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Homilía en la solemnidad del Corpus Christi

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 17/06/2001. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-VI de 2001. Pág. 199



Queridos hermanos, sacerdotes diocesanos y religiosos, grupo de sacerdotes, especialmente los que celebran sus Bodas de Oro sacerdotales, seminaristas, queridos niños de primera comunión, agrupación de hermandades y cofradías, queridas autoridades, queridos hermanos, y amigos todos.

Las últimas palabras de Jesús en el Evangelio contienen una promesa: “Yo, estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El cristianismo comienza justamente con la experiencia de que esa promesa se cumple en la vida. El cristianismo es el pueblo que nace de aquellos hombres que conocieron a Jesús, que temblaron en el momento de la Pasión, piedra de escándalo para el mundo judío, que habían visto condenado aquel hombre por blasfemo, por salirse de la norma y de la ley, por proclamar que Él era Hijo de Dios. Y fortalecidos por el don del Espíritu, que Él había prometido, vieron su vida cambiar de un modo que ninguno de ellos esperaba, vieron nacer en la historia una realidad nueva de hombres, que ya no afrontan el camino y las dificultades de la vida en soledad, porque Cristo Jesús estaba con ellos y les comunicaba su Espíritu.

El cristianismo es esta humanidad, no hecha de personas mejores, sino sostenidas justamente por la presencia permanente de Cristo. Compañía de Cristo que cambia la vida. Compañía de Cristo que, por el don de su Espíritu, hace de esas personas una nueva realidad, que es el Cuerpo de Cristo. Eso es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. La Iglesia es esa unidad surgida de hombres y mujeres de todos los pueblos. Recordáis el relato de Pentecostés: partos, medos, elamitas, habitantes de Siria y de Cirene, del Ponto, de Frigia, judíos y prosélitos, de Roma, de Jerusalén, de todo el mundo conocido. Por el don del Espíritu nacía una realidad nueva, un pueblo hecho de todos los pueblos, en el que la presencia de Cristo se hace visible para el mundo, de manera que los hombres pueden reconocer en esa humanidad, en la fragilidad de la carne, el poder, la gracia y la misericordia de Dios.

Y en ese pueblo, la presencia de Cristo está garantizada, por así decir, mediante unos gestos que el Señor mismo transmitió a sus seguidores: el Bautismo (justo en esas palabras de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Id a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”), la Confirmación, la Eucaristía, de forma que, a través de esos tres Sacramentos, uno se incorpora a Cristo. Y a través de esos sacramentos, Cristo se une a nosotros y nos hace hijos de Dios, miembros de esa familia, cuerpo de Cristo nuevo, vivificado por el don de su Espíritu. Lo que celebramos en la Fiesta del Corpus es precisamente esta Gracia.

Las grandes celebraciones en las que recordamos el don de Cristo, de su propia vida hasta la muerte ( “No hay amor más grande que aquél del que da su vida por sus amigos, por aquellos a los que ama. Vosotros sois mis amigos”), el hecho de su Resurrección, el don del Espíritu Santo, contienen dentro de sí toda verdadera esperanza para el mundo de una humanidad verdadera, plena, vivificada por Dios. Ya esa nueva humanidad es la que permite al hombre mortal que en su fragilidad, en su debilidad, hasta en su pecaminosidad, pueda vivir realmente como hijo de Dios, consciente de que lo es, con la libertad de quien sabe que lo es.

Hoy, sencillamente nos reunimos todos en torno al Sacramento de la Eucaristía para recordar que es la Presencia Viva de Cristo la que rescata a nuestra humanidad de un horizonte de vida que se acabaría en las cosas que podemos hacer en esta vida. La Presencia de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia, y en los sacramentos, gestos en los que el Señor vinculó su permanencia entre nosotros en la Iglesia es lo que hace de nosotros un solo pueblo, una sola realidad.

La Procesión de esta tarde, que forma parte de la Liturgia de la Iglesia, expresa precisamente eso: que ya no tenemos que ir por la vida a tientas, anhelando algo que difícilmente encontramos, pero con el sufrimiento y la herida de que nuestro corazón está hecho para algo que sin embargo no podemos agarrar con nuestras manos. La Presencia del Señor nos rescata, nos hace una familia, un pueblo. La Presencia del Señor genera una unidad nueva, una conciencia nueva de ser hombre y de lo que significa ser hombre, y de lo que significa vivir, amar, trabajar, nacer y morir.

Pero el núcleo es justamente esa experiencia nueva de la vida que nace de la experiencia vivida de que Cristo está en medio de nosotros. Y está en medio de nosotros de diversos modos: está en su Palabra, conservada generación tras generación por este pueblo, que es la Iglesia, sin tocar una coma, buscando hasta en las traducciones hacerlo con la mayor fidelidad posible; está en los Sacramentos, y de una manera especialísima en este Sacramento de la Eucaristía. En la Eucaristía la Presencia de Cristo se hace cotidiana, alimento de nuestra vida, de nuestra esperanza, de la certeza de nuestro destino. ¡Don de Dios para el Hombre! Dios se nos entrega, que se nos da para que nosotros vivamos: y esta experiencia de que Cristo está en medio de nosotros está también en la comunión humanamente visible, carnalmente visible de la Iglesia, que también necesitamos, y que es el fruto concreto de la Eucaristía.

Quienes vivimos en torno a Cristo, quienes hemos conocido a Cristo, quienes nos alimentamos del único Cuerpo de Cristo, somos un único cuerpo, somos una única familia, somos más que hermanos. San Pablo dice que somos miembros los unos de los otros, de tal manera que no hay nadie cuya vida no nos importe, que no hay nadie que debiera poder sentirse solo en medio de nosotros. Éste es el Cuerpo que para los hombres y el mundo es significativo, porque es en él donde uno puede ver florecer esa humanidad que es fruto de la Presencia de Cristo y de la Comunión del Espíritu Santo. El otro Cuerpo no lo van a conocer quienes no tienen fe o no han creído en Jesucristo.

Señor, vamos a vivir todos esta procesión llenos de alegría, pero especialmente los que habéis hecho este año la Primera Comunión: vosotros más que nadie. Ya sois grandes y, porque sois grandes, entendéis lo que significa el Amor de Jesús, ya que habéis recibido el alimento de los grandes (igual que los niños pequeñitos no toman más que biberones y potitos y cuando son grandes ya comen jamón y chorizo). Habéis recibido el alimento más grande que el hombre tiene, que es el propio Jesucristo, que se os da para acompañaros en la vida, para que nunca estéis solos.

¡Dios mío!, que esto que expresa el Sacramento de la Eucaristía, esta voluntad del Señor de hacer de nosotros un solo Cuerpo, nos convierta realmente en sacramento visible de Cristo: una humanidad en la que los hombres puedan reconocer. ¡Este es el Pueblo que ha bendecido el Señor! Este es el Pueblo, como una nueva cosecha, por quien uno da gracias, porque en él se encuentra la alegría, la esperanza que los hombres buscan, fruto de la Presencia de Cristo en medio de nosotros.

Así que vamos a vivir esta Procesión justamente como un gesto que exprese que lo que hacemos en la Procesión: que vamos nosotros y el Señor nos acompaña, de tal manera que nunca estamos solos. Siempre podemos cantar, siempre podemos dar gracias, también cuando muere un familiar nuestro, porque Jesucristo ni le abandona a él, ni nos abandona a nosotros. Cuando uno le conoce, sabe que Él está siempre con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, hasta el fin de la vida de cada uno y hasta el fin de la historia humana.

Celebramos la Eucaristía y nos disponemos a vivir la Procesión con este corazón lleno de alegría por la Presencia de Cristo en medio de nosotros.


Antes de iniciar la Procesión y dar la Bendición

Acabamos de cantarlo: ¡Dios está aquí! El anuncio cristiano “Dios ama al hombre” es siempre escandaloso, porque nuestra vida nos parece demasiado pobre y demasiado pequeña como para que pueda ser verdad que Dios nos quiere, que Dios está cerca de nosotros y quiere unirse a nuestra pobre vida, para que esta pobre vida sea transformada en la vida llena de esperanza y de alegría de un hijo de Dios. ¡Dios no olvida al hombre!, y se da a nosotros, y está en medio de nosotros, en este pequeño trozo de Pan consagrado en el que de una manera misteriosa pero real está el mismo Jesucristo.

Jesucristo es la garantía más sólida de una vida humana auténtica, de una libertad verdadera, de un pueblo consciente de sí mismo y capaz de caminar con decisión hacia su destino. Es la garantía de un pueblo edificado sobre lo único que es justo en las relaciones humanas, y que los hombres no somos capaces de construir solos: el amor. El amor -que es para lo único que estamos hechos, lo único que puede dar verdaderamente paz y alegría-, hasta en sus formas más débiles o más frágiles, tiene su origen y su cumplimiento en Dios.

Ese amor para el que estamos hechos lo han nos dado. Y aunque nuestra vida esté llena de debilidades y de miserias, Dios, el amor de Jesucristo que dentro de un momento por mis pobres manos os bendecirá a cada uno, nos lo hace posible vivir.

¡Jesucristo os ama! Jesucristo os ama a cada uno como sois. Y Jesucristo quiere sosteneros en la vida: en vuestro matrimonio, en vuestras familias, en vuestro trabajo, en vuestra lucha por un mundo más humano. Jesucristo os sostiene, está a vuestro lado. ¡No tengáis miedo! No tengáis miedo a las dificultades de la vida. Sosteneos en el amor de Cristo que está vivo en su Iglesia, no sólo en los curas, sino en este Pueblo de bautizados, Pueblo santo, que es la Iglesia. Cuando estamos unidos el Señor se manifiesta, está aquí. Y es un Pueblo santo aunque todos los que los componemos estemos llenos de miserias. La santidad nos la da Jesucristo que viene en medio de nosotros y está en medio de nosotros. El sostiene nuestras vidas, nuestra libertad, nuestra esperanza, nuestro amor, sostiene todo lo que somos.

Que el recibir la Bendición con el Santísimo sea una ocasión de poner nuestra vida una vez más en sus manos: “Señor, Tú puedes darnos la alegría, el gozo, la consistencia humana que nosotros no somos capaces de darnos a nosotros mismos. Tú puedes darnos ese amor que hace fácil sostenerse a quien está en dificultades, ese amor que es el único modo justo de construir un mundo a la medida de lo que el hombre necesita, de lo que busca, y ese amor del cual, la única fuente y la meta misma es Jesucristo.

Que el Señor os bendiga a cada uno, a cada hombre y a cada mujer, a los niños, a las familias, a los esposos. Quereros mucho, pedidle al Señor que os ayude a cuidar y a sostener vuestro amor. Pedidle al Señor que esté junto a vosotros para que el amor no se gaste ni se acabe, para que el perdón florezca donde el corazón ya no es capaz de perdonar. Familias unidas, jóvenes, niños, a cada uno llega el amor de Cristo, y quisiera llegar a todos los hombres, a tantos que viven sin esperanza. Cristo, a través de su Cuerpo que somos nosotros, sostenidos misteriosamente por su Cuerpo verdadero, quiere llegar a cada hombre y a cada mujer para decirle: “¡Yo te amo, Dios te ama, Yo he venido por ti! ¡Tu vida tiene esperanza!, tu vida tiene una razón de ser.

Que la bendición que Dios nos quiere dar a cada uno, acogida con humildad, con el corazón abierto, ardiente, nos sostenga en la vida y nos ayude a comunicar esa vida a quien tengamos cerca y más lo necesite.

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