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Homilía en la Coronación de Nuestra Señora de la Piedad y la Antigua

Iznájar

Fecha: 08/09/2000. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-XII de 2000. Pág. 179



Querido Don Serafín,
queridos hermanos sacerdotes,
Junta de gobierno, y miembros de la Hermandad de Nuestra Señora de la Piedad que tanto esfuerzo, ilusión y generosidad habéis puesto para que fuera posible este momento de la coronación solemne de la imagen de la Virgen de la Piedad;
hermanos y Juntas de gobierno de otras cofradías de aquí,
autoridades,
queridos hijos e hijas de Iznájar, los que vivís aquí, y tantos que, viviendo fuera, conserváis el amor a la Virgen que veneráis como madre, y cuida, protege vuestro pueblo, y habéis venido en número especialmente grande. Yo no os veo desde aquí, pero sé que sois muchos los que habéis venido para esta celebración litúrgica especial, y teníais el deseo grande de que esta coronación pudiera celebrarse.

A todos mi saludo de pastor, de sucesor de los apóstoles, de Obispo de esta porción querida de la Iglesia de Dios.

Con vosotros participo en el gozo grande de esta coronación que viene a sellar una devoción de siglos. El amor a la Virgen, la súplica, y una confianza en Ella que, transmitida de generación en generación, os ha ayudado a muchos a atravesar las muchísimas fatigas de la vida sin destruiros, sin veniros abajo, con la certeza de que María, nuestra Madre, que nos ha entregado lo más grande que tiene el hombre: su Hijo Jesucristo, la prenda y la garantía de nuestra esperanza, la fuente de la vida, el Hijo de Dios encarnado para revelarnos el amor de Dios por cada uno de nosotros; Ella, que nos lo ha entregado todo, no nos va a dejar abandonados, no va a permitir que nuestras vidas se destruyan en la desesperanza, en el desamor, es decir, en el pecado y en la muerte.

Hoy mismo a la entrada de Iznájar, y porque Dios así lo ha dispuesto, yo saludaba a una mujer que no hace muchos meses ha perdido a su marido, y le decía sencillamente: “gracias a que conocemos a Jesucristo, y a que conocemos a su Madre, yo puedo decirte con verdad que a tu marido no lo has perdido para siempre”. Por muy duro que sea sacar a una familia adelante como viuda relativamente joven, por muy dura que pueda ser la vida, por muy terrible que sea la muerte, la sombra de la muerte de tantas maneras, lo terrible es vivirla sin sentido, pensar que todo lo que hay en esta vida es lo que en ella podemos conseguir. Eso sí que hace de la vida una realidad misteriosa, como un muro donde el hombre y los deseos de su corazón se estrellan.

La Virgen nos ha dado a Jesucristo, y hoy celebramos con toda la Iglesia la fiesta de la Natividad de la Virgen. Es como el cumpleaños de nuestra Madre, una Madre que participa del triunfo de Cristo y que, por lo tanto, nos aguarda en el Cielo. Debemos celebrarlo con todo el gozo del mundo, y no simplemente como una tradición o una rutina. Por muy bella que sea esa tradición, por muchos recuerdos que uno tenga ligados a la infancia de momentos bonitos en la procesión de la Virgen, o en momentos de oración con Ella, no es simplemente la nostalgia, la belleza de eso. Celebramos el cumpleaños de la Virgen, coronamos y veneramos su imagen, no sólo porque con la corona es más guapa, sino que celebramos la eucaristía para dar gracias a Dios por esa mujer de un pueblo más pequeño que Iznájar, si acaso como alguna de las aldeas de cerca de Iznájar. Una mujer que, porque le dijo que “sí” al Señor y a su gracia, derramó sobre nosotros la fuente de una esperanza que nada ni nadie en la historia podrá arrancar de en medio de los hombres.

Sembró en nosotros una vida nueva, hizo de nosotros criaturas nuevas. Ya no hemos nacido simplemente para trabajar, para sacar de la vida lo que podamos cada uno con su esfuerzo, con la suerte, y morir. Hemos nacido para participar para siempre de la vida de Dios. Y eso le permite a un hombre, o a una mujer, que han encontrado a Jesucristo de verdad, mirar todo en la vida de frente, hasta la misma muerte, como esa mujer que había perdido a su marido, y que el Señor me ha hecho encontrar esta tarde. O como cualquiera de nosotros que desde que despierta en nosotros la razón afloran miles de sufrimientos, de mil maneras. Desde el niño que piensa que los padres no le quieren lo suficiente, o que quieren más a su hermano mayor o a su hermano pequeño; hasta los sufrimientos como el de las notas que no se consiguen sacar buenas, o el de que a uno no se le dan los estudios, o el de la traición o engaño de los amigos, o el de las mil traiciones y zancadillas que los hombres nos ponemos en la vida. En medio de todo eso surge en el corazón una pregunta: “¿para qué estoy aquí?, ¿para qué es la vida?, ¿qué sentido tiene vivir si la vida tiene tantas cuestas arriba y tantas fatigas?”. La persona de Jesucristo, ilumina nuestro corazón, nuestro camino, y nos dice: “¡no!, hombre, mujer, ten confianza, Yo te amo con amor infinito, Yo te he dado la vida, y aunque nadie en el mundo te quisiera, Yo te quiero y te querré siempre, no puedo no quererte, porque eres hermano mío, hijo e hija de mi mismo Padre. Y aunque en el mundo haya mucho mal, y aunque las cosas en la vida no salieran bien, y no funcionen bien (aunque funcionaran al final siempre está la enfermedad y la muerte) no creas que has nacido sólo para esto. Has nacido porque Yo te amo, y con mi amor podrás contar siempre, suceda lo que suceda en la vida.”.

Los hombres tendemos a pensar que Dios nos quiere si somos buenos (es la imagen que nosotros tenemos del amor de Dios), y que si no somos buenos, no nos quiere, y entonces las cosas nos irán mal. Eso, me dejáis que os lo diga, es no conocer a Dios. Dios nos quiere porque nos quiere, porque es Dios, y porque somos hijos suyos. Eso es lo que Jesucristo ha venido a decirnos, primero con sus palabras, luego con su sangre, y luego con el Don de su Espíritu, para que podamos darnos cuenta de que vive, y de que su vida nos la comunica a nosotros ahora, dos mil años después, para que podamos vivir la nuestra con esperanza, y con alegría. Todo aquello para lo que Jesucristo ha venido es para decirnos: “seas quién seas (y lo puedo decir yo ahora de una manera especialmente verdadera porque no veo vuestros rostros, y me gustaría verlos), sea tu vida como haya sido, hayas vivido como hayas vivido, Dios te quiere, te ama”. Cristo ha venido por ti, y ha derramado su sangre, solamente, para decirte: “aunque todo te falte en la vida, yo, Dios, estoy a tu lado, tú eres importante para Dios”. Los hombres en el mundo medimos la importancia de las personas por muchas cosas: por el dinero, por la clase social, por el apellido, o por el puesto que ocupan en la vida. Dios no usa esas medidas, Dios mide por el amor con que nos ama. A cada persona que nace en este mundo, pertenezca a la clase social que pertenezca, incluso viva como viva, Dios la ama con un amor infinito. Eso es todo lo que Jesucristo nos ha dicho, eso es lo que abre en nuestro corazón la posibilidad de vivir con alegría.

Mirad, vivimos en un mundo en el que la alegría cada vez falta más. Tenemos más medios, más instrumentos, más aparatos, más dominio de la naturaleza y de la técnica, y sin embargo nuestro corazón, cada vez más, se pregunta para qué sirve todo, sobre todo, para qué sirve la vida si el amor, y la verdad, y la belleza que todos nosotros desearíamos, puede cumplirse alguna vez, o si todo eso no es más que una ilusión. Celebrar la fiesta de la Virgen y quererla significa afirmar que todo eso no es una ilusión, que mediante su Hijo Jesucristo, Dios nos comunica su amor, de un modo tal, que quien lo encuentra puede afrontarlo todo con una esperanza grande; no con la certeza de decir: ”Señor, yo como soy muy bueno me puedo dirigir a Ti, y tener confianza en Ti, y como he hecho las cosas muy bien, pues espero que Tú me quieras”. ¡No!, yo sé que Tú me quieres en cualquier caso, y eso me permite acercarme a Ti, y vivir la vida con la conciencia y con la dignidad de hijo de Dios.

Quienes hemos vivido tantos siglos en un país cristiano, permitidme que os lo diga, a veces no nos damos cuenta del tesoro que significa ser cristiano, del privilegio enorme que significa la fe, y del don inmenso que significa poder conocer que Dios es Padre y que me ama. No nos damos cuenta que de este pueblo que ha nacido de la fe en Jesucristo que es la Iglesia, ha nacido también en el mundo una cosa que damos por supuesta, y que es preciosa, que es la dignidad de la vida de cada persona humana, desde el momento en que es concebida en el seno de su madre hasta su muerte natural. Todo hombre, toda mujer tiene algo sagrado, inmensamente grande, más valor que el mundo entero, que todas las riquezas, que todas las cosas importantes, o que lo parecen, que podamos hacer los hombres. Tu rostro humano, tu vida tiene un valor infinito. Lo que tú vales no lo da una nota, ni lo da un puesto que uno ocupa en el mundo. Lo que tú vales es la sangre de Cristo, el Hijo de Dios, la vida de Dios. Y eso ha sembrado en el mundo unas cosas que no existían antes de Jesucristo, y que los hombres perdemos con facilidad cuando no nos damos cuenta de cuál es la fuente de donde esas cosas nacen. El aprecio por cada persona, no por lo que tiene, sino por lo que es, y porque toda persona es imagen de Dios, hijo de Dios. La libertad humana, el valor sagrado de la libertad de conciencia. El valor sagrado de que el hombre pueda buscar el bien, la verdad, y trabajar, y construir un mundo siendo protagonista de su vida. No sólo los poderosos de este mundo, sino que cada persona tiene su dignidad. Todo eso estamos tan acostumbrados a verlo, a pensarlo como posible en nuestra historia del mundo Occidental, que no nos damos cuenta de dónde nace. Y eso nace de la fe en Jesucristo.

Perdonad si me alargo. Yo sé que los de muy atrás oís muy mal, o no oís, pero también tengo la esperanza de que, si no habéis oído, o si casi no veis, dentro de unos días, en vuestra casa, podréis ver este vídeo. Quiero deciros a todos lo grande que es haber conocido a Jesucristo, lo grande que es haber nacido en un lugar donde uno aprende de niño que Dios es mi Padre, que no estoy solo en la vida, y que tengo una Madre que cuida de mí y me ama; y haber crecido en un lugar donde uno aprende de niño (de sus padres, o de sus maestros, o de sus catequistas, o de su sacerdote) que no he nacido simplemente para ser una pieza del proceso de producción de bienes, o para ser una pieza de los cálculos de los poderosos de este mundo, sino que tengo una grandeza y una dignidad porque soy hijo de Dios.

De la misma manera que la madre le dice a su hijo: “¡rey mío!”, o un hombre que quiere a una mujer le dice: “¡Reina!”, de la misma manera, nosotros decimos a la Virgen, “¡Reina!”. Y la coronamos como reina, no porque Ella nos mande, sino como un reconocimiento de que lo más precioso en la vida, que es nuestra esperanza y nuestra fe, que es el Don de Jesucristo, la presencia viva de Jesucristo en medio de nosotros, su Espíritu que recibimos en el bautismo y en la confirmación, y cada vez que comulgamos, y que se renueva en nosotros por la vida sencilla de hermanos cuando vivimos la vida de la Iglesia, se lo debemos a Ella. Y es lo más precioso porque sin ese Don, sin Jesucristo, al final, por muchas cosas hermosas y bellas que haya en la vida, todas se disuelven como el azucarillo en el agua, y uno no termina teniendo las energías ni para amar la vida, ni para vivirla con gusto. Y por eso nosotros, Señora, te coronamos, en un gesto de reconocimiento y de gratitud.

Te llamas Virgen de la Piedad, y no nos podemos quedar ahí, porque ¡cuántas fatigas, cuántos sufrimientos, cuánto dolor hay en cada uno de nosotros mientras vivimos en esto, que en la Salve llamamos un “Valle de lágrimas”! Cuántos sufrimientos, sobre todo, en el matrimonio, en la familia, en la dificultad de algo que parece tan sencillo y tan normal como que un hombre y una mujer que se quieren, se quieran para siempre. Cuántas dificultades en el crecimiento de los hijos, en su educación. Cuántas dificultades en el trabajo, en las familias que las necesidades de la vida terminan dispersando. Virgen de la Piedad, todos tus hijos de Iznájar, y me dejáis que en este momento yo me cuente como uno de vosotros, te suplicamos por todos, te suplicamos que tu piedad, que tu misericordia, y sobre todo, que la presencia de tu Hijo y los signos de la presencia de tu Hijo no falten en nuestra vida.

El camino de nuestra vida no sabemos cuál va a ser, sobre todo pienso, porque son los que os tengo más cerca y algo os veo, pienso en los jóvenes. ¡Dios mío!, no sabemos qué nos aguarda en el futuro y, sin embargo, sean cuales sean las circunstancias de vuestra vida, yo os prometo que hay algo sobre lo que podéis construir esa vida como una roca que nada hace temblar, y es que Jesucristo os ama con un amor infinito, pase lo que pase, y para siempre. Para que no tengáis que creer porque me lo habéis oído decir a mí, o porque os lo ha dicho vuestro sacerdote, o vuestro catequista, o vuestra catequista, o se lo oísteis decir a vuestros padres, sino que para que eso sea una experiencia propia, y podáis decirlo con la misma certeza que yo os lo estoy diciendo hoy, para que el Señor multiplique los signos que hacen fácil reconocer su misericordia, para que podáis tener personas cerca que sean testigos de la fe, de cómo la humanidad, la vida, y la alegría florecen cuando Jesucristo está cerca, porque cuando Jesucristo falta en la vida, al final la alegría, el amor y la esperanza se acaban.

Ésa es mi súplica para todos y cada uno de quienes estáis en esta celebración, para mí, también, y para todos aquellos hijos de Iznájar que, por mil razones, hoy no pueden estar con nosotros, para todas vuestras familias extendidas, por Barcelona, Francia, Alemania, Bélgica, Madrid, y tantos rincones. Que el Señor derrame su gracia sobre ellos. Que el Señor os muestre los signos de su amor, para que podamos vivir la vida con dignidad, con esperanza, contentos, y con la conciencia de que nuestro destino no es lo que podamos conseguir en este mundo, sino el ser Hijos de Dios, y participar de la vida de Dios para siempre.

Con esa súplica, en la que os pido que nos unamos todos, terminamos esta homilía. Sólo una cosa me queda por deciros y no quiero dejar de decirla. Hace apenas tres semanas estaba en Roma en el Jubileo de los jóvenes, con casi mil jóvenes de Córdoba, participando en ese momento verdaderamente grande de la historia de Europa, y del mundo que hemos podido vivir juntos. Lo contaba esta mañana en la Virgen de la Fuensanta y lo vuelvo a contar aquí, en primer lugar porque el Santo Padre nos pidió: “cuando volváis a vuestras casas dadles a los vuestros un abrazo de parte del Papa, y contadles lo que habéis vivido”. Y vosotros sois los míos, por eso os lo tengo que contar, y trasmitiros ese abrazo de parte del Vicario de Cristo, especialmente, a los jóvenes.

 Yo no sé si habéis tenido ocasión de ver algún momento por la televisión, pero os aseguro que aquello, con dos millones cien mil jóvenes, aproximadamente, era muy diferente y mucho más que un simple “happening” o un “concierto rock”. Algo absolutamente único, el milagro grande de cómo la presencia de Cristo, sin que nadie controlase aquello, producía una humanidad como la que todos deseamos. Había jóvenes, creo que por primera vez en la historia de las Jornadas mundiales, realmente de todo el mundo. Cinco mil muchachos habían venido de Chile, ¡cuidado que está lejos Chile!. Y allí no había control, ni había policía, y, sin embargo, nuestra vida era una fiesta llena de respeto, de afecto, de fraternidad, de aprecio de unos por otros.

Lo que hemos vivido allí era la experiencia de un milagro que no es posible a ningún hombre de este mundo fabricar. La experiencia de cómo los hombres podemos ser amigos y hermanos de una manera libre, ser felices, y pasarlo bien juntos, también en medio de fatigas: hacía un calor espantoso. Oímos en la radio que, sólo en día, se habían consumido unos quince millones de litros de agua. En medio de ese calor, os aseguro que había una gran alegría en los rostros de los jóvenes.

Y cuento la anécdota que he contado esta mañana. Una noche estabamos cenando, sentados en el suelo, y había cerca de nosotros un grupo de asiáticos de un país que se llama Sri Lanka, la antigua Ceilán, al sur de la India, una isla muy grande que lleva veinte años en guerra civil. Ellos se acercaron a pedirnos agua y empezamos a preguntarles cómo era su país, su tierra. Ellos contaron que el país estaba destruido, lleno de niños abandonados, de madres y padres que habían perdido todo, y que vivían en la calle sin nada; que había un odio acumulado de toda esa guerra civil que llevaba ya veinte años, en la que las armas más habituales eran niñas de trece o catorce años a quienes, después de lavarles el cerebro, se les convencía para que, cargadas con una bomba, en su cuerpo, a veces en su ropa interior, a veces habiéndola comido, incluso, se subieran a un autobús y lo hicieran explotar, explotando ellas. Como no es una guerra ni de religión, ni de raza, ni de nada, sino una guerra social manejada por las grandes potencias, o por otros intereses, desde fuera, hay católicos en los dos bandos. Y nosotros preguntamos: “y ¿cómo os entendéis?”, y dijeron: “ah, pues muy fácil, porque aquí estamos juntos de los dos bandos. Nosotros somos de uno”, y llamaron a dos chicas que estaban allí que eran de la otra zona. Lo verdaderamente grande de aquel encuentro fue que terminamos rezando juntos por la paz, porque los de un bando y los del otro nos decían: “todo lo que nosotros hemos hecho no ha servido de nada, sólo Dios puede hacer el milagro de la paz”. Pero el milagro de la paz estaba sucediendo allí, entre aquellos treinta chicos de dos bandos que llevan veinte años en guerra, y que estaban viviendo como hermanos. Nosotros hemos conocido lo que es la tragedia de una guerra civil no demasiado lejos, y muchas de las personas que estáis aquí lo recordáis, y uno se hace idea, en un contexto así, de hasta qué punto es verdaderamente un milagro que puedan ser amigos, y estar juntos durante la guerra, incluso personas de las dos partes. Eso es lo que hace Jesucristo, eso y mil cosas más como ésas que os podría contar.

Sólo quiero, en esta fiesta grande en la que celebramos a la Virgen Madre de nuestro Señor Jesucristo, daros a todos ese abrazo que el Papa nos pidió que llevásemos a los nuestros, y trasmitiros ese testimonio de que donde está Jesucristo, y está en medio de nosotros, si lo acogemos, florece la humanidad que todos deseamos, la libertad, la vida, y el gozo que todos deseamos en nuestro corazón.

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