuena nuestro corazón, con un latido único en todo el mundo, como un solo pueblo en todo el mundo, el Cuerpo de Cristo. La Iglesia una, santa porque el Señor está en ella, no santa por nuestras cualidades; una, santa, católica, es decir, universal,  la misma en China y en Australia, y en Sudáfrica y en Alaska y en Francia, y en Gran Bretaña y en Córdoba, y en Tánger y en Túnez y en Egipto y en Jerusalén, y en Vietnam, y en Japón. Un solo Cuerpo, una sola humanidad, reunida por el Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ese latido es el que tiene que latir ese día con un gozo grande y con un corazón único y las campanas son sólo la expresión exterior de la alegría de esa única Esposa que somos todos.

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