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Homilía en las Ordenaciones de Presbíteros

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 02/07/2000. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-XII de 2000. Pág. 171



Dios, hemos escuchado en la primera lectura, no ha hecho la muerte Dios ha creado el mundo en Jesucristo como un derroche de amor por todo lo que es, y ha creado sobre todo a su criatura más querida: el hombre, la persona humana, para que pueda, justamente, entrando en una relación con Dios, reconociendo su origen y su plenitud en el Hijo de Dios, vivir con gratitud, con alegría, con la certeza de ser objeto de un amor sin límites, con la conciencia de haber recibido todo lo que uno es para un destino grande, fruto exclusivamente del amor gratuito de Dios; y sin embargo, la muerte llena el mundo, no sólo la muerte física, en la que todos participamos como herencia de una historia siempre ratificada de nuevo, de pecado y de alejamiento de Dios.

Hoy que los teóricos de la ciencia hablan del efecto mariposa, de cómo el movimiento de una mariposa en Pekín puede desencadenar una tormenta, o un tornado en San Francisco, o en New York, debería sernos menos difícil comprender la interacción que existe entre todas las realidades del universo, entre todas las obras de los hombres, y ver menos simplistamente la realidad del pecado original, simplemente como si Adán y Eva, los primeros hombres, hubieran hecho algo mal cuyas consecuencias pagamos todos sin tener nosotros ni arte, ni parte. En una visión más abierta de lo que es la realidad del mundo y de la interconexión e interrelación de todo lo que existe, aparece el pecado como decía el poeta, como una especie de maremoto, una especie de gran océano, cuyas olas inacabablemente llegan hasta cada hombre, cada persona, cada mujer.

Lo cierto es que la muerte llena el mundo no sólo la muerte física -pero incluso la muerte física podría ser vivida tranquilamente como el final de un camino y no como una desgracia; si la muerte y nuestro destino fueran transparentes, si nuestro conocimiento de Dios fuese adecuado- sino también llena el mundo las consecuencias, las sombras, los anticipos de la muerte; y esos no son sólo la enfermedad física, son mucho más: la desesperanza, el desamor, las divisiones entre los hombres. Es extraordinariamente expresivo que después de narrar el libro del Génesis el primer pecado de los hombres, lo siguiente que se narra sea el asesinato de Abel por su hermano Caín. El primer fruto de la separación de Dios es la separación entre los hombres, es la división entre los hombres, es la mayor fuente, probablemente, en la historia del sufrimiento y de la desgracia humana. La pérdida de esa unión con Dios, para lo que el Señor nos había creado, de esa transparencia de la vida para lo que el Señor nos ha dado la vida, genera toda una serie de dinámicas de destrucción, que vemos por todas partes: rupturas en los matrimonios, con todas sus secuelas de sufrimiento, dolor, amargura, desesperanza en los esposos y en los niños que pagan terriblemente las consecuencias de las rupturas de sus padres; en los grupos humanos, en la orientación de la vida. Vivimos en un mundo cada vez más saciado de bienes materiales, y cada vez más escaso de vida, de esperanza, de razones para vivir, de alegría verdadera, donde mil sofismas engañan al hombre, y le conducen a eso, que el Santo Padre ha llamado “cultura de la muerte”. Dios no ha creado la muerte, pero la muerte llena el mundo.

Pensando en estos días en vuestra Ordenación, y con motivo de visitas a parroquias, encuentros con personas, pensaba en aquellas palabras de Jesús en el Evangelio: “están como ovejas sin pastor”. ¡Dios mío! Los hombres son confundidos por los mil mensajes contradictorios de los medios de comunicación, por la censura absoluta acerca de quién es el hombre, quién soy yo, qué es la vida humana, de su destino eterno; y la concentración de todas las energías en acumular bienes de este mundo, censurando la dignidad, la libertad, la verdad del hombre. Y uno ve a los hombres, uno ve a los jóvenes, incluso aquellos que están a veces cerca de nosotros, de la Iglesia, desconcertados, perdidos, confusos, sin ninguna verdad a la que agarrarse; sin ninguna certeza en su propio corazón acerca del significado de su vida, sin ningún amor verdadero que pueda conducirle a esa verdad. Y resonaba en mis oídos, constantemente, esa frase del Señor: “están como ovejas sin pastor”, descarriados, es decir, perdidos, gritando muchas veces sin decirlo, aunque no conozcan a Dios, el hambre que tienen de Dios, el hambre que tienen de encontrar esa verdad sobre la que uno puede construir la vida humana, una familia, un trabajo, una vida, de un modo adecuado a la verdad grande de lo que sois cada uno, de lo que es cada persona humana.

Y Jesucristo ha venido para eso, porque esta situación no es nueva. Esta situación es la del hombre cuando le falta Aquél que es su clave de comprensión, su sostén, su modelo y su meta; cuando le falta el conocimiento de Jesucristo. Jesucristo ha venido para que los hombres puedan encontrar la vida. “Yo he venido para que tengáis vida, y vida abundante”. Y en una ocasión dice el Señor: “esta es la Vida Eterna: que te conozcan a Ti, Dios verdadero, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”. La vida del hombre está ligada a ese conocimiento de Cristo, que no cambia las circunstancias del mundo, sino por el que Dios envía su Hijo al corazón de la miseria humana, y por el que el Hijo asume esa condición humana desde su entraña misma, para que en la entraña de ese mal, de esa miseria, transformados por el amor de Jesucristo, el hombre pueda de nuevo encontrarse a sí mismo, encontrar su vida, unirse de nuevo al Dios que le ha llamado al ser y a la vida, que le ha llamado a participar de su gracia, que ha destinado a cada hombre y a cada mujer a ser hijo de Dios, y a participar de la vida y de la herencia de Dios, a través de Jesucristo, su Hijo.

Cristo ha venido para eso, pero como también recordaba yo en un par de ocasiones en estos días a otras comunidades cristianas, la Encarnación de Jesucristo no es una especie de teatro que el Hijo de Dios hace y que entonces se podría repetir igual cada generación, como vestirse de un disfraz. Dios vestido de disfraz de hombre, que venía por aquí, les enseñaba a los hombres unas pocas cosas, se quitaba el disfraz, se volvía a su cielo; después, a la generación siguiente se podía volver a poner el disfraz, como una cosa exterior a Sí mismo, exterior a la vida. ¡No! eso no es la Encarnación del Hijo de Dios. La Encarnación del Hijo de Dios es que Dios se hace hombre, y un hombre nace en un momento, es concebido y vive en un momento de la historia.
   
En la Encarnación Dios ha abrazado, ha asumido y ha cargado sobre sus espaldas toda esa marea negra del pecado y de la desesperanza de los hombres. Dios ha abrazado la condición humana como es, sin condiciones; se ha unido a ella como Oseas a su esposa infiel, como un signo de la gratuidad absoluta del amor de Dios para con el hombre; para comunicarle, a través de esa unión, su Vida Divina, y que el hombre, reconociendo, encontrando el amor de Jesucristo, pueda ser él mismo, pueda vivir con la dignidad y libertad para la que Dios le ha creado, pueda vivir con lo que es la fuente de esa libertad y de esa verdad; pueda vivir con la conciencia de cuál es su destino: la vida eterna, y participar como Hijo para siempre de la vida y del amor de Dios, y ser así rescatado de la muerte y del pecado, del poder que la muerte y el pecado ejercen sobre nuestro corazón.

Cuando la Escritura y la tradición cristiana emplea “rescatados de la muerte y el pecado” no quiere decir que ni vamos a morir, ni vamos a cometer nunca ninguna falta más. ¡No! rescatados de la esclavitud que significa para el hombre vivir sometidos a la lógica de la muerte y del pecado, sin tener nada que esté más allá de esa lógica, de las pasiones humanas. Porque la Encarnación de Dios, del Hijo de Dios ha sido verdad, es decir, ha asumido, ha abrazado la condición humana con toda su verdad, con toda su contingencia. Dios se ha hecho hombre, no se ha vestido de hombre, no se ha disfrazado de hombre; se ha hecho hombre en un momento de la historia, y de una vez para siempre, con un amor en el cual un sólo gesto de Cristo, no sólo su muerte, el más pequeño gesto de Cristo, salva la historia humana entera; recuperaba, unía a Sí, abrazaba en sí, la entera historia humana, con todo su inmenso, infinito casi, caudal de sufrimiento, de desesperanza, de dolor, de lágrimas humanas. Y porque el Señor se ha unido a ella, uno puede estar presente de la manera que estuvo con Zaqueo, con Juan, Andrés, con la samaritana, con María, su Madre, con los otros discípulos, con las personas que lo conocían; y sin embargo, el Señor quería estar, quería que cada hombre y cada mujer de todas las generaciones, de todos los tiempos, pudiesen encontrarle, conocerle, y no conocerle como un fruto de una reflexión, o como una idea, sino encontrarle en la vida, como los discípulos de Emaús lo encontraron en su camino; para que alguien les explique, sencillamente, todas las confusiones que hay en el corazón, y las ilumine con su presencia.

Y ese es todo el significado del sacerdocio cristiano, mis queridos hermanos, mis queridos diáconos, que hoy os ordenáis presbíteros. Cómo el Señor llama a unas personas escogidas de entre el pueblo, que Él ha amado y que Él ha elegido, que Él ha rescatado con su sangre, para que le ofrezcan su vida, su humanidad y puedan ser en medio de la comunidad cristiana y del mundo signos vivos de que Cristo vive; iconos, no hechos de pinturas, ni de formas estéticas, sino de carne, de que Cristo vive; y porque os ha comunicado su Espíritu de un modo especial por el Sacramento del Orden, vuestra vida está como asumida, como apropiada por Cristo, para que los hombres, en medio de esa historia de muerte, en medio de esa historia de esperanzas frustradas, de ilusiones rotas, también de ilusiones que se cumplen, pero que el tiempo gasta y deshace, puedan encontrar como San Juan al Verbo de la Vida, que estaba escondido en Dios, que se nos ha manifestado, que nuestros ojos han visto, que nuestros oídos han escuchado, y que nuestras manos han tocado.

Vuestro ministerio será actuar en nombre de Cristo, repetir, hacer, en este momento de la historia, para este pueblo, para este mundo en el que estamos, los mismos gestos de Cristo. Los haréis en los Sacramentos, cuando diciendo las mismas palabras de Cristo: “Éste es mi Cuerpo entregado por vosotros”, o “Ésta es mi Sangre, es el cáliz de mi Sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”, lo estará diciendo Cristo por vuestra boca; pero eso sólo será creíble para los hombres cuando vuestra boca lo diga con verdad, al mismo tiempo que Cristo; lo que decís en la Eucaristía es justamente vuestro modo de vida: gastar vuestra humanidad, vuestro cuerpo, vuestras energías, vuestra inteligencia, todo, vuestra capacidad de amar, todo entregado a Cristo como una ofrenda para que Cristo, en vosotros, pueda seguir acercándose a los hombres, curando sus heridas, abriéndoles a la esperanza verdadera, haciendo posible una vida verdadera según la verdad: un matrimonio, una familia, una vida social, un trabajo, un modo de afrontar el trabajo, un modo de afrontar la enfermedad, la muerte, de construir las relaciones humanas; un modo de vivir según la verdad. Nuestra vida es de Dios y para Dios según esa verdad que funda, como os decía antes, la dignidad, la libertad y el bien de la vida humana.

Ser como un reflejo, como una respuesta de la generosidad con que el Señor se da a nosotros; ¡que se nos da, y la vida cambia!, que no son palabras, que cuando uno encuentra a Jesucristo de verdad en la vida, la vida empieza a tener color, buen gusto; la vida empieza a hacerse jugosa, la vida cambia. Me lo decían ayer algunas personas, algunos chicos que se iban a confirmar, pero igual antes de ayer, y al otro, y al otro, uno lo oye constantemente como un testimonio de vida: ¿por qué estoy aquí? Pues estoy porque soy cristiano, y soy cristiano porque al acercarme al grupo, a la Iglesia, yo he empezado a vivir de una manera nueva, empiezo a darme cuenta al menos que se puede vivir de una manera nueva.

Esa experiencia de los hombres de que Cristo vive, está ligada a vuestro Ministerio. El Señor que se da a nosotros sin medida, el Señor que se entrega a los hombres sin reserva, el Señor que es todo generosidad, fomente en vuestros corazones, a lo largo de toda vuestra vida, una generosidad como la que hay en vuestro corazón esta mañana, y yo sé que la hay; para que vuestra vida pueda ser una ofrenda a Cristo en respuesta a la ofrenda que Cristo es para vosotros y para todos los hombres. Un poco como María; de lo que se trata es de acoger a Cristo, de abrirle el corazón y decir: Sí, Señor, aquí estoy para hacer tu voluntad, o aquí está la sierva del Señor: hágase en Mí según tu palabra; y eso que parece un acto de sometimiento, de pérdida y sacrificio de uno mismo, se convierte en una fuente inagotable de gozo.

”Dichosa Tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá; bienaventurada me dirán todas las generaciones”. Y eso que parecía una locura, ¡es verdad!, porque dos mil años después, a miles de kilómetros de distancia, la seguimos llamando bienaventurada, y seguimos dando gracias a Dios porque por el Sí de aquella mujer, el Verbo se ha hecho carne, amigo, compañero nuestro, hermano nuestro, y nosotros hemos sido hechos hijos de Dios. Todo parece un milagro, porque todo es un milagro; pero el Señor se nos da, el Señor quiere llegar a todos los hombres, y el Señor os ha llamado sencillamente, para que ese milagro de la Encarnación del Verbo, de algún modo distinto, pero absolutamente real, se haga verdad en nosotros; como el pan y el vino se consagran y son el Cuerpo de Cristo, así vosotros seréis esta mañana consagrados para ser identificados con Cristo de un modo único, diferente al del pan y el vino, diferente al de María, pero de un modo que permita que los hombres puedan seguir reconociendo a Cristo; que puedan conocerle, puedan encontrar el perdón de los pecados, encontrar la esperanza de la Vida Eterna; que puedan encontrar un padre que les escucha, les quiere, les ama, que cuida de su vida en Cristo, que cuida de su esperanza, de su amor, de su vida verdadera como los padres cuidan de la vida de este mundo.

Es obvio, ¿ no? que el hecho de vuestra presencia aquí indica claramente todo lo que la Iglesia percibe que se juega en este don de Cristo a vosotros, y en esa respuesta de vosotros a Cristo. No vienen las personas por curiosidad, no venís vosotros por decir: vamos a ver como es una Ordenación, y tal. ¡No!, venís porque, expresada de un modo o de otro, todos tenéis la conciencia de lo importante que es para vuestra vida, para la vida del pueblo, para la vida de la gente, para la vida de los hombres, poder encontrar a Dios; y lo importante y lo indisolublemente ligado que está ese encuentro con Dios con vuestro Ministerio, con el don que el Señor os hace por la imposición de las manos y la Unción Sacerdotal y vuestra respuesta a ese don libre, sencilla, generosa.

No necesita el Señor de más, no necesita más que le digáis que sí; y os aseguro que en ese sí está vuestra alegría, vuestra felicidad, está la fecundidad de vuestra vida, el cumplimiento de vuestras esperanzas, y está la esperanza del mundo; la esperanza de la Iglesia está aquí alrededor vuestro, pidiendo, dando gracias al Señor por vosotros, dando gracias al Señor por Jesucristo que llega a nosotros a través del Sacramento del Orden y de los demás Sacramentos; y pidiendo al Señor que podáis ser de verdad un signo vivo de que Cristo vive; que cuando un matrimonio tenga desesperanza de que su amor pueda volver a empezar de nuevo, crecer, pues pueda veros a vosotros, y escucharos a vosotros, y teneros a vosotros lo suficientemente cerca como para que sea fácil que el amor se recomponga; y que los niños, que crecen en un mundo egoísta y solitario, muchas veces solos en el seno de la misma familia, puedan encontrar un padre y un amigo que les conduce de nuevo a esos padres, que les ayuda a amar la vida, que les hace conscientes de que son queridos por Dios a través de vuestra ternura y vuestro afecto; que los jóvenes puedan mirar el futuro con esperanza, mirar su vida conscientes de que tiene una dignidad inmensa, de que el valor de su vida no lo da una nota, ni el juicio del mundo, ni el éxito, ni la clase social que ocupa, ni el dinero que tienen, sino que su vida es preciosa, la de cada uno: la del enfermo como la del sano, la del inteligente como la del que no es inteligente, la del simpático, o la del niño guapo, la niña guapa, como la del que no es guapo, porque Dios les ama a cada uno con un amor infinito. Pero eso no lo van a conocer porque vosotros se lo digáis. Sólo si en vuestra vida pueden percibir un reflejo de ese amor. E incluso vuestra consagración a la virginidad, a la obediencia que hicisteis ya en el momento del Diaconado, tiene que ver con esa libertad, para que Cristo pueda disponer de vuestra vida, y para que los hombres puedan reconocer en vosotros no vuestras cualidades, sino la presencia viva de Cristo vivo. Y eso sólo se reconoce cuando la vida es de Cristo, y la virginidad y la obediencia y el uso justo, adecuado al ministerio de los bienes, es decir, la pobreza en nuestra forma específica de vida sacerdotal, ministerial, que no es la de los religiosos, es absolutamente diferente, pero donde todo está al servicio del don, de la vida a Cristo y de la misión de la Iglesia. Todo, todo, sin excluir nada. Los hombres podrán reconocer que Cristo vive si pueden ver en vosotros una vida así, unas personas así.

La Iglesia entera, todos, damos hoy gracias a Dios. Es una bendición para nuestra parcelita del Cuerpo de Cristo que haya cinco nuevos presbíteros en nuestra Diócesis, qué duda cabe. Es un bien para toda la Iglesia, no sólo para nosotros, para Córdoba, porque no sólo el sí de ellos, el sí de cualquiera de vosotros, el sí de la persona que acoge el designio de Dios y el amor de Dios, y le dice como la Virgen: sí, aquí está Señor tu esclava, hágase en mí según tu Palabra, porque tu palabra, tu designio es infinitamente más bello, más hermoso, más grande que nada que yo pudiera imaginar. Basta que alguien le diga sí al Señor un momento y el mundo está siendo transformado, y tiene una repercusión mucho más que el efecto mariposa en Pekín, mucho más. Vuestra vida tiene una repercusión en todo el mundo, la vida de un presbítero, una Eucaristía celebrada con verdad, en la que se renueva el sacrificio de la cruz, ¿os dais cuenta?, y en la que vosotros sois incorporados a ese sacrificio, es decir, decir con verdad las palabras de la Eucaristía. ¡Dios mío!, bastaría una sola Eucaristía para llenar una vida, y en una sola Eucaristía sucede la salvación del mundo. Sucede objetivamente, aunque luego los hombres podemos vivir ciegos, no participar de ello, no entrar. Es como cuando a alguien le quieren mucho y no se entera, pues le sirve de muy poco. ¡No!, pero sucede realmente, el amor de Dios está ahí, y el amor de Dios es la única esperanza del mundo.

Bien, le suplicamos, le damos gracias al Señor infinitamente por esta forma del admirable intercambio de Dios y de nuestra miseria, que es vuestro Sacerdocio, y le suplicamos al Señor con toda el alma, por la cuenta que nos trae a cada uno, no sólo a los que sois padres de los que se ordenan, o hermanos, o primos, o amigos, sino a todos, a cada uno. Señor que sean Sacerdotes según tu Corazón, que su vida exprese el amor de Dios, lo que la lectura del sábado, y que uno de vosotros me recordaba toda su belleza el otro día: “cuando Israel era niño, yo lo amé”, y decía al final: “...que yo soy Dios, y no hombre...”. Bueno, pues Señor, por la cuenta que nos trae a todos, cuida de estas vidas, cuida de estos sacerdotes. Haz de ellos sacerdotes según tu Corazón: apasionados hasta dar la vida por el bien del pueblo, servidores del pueblo de Dios y del designio de Dios sobre todos los hombres hasta dar la vida por los hombres como Cristo, no buscando ni vuestro interés, ni mucho menos haciendo del sacerdocio una ocasión de ambición, o de riqueza, a costa del pueblo; no hay ningún escándalo mayor para la fe que cuando el sacerdote utiliza su Ministerio para su propia ambición, ninguno.

Sed servidores siempre. Esa es nuestra súplica: servidores de los hombres, de la vida de Cristo en los hombres por amor de Cristo, y servidores de Cristo sin límites por amor a los hombres. Ni yo soy capaz de explicar, ni vosotros capaces de comprender cuánto está en juego en el mundo de que esta súplica se cumpla en vosotros, pero con este temblor en el corazón acometemos con todos vuestra ordenación llenos de gratitud y llenos de súplica, para que el Señor cumpla todo su designio.

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