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"Si quieres la paz, rechaza la violencia"

Carta con motivo de la XLIII Campaña de Manos Unidas, promovida por "Manos Unidas"

Fecha: 30/01/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-III de 2002. Pág. 113



A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS Y FIELES
DE LA DIOCESIS  DE CORDOBA


Queridos hermanos y hermanas:

Manos Unidas,  fiel a la línea marcada por el Santo Padre Juan Pablo II al comenzar el nuevo milenio, se ha planteado como programa, durante el trienio 2001-2003, desarrollar todos los elementos que hacen posible construir un mundo en la paz. Ya el año pasado planteaba como lema de la campaña “Si quieres la paz, defiende la justicia”, buscando que nos embarcáramos en la construcción de la justicia como uno de los nombres de la paz. El lema de este año, “Si quieres la paz, rechaza la violencia”, pretende que el desarme llegue a la conciencia de los hombres, y desde ahí se extienda en primer lugar a las estructuras injustas, pues como bien dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico y social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen en los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan la guerra. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2317).

Hoy en día vivimos como nunca ansias de paz, y tiempos de perturbación. Soñamos con un  mundo en armonía, y cada día nos despertamos con noticias de violencia, terrorismo y guerra. Lo cierto es que cualquiera que analice a esta sociedad nuestra, la reconoce amenazada de muerte. La historia se alza ante nuestros ojos mostrando una cruda constatación: la humanidad es incapaz de establecer la paz y consolidarla. Sin embargo, el desafío de la paz nos compromete a todos; la Iglesia se sabe enviada a proclamarla y crearla, a construir la civilización del amor, a hacer presente el Reino de Dios. La paz es necesaria y posible, es don y tarea, es necesario trabajar por la paz.

«Si quieres la paz, rechaza la violencia» llegando hasta el desarme de las conciencias, como nos legaba Juan XXIII en su encíclica sobre la paz: «Todos deben convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general, son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra» (Juan XXIII, Pacem in terris, 113).

Nunca podremos crear una cultura de la paz por el camino de la fuerza, el rearme o la guerra. Nunca la violencia es camino que posibilite la paz, aunque haya situaciones de injusticia que clamen al cielo, de tal forma que sea grande la tentación de remediarlas con la violencia. La revolución, salvo en casos límites, nunca soluciona el problema, al contrario, lo empeora (cf. Pablo VI, Populorum Progressio, 30.31).

«¡No, nunca más la guerra!. ¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vidas de los inocentes, que enseña a matar y trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela de rencores y odios, y hace más difícil la justa solución de los mismos problemas que la han provocado. [...] No hay que olvidar tampoco que en la raíz de la guerra hay, en general, reales y graves razones: injusticias sufridas, frustraciones de legítimas aspiraciones, miseria o explotación de grandes masas humanas desesperadas, las cuales no ven posibilidad objetiva de mejorar sus condiciones por las vías de la paz» (Juan Pablo II, Centesimus  annus, 52)

«Si quieres la paz, rechaza la violencia» de la cultura competitiva y de confrontación en la que vivimos, y con el auxilio de Cristo, autor de la paz, coopera con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor, y a aportar los medios para la paz, pues en la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de la guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4) (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 77.78).

Es necesario educar para la paz, erradicando de nosotros la cultura consumista e insolidaria, cultura de muerte, y contribuir a una cultura del diálogo, de la comprensión, de la tolerancia y de la cooperación solidaria entre razas y pueblos, que nos ayude a resolver de raíz todos los problemas que nos enfrentan y que hacen peligrar la convivencia pacífica.

Por último, habría que acentuar el rechazo de la violencia siempre, aunque nos acompañe la razón, pues así como no hay paz sin justicia, tampoco hay justicia sin perdón: «La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribución ecuánime de beneficios y cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas. Esto vale tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para las de alcance más general, e incluso internacional. El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la paz, 2002).

Al dirigiros la carta este año, con motivo de la Campaña de “MANOS UNIDAS”, y al pediros que cooperéis generosamente con ella, con el trasfondo de la guerra en Afganistán y en Tierra Santa, y de tantas otras violencias y guerras en diversos continentes, y de la amenaza del terrorismo en nuestra patria y en el mundo, hago mías las palabras del Santo Padre en la reciente Jornada de oración por la paz celebrada en Asís: «¡Jamás más violencia, jamás más guerra, jamás más terrorismo! ¡En nombre de Dios, que cada religión lleve sobre la tierra justicia, paz, perdón, vida y amor!» (Juan Pablo II, Mensaje en la jornada de oración por la paz, Asís 2002)

Os bendigo a todos de corazón.

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba

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