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Esta es la Vida eterna: que Te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17, 3)

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba en la clausura del Gran Jubileo del año 2000, para presentar a la Diócesis las Orientaciones Pastorales en los comienzos del tercer milenio cristiano

Fecha: 05/01/2001. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 2001. Pág. 149



Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, queridos diocesanos:

1. Hoy clausuramos este especialísimo tiempo de gracia que ha sido el Gran Jubileo del año 2000. Convocados a él por el Santo Padre, todos hemos de agradecer a Juan Pablo II esta ocasión grande de conversión que ha sido el Jubileo, así como su testimonio infatigable de servicio y de amor al pueblo de Dios y a los hombres. El mismo Santo Padre ha estado guiando a toda la Iglesia, con sus orientaciones pastorales, desde que anunció la celebración del Año Jubilar en la Carta Apostólica Tertio Millenio Adveniente, del 20 de noviembre de 1994.

Particularmente ricos en sugerencias y en el trabajo de renovación de la fe y de la vida cristiana han sido los tres últimos años preparatorios, dedicados respectivamente a Jesucristo, al Espíritu Santo y al Padre. Gracias a esa preparación, el Año Jubilar ha podido ser un continuo canto de alabanza al Dios Uno y Trino, autor de toda la obra de la Creación y de la Redención, y meta de todas las cosas.  Ha sido también un año de adoración y contemplación de la presencia misteriosa y real de Jesucristo en la comunión de la Iglesia, y principalmente en la Eucaristía.

La contemplación del misterio de la Redención perpetuado en la Eucaristía, de la presencia viva y permanente de Cristo entre nosotros, nos ha permitido también reconocer en cada hombre y en cada mujer, y especialmente en los necesitados o en los enfermos, la imagen del Dios vivo. El hombre, gracias a la Encarnación del Hijo de Dios que nos ha revelado su dignidad sagrada, es un auténtico “lugar de peregrinación” para encontrar a Cristo, y para que Cristo pueda ser encontrado por otros, como subrayó el Papa en la Bula de convocatoria al Gran Jubileo Incarnationis Mysterium, del 29 de noviembre de 1998. En ella, el Papa nos recordaba que para el cristiano, y precisamente porque tiene la experiencia viva del amor de Cristo por el hombre, y sostenido por ese amor, la persona humana es siempre “un lugar santo”, un lugar de encuentro con la gracia y la misericordia de Dios.

2. En la Diócesis de Córdoba, ya en el año 1995, mi antecesor D. José Antonio aprobó un programa pastoral “Ante el Jubileo del Año 2000”. Luego, en los años inmediatamente preparatorios al Gran Jubileo, hemos tratado de seguir, en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades, las indicaciones que el Santo Padre ha dado a la Iglesia Universal, y nos hemos unido a ellas con gozo.

Ahora, al clausurarse el  Gran Jubileo, parece conveniente proponer a toda la Diócesis un camino de conversión y de misión que, en sintonía con el sentir de la Iglesia, nos guíe en los primeros pasos de este tercer milenio cristiano. Mañana mismo, en la Solemnidad de la Epifanía, y al clausurar el Jubileo en Roma, el Papa hará pública una Carta Apostólica titulada Novo Millenio Ineunte, “Al comenzar un nuevo milenio”, en que sin duda también dará orientaciones pastorales para la vida de la Iglesia y para su misión en esta nueva etapa de su historia. Desde ahora hacemos nuestras esas orientaciones, adhiriéndonos a ellas con fe. En ellas habrá de enmarcarse todo lo que yo os proponga como camino.


El Gran Jubileo en la Diócesis.

3.
Mirando también a la Diócesis de Córdoba, son muchos los fieles que a lo largo de este año se han beneficiado de la gracia del Jubileo, y muchas las personas que, con motivo del Jubileo, se han acercado a Dios, y han visto la Iglesia con esperanza nueva.

Muchos han podido participar directamente en las celebraciones jubilares en Roma o en Tierra Santa: pienso en los muchos jóvenes que participaron en aquel acontecimiento único que ha sido el Jubileo de los Jóvenes con motivo de la XV Jornada Mundial de la Juventud, o en las personas que acompañaron al Santo Padre en su peregrinación a Tierra Santa; pienso en los que han participado en diversos jubileos en Roma, como el del rito hispano-mozárabe, o el de los catequistas, o el de las familias, o el de las universidades, o en otras celebraciones jubilares; pienso en quienes hicieron conmigo la peregrinación diocesana a Tierra Santa, semanas antes de que palestinos e israelíes se lanzaran a una nueva manifestación de violencia y de venganza que ha vuelto a ensangrentar la tierra que vio nacer al Salvador.

Muchos más son los que han podido participar en la gracia jubilar a través de las diversas celebraciones jubilares en la Catedral, o de las que en el mes de mayo tuvimos en la plaza de toros de Córdoba, o en las conmovedoras celebraciones jubilares de los arciprestazgos, durante  el último trimestre del Año Santo. Además de las celebraciones jubilares en sí mismas, quiero subrayar el enorme esfuerzo preparatorio en las parroquias y los arciprestazgos, en las órdenes y congregaciones religiosas, en las hermandades y cofradías, en las comunidades, movimientos y grupos. De ese esfuerzo y de sus frutos, sólo el Señor, “que ve en lo secreto” (Mt 6, 6), conoce la medida verdadera. Pero es evidente que a través de él, Cristo se ha acercado a muchos que estaban lejos, y muchos, necesitados de misericordia y de esperanza, se han acercado a Cristo.

De las celebraciones de la plaza de toros, quiero recordar especialmente dos: la de las Hermandades y Cofradías, que vio la imagen de S. Rafael procesionando por las calles de Córdoba, junto con las centurias romanas de Montoro, y la inolvidable de los niños, que fue para todos los que participamos en ella un indescriptible momento de gracia y de gozo, una verdadera fiesta en torno a Jesucristo. En ella recordábamos que Jesucristo está vivo y nos quiere, y nos une a Él por la fe y el bautismo, y por la Eucaristía, y que nosotros somos hoy su “cuerpo”, lo que quiere decir dos cosas: que no estamos solos nunca, porque estamos unidos a Él, y a muchos más amigos, y que por medio de nosotros, Jesucristo se quiere dar a conocer a otros niños o a otras personas que no saben que Dios les quiere.  

Finalmente, son muchos, muchísimos también, los visitantes de Córdoba que, tal vez sin que ése fuera el motivo de su visita, al encontrar en la Catedral una comunidad orante y la disponibilidad del perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia, o una celebración jubilar, o los signos exteriores del tiempo de gracia que estábamos viviendo, se han acercado a Cristo, y han hallado la reconciliación y la esperanza, y el don infinito de su Cuerpo.


Gratitud por la comunión y la colaboración.

4.
En este momento, al clausurar el Gran Jubileo en la Diócesis de Córdoba, quiero dar las gracias en nombre de Jesucristo a todos los que, con vuestra oración y vuestro trabajo, habéis contribuido a que este tiempo de gracia haya sido para todos un signo más eficaz de que Cristo vive: a la Comisión del Jubileo, a los vicarios y arciprestes, al Cabildo y al personal de la Catedral, y a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos que habéis colaborado en la preparación de los distintos jubileos de la plaza de toros o de la Catedral, o en las celebraciones jubilares de los arciprestazgos, o en las muchas peregrinaciones a la Catedral que habéis realizado en este año de gracia.

Mencionaros a todos no sería posible, y por otra parte, Dios conoce vuestros nombres y vuestros corazones. Pero quiero especialmente dar las gracias a dos grupos: en primer lugar, a las religiosas de clausura de la Diócesis, que habéis vivido el Jubileo con la intensidad propia de vuestra especial vocación en el cuerpo de la Iglesia. Vosotras sabéis que, tal y como Santa Teresa de Lisieux entendió su misión, sois en ese cuerpo “el corazón”. Sin vosotras, sin vuestro gozo y vuestra ofrenda eucarística junto a Cristo, la vida de la Iglesia se empobrecería irremediablemente, pues perdería con facilidad la conciencia de ser “la esposa”  de Cristo, que vive sólo por Él y para Él.

En segundo lugar, quiero daros las gracias a los que habéis venido a la Catedral, día tras día, mes tras mes, a lo largo de todo el año, a adorar al Señor presente en la Eucaristía, y a interceder por los hombres y mujeres de Córdoba y de sus pueblos. Ese don ha sido tan grande que el Señor no puede dejar de hacerlo fructificar, al ciento por uno, como sólo Él sabe hacerlo. Ese don ha sido tan grande que yo pido al Señor que podamos continuar, de algún modo, esa presencia orante permanente en la Catedral, que nos recuerde a todos nosotros, y también a quienes visitan la Catedral, que Cristo vive, y que su misteriosa presencia entre nosotros, en la Penitencia y en la Eucaristía, y en la comunión de los hermanos, es el centro de la vida, y el fundamento de una esperanza que no defrauda, y que este lugar es casa de oración, y no sólo un bello monumento del pasado.
Otras celebraciones diocesanas en el marco del Gran Jubileo.

5. El Año Jubilar ha coincidido, o casi, con otras celebraciones o aniversarios de distintas realidades eclesiales de la Diócesis. Esas celebraciones, como todas las de la Iglesia, tienen como centro los misterios de la Redención, hechos patentes en los santos, o venerados especialmente por diversas asociaciones de fieles. Todas tienden a renovar la fe y los motivos de la fe, y en el marco de las celebraciones jubilares, han contribuido o contribuirán a que nuestra gratitud por la gracia de Cristo y por su Iglesia sea más grande y más humana.

Así se celebró en 1999, ya a las puertas del Jubileo, el centenario de la presencia de las Madres Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza en Pozoblanco (8 de septiembre al 8 de diciembre), y las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones de Palma del Río celebraron el 9 de noviembre el centenario de la muerte de su fundadora, la madre Carmen. También en 1999 (2 de octubre) se inició la celebración del centenario de la presencia de los Padres Salesianos en Montilla, que ha concluido el  25 de junio pasado, dentro ya del Año Jubilar. Y en septiembre de 1999 se abrió el tercer centenario de la Hermandad de la Virgen de los Dolores de Córdoba,  con la bajada de la imagen a la Catedral rodeada de la devoción de los cordobeses, centenario que se ha cerrado también dentro del Gran Jubileo. La Hermandad de Nuestra Señora de la Aurora, de Priego de Córdoba, celebró el 12 de septiembre de 1999 el tercer centenario de su fundación, en una bella Eucaristía que preparaba las  celebraciones jubilares.

6. Ya en el Año Santo, desde enero, se ha celebrado en la Diócesis el 150 aniversario del nacimiento de Santa Rafaela María Porras, natural de Pedro Abad, y fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón. Pedro Abad, y las muchas personas vinculadas a las obras de las Esclavas, han tenido en esta celebración un motivo especial de gratitud a Cristo, que ha suscitado vidas llenas de humanidad y de amor, con una fecundidad inmensa. Para la Congregación de las Esclavas de todo el mundo, esta celebración ha sido también una ocasión de renovar el precioso don que han recibido de Santa Rafaela María.

Por otra parte, la Institución Teresiana, fundada por el Beato Pedro Poveda y que ha dado ya al mundo una mártir en la Diócesis de Córdoba, la encantadora figura de la Beata Victoria Díez, ha celebrado en este Año Jubilar el 75 aniversario de su aprobación pontificia. ¡Que Jesucristo sea el centro, como lo fue para Victoria Díez, de su misión en la educación y en la cultura, una misión no menos urgente hoy que cuando el Padre Poveda inició la Institución! Por último, en Priego de Córdoba se ha celebrado este año el 450 aniversario de la fundación de la Archicofradía de la Veracruz, Nuestro Padre Jesús en la Columna y María Santísima de la Esperanza, aniversario todo él enmarcado dentro de las celebraciones del Jubileo.

Una mención especial merece la coronación canónica de la Virgen de la Piedad en Iznájar, que ha sido parte de las mismas celebraciones jubilares de la Diócesis. Preparada cuidadosamente por el párroco con una misión popular de los Padres Claretianos, y con la colaboración de la Hermandad, de las religiosas Salesianas del Sagrado Corazón y de todo el pueblo, la coronación fue un acontecimiento en la zona, que abrió a muchos a un reconocimiento de Cristo como esperanza para sus vidas, y a un amor más grande y verdadero a la Virgen, Madre de la Piedad que nos da a Cristo.

7. El Año Jubilar ha coincidido prácticamente también con el quinto Centenario del nacimiento de S. Juan de Ávila, patrón de los sacerdotes diocesanos de España. El encuentro de sacerdotes en Montilla, organizado por la Conferencia Episcopal Española el 31 de mayo, atrajo a más de mil sacerdotes de toda España, y contó con la asistencia del Nuncio Apostólico y de un nutrido grupo de obispos, entre ellos el Presidente de la Conferencia Episcopal. Fue un bello día de acción de gracias, de estudio y de convivencia sacerdotal. Pero a lo largo de todo el año, han sido muchos los grupos de sacerdotes y de seminaristas de toda España que han acudido a Montilla a suplicar la intercesión del Maestro Ávila para obtener la sabiduría, y el amor a Jesucristo y a la Iglesia que él tuvo, y que el ejercicio del ministerio sacerdotal requiere particularmente en las nuevas circunstancias del mundo, de cara a una nueva evangelización.

También pueden enmarcarse de algún modo en el contexto del Año Jubilar dos aniversarios que comenzarán próximamente: en efecto, dentro de unos días, el próximo 20 de enero, las religiosas Adoratrices del Santísimo Sacramento, fundadas por Santa María Micaela, iniciarán la celebración del primer centenario de su presencia en Córdoba, y pocos días después, el 27 de este mismo mes, comenzará el centenario de la presencia en Córdoba de los padres Salesianos, que se prolongará hasta el 8 de diciembre de este año. El bien que los hijos de S. Juan Bosco han derramado en Córdoba, y especialmente en el barrio de S. Lorenzo, a través de una educación que ha llegado a miles de jóvenes y de familias, y de la intercesión de María Auxiliadora, es un signo de las inagotables riquezas de Cristo, que no cesa de suscitar vida y humanidad verdadera –santidad, que es lo mismo– en quienes le acogen.


Una obra de la comunión y del amor: la Casa de transeuntes.

8.
Un fruto permanente, y un precioso testimonio de cómo la Diócesis ha vivido el Gran Jubileo, ha sido la construcción en Córdoba de la Casa para marginados sin hogar “Madre del Redentor” que, ya casi terminadas las obras, se bendijo ayer. Lo más bello de esa Casa es que ha sido construida realmente con las limosnas del pueblo cristiano de la Diócesis de Córdoba, en la Catedral y en las parroquias, además de muchos donativos de personas de toda condición, la mayoría de ellos anónimos, y de Congregaciones religiosas, de Hermandades y Cofradías o de otras instituciones de la Iglesia.

A todos los que habéis contribuido a su construcción con vuestro sacrificio puedo deciros que el Señor no deja sin recompensa “un vaso de agua” dado en su nombre (cf. Mt 10, 42 p.). Por ello recompensará sin duda vuestra generosidad. La Casa es una obra común, un signo de cómo la comunión que tiene como fundamento a Cristo hace posibles cosas que parecían inalcanzables, para alegría de todos. En este sentido, la construcción de la Casa tiene un gran “valor” pedagógico, porque nos enseña la vida profunda de la Iglesia.

9.
Los ladrillos y las estructuras de esa Casa llevan, en efecto, la marca “del óbolo de la viuda” del Evangelio (cf. Mc 12, 41-44 p.). La Casa es una obra del amor, un fruto de la comunión, y por eso el Señor la bendecirá.  La Casa es, sobre todo, un signo de nuestra gratitud a Cristo, y del amor por el hombre que nace del encuentro con Cristo. En lenguaje cristiano, ese amor se llama “caridad”, es decir, gratuidad, fruto de un corazón cambiado por la gracia gratuita de Cristo. Esa caridad es precisamente el fruto más dulce del Jubileo, porque es también el “sello” y la “garantía” de toda vida cristiana auténtica.

 ¡Que el Señor nos conceda que esa caridad divina, signo de que Cristo vive, sea más y más el modo de vida cotidiano, o si queréis, “la cultura” del pueblo cristiano, de la Iglesia! El Santo Padre recordaba hace sólo unos días, en un discurso suyo a la Curia romana del pasado 21 de diciembre (nº 9), que “la caridad sigue siendo la gran consigna para el camino que nos espera. A través de ella resplandece plenamente la verdad de Dios-Amor, de aquel Dios que «tanto amó al mundo, que le dio a su Hijo único» (Jn 3, 16)”.

10. Sin duda, una vez construida la Casa, ahora hay que mantenerla. Para ello, lo más importante es que la vida de la Casa sea una expresión del mismo espíritu que la ha construido, del espíritu del Jubileo, que tiene al hombre por centro sin mirar a su condición, precisamente porque Jesucristo no ha puesto condiciones al hacerse hombre por nosotros. Si ese espíritu de gratitud y de amor gratuito al hombre resplandecen en la vida de la Casa, mantenerla no será en absoluto difícil.

Para el sostenimiento de la Casa erigiré próximamente una Fundación en la Diócesis, abierta, igual que lo ha sido su construcción, a la aportación de personas e instituciones, que asegure su vida y su funcionamiento. Para ello ya cuento con la colaboración de Cáritas Diocesana. Pero todos tendremos ahí una oportunidad de dar, y de darnos, precisamente a quienes no pueden devolvernos nada. A través de esta obra, como de muchas otras que reflejan la misteriosa naturaleza de la Iglesia, todos tenemos la posibilidad de aprender la sabiduría más importante de la vida: que la vida es don, don de Dios, que nos ha hecho a su imagen (cf. Gn 1, 27). Más precisamente, a imagen de su Hijo Jesucristo. Y por eso sólo dándola se es feliz, porque sólo quien la da vive en la verdad, y sólo quien la “pierde”, por Cristo y como Cristo, la gana verdaderamente (cf. Mt 16, 25 s.). Negocios de otra clase son malos negocios.


“Dos mil años de una presencia que no tiene fin”.

11.
Hoy termina el año del Gran Jubileo. Como hace unos días decía el Santo Padre, “no termina, sin embargo, el desbordar de gracia que se inició cuando «el Verbo de Dios se hizo carne, y vino a habitar entre nosotros» (Jn 1, 14)”. Y de nuevo, en el Discurso a la Curia Romana del 21 de diciembre, ya citado más arriba: “Dentro de algunos días la Puerta santa se cerrará, pero seguirá abierta de par en par, más que nunca, la Puerta viva que es Cristo mismo”(nº 10). Esa Puerta permanece abierta siempre, porque desde que el Hijo de Dios se ha hecho hermano nuestro en las entrañas de la Virgen, ha santificado el tiempo, ha comenzado “la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4). Eso significa que cada momento del tiempo es tiempo de salvación, porque en cada momento del tiempo está presente Cristo, el Hijo de Dios.

Dios, a quien “nadie ha visto jamás” (Jn 1, 18), se ha hecho visible y tangible en su Hijo, “de cuya plenitud hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1, 16). Y desde aquel momento, en que el Hijo de Dios se ha unido a nuestra carne, a través de la humanidad que recibió de las entrañas de la Virgen María, el Hijo de Dios no ha dejado de “habitar entre nosotros”, porque Jesucristo, al entregar su Espíritu a los hombres, “ha dado a los que creen en su nombre el poder de venir a ser hijos de Dios” (Jn 1, 12), y de vivir en “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 21).

En la fe y el bautismo, al comunicarnos su Espíritu, Jesucristo nos une a Él,  nos incorpora a Él, nos hace miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, en la que se prolonga de un modo misterioso la encarnación del Verbo (cf. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, 5). Y mediante ese don, por el que pasamos de ser esclavos del pecado y de la muerte a ser hijos en el Hijo, se desvela la dignidad infinita de cada persona humana, y se hace posible para cada hombre y cada mujer vivir en la verdad y en la libertad. Así, en Jesucristo, al revelarse Dios como amor invencible por el hombre, se desvela también el sentido último –y definitivamente positivo–, de la historia humana, tanto personal como colectiva, y de la creación entera.

Por eso hemos celebrado este Gran Jubileo en torno a una frase, que se repetía en todos los actos, en todos los carteles, en todas las convocatorias: “dos mil años de una presencia que no tiene fin”. No tiene fin porque en su Hijo Jesucristo, Dios ha abrazado la historia humana, y la creación entera, para siempre.


Fe en Jesucristo y diálogo interreligioso.

12.
De hecho, la verdad que era como el alma de todas las celebraciones jubilares ha sido precisamente esta afirmación fundamental, que constituye el fundamento de toda la experiencia y de todo el lenguaje cristiano: “Jesucristo es el Hijo de Dios”, “de la misma naturaleza que el Padre”, que “por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”. Eso es lo que afirmamos en el centro del Credo, que recitamos en el bautismo y en cada Eucaristía dominical.

En Él “mora la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9), o lo que es lo mismo, y ya expresaba la fórmula de fe cristiana más antigua que conocemos: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12, 3). Sí, Jesucristo es el Señor, es Dios, que se ha unido por puro amor a su criatura, el hombre, para rescatarle del pecado y de la muerte, y para hacerle partícipe de su propia vida divina. ¡Partícipes por amor de la misma vida de Dios, y herederos, en nuestra propia carne, de la gloria de Dios! Por eso “conocer” a Jesucristo, acogerle en la vida como criterio de la inteligencia y del corazón, como fuente y meta de la vida, de la razón, de la libertad, y del amor, es el bien más grande para la vida humana, y para la sociedad. Es el Bien por antonomasia, el Bien absoluto, definitivo. Esto no es ninguna novedad, es el contenido mismo del testimonio del Nuevo Testamento: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).  Y “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos ser salvados” (Hch 4, 12).

13. Este dato, que –repito– es el núcleo mismo de la fe y de la experiencia cristianas, sitúa a la fe de la Iglesia en un orden distinto de cosas al de la búsqueda de Dios que caracteriza la historia de la humanidad, y que se expresa en las distintas religiones. La fe cristiana no es una construcción humana, como no es una obra humana la vida cristiana. Los discípulos se “encontraron” con Jesús, y en cierto modo, la fe se les fue imponiendo, como una evidencia, como fruto de su experiencia con Él, a pesar de todas las resistencias que había en ellos, y en la tradición religiosa a la que pertenecían. Y lo mismo ha sucedido siempre: la fe y la vida cristianas, cuando son verdaderas, nacen siempre de un “encuentro”. La afirmación de esa naturaleza peculiar de la fe cristiana no se debe a un espíritu que podríamos llamar “corporativista” (el deseo de afirmarse a sí mismo o al propio grupo frente a los demás), o de la necesidad de mantener qué sé yo qué privilegios, sino que es un hecho, que la inteligencia puede reconocer, ya que la fe del cristiano es un acto de la inteligencia, que se adhiere a un hecho, a una gracia presente y verificada en la experiencia.

La inteligencia reconoce la verdad del anuncio que la Iglesia hace de Jesucristo, a pesar de todos los errores y los pecados de los cristianos a lo largo de la historia, en el cambio que se opera en la vida cuando se acoge con verdad la fe de la Iglesia (cómo la persona crece en su inteligencia de la realidad, cómo crece en su razón, en su libertad y en su capacidad de amar, cómo crece en su “ser persona”); lo reconoce en el tipo de sociedad y de cultura que nace de un pueblo cristiano –y que no se da donde ese pueblo no ha existido o no existe ya–; y lo reconoce sobre todo en la humanidad y la verdad de los testigos que la proclaman, en los santos, públicos o desconocidos, que llenan la historia de la Iglesia. Nada de esto podría suceder sobre la base de una mentira, de una falsedad, de un montaje humano.

Por eso los testigos de la fe son, sobre todo, los mártires. A lo largo de toda la historia, en efecto, y también en el presente, miles y miles de cristianos, de toda edad y condición social, han sostenido su fe, han padecido persecuciones, y han derramado su sangre por esa fe, en situaciones en las que no había en ser cristiano más privilegio que el de vivir en la verdad. Y también el de defender para sí y para todos, frente a toda pretensión injusta de los poderes humanos, la libertad de adherirse a la verdad sobre Dios y sobre el hombre que habían encontrado. Pensemos en el siglo que acaba de terminar, caracterizado por persecuciones religiosas y por limitaciones enormes a la libertad religiosa por parte de las diversas ideologías totalitarias que han florecido en él, o por una mentalidad totalitaria difusa que permanece tras la caída de las ideologías.

14. Y al mismo tiempo, el cristiano tiene, por naturaleza, un respeto exquisito por todas las tradiciones religiosas, y sobre todo, por todos los hombres religiosos, (la búsqueda religiosa de la humanidad es lo específicamente humano de la historia), que no le inhibe, sin embargo, de expresar con libertad y de proponer la verdad que él ha encontrado, y de la que no se siente en absoluto dueño. Al revés, cuanto más verdaderamente cristiano se es, más capaz se es también de dialogar respetuosamente con todos los que buscan la verdad con sinceridad de corazón.

El diálogo interreligioso al que nos invitaba el concilio Vaticano II con la declaración Nostra aetate, y al que nos sigue invitando insistentemente Juan Pablo II de cara al comienzo del nuevo milenio, “no pretende en absoluto –dice el mismo Papa en el nº 8 del Discurso a la Curia del 21 de diciembre ya citado–, disminuir el debido anuncio de Cristo como único Salvador del mundo, como reafirmó recientemente la declaración Dominus Iesus. El diálogo no pone en tela de juicio esta verdad esencial para la fe cristiana, sino que se funda en el presupuesto de que, precisamente a la luz del misterio de Dios revelado en Cristo, podemos descubrir muchas semillas de luz esparcidas por el Espíritu en las diversas culturas y religiones. Por tanto, al cultivar esas semillas por medio del diálogo, podemos crecer juntos, también con los creyentes de otras religiones, en el amor a Dios y en el servicio a la humanidad, caminando hacia la plenitud de verdad, a la que misteriosamente nos lleva el Espíritu de Dios (cf. Jn 16, 13)”.


“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

15.
Nosotros, pues, afirmamos con sencillez, con respeto a todos, pero también con claridad, que Jesucristo no es simplemente un maestro de vida, o un hombre religioso cuya enseñanza ha inspirado la vida y la cultura de nuestros países, sino que es “el Verbo de Dios hecho carne” (Jn 1, 14), y por eso, “el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin” de todas las cosas, el centro del cosmos y de la historia, y el único Redentor del hombre, “la esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cf. Apo 21, 6; Rm 5, 5).

Mis queridos hermanos y amigos, la presencia y la gracia de Cristo no terminan. No termina, no terminará nunca, mientras el mundo sea mundo, el año de gracia que Jesús inauguró en la sinagoga de Nazaret. La presencia y la gracia de Cristo nos acompañan, en la comunión de su Iglesia, por los complejos caminos de la vida, “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).


La Visita pastoral, “prolongación” de la gracia jubilar.

16.
Una cierta continuación de esa gracia jubilar, mediante el ministerio apostólico, que el Señor instituyó en el seno de la Iglesia para hacerse presente de manera personal en medio de su pueblo, y para prolongar su presencia salvadora entre los hombres, tendrá lugar en nuestra Iglesia de Córdoba por medio de la Visita Pastoral sistemática que comenzará, si Dios quiere, el próximo mes de febrero, en las parroquias del arciprestazgo de Pozoblanco, en la Sierra, y que luego continuará en las de los arciprestazgos de Hinojosa, también en la Sierra, de la Virgen de la Fuensanta, en la Ciudad, y de Priego en la Campiña. También la adoración y la intercesión en la Catedral, a que me he referido más arriba, prolongará de algún modo la gracia del Gran Jubileo.

“La visita pastoral –dice el Directorio para el Ministerio de los Obispos en su número 166– es una acción apostólica, un acontecimiento de gracia que refleja de alguna manera la imagen de aquella singularísima y totalmente maravillosa visita, por medio de la cual «el sumo Pastor» (1P 5, 4), el obispo de nuestras almas (cf 1 P 2, 25), Jesucristo, ha visitado y redimido a su pueblo (cf Lc 1, 68). Con la visita pastoral se presenta el obispo en modo concreto como principio y fundamento visible de la unidad en la iglesia particular que se le encomendó”. La visita es una ocasión excelente “para alabar, estimular, consolar a los obreros evangélicos; para darse cuenta personalmente de las dificultades de la evangelización y del apostolado; para revisar y revalorizar el programa de la pastoral orgánica; para llegar hasta el corazón de los hermanos; para reavivar las energías quizá disminuidas; para llamar, en pocas palabras, a todos los fieles a la renovación de la propia conciencia y a una más intensa actividad apostólica”.

17. De la misma naturaleza de la visita se deduce, como algo obvio, que la Visita Pastoral no es una serie de actos exteriores y formales, al estilo de ciertos actos sociales del mundo, sino que “el primer puesto en la visita” lo tiene el encuentro con “las personas, ya sea individualmente, ya sea en organizaciones, especialmente las que toman parte en el apostolado”, y que la finalidad principal de la visita pastoral es ofrecer una ayuda a las parroquias y a los fieles, estimulando lo que es más propio de la vida y la misión de la Iglesia.

De ahí mismo se deducen las virtudes y actitudes que el mismo Directorio (nº 170) pide a los obispos durante la visita: “Que el obispo se comporte delante de todos con simplicidad y dulzura en sus maneras, con bondad y afabilidad, como ejemplo de piedad, pobreza y caridad: virtudes que, junto con la prudencia, constituyen la característica de los pastores de la Iglesia”. Y más adelante, pide al Obispo que tenga  “siempre ante los ojos la figura del buen Pastor Jesús, que se presenta a los fieles no «con la sublimidad de la elocuencia» (1 Cor 2,1); no con palabras o actividades ampulosas, sino revestido del espíritu de Jesucristo, e imitador de su humildad, bondad, entrega, con el arte de escuchar y de hacerse escuchar”. El obispo no debe olvidar nunca, en efecto, “que la visita pastoral debe ser una búsqueda: una búsqueda de las almas necesitadas de saberse amadas con generosidad y guiadas con seguridad; una búsqueda de la Iglesia para que sea verdaderamente Iglesia, es decir, Pueblo de Dios”.

Sé que la Visita Pastoral, tal como la experiencia de la Iglesia pide que se lleve a cabo, la considera la Iglesia una de las tareas más importantes del ministerio episcopal, y estoy seguro de que en la Diócesis supondrá un bien muy grande, con la colaboración de todos, especialmente de los sacerdotes. Su contenido fundamental es el mismo que hemos celebrado a lo largo del Año Jubilar: que Jesucristo resucitado, vivo y presente en la comunión de la Iglesia, es la esperanza del hombre y del mundo. La Visita Pastoral es una ocasión privilegiada de vivir con cada comunidad cristiana concreta de la Diócesis esa comunión con el ministerio apostólico en la que se hace presente Jesucristo Redentor, “Camino, Verdad y Vida” (cf. Jn 14, 6) de los hombres.


El horizonte del Nuevo Milenio: la evangelización.

18. La Visita Pastoral llegará en este año sólo a algunas comunidades cristianas, a una parte de la Diócesis. Pero todos estamos llamados a vivir con libertad la vida que Jesucristo nos da, y a testimoniarla, y a ofrecerla a los hombres. Ésa es la misión de la Iglesia: testimoniar, y ofrecer a otros hombres “la buena noticia” para nuestra vida que ha sido el encuentro con Jesucristo. A esa misión estamos llamados todos, porque todos hemos sido liberados por Cristo de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Esa misión tiene un nombre: “evangelización”, que se deriva precisamente de “evangelio”, es decir, “buena noticia”. La evangelización –y más precisamente, la “nueva evangelización” a la que el Santo Padre tan insistentemente nos ha llamado–, constituye el horizonte de la misión de la Iglesia, de toda la Iglesia, en este milenio que estamos comenzando.

Pero ¿por qué “nueva”? ¿Es que no ha servido la antigua? ¿O no será más bien que, en los avatares que ha vivido la Iglesia en los últimos tiempos, hemos dejado caer algunos elementos sustantivos de la fe y de la experiencia cristiana, y nos hemos acomodado al mundo, y hemos perdido sin darnos cuenta sustancia cristiana y capacidad de misión? “Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión”, ha dicho muchas veces el Papa. El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la mirada a Cristo, y eso es lo que se nos ha ofrecido de forma especialmente intensa en el Año Jubilar, aunque la conversión, como la gracia, están siempre a nuestro alcance, y son posibles en todo momento. Los métodos y la expresión serán nuevos  en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este mundo, de esta cultura, que expresan el drama de la existencia, y por tanto, también la respuesta que encuentran en la Iglesia de Jesucristo, en el lenguaje y con los modos propios de nuestro mundo de hoy. Los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor de un encuentro con Jesucristo que toque el centro de la persona.

19. Un punto es esencial, si Jesucristo es quien proclama la fe de la Iglesia. “El drama de la fe en nuestro tiempo –decía el Concilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et Spes – es la separación entre la fe y la vida”. El anuncio de Cristo, del que la Iglesia es portadora, es percibido por muchos como irrelevante para la vida concreta, para las preocupaciones y sufrimientos que llenan la existencia de los hombres. Y la verdad es que esa separación entre las realidades de la vida y la experiencia de fe es mortal, tanto para la vida como para la fe. Pues a la fe la desnaturaliza, y a la vida la deja en la soledad y la desesperanza tan características del hombre contemporáneo.

Una gran parte de la enseñanza del Concilio, y del magisterio posterior de los Papas, especialmente el de Juan Pablo II, ha estado guiado por esta preocupación, de afirmar la fe en Jesucristo de modo que se ponga de manifiesto de nuevo su significado para la existencia humana, para la vida en todas sus dimensiones, y para toda la realidad. De ahí deriva esa afirmación del Concilio, cargada de consecuencias doctrinales y pastorales, que el Papa considera como “la clave hermenéutica” de toda la enseñanza conciliar: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Pues Cristo, en la misma revelación del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la grandeza de su vocación” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, 22). De ahí se deriva también la potente exclamación de Juan Pablo II, en su primera Encíclica Redemptor hominis, 10: “El profundo estupor respecto  al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Noticia. Se llama también cristianismo”.

20. Precisamente porque Cristo, Camino, Verdad y Vida, es el criterio de la verdad de la vida de los hombres, es preciso anunciarlo de forma concreta a todos, y no sólo en el espacio tradicional de las iglesias, sino ante todo en la vida real: en el ámbito del matrimonio y la familia, en el ámbito de la educación, del trabajo y de las relaciones laborales, en el ámbito de las relaciones humanas de todo tipo que constituyen la vida social,  y en las que se va tejiendo el futuro. Ese ámbito “de la vida real” es sobre todo el espacio del testimonio y de la misión de los fieles cristianos laicos, sin los cuales no habrá evangelización. Y por eso también, la recuperación de la Doctrina Social de la Iglesia constituye una dimensión esencial del magisterio pontificio reciente, y un adecuado conocimiento de ella es fundamental para la nueva evangelización.

Todos, pues, cada uno desde nuestra propia vocación, hemos de contribuir, con todo lo que Cristo nos ha dado, nuestra vida, nuestra inteligencia, nuestras cualidades, con todo nuestro ser, a que la gracia y el amor de Cristo lleguen a todos los hombres y mujeres de nuestra Diócesis, a todos los hogares, a todos los lugares de estudio y de trabajo,  al campo y a la ciudad, a las fábricas, a las oficinas, a las tiendas, a los hospitales, a los lugares de esparcimiento, a los medios de comunicación, a todos los espacios donde el hombre vive y trabaja, sufre y ama.

La misión es de todos, en efecto. Todos los bautizados hemos recibido el Espíritu de hijos de Dios, todos somos portadores de Cristo, y miembros suyos, y todos estamos llamados a ser instrumentos de la nueva evangelización que el mundo entero necesita, y también nuestra Diócesis. Todos somos llamados a pedir al Señor que nos preceda en la misión, y a contribuir con nuestra entera vida a que fructifique la gracia del Jubileo que acabamos de celebrar: por eso, ofrezcamos nuestras personas a Cristo para que haga de todos nosotros un pueblo, bien trabado por los lazos de la comunión del Espíritu Santo de Dios, un pueblo de hombres libres, testigos de la libertad y de la vida que Cristo nos ha ganado con su sangre, y que nos regala con el don de su Santo Espíritu.


Una prioridad  al comenzar el milenio: el matrimonio y la familia.
“La familia como Iglesia,  y la Iglesia como familia”.


21. En esa misión, y para los próximos años, secundando también las orientaciones del Santo Padre en esta dirección, señalo como prioridad para el trabajo pastoral en la Diócesis la ayuda al matrimonio y a la familia. La razón fundamental para ello no está sólo en los ataques que sufre y las dificultades extremas por las que pasa la familia en nuestra cultura. Esa realidad es tan grave, y tiene tales consecuencias para el futuro de la sociedad, que se puede sin duda hoy considerar la estabilidad del matrimonio y la familia como el primer problema social.
 
Se trata de una auténtica “cultura de la muerte”, que destruye al hombre, y que deja sus señales también en todos los ámbitos de la vida; que al pervertir las relaciones humanas más sagradas, llena la historia personal de tantos hombres y mujeres de sufrimiento y de desesperanza, proyecta esa amarga sombra de soledad y desamor sobre  la historia colectiva y sobre toda la vida social.

22. Pero hay también una razón positiva para que la familia sea nuestra primera prioridad al comienzo de este nuevo milenio, que tiene precisamente que ver con lo que hemos subrayado sobre el significado de Jesucristo para la vida humana. En la existencia del hombre, en efecto, en sus gozos y sufrimientos, lo más determinante es la familia, porque todos somos hijos, y porque todos tenemos una vocación esponsal, en la que se refleja de distintos modos, según la vocación de cada uno, el inefable amor de Cristo y de su Iglesia. En la familia es donde el hombre crece, y donde todos aprendemos a mirar y a comprender el misterio de la vida y a ser personas, es decir, a relacionarnos con Dios y con los demás de un modo justo, adecuado a la verdad de nuestro ser. La familia, santuario del amor y de la vida, existe para que cada persona pueda ser amada por sí misma, y aprenda a darse y a amar. Por eso la familia, y más exactamente el matrimonio, es indispensable para que la persona pueda reconocer la verdad de su ser.

23. Por todo ello creo que lo más necesario en la Diócesis al comenzar este siglo y este milenio, como camino principal para la nueva evangelización, como preocupación fundamental, como prioridad pastoral más decisiva, en todas las parroquias y comunidades, en las congregaciones religiosas, en los movimientos y grupos, es orar y trabajar a favor del matrimonio y la familia, y dedicar a esa tarea nuestra oración, nuestros mejores esfuerzos, y toda la energía, la sabiduría y los medios que el Señor nos conceda.

No se trata ante todo de aplicar, y menos aún mecánicamente, unas recetas, o unas normas, o  unas técnicas. La cuestión del matrimonio y la familia no es, en absoluto, una cuestión sectorial, una parte de la vida pastoral,  una cuestión, por así decir, “especializada”, un asunto de especialistas, sino que en ella está en juego la cuestión del hombre y del sentido de su existencia, y de su amor y de su sufrimiento, y de su esperanza, tal como esa cuestión se expresa en las relaciones que más determinan la vida.

No se trata tampoco de aislar los retos y las dificultades que hoy viven el matrimonio y la familia  del conjunto de la vida humana, de la vida laboral y social, ya que –y es fundamental comprenderlo– la experiencia de la persona en la familia es determinante para la construcción de la sociedad.

24. Como es Cristo quien, al revelar “el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre, y le descubre la grandeza de su vocación” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, 22), por eso la vida del hombre, y la familia, que determina su experiencia de la vida, tiene una relación inmediata con Cristo: la cuestión del hombre, su verdad y su destino, es la cuestión del cristianismo, la misión y la razón de ser de la Iglesia, y el motivo de la Encarnación y de la pasión y muerte de Cristo, y el contenido mismo de la redención. Y por eso el matrimonio y la familia son la entraña misma de la vida de la Iglesia y de su misión, el modo concreto, existencial, en que la Iglesia prolonga la Encarnación de Cristo, y se hace, como Cristo, amiga de los hombres y luz en su camino.

Se trata de emprender con decisión, y en cierto modo de aprender, la nueva evangelización, en la que el camino de la Iglesia es el hombre, en su existencia concreta, de modo que los hombres puedan reconocer en Cristo al Redentor, fuente de una vida más verdadera y mejor aquí, en esta tierra, y por ello, prenda de la vida eterna. No olvidemos que uno de los aspectos que el Santo Padre ha querido poner más de relieve en este Jubileo, señalando con ello a todos el camino a seguir, es que el hombre, en su existencia concreta, en su necesidad concreta de ser amado, es “lugar de peregrinación”, templo e imagen de Dios, y lugar del encuentro con Cristo.
 
25. Se trata, por tanto, de ayudar a los matrimonios, y a los novios, y a los adolescentes y a los jóvenes, a cuidar de su amor, como un don precioso, que es signo de Cristo,  y tiene sólo en Cristo su cumplimiento y su plenitud. Se trata de que la Iglesia, toda la Iglesia, todos y cada uno de los cristianos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles laicos, tratemos de ayudar a cada familia, en la medida de nuestras fuerzas, a ser un lugar donde es posible reconocer la presencia viva y el amor de Cristo, para que Cristo pueda ser amado por los hombres, como el Bien más indispensable para la vida, como el fundamento y la plenitud de la razón y de la libertad, de la belleza, del bien y del amor. Se trata de ayudar a que cada familia cristiana sea una iglesia doméstica, es decir, un lugar donde Jesucristo es venerado como el centro de la vida y la fuente de la misericordia y del amor.

Y para que esto pueda suceder en las familias, es imprescindible que la Iglesia –en todas sus expresiones y manifestaciones– sea más y más cada día lo que está llamada a ser, es decir, viva y se muestre más y más como una verdadera familia, o lo que es lo mismo, como un lugar donde cada persona, al margen de sus cualidades, de su historia o de su condición social, es amada por sí misma, y es acompañada a la verdad de su destino.


Conclusión

26. Que el Señor nos ilumine y nos fortalezca en este camino, sin el cual  no se dará verdaderamente la Nueva Evangelización que tan urgentemente necesita el mundo.

Que por su gracia todos los dones y gracias del Jubileo fructifiquen en nuestra Diócesis, en cada Iglesia y en cada comunidad cristiana, para su gloria y para la vida de los hombres.

Suplico especialmente a Santa María, la Madre del Señor, y la estrella que guía a la Iglesia por el camino de la historia, que Ella, que mostró a Cristo a los pastores y a los magos, y lo sigue mostrando hoy a los hombres y mujeres del comienzo del tercer milenio cristiano, interceda por nuestra Iglesia de Córdoba, que nos sostenga a todos, al Pastor y a sus colaboradores los presbíteros, y a los fieles, en nuestra misión; que venza las resistencias y quite los miedos, las ambiciones y los complejos,  y todo aquello que obstaculiza en nosotros el testimonio de Cristo. La misma intercesión dirijo a los santos mártires de Córdoba, antiguos y modernos, y a nuestros santos padres en la fe.

Por amor de tu pueblo, Señor,
¡no te olvides de tu misericordia y tu fidelidad!

¡Cristo, ayer y hoy, Principio y fin, Alfa y Omega,
suyo es el tiempo y la eternidad!
¡A Él, junto con el Padre y el Espíritu Santo,
el honor y la gloria por los siglos de los siglos!

Córdoba, 5 de enero del año 2001.
Clausura del Gran Jubileo del nacimiento de Nuestro Señor.

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba

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