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Homilía en el Jubileo de los Trabajadores

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 28/04/2000. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 2000. Pág. 257



Queridos hermanos sacerdotes, y queridos hermanos:

Celebramos esta noche, como es obvio para todos los que estáis  aquí, porque no es un día habitual de celebración en la Catedral, el Jubileo del mundo del trabajo. Y si en este día no está la Catedral rebosante de personas probablemente es un indicio de que no hay demasiadas personas conscientes de la relación que el trabajo tiene con la fe en Jesucristo en nuestro contexto; aunque ciertamente el trabajo es, probablemente junto con la familia, la preocupación más aguda de miles de familias de nuestro entorno.

En todo caso, lo que celebramos son los 2000 años de presencia de Cristo entre nosotros; esta gracia de Cristo resucitado que se nos ofrece y se nos da como con la misma frescura, con la misma verdad, con la misma capacidad de generar un hombre nuevo que el primer día de Pascua, que la mañana misma de Pascua. Desde el Misterio Pascual de Cristo, en cierto modo desde la Encarnación, pero de una manera plena desde la muerte y resurrección de Cristo, la tierra, lo humano, todo lo terreno ha sido introducido por Cristo en la vida misma de Dios. Es como si Dios y lo humano estuvieran abrazados para siempre, de tal manera que son inseparables. En el cielo está nuestra carne, en Dios está nuestra carne, con sus heridas, con sus llagas, con sus fatigas, con su dolor, con el olor si queréis a sudor humano; y al mismo tiempo eso desvela y hace posible en la tierra, la única vida digna del hombre, que es cuando se nos da la posibilidad de vivir aquello para lo que hemos sido creados, que es justamente participar de la vida, de la comunión y del amor de Dios. Es Jesucristo. No, no es difícil dar gracias, a pesar de todo el dolor que pueda haber alrededor  nuestro. No es difícil dar gracias por Jesucristo, y de una manera particular, en la perspectiva del mundo del trabajo y de la vida social en general. La resurrección de Jesucristo -esto es un dato histórico, un hecho duro como una roca- afecta al hombre como hombre; la victoria de Cristo sobre la muerte tiene que ver con la existencia humana como tal. No es propio de una raza, ni de un pueblo, ni de una clase social, sino que es un hecho que afecta al hombre en cuanto hombre, y por lo tanto a todos los hombres de todas las épocas y de todas las culturas.

Como hecho de un significado universal, por primera vez en la historia, se alumbra la conciencia de que la persona humana tiene una dignidad y tiene un valor  por sí mismo. Y este es el hecho fundamental del cristianismo. Luego la realización de esa novedad está llena de tropiezos, de flaquezas, de pasos adelante, de pasos hacia atrás; de realizaciones más adecuadas, y eso tiene que ver con el espesor de la caridad en la vida de los cristianos, de la caridad divina. Es un hecho que es con Jesucristo cuando empieza en la historia a percibirse, que el hombre tiene un destino por el hecho de ser hombre, no por el hecho de ser tal o cual cosa, sino por el hecho de ser persona tiene una dignidad que tiene que ver con su ser imagen de Dios; que tiene que ver con su destino a participar de la vida de Dios y que tiene que ver con la Redención de Jesucristo, que ha derramado su sangre por todos los hombres. Y eso, introduce en la historia el sentido de la dignidad del trabajo por primera vez.

El mundo antes de Cristo es un mundo compuesto fundamentalmente de siervos, en el que la única posibilidad de no ser siervos, es ser amo. Y sólo a la luz de Cristo se introduce ese sentido de que el hombre está dotado de razón y de libertad por el hecho de ser hombre; de que la vida humana tiene una dignidad y que el quehacer humano, el rol humano es sencillamente una participación, una expresión. Es la expresión del hombre, de su ser, de su destino, y por tanto, tiene una dignidad que le confiere quien lo hace, no unos privilegios, o unos derechos, o unas ventajas que le dan otros hombres, sino por el hecho de que el trabajo expresa al hombre.

Yo creo que esto es algo que aún hoy, quizás precisamente de un modo especial hoy, tiene tal poder de novedad y tal poder de volver al hombre a sí mismo, y suena tan extraño a los valores que rigen la sociedad en que vivimos, que no es difícil, cuando uno cae en la cuenta, dar gracias por haber conocido a Jesucristo, y por el hecho de que Jesucristo esté en medio de nosotros, y de que sea posible vivir la vida de este modo.

El Verbo de Dios trabajó, nació en la casa de un carpintero y en un pueblo pequeño donde, necesariamente, había que trabajar. Y así vivió la mayor parte de su vida. Los cristianos han visto siempre en esa época silenciosa de Jesús, y en la extensión de ese periodo, como un signo de que la Redención, en realidad, no se realiza en momentos como de feria, especialmente llamativos, sino que se realiza precisamente en la vida cotidiana. Que la novedad que Cristo ha traído, no es una novedad para unos momentos de hipersensibilidad, para unas vivencias especiales, sino que permite la posibilidad de vivir de un modo nuevo la relación hombre y mujer, el matrimonio,  la relación padres e hijos, la relación entre hermanos, y el trabajo humano como contribución. Dicho de otra manera, la familia como lugar en el que uno se educa a un modo de vida en el que el bien  y el interés no está en mi centro, sino está en Otro, como modo de conducir y después expresar la vida social. Y el trabajo como modo de contribuir, de expresar la propia conciencia del destino y al mismo tiempo, de contribuir al bien común.

La primera afirmación, la primera expresión de nuestra Eucaristía, es una acción de gracias por eso de lo que, a lo mejor, no somos a penas conscientes, pero que en Jesucristo nos es dado, y que ¡ojalá! pueda resplandecer en medio de nosotros de forma que pudiéramos ser luz para otros que buscan tanto el significado de su vida, como el significado de su trabajo, como el significado de sus relaciones humanas, en el matrimonio y en la familia.

Un segundo pensamiento es al mismo tiempo un dolor. El dolor de una separación progresiva entre la fe y la vida, visible de una manera especial en los últimos siglos de nuestra historia cristiana, con lo que la fe se ha ido haciendo menos significativa para la vida concreta de los hombres; la fe se ha ido percibiendo más y más, por parte de los cristianos, como algo separado de la existencia humana, como un mundo cerrado en sí mismo, como un mundo propio. Eso empobrece, esteriliza, paraliza la fe y su creatividad; y al mismo tiempo deja la vida humana sin la luz, la energía, el poder del Espíritu de Dios y por lo tanto sin ser iluminada; la deja en soledad, que es lo más parecido que hay a lo que en la tradición cristiana se llama el infierno. Es decir, el hombre se queda solo, no es capaz de dar sentido al misterio y al drama que supone siempre el hecho de vivir. Naturalmente ese drama no es un drama abstracto. La separación de la fe y la vida no se da de una manera abstracta, o puramente intelectual, sino que sucede como consecuencia de miles de pequeñas traiciones, de pequeñas complicidades, de pequeñas injusticias por las que, sencillamente, los que son portadores de Dios, de la fe cristiana, de la vida de la gracia, hemos alejado la experiencia cristiana de la vida de los hombres. Y por lo tanto, dentro del contexto de las celebraciones jubilares, y a luz de la gracia, uno no puede sino pedir perdón. Tenemos que pedir perdón y no por juzgar, no por juzgar a otros. No se trata de juzgar lo que los cristianos han hecho en otros tiempos, sino pedir perdón porque todos, de alguna manera, somos cómplices de ese vaciamiento de significado de la fe de mil maneras: unas veces, conscientemente culpables, otras menos...; y por lo tanto, de una degradación y pérdida del sentido y del valor del trabajo, que vemos producirse progresivamente delante de nuestros ojos, a pesar de los logros, de los esfuerzos, por ejemplo de los sindicatos, y todo el entorno de una cierta ideología del progreso. Uno percibe una deshumanización que hoy no se limita a la clase trabajadora, sino sencillamente que forma parte de la cultura que todos respiramos, en la cual, el beneficio económico, o los intereses políticos y las estrategias políticas, priman absolutamente por encima de la persona; y de nuevo se genera fácilmente un mundo de esclavos. En la medida que nosotros somos cómplices, participamos, repito, no para acusar (no es propio de un cristiano acusar, porque en este tipo de acusaciones es tan fácil convertirse en los fariseos que acusaban a la adúltera ¿no?, sin caer en la cuenta de las propias limitaciones, o del propio pecado), sino sencillamente por algo que es mucho más cristiano, que es lo que acabamos de celebrar que ha hecho el Señor con nuestros pecados, es decir, por echárnoslos sobre nuestras espaldas, por ofrecer nuestra vida. Decid: “Señor, para que brille la verdad del Evangelio, para que brilles Tú como Redentor del hombre. Señor, olvida toda esta miseria, y cuenta con nosotros. Te presentamos toda nuestra vida para que nosotros podamos ser testigos, testigos sencillos, verdaderos, trasparentes de esa dignidad de la persona y de la vida humana;  del hecho de que la persona está siempre por encima de cualquier interés”.

Al final, todos los problemas sociales concretos, que de algún modo es necesario abordar hoy en la vida cotidiana, tienen como raíz justamente ese olvido, de nuevo, como en el mundo precristiano, ese sacrifico de la persona humana, de la familia; ese sacrificio de lo que es más sagrado en la vida a intereses que valen menos que la persona, y que fácilmente generan un mundo de personas alienadas, es decir, de personas no libres, no conscientes de su dignidad, no sólo en los estratos más humildes. Es trágica la corrupción del trabajo en todos los niveles donde la persona se sacrifica, literalmente, para desarrollarse en el seno de una empresa, donde se sacrifica la familia porque la empresa está por delante.

Cuando estamos en una cultura así, uno puede esperarse toda clase de inhumanidades (no las inhumanidades de Oliver Twist: puede ser que sean inhumanidades con guante blanco, pero uno se espera cualquier cosa), uno se espera esa sensación de indignidad, de humillación, en la que la vida siempre está vendida; uno está siempre humillado por algo que no tiene nombre, porque es como el aire que respiramos.

Lo que llamamos ideología del progreso o del desarrollo, no es un pensamiento de este final de siglo; pienso en obras como algunos ensayos de Lewys titulado: “La abolición del hombre”. Esta ideología se ha utilizado de tal manera, que al final el hombre termina siendo exclusivamente una pieza del proceso de producción y de consumo. Y como eso no corresponde a la verdad de lo que somos, eso no puede generar sino un océano inmenso de sufrimiento humano, que uno reconoce en las personas en cuanto se pone a tratar con ellas de una manera personal, directa. Uno reconoce ese sufrimiento, fruto de la humillación, de una humillación cultural extraordinariamente honda. Porque uno no es una pieza de ningún proceso ni de producción, ni de consumo, ni de desarrollo, ni del proyecto político de nadie. Uno tiene un destino grande, y sólo cuando es tratado con el reconocimiento de ese destino, uno vive en la verdad,  y ve crecer su libertad, su capacidad de amar, su capacidad de donarse. El hombre humillado, necesariamente, vive en la violencia, o está a las puertas de la violencia constantemente; y esas puertas de la violencia, las tenemos a las puertas de nuestra casa, en nuestra sociedad, una sociedad fragilísima,  a pesar de toda su apariencia de poder tecnocrático.

Yo creo que en esta Eucaristía de hoy, y en este contexto cultural nuestro, que es de todo el mundo (porque la cultura en este momento es una cultura mucho más globalizada, como nunca lo ha sido, quizás en la historia, debido, básicamente, a las facilidades de comunicación y al desarrollo de las tecnologías de la comunicación), estamos hablando de realidades muy concretas, realidades que tenemos al lado nuestro. Yo pienso en Córdoba, y pienso en todo lo que significa la economía sumergida; los contratos sin Seguridad Social; las empresas de carácter temporal y toda su secuela de situaciones humanas; la falta de generosidad a la hora de fomentar, realmente, la creación de puestos de trabajo; la falta de asumir el riesgo que supone crear unos puestos de trabajo, o poner en marcha la creación de una empresa. Todo eso tiene que ver con nosotros, todo eso tiene que ver con la comunidad cristiana. ¡Dios mío!. Y todo eso, tiene que ver con muchísimo sufrimiento en torno nuestro. Entonces, uno dice: “¿qué es posible hacer?”, es decir,  poner nuestra vida ¿en qué dirección?. Yo contaría lo que el Papa dijo justamente en un precioso discurso que pronunció, recién salida la Encíclica “Centesimus Annus”, en un encuentro con el mundo del trabajo: “ trabajar por una cultura de la verdad y del amor; trabajar por poner nuestra vida al servicio de la dignidad de la persona humana, de toda la persona humana, en un reconocimiento de que el ser humano está hecho para la verdad”.

Sé que esto suena absolutamente a algo irrealizable, pero ¡Cristo ha resucitado! y está entre nosotros. Y las cosas, a lo mejor, no suceden nunca a  nivel colectivo; suceden porque hay personas que lo entienden, y se ponen a caminar. Es decir, la persona por encima  de todo; el bien y la verdad de la persona por encima de todo; la seriedad con respecto a la propia vida, y con respecto a la vida de los demás; y no sacrificarla nunca, ya sea a intereses económicos o a intereses políticos, porque es al revés. La economía tiene que estar al servicio de la persona. Y la política tiene que estar al servicio de la persona como construcción de una sociedad de hombres libres; y  hombres libres significa hombres conscientes de su destino; hombres que no deben su dignidad a la benevolencia de otros, sino que son dignos porque son hijos de Dios, porque participan del don inmenso de ser hijos de Dios. Y sabemos que nuestra vida no depende de la suerte, de las circunstancias, porque está sellada por Dios con una alianza eterna que nadie puede romper. Y eso, le hace a uno, libre. ¡Dios mío! cuánta necesidad tenemos en nuestra ciudad y en nuestra sociedad de personas dispuestas a trabajar seriamente.

Quienes estáis aquí, de una manera u otra, estáis comprometidos en este trabajo, o sois amigos de quienes lo están. Yo creo que hay que pedirle al Señor, con toda sencillez pero con toda verdad, que seamos capaces de ser testigos de esta novedad que hoy vuelve a ser novedad. En la medida que desde los años sesenta, fruto de una evolución de siglo y pico o dos siglos, se borran de la sociedad y de la vida pública las raíces cristianas que han hecho lo mejor de nuestra cultura, uno no puede esperar más que una deshumanización progresiva, la pérdida del sentido del valor del Derecho, de las relaciones humanas.

La vida humana se parece ya cada vez menos a la vida de una familia, y se parece cada vez más a una carrera de obstáculos, donde todo el mundo puede ser un posible competidor. Pero una vida social así es la vida de la selva.

En la medida que Te hemos conocido, Señor, y en la medida en que amamos a nuestros hermanos y amamos a la sociedad en que vivimos, podemos pedir con sencillez y verdad ser testigos, y podemos ayudarnos adecuadamente a vivir así. Porque eso no se consigue por una decisión voluntarista, individual. Eso es el nacer de un pueblo. Un pueblo tiene que estar naciendo en cada generación. Un pueblo cristiano tiene que nacer en cada generación de nuevo; y un pueblo, nunca es una persona sola, nunca es un líder. Un pueblo es una familia. Y ese pueblo, para que las cosas cambien, tiene que nacer, y tenemos que ayudarnos unos a otros para que nazca; tenemos que hacer posible su nacimiento, sencillamente  mediante una súplica sincera, una oración sincera:

“Señor, haz en nosotros el milagro del cambio, el milagro de la novedad de Cristo. Haz también posible entre nosotros la comunión que exprese el signo de un modo de vida, y que podamos comunicarlo a la comunidad cristiana, de manera que la comunidad cristiana pueda ser lo que decían los Padres: ‘una bandera levantada en medio de las naciones’”. Bandera, ¿de qué? Bandera de la dignidad del hombre, bandera de la dignidad del trabajo, bandera de la lucha infatigable por el bien común, por la verdad, y por lo que es bueno para todos. Imagen de una antropología en la que uno no se afirma así mismo frente a otros, que es la antropología del mundo pagano, o la antropología del mundo moderno; donde uno afirma su parte de verdad, o su voluntad de poder siempre  negando la de otros; sino donde uno se afirma y se hace crecer a sí mismo como Dios ha hecho: afirmándonos a nosotros, entregándose por nosotros, entregándose por el bien de todos; es decir, entregando la propia vida, ofreciendo, dando la propia vida, para que los demás vivan. Así nació el mundo, y sólo en un mundo así el trabajo, las relaciones humanas, la vida social, la vida política encuentran su lugar, aunque podéis pensar que un mundo así es un mundo de locos. Si el mundo escuchara este discurso lo, pensaría que es un mundo de locos. Pero eso es lo que celebramos en Semana Santa, y no hay otra alternativa: o la vida humana tiene como contenido, como meta, como su propia sustancia de la que vive el  hombre como hombre el amor, o tiene la violencia, es decir, o es la ley de la selva. Yo creo que estamos en la ley de la selva, aunque los esclavos de hoy, usen tecnologías sofisticadísimas, y en lugar de construir pirámides, construyan redes informáticas. Pero uno encuentra cada vez menos hombres con conciencia de lo que vale la vida humana, con conciencia de la dignidad de  la persona. Y eso es trágico para una sociedad. Y que es trágico, lo prueba también nuestra situación demográfica, el hecho de que, a una sociedad que vive así, le resulta tan difícil amar la vida, que le resulta difícil reproducirse, porque no se comunica, lo que uno no ama. ¡Es tremendo! Todo esto está extraordinariamente relacionado entre sí.

¡Dios mío!, por amor a este mundo, por amor a personas que uno conoce, es decir, a su familia; por amor al hombre, uno dice: “tiene que empezar algo nuevo”. Somos muy pocos, muy pobres, y probablemente con muy poca conciencia del modo, o con muy poca energía para ponerlo en marcha; y sin embargo, yo creo que esa súplica debemos hacerla: que podamos ser testigos de la novedad de Cristo en este mundo, en esta situación, en estas circunstancias que son como son,  pero que Cristo ha derramado su sangre por cada uno de los hombres que viven en ellas. Sólo eso puede ser un camino que permita que amanezca la verdad de nuevo, que los hombres recuperen su esperanza, y a través de ellos, otros, y a través de ellos, otros; y ¡ojalá!, es decir, hasta la última persona.

Si os parece, con este espíritu, vamos a ofrecerle al Señor nuestros pobres dones: pan y vino, conscientes de que si esa ofrenda es verdadera, el poder de Dios los transforma. Y junto a ese pan, van nuestras pobres vidas. El poder de Dios las transforma, ¿en qué?, en testigos de Cristo. Testigos de Cristo significa, ante todo, testigos de la dignidad de la persona humana, del valor de la vida humana, del trabajo humano, del valor de toda persona humana, y de la defensa, en todos los casos, del bien de esas personas.

***

Antes de pasar a ofrecer las ofrendas, me acaba de decir Valerio, que está previsto, que las ofrendas las hubiera traído Agustín, de Hermandades del Trabajo, que trabaja y colabora mucho en el  Secretariado, y que no ha podido traerlas porque ha ingresado, hoy mismo, en la U.C.I. Simplemente, para que tengamos un recuerdo de él, en esta Eucaristía, aunque ya haya pasado la oración de los fieles y pidamos por él y por los suyos.

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Dejadme que desee para todos los que estáis en esta celebración, especialmente, los movimientos apostólicos de Acción Católica y sus diversas ramas, otros movimientos, que el Señor os fortalezca en vuestro testimonio, cada vez más, y que sea cada vez más un testimonio transparente de Jesucristo y del bien que Jesucristo es para el hombre. Sed vosotros mismos ese bien para el hombre, sed vosotros mismos ese bien para vuestros compañeros de trabajo. No hay otro modo de hacer la evangelización, esa nueva evangelización a la que todos somos llamados. Que los hombres puedan percibir, tocar, ver al lado, un signo de la misericordia y de la filantropía de Cristo; del amor de Cristo por el hombre, hecho carne en nosotros, en la medida que Dios nos dé.

Yo sé que ese testimonio hoy no es nada sencillo; yo sé, que supone un nadar contracorriente, casi constantemente, y sé que os expone, muchas veces, a todo tipo de dificultades, y también a todo tipo de incomprensiones; y a la fatiga que genera a veces el amar o el testimoniar a Jesucristo un poco en solitario. Que sepáis, que no estáis solos. Pero que el Señor os fortalezca, nos fortalezca a todos en nuestra comunión, para que ese testimonio pueda surgir cada vez con más gusto y con más verdad de todos vosotros.

Que el Señor os sostenga, especialmente a los que vivís o actuáis en circunstancias más difíciles. Y quizás especialmente a los jóvenes que estáis por ahí detrás, detrás de las guitarras; porque si nuestro mundo es inhumano, el que os espera a vosotros,  humanamente hablando, todo hace prever que lo pueda ser más; y sin embargo ahí estáis, ¿no?; y, ¡ojalá! podamos acompañaros y sosteneros de la manera que vosotros necesitáis ser sostenidos.

Como estáis perfectamente al tanto en la calle, de lo que es el Jubileo, y de lo que celebramos; hemos rezado el Credo, y otras de las condiciones para participar de este momento de gracia, que es el Jubileo, es el rezar un Padrenuestro por las intenciones del Papa, que es por las necesidades del mundo, como signo de comunión con el Santo Padre. ¿Os parece que lo recemos juntos ¿eh?, en este momento?;  y que este momento de gracia, produzca todo el fruto  que el Señor quiere, cada vez que, que sucede.

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