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Homilía en la Festividad de la Fuensanta

Parroquia de Nuestra Señora de la Fuensanta

Fecha: 08/09/2001. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-IX de 2001. Pág. 75



Queridos capitulares,
querido Don Antonio, párroco de nuestra Señora de la Fuensanta,
queridas autoridades,
y queridos hermanos y hermanas:

Nos sumamos nosotros, como un trocito del Pueblo del Señor, esta mañana a la alabanza y la bendición de Isabel que acabamos de escuchar en el Evangelio: “Bendita Tú entre las mujeres”, como nos sumaríamos, de buen grado, a aquel elogio, a aquel piropo podríamos decir, que un hombre de Judea le hizo a Jesús: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron”.

Nos sumamos nosotros, hoy, a esa alabanza y esa gratitud sencillamente, porque celebramos el cumpleaños de nuestra Madre. La Iglesia entera celebra hoy la fiesta de la Natividad de la Virgen. Y la verdad es que siempre es un deber de justicia que normalmente cumplimos todos con muchísima alegría y con muchísimo gusto. Porque a nuestra madre debemos todos nuestra vida temporal, el hecho de haber nacido. A sus cuidados, y a su entrega, y a un sacrificio, difícilmente computable en términos humanos, debemos el estar vivos. Y a la Virgen debemos exactamente lo mismo. Le debemos el haber sido engendrados como hijos de Dios en Cristo. Porque al darnos Ella a Cristo, Luz del mundo, único Redentor del hombre, y aquel que abre y que inaugura el camino de la vida eterna, nos ha dado aquello que hace que la vida no sea una vanalidad ridícula, o una broma de mal gusto, a pesar de todos los sufrimientos y del mal que existe en el mundo para el  cual no tenemos que tener los ojos ciegos en absoluto, no los tenemos, y si en algún momento los tuviésemos, enseguida viene el dolor, o el mal a llamar a nuestra puerta para recordarnos,  diríamos, toda la herencia y la historia de pecado que hiere, y llena de tentación y de desamor nuestra vida.

Sin embargo, en medio de ese mundo, el amor de Dios ha sido más grande. Gracias al “sí” de la Virgen resplandece el poder salvador de Dios, resplandece esa pasión de Dios por el hombre, para  poder abrirnos de nuevo el camino que, como fruto del pecado, nos parecía a nosotros cerrado, ni siquiera lo percibíamos; el camino de que nuestro destino es participar para siempre de la vida de Dios, gozar para siempre de su amor, que es fiel, y de que la última palabra en nuestra vida no la tiene la muerte.

Por lo tanto, cuando celebramos cualquier fiesta de la Virgen no estamos celebrando algo de una persona que vivió hace dos mil años, y que ¡qué suerte tuvo de ser la Madre de Jesús!, pero que no tuviera nada que ver con nosotros. Tiene que ver todo con nosotros, con nuestra esperanza, y con la realidades más duras, más fatigosas de la vida de cada uno. Porque la Virgen participa del triunfo de Cristo, eso es lo que hemos celebrado en agosto, en la fiesta de la Asunción, y por lo tanto, de alguna manera en el Cielo ya hay algo de esta raza nuestra, está la humanidad de Cristo que Él recibió de la Virgen. Dios antes no tenía cuerpo, y ahora tiene cuerpo, porque el Hijo de Dios se ha unido a nuestra humanidad, y ha introducido en la vida de Dios la fragilidad de la carne.  Por eso la carne es santa,  por eso en la humanidad del hombre no cuenta, por así decir, el alma, y por eso en nuestra fe nosotros proclamamos la esperanza en la resurrección de la carne, ciertamente que no será nuestra carne herida  y envejecida,  a veces llena de llagas, pero será nuestra carne. Tampoco a lo largo de la vida nuestra carne es la misma, pero aquello que la hace nuestra es que está unida a nosotros. Jesucristo ha introducido en el Cielo nuestra humanidad, incluyendo nuestra carne, y la Virgen es como la prenda que la ha llevado consigo, de manera que en ella nosotros podemos ver nuestra propia esperanza.

La Virgen vive, y como Madre de Cristo y Madre nuestra, porque así nos lo confió en la cruz, intercede y ruega por nosotros. No sólo nos dio, hace dos mil años, al Hijo de Dios encarnado, no sólo acogió al Verbo en sus entrañas para entregarlo al mundo, no sólo fue la Madre de Cristo cabeza, es también la Madre de todos nosotros, y hoy sigue siendo la fuente de aguas vivas que sacia, y nos sigue entregando al Verbo, al Hijo de Dios, fuente de nuestra esperanza, fuente de una vida verdaderamente humana.

Año tras año en Córdoba, celebramos la fiesta de la Virgen de la Fuensanta, tan ligada a eso que es uno de los aspectos más bellos de nuestra  riquísima historia cristiana, como el descubrimiento del sepulcro de los mártires y a toda esa historia de testimonio de Jesucristo, que yo creo que los cristianos tenemos la responsabilidad de no dejar caer en el olvido y de recuperar.
Cuando se habla de Córdoba, por una especie de complejo quizá, se recuerda cada vez menos la belleza de su historia cristiana. Y la historia cristiana es extraordinariamente bella, tal vez con menos realizaciones exteriores que otros aspectos, o que otros periodos de nuestra historia, pero riquísima en humanidad, porque Cristo ha venido para hacer florecer la humanidad del hombre.

Cristo ha venido, y Cristo viene y se nos ofrece a nosotros hoy para que en nosotros florezca una humanidad verdadera, es decir, para  hacer posible reconocer a cada uno la dignidad sagrada que todo ser humano tiene, porque somos hijos de Dios, porque Cristo ha muerto por cada uno de nosotros, y porque, por lo tanto, el valor de  nuestra vida no está en la clase social, o en la familia, o en aspectos humanos con los que tantas veces los hombres creamos divisiones entre unos y otros. La verdadera dignidad está en que cada persona humana, desde el primer momento de su concepción y hasta su muerte natural, y sea cual sea su condición, es amada infinitamente por Cristo. Cristo es su fundamento más completo, y su fundamento histórico, porque en la historia ha empezado ha concebirse la dignidad humana, justamente, por la experiencia de los cristianos. Encontrar a Jesucristo, hoy en nuestro mundo, significa de nuevo encontrar la dignidad y el valor de la propia vida. Y como fruto del reconocimiento de esa dignidad y del valor de la propia vida, la posibilidad de una humanidad justa, fraterna, donde los hombres se respetan y se aman, donde los hombres aprecian, trabajan, se sacrifican por la libertad de los demás, y desean el mayor bien posible para todos. Es así como se construye una ciudad humana.

La doctrina social de la Iglesia, muy poco conocida por los cristianos de hoy, pero de la que el Santo Padre ha hablado muchísimas veces, él dice que no es más que la consecuencia de la experiencia de haber encontrado a Jesucristo, y por eso no es una cosa marginal o lateral en la en la experiencia cristiana, sino que forma parte esencial de la fe y del anuncio de Jesucristo.

¡Dios mío! en nuestra ciudad de Córdoba, no muy diferente, en este momento, de cualquier ciudad del mundo occidental, sigue siendo necesario que haya personas, testigos, de que gracias a Jesucristo, gracias a la dicha de la fe, uno es protagonista de la propia vida, y no es solamente víctima  de las circunstancias económicas, o políticas, no es simplemente un personaje pasivo en la historia, sino que cada uno de nosotros somos protagonistas de algo único, inmenso, de un drama cuya solución conocemos, pero que no quita ni la fatiga, ni la lucha del drama. Conocemos la solución porque el amor de Cristo ya ha abrazado toda nuestra humanidad, la de cada uno de nosotros, ya ha abrazado toda mi historia, toda la historia de cada uno de nosotros, porque el amor de Cristo me ha entregado ya su Espíritu y soy hijo de Dios, a pesar de mi fragilidad y a pesar de mi pecado. Esa certeza llena de contenido la vida, pero no quita las fatigas, no suprime el mal, no suprime la libertad de los hombres que puede seguir haciendo daño, no suprime nada del riesgo de vivir, en definitiva, no suprime nuestra humanidad.

Nuestro mundo y nuestra ciudad de Córdoba sigue necesitando testigos de que hay una vida grande, de que la vida merece la pena vivirse, de que el destino del hombre no es necesariamente, pasadas la veleidades de la juventud, el cinismo, la desesperanza, la amargura, el desencanto. Queremos llenar los productos más genuinos de nuestra cultura: el cine, la televisión, por ejemplo, de que es posible vivir en la alegría; de que es posible vivir en el bien; de que es posible vivir con gratitud; de que es posible sufrir, y al mismo tiempo dar gracias por la vida y estar contento; de que es posible, cuando uno ha encontrado de verdad a Jesucristo, sencillamente afrontarlo todo, incluso la muerte, sin destruirse, porque el amor con el que cada uno de nosotros somos amados es, como desearíamos que fuera el amor humano (sólo que por ser humano no puede serlo), más fuerte que la muerte. El amor con que Jesucristo, Luz del mundo, os ama a cada uno de vosotros es más fuerte que la muerte, y la muerte no tiene el poder de destruir ese amor, y ese amor es el fundamento de nuestra esperanza.

¡Dios mío!, ¡cómo no celebrar aquella mujer! sencilla, joven, de un pueblo pequeño, más pequeño que muchos de nuestros pueblos de Córdoba, que porque su corazón era absolutamente sencillo, y había sido preparado así por la Gracia, acogió el Anuncio, la Buena Noticia de ese amor de Dios para los hombres, y nos lo ha entregado. ¡Cómo no dar gracias! y ¡cómo no suplicar a la Virgen que Ella cuide de nosotros, de nuestras familias, de nuestros barrios, de este barrio de la Fuensanta, de nuestros lugares de trabajo, de nuestra ciudad!. Para que pueda ser una ciudad, un lugar, un espacio humano, donde vive un pueblo de hombres libres, de personas responsables ante su vida, conscientes del don inmenso que es la vida, deseosas de cuidar la vida propia y ajena, de cuidar la convivencia, de construir un mundo en el que a las jóvenes generaciones les sea fácil decir: “¡qué grande es vivir, qué bueno es vivir y poder experimentar este amor que hace que la vida merezca la pena ser vivida!”, y no se vean abocados a la desesperación, al desamor, o a la violencia.

Le damos  gracias a la Virgen por el don de su Hijo, por su intercesión por Córdoba, y por haber recibido nosotros, después de veinte siglos, este don inmenso de la fe y de la gracia de Jesucristo que sostiene nuestra vidas, nuestras familias, nuestros matrimonios, nuestra convivencia, nuestro deseo de amar a todos los hombres sin excepción. Y al  mismo tiempo le suplicamos que en el presente, de cara a este tercer milenio donde cerramos tantas páginas, a lo mejor en las que hemos cometido todos tantos errores en la historia, quisiéramos que resplandeciera ese testimonio sencillo, auténtico, verdadero de Jesucristo; quisiéramos que resplandeciera en nuestras vidas ese amor de Dios por el hombre; que nosotros los cristianos en lugar de ser acusadores del mundo, o jueces del mundo (si el juez sólo es Dios, y ¡gracias a Dios! porque sólo Él es Juez misericordioso), podamos ser testigos auténticos, sencillos, verdaderos, del amor, de la ternura, de la misericordia de Dios por el hombre, que es la que genera, en el corazón humano, el deseo del bien, el deseo de construir algo positivo en la vida, de contribuir, de la mejor manera posible y con lo mejor de uno mismo, a un mundo donde todos nos podamos reconocer como hermanos, porque todos somos hijos, y porque todos estamos seguros del amor de nuestro Padre.

El Santo Padre en la Jornada Mundial de la Juventud, hace muy pocos días en Roma, a quienes estábamos allí nos dijo: “cuando  vayáis a vuestras casas, cuando volváis a los vuestros, les dais un abrazo de mi parte y les contáis  lo que habéis vivido”. Esta es la primera ocasión que tengo de encontrarme con los míos, que sois vosotros, y por lo tanto, es una obligación y la cumplo con muchísimo gusto. Dejadme trasmitiros ese abrazo del Santo Padre, y daros un sencillo testimonio de lo que hemos vivido allí.

Algunos medios de comunicación daban a entender que aquello era como una especie de “concierto rock”, sólo que con Papa. Yo os aseguro que no, que ver aquellos dos millones de jóvenes, no controlados por nadie, sino libremente reunidos por la convocatoria del Vicario de Cristo, como amigos de todos los países del mundo, verlos funcionar en las calles, ver la libertad con que se expresaban, la verdad con que estaban,  ha sido un acontecimiento absolutamente único, y yo creo que de una trascendencia enorme para el futuro del mundo.

Eran dos millones cien mil  jóvenes, aproximadamente. Y allí estaba el mundo entero representado. Recuerdo que cuando el Papa estaba llegando al campo, entre las banderas se veía una de Israel. Y luego paseándome por la zona en la que estaba había dos chicas iraquíes que me dijeron: “en los ciento setenta y cinco países que han leído que estábamos no han dicho Irak, y somos dos. Hemos salido por la frontera de Jordania, y desde Jordania nos hemos venido poco menos que en autostop. ¿Dónde podemos ponernos lo más cerca posible?”. Dije: “hijas mías, yo os cuelo, no os preocupéis, después de lo que habéis hecho merece la pena que estéis todo lo cerca que podáis”. Era la universalidad de la Iglesia como no lo ha habido en ninguna otra Jornada anteriormente, ni en Santiago, ni en Denver, ni en Czestochowa. Es como si en esa peregrinación que el Papa ha ido haciendo, se hubieran ido incluyendo pueblos nuevos, gentes nuevas.  Realmente, este año, se veía que la humanidad, si está Cristo en medio de nosotros, puede ser un lugar de libertad, de respeto mutuo y de afecto mutuo, donde los hombres no consideran las diferencias como algo que genera odios o divisiones. Lo mismo veías a unos cordobeses enseñando a unos rusos a bailar sevillanas, que aprendiendo una danza del Camerún. Y veías el espectáculo de miles y miles, de un río de jóvenes que acudían a San Pedro a pedir perdón por sus pecados, a pedirle al Señor la gracia de poder ser constructores del mundo nuevo, y a profesar su fe en Jesucristo.

La madurez con que esos chicos estaban, repito que no los controlaba nadie, es imposible controlar eso, aparte de que habían ido allí porque habían querido ir, y,  sin embargo, la seriedad, el ambiente que uno veía en la calle, era el de un milagro permanente. Era como un símbolo de la Iglesia. Si estamos dispuestos como la Virgen a acoger al Hijo de Dios, de verdad, en nuestro corazón, la Iglesia es un milagro permanente en medio del mundo. Un milagro que consiste en la normalidad de la vida, porque el milagro que viene a hacer Jesucristo es que el marido y la mujer se puedan amar, que los padres quieran bien a sus hijos (normalmente los padres quieren a sus hijos, no siempre bien, pero los quieren) y que los hijos quieran y obedezcan a sus padres, y que el mundo sea un mundo de hermanos. Eso que los hombres no podemos hacer, sucede cuando con sencillez acogemos a Cristo en la vida.

Os cuento, simplemente, alguna de las miles de anécdotas que podría contaros. En primer lugar, entre esos dos millones cien mil había alrededor de mil jóvenes cordobeses (entre los cuatrocientos y pico que habían venido conmigo, y otros que habían ido con otros grupos), lo cual no deja de ser una alegría muy grande para un Pastor. Eso es una esperanza, una alegría para todos, y para Córdoba también. En segundo lugar, una noche estabamos nosotros cenado y al lado estaba un grupo de orientales que se acercaron a pedirnos agua. Eran de Sri Lanka un país que lleva veinte años en guerra civil, y donde el arma más usada son niñas de trece y catorce años que, mediante un lavado de cerebro, son utilizadas como bombas humanas, porque se suben a un autobús y explotan con una bomba que llevan pegada al cuerpo. El país está desolado, niños abandonados, familias que lo han perdido todo, imaginaros lo que son veinte años de guerra civil. En  esta guerra hay católicos en los dos bandos, porque no es una guerra ni de religión, ni de etnias, ni de pueblos diferentes, es más bien una guerra de tipo social instigada por intereses extranjeros. Lo que nos sorprendió es que habían venido juntos chicos de los dos bandos. Es una anécdota, pero a uno se le ponen los pelos de punta. Cuando les preguntábamos, ellos decían: ”nosotros estaríamos dispuestos a cualquier esfuerzo por la  paz. Pero todos los esfuerzos humanos se rompen, una y otra vez, porque prevalecen otros intereses. Sólo sería posible con un milagro, y nosotros hemos venido aquí a pedir ese milagro”. Y terminamos todos juntos, los de los dos bandos de Sri Lanka y los chicos de Córdoba, rezando por la paz en aquella guerra civil.

No es un “concierto Rock”. Estamos hablando de otra cosa, pero estamos hablando de otra cosa de una trascendencia enorme para el mundo. No podía resistir sin contaros esto, y trasmitiros, con el abrazo del Papa, y la súplica en esta Eucaristía, el deseo de que nosotros podamos contribuir a un mundo donde, aunque los intereses del  mundo dividan a los hombres, nuestra fe nos haga mirar con respeto a todos sin excepción como hermanos.


Antes de la Bendición final:

La Acción de Gracias decía que guardemos la Palabra, y yo pensaba por dentro: ¡ojalá sepamos guardarla! No he comentado en la homilía prácticamente nada de las lecturas, pero eran una preciosidad.  Decía San Bernardo que todo lo que se aplica a la Virgen personalmente, se aplica a la Iglesia, y de una manera diferente, análoga,  también, a cada uno de nosotros. Y dos de las lecturas: el salmo que era un canto a Jerusalén, a esa Sión que Dios quiere construir, en medio de los hombres, y la lectura del Apocalipsis, hablaban, justamente, de la Iglesia, no hablaban de la Virgen, bueno, hablaban de la Virgen que llevaba en su seno a Cristo, y hablaban de la Iglesia novia de Cristo. Creo que es una definición preciosa de la Iglesia. La Iglesia es la novia de Cristo, la humanidad de la que Cristo se ha enamorado. Y eso, sencillamente, eso es lo que somos, como Iglesia de Jesucristo, es decir, alguien a quien Jesucristo ama infinitamente. A uno le sorprende decir que nuestra pobreza pueda ser amada por Dios. Pues eso es el cristianismo, que nuestra pobreza es amada, y rescatada, y abrazada por Dios. Esa es nuestra fe.

Ojalá sepamos guardar esa palabra, cuándo la necesitemos, para los momentos de dificultad en la vida, y para los de gozo, para todos, y así poderla vivir hasta el fondo. Somos los amados de Dios. Dios se ha enamorado de nuestra pobreza, y se ha unido a nosotros, con una fidelidad que ni siquiera nuestros pecados pueden romper. Nosotros  podemos sufrir como consecuencia de esos pecados, pero Dios no rompe su amor por nosotros porque le fallemos, no lo rompe, ¡nunca!. La fidelidad de Dios permanece para siempre, a diferencia de nuestras fidelidades humanas. Sobre eso se puede construir una vida llena de alegría, sobre una roca muy grande.

Terminamos con la oración final y la Bendición.

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