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“Un nuevo impulso misionero”

Carta pastoral para presentar las orientaciones pastorales diocesanas en el inicio del tercer milenio

Fecha: 01/03/2002. Publicado en: Obispado de Córdoba. Pascua 2002. También publicada en el Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-III de 2002. Pág. 139



Queridos hermanos sacerdotes;
religiosos y religiosas, consagrados laicos;
miembros de asociaciones y movimientos,
de hermandades y cofradías
hermanos y hermanas todos:


Es una alegría grande poder ofreceros hoy a todos los fieles cristianos de Córdoba este texto con las Orientaciones Pastorales para la vida de nuestra Diócesis, y para el trabajo pastoral y apostólico en ella durante los próximos años. Ruego al Señor Jesús, y a la Virgen María, Madre y Espejo de la Iglesia, que ellas nos ayuden a renovar en nosotros la experiencia y el testimonio de la fe. Y que así, apoyados en la fidelidad de Cristo a su promesa, caminemos confiadamente por el tiempo que el Señor nos ha dado para vivir en los comienzos de este tercer milenio cristiano. Quiera su misericordia que en estos años, sacudidos casi desde su comienzo por el terrible atentado de las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, y por la guerra y las amenazas de guerra y de terror que lo han seguido, nosotros sepamos testimoniar a Cristo de tal modo que se abran en el mundo en que vivimos caminos de convivencia en paz y de esperanza.

También considero providencial poder hacer entrega a la Diócesis de las Orientaciones en el marco de la Misa Crismal, es decir, en esa Eucaristía que celebra precisamente la sacramentalidad de la Iglesia, y que por ello subraya la misteriosa contemporaneidad de los acontecimientos que celebramos en el Triduo Pascual: pues a través de la sucesión apostólica y del ministerio sacerdotal, y a través de los sacramentos, nos es dado participar en aquel acontecimiento único, verdadero centro de la historia, que fue la muerte y la resurrección de Cristo. O, dicho de otro modo, a través de los sacramentos de la Iglesia, la “nueva y eterna alianza” en su sangre toca nuestras vidas, se hace don para cada uno de nosotros.


1. ORIENTACIONES PASTORALES:
ORIENTACIONES DEL PASTOR DE LA DIÓCESIS.


Orientaciones Pastorales no quiere decir, ante todo, orientaciones de una realidad abstracta que se llama “pastoral”, sino que quiere decir, en primer lugar, orientaciones del pastor, en este caso del Obispo de la Diócesis, que es quien tiene, como sucesor de los Apóstoles, el deber y la responsabilidad de enseñar, santificar y regir a la porción del Pueblo de Dios que el Señor le ha confiado, en comunión con el Papa, que preside la Iglesia universal en la fe y en la caridad.

Pero no podemos olvidar que en la Iglesia el Obispo, más que una “autoridad” que “manda” (en el sentido que se suele dar en el mundo a estos dos términos de “autoridad” y de “mandar”), está llamado a ser un “guía” que conduce al pueblo santo en nombre de Cristo. Por el sacramento del orden y la sucesión apostólica, en efecto, el Obispo es como un “icono”, una imagen de Cristo. Todos los días pido al Señor que esto pueda ser reconocido con facilidad en mí, en mi modo de vida, y en mi relación con vosotros y con todos los hombres. Y por otra parte, al “lugar” adonde el Obispo ha de guiar a la Iglesia es a “la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13), es decir, a que se reproduzca en ella de tal modo la imagen de Cristo (cf. Rm 8, 29; 2 Cor 3, 18; Col 3, 10), a que ella viva de Cristo y para Cristo de tal modo, que los hombres puedan también reconocer con facilidad en la Iglesia y en todos sus miembros que Cristo es la luz de los pueblos, el único Redentor del hombre y la esperanza del mundo.

Por todo esto, que hace del ministerio apostólico y pastoral una realidad tan específica, y tan distinta de los usos en las instituciones del mundo, el Pastor ha de ser, como dice la tradición de la Iglesia, “forma y modelo” del rebaño. De ahí que estas Orientaciones me comprometen a mí más que a nadie. En segundo lugar, esas Orientaciones comprometen de un modo especial a los presbíteros, colaboradores del Obispo en virtud del sacramento del orden. Y también a todos los que participan, cada cual desde su propio carisma, desde su estado de vida y desde la misión que la Iglesia les tiene confiada, a la edificación del único cuerpo de Cristo en la Diócesis de Córdoba. Quiera el Señor concedernos a todos que en nuestra comunión, y en todos nuestros trabajos, en nuestra entera vida, resplandezca más y más en nuestra Iglesia el rostro de Cristo.


2. ORIENTACIONES QUE NOS CONCIERNEN A TODOS.


Pero las Orientaciones no son “pastorales” en el sentido de que sólo sirven para orientar el trabajo de los “pastores” o de los religiosos o laicos que colaboran más directamente con nosotros en la misión de construir la Iglesia. En realidad conciernen a todos los miembros de la Iglesia. Y esto no sólo porque la misión de la Iglesia es misión de todos, aunque de cada uno según su vocación. En cierto sentido, podría decirse incluso que estas Orientaciones conciernen sobre todo a la vida de los fieles, del pueblo cristiano, y hasta de los no creyentes. Porque de lo que se trata con ellas, como con todo “ministerio” o servicio que la Iglesia hace, es de que crezca en los hombres la vida que Cristo nos da, que consiste en “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 21), sostenida por “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones”, e iluminada por “la esperanza que no defrauda” (Rm 5, 5). Dicho de otro modo, la vida que Cristo nos da consiste en la vida humana verdadera. Sólo para que los hombres podamos vivir esa vida, Dios nos ha creado, y ha hecho con nosotros esa historia que llamamos “historia de salvación”, que tiene su culminación en la encarnación del Hijo de Dios, y en su pasión y muerte, y en su resurrección y en el don de su Espíritu a los hombres. Y sólo para que podamos vivir esa vida, existe la Iglesia, cuerpo de Cristo y “sacramento” de la verdad del hombre.

Pero esto significa que todo lo que Dios hace y ha hecho -la creación y la redención-, y toda la vida y la misión de la Iglesia, tienen como “centro”, por así decir, el que cada persona, cada hombre y cada mujer, puedan afrontar las dificultades y las circunstancias de la vida -tantas veces duras y dolorosas- con la libertad de los hijos y con la esperanza de la vida eterna. Que puedan experimentar humanamente la misericordia de Dios y el perdón de los pecados. O que el amor de los esposos pueda permanecer y crecer en el tiempo, y ser vivido con toda la densidad de verdad que exige el corazón de quienes son imagen y semejanza de Dios. Y que los jóvenes y los niños puedan crecer en la inteligencia de la realidad y en la libertad, y que el mundo sea como un hogar más grande, y no un espacio hostil. Dios se nos entrega, en definitiva, para que la vida ordinaria en todas sus dimensiones esenciales -la familia, el trabajo, la construcción de la vida social- pueda ser vivida por cada persona de un modo verdadero. Es paradójico, pero ése es precisamente Dios, tal como se nos ha revelado en Jesucristo. Porque “Dios es Amor”, su “centro”, podemos decir, está fuera de Él. “La gloria de Dios es el hombre viviente”, como decía S. Ireneo en el siglo II. Y porque la Iglesia ha sido introducida por Cristo a esta misteriosa paradoja de la vida divina, también para ella el centro es la vida del hombre.

Toda esta última reflexión tiene una implicación que no es posible desarrollar en el marco de esta carta, pero que es decisiva y fundamental: en la experiencia de la Iglesia, es decir, en el cristianismo, lo “religioso” no constituye una parcela de la vida, un espacio especial, aislado del “resto” de la realidad o de otras parcelas de la vida. Esta fragmentación de la vida ha sido un rasgo muy característico de la cultura predominante en la modernidad, y ha sido sin duda también uno de los factores más decisivos en la secularización y en el debilitamiento o la pérdida de la fe. Y por lo mismo, esa fragmentación es una de las causas más decisivas de la soledad y la confusión acerca del significado de la vida que caracterizan la existencia del hombre contemporáneo. Para un cristiano, sin embargo, lo religioso, lo cristiano, no puede nunca ser reducido o encerrado en una parcela de la vida, o de lo real: es la realidad misma, es la vida, lo que “estaba perdido y ha sido encontrado” (cf. Lc 15, 24). Es la vida, es la realidad, toda la realidad, lo que Cristo ha venido a redimir y a salvar.


3. A LA ESCUCHA DEL MAGISTERIO DEL SANTO PADRE.

Dos rasgos han caracterizado el discernimiento y la elaboración de estas Orientaciones, dos rasgos en los que yo veo con claridad un signo del Espíritu de Dios y una promesa de fecundidad. Por una parte, desde los primeros preparativos del trabajo, ya en la primavera del 2001, apenas terminada la celebración del Gran Jubileo, la reflexión ha estado guiada por el magisterio del Santo Padre, que ha orientado nuestra mirada y ha dado un criterio a nuestros juicios sobre la realidad, y sobre las necesidades y la misión de la Iglesia en esta hora de la historia. El otro rasgo ha sido la participación en toda la reflexión preparatoria de muchos miembros de la Iglesia diocesana, sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos laicos.

El Santo Padre ya nos había guiado en los años preparatorios al Gran Jubileo, y luego en la celebración del Jubileo mismo, que fue un momento fuerte de gracia y de conversión para todos, lo mismo por la participación en actos jubilares en Roma o en Tierra Santa que por las celebraciones diocesanas. Ahora nos ha guiado por medio de su preciosa Carta Apostólica Novo millenio ineunte, “Al comenzar un nuevo milenio”. Esa Carta es el gran regalo del Santo Padre a la Iglesia en este paso del comienzo del milenio. En ella el Papa ha volcado toda la experiencia de su ministerio, y toda la humanidad grande y franca que le caracteriza, para ayudar a la Iglesia a emprender los caminos de la Nueva Evangelización en esta hora del mundo. Es una carta riquísima y perfectamente legible, que debería seguir siendo durante los próximos años, para sacerdotes, religiosos y laicos, texto de lectura y materia frecuente de oración y de trabajo en los grupos y comunidades.

El mismo título dado a esta carta pastoral, Un Nuevo impulso misionero, recoge un pensamiento insistentemente repetido por el Santo Padre, un verdadero leitmotiv de su enseñanza. Así, por ejemplo, en la misma Carta Apostólica Novo millenio ineunte, el Papa escribe: “Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación. Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en este especial año de gracia, más aún, en el período más amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral” (NMI, 3).

Más adelante, en la misma Carta, el Santo Padre formula un juicio sobre nuestra situación que a muchos les resultará sorprendente, y lo acompaña con una potente llamada a la misión, en la que por dos veces aparece el motivo de reavivar el “impulso” apostólico y misionero. Cito el pasaje entero: “Ha pasado ya -dice el Papa-, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la «llamada» a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16). Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” (NMI, 40).


4. LA PRECIOSA EXPERIENCIA DE UN CAMINO COMÚN.

En el capítulo III de esa misma Carta Apostólica, en el nº 29, el Santo Padre mira hacia adelante, con la certeza de que Cristo permanece con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), y se pregunta, como le preguntaron a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” (Hch 2,37).

El Papa recuerda que, si bien no se trata de “inventar un nuevo programa”, ya que el programa “es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva”, y está centrado “en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste”(…), “sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad”. Lo que tenemos delante ahora no es, en efecto, una celebración puntual e inmediata, sino “el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria”.

Para responder a ese horizonte con la concreción necesaria, el Papa señala que “en las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios- que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”.

“Por tanto -concluye el Papa-, exhorto ardientemente a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro, sintonizando las opciones de cada Comunidad diocesana con las de las Iglesias colindantes y con las de la Iglesia universal”.

Siguiendo esta indicación del Santo Padre, nos pusimos en camino a final de curso del año 2001. Hemos querido “señalar las etapas del camino futuro” para nuestra Diócesis de Córdoba, sin proyectar nosotros la historia, que no está en nuestra mano, sino discerniendo juntos los pasos -las opciones- que el Señor nos pide dar en esta hora, y la dirección del camino. La sintonía con la Iglesia universal se ha dado precisamente a través del estudio de la Carta del Santo Padre. Con respecto a la “sintonía” con las Iglesias colindantes, la Conferencia Episcopal Española ha hecho público hace unos meses su Plan de Pastoral para los años 2002-2005, que lleva por título Una Iglesia esperanzada. Aunque no es un Plan para la Iglesia en España, sino para la Conferencia y sus organismos, por el hecho de que en su elaboración han participado todos los Obispos de la Conferencia, orienta mejor que nada acerca de las preocupaciones que viven y de los caminos que proponen, en comunión, el conjunto de los pastores de las Diócesis de España. Y basta una lectura del índice de ese Plan para percibir la sintonía profunda en lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Apo 2, 7), tanto en la percepción de la realidad pastoral como en la de las respuestas que se han de dar.

Lo más rico del trabajo preparatorio para las Orientaciones ha sido precisamente el crecimiento de la comunión en el camino recorrido, primero con los arciprestes, luego con los demás presbíteros en los arciprestazgos y en el Consejo Presbiteral, y luego también con los religiosos y religiosas, y con los fieles cristianos laicos. Ese crecimiento de la comunión ha hecho posible en muchos de vosotros, tal como me lo habéis expresado y comunicado de diferentes maneras, un renacer de la esperanza. Cada uno de nuestros encuentros ha sido reconocido por todos nosotros como un momento sorprendente e inesperado de gracia, que quiera el Señor que todos, empezando por mí, sepamos aprovechar.

Y no quiero dejar de mencionar y agradecer expresamente la participación de las comunidades de monjas de clausura, que nos han acompañado del modo que ellas saben mejor y nosotros más necesitamos, con la oración y el sacrificio, en el proceso de reflexión y en la elaboración de estas Orientaciones. También les pido que ahora sigan orando por nosotros, pastores y fieles, por toda la Diócesis, para que el Señor multiplique los frutos de nuestro trabajo a la hora de ponerlas en práctica.


5. UNAS ORIENTACIONES FLEXIBLES Y ABIERTAS.

Estas Orientaciones, así preparadas en la escucha de las indicaciones y del magisterio del Santo Padre, y en un camino de comunión creciente entre nosotros, han de iluminar y sostener la vida de la Diócesis en los próximos años. No se señala un límite, de cuatro o seis años, por ejemplo, porque ese límite dependerá de lo que, en el camino que de este modo inauguramos, sea discernido en su momento como más conveniente para la vida de la Iglesia. Tampoco podemos saber hoy si un acontecimiento futuro e imprevisto puede exigir mañana el que todas nuestras fuerzas se orienten a iluminar ese hecho nuevo, o si la marcha misma de nuestra vida, guiada por el Espíritu del Señor, nos pedirá que acentuemos más algo que hoy no nos parece tan importante o no hemos tenido suficientemente en cuenta, o al revés, nos pedirá mantener la insistencia en una dimensión que no terminamos de asumir, o en unas acciones que las dificultades no nos han permitido llevar a cabo, o que, habiéndolas llevado a cabo, no han producido, sin embargo, los frutos de vida cristiana o de evangelización que deseábamos.

Esto no quiere decir en absoluto que, una vez publicadas y difundidas, las Orientaciones deban convertirse en una vaga referencia de exhortación, sin concreciones en cuanto al trabajo que hemos de hacer, o a su revisión y examen. Todo lo contrario. Precisamente porque hemos sido serios en el trabajo para proponer las necesidades y las líneas de acción que debíamos acometer, estamos más responsabilizados a serlo también a la hora de emprender el camino y de llevarlas a cabo con la ayuda del Señor. Continuando en este caminar juntos que hemos comenzado, en el mismo caminar el Señor nos irá mostrando permanentemente lo que más nos conviene, los pasos siguientes, o los aspectos que requieren una atención mayor, o un desarrollo o una concreción, o las cosas que hemos de corregir o completar. Pero además, cada año iremos viendo juntos, y a la luz del Señor, igual que hemos hecho este año, dónde estamos, dónde el Señor nos llama más a la conversión, o a qué es a lo que debemos dirigir preferentemente nuestra súplica y nuestro trabajo.

No sólo en este sentido de la temporalización, también en otros sentidos las Orientaciones son flexibles y abiertas. Una observación inmediata que podréis hacer todos al leer estas Orientaciones es que el texto está como incompleto, que tanto las claves como las acciones mismas no están suficientemente desarrolladas. Es cierto. Pero esto, que parece una limitación para la utilidad inmediata del documento, es sin embargo algo deliberado, que tiene que ver con el método propio de la vida de la Iglesia y con la antropología que ha de subyacer a todo trabajo apostólico o pastoral que quiera ser fecundo. En el sentido siguiente: el crecimiento de la Iglesia y de la caridad divina en el mundo -que es lo que nos importa-, no es cuantificable ni evaluable como lo son los productos o los beneficios de una empresa, ni guarda proporción con las acciones exteriores que podamos hacer. Podríamos llevar a cabo muchas acciones, incluso hacer muchas obras, tal vez brillantes y grandes, de las que nos podríamos enorgullecer, y si no fueran acompañadas de un cambio en el corazón, de una conversión, nada en realidad habría cambiado en el mundo, nada sería diferente. Y al revés, si nuestra libertad se abre a la gracia, y el Señor nos concede el don de una comunión más plena, o una gratitud mayor a Dios por la Redención, o una pasión más viva por que todos los hombres puedan conocer y amar a Jesucristo, las acciones y las obras que expresen esa novedad y la proclamen al mundo del modo mejor que sepamos no se harán esperar. “El árbol bueno da frutos buenos”, decía el Señor (cf. Mt 7, 17). Por eso, a diferencia de la moralidad de los fariseos, o de un cierto concepto de moralidad del mundo, en el cristianismo todo empieza -y todo es posible- a partir de un cambio del corazón.


6. LAS CLAVES DE LA CARTA APOSTÓLICA DEL PAPA JUAN PABLO II, NOVO MILLENIO INEUNTE.

La Carta del Papa contiene no pocas sugerencias de acción precisas y concretas, así como juicios sobre la situación actual de la Iglesia y del mundo. Unas y otros son utilísimos para la vida y para la pastoral de la Iglesia. Pero la Carta no es una enumeración ni una lista, sino que tiene sus centros, sus claves, en torno a las cuales se organizan la enseñanza y las sugerencias de la Carta. Y hemos creído que valía la pena buscar estas claves, y reflexionar sobre ellas. No son “slogans” para repetir mecánicamente, durante un año o más, hasta que se gasten en nuestros oídos (lo que sucede normalmente pronto en esta sociedad saturada de mensajes publicitarios); son la respuesta profunda que la Iglesia, guiada por el Espíritu de Dios, puede dar a las grandes cuestiones que se plantean en nuestro tiempo. Sin esas claves de respuesta, sin asumir esas orientaciones, no habrá nueva evangelización.


Esta reflexión sobre las claves de la Carta ha sido uno de los momentos más bellos y jugosos de nuestro camino en la preparación de estas Orientaciones. La unanimidad con que los distintos grupos y sectores del Pueblo de Dios han apuntado esas claves ha sido un don de Dios, porque ha sido un signo de la comunión con que el Señor ha bendecido nuestro itinerario. Y aunque esta reflexión no ha hecho sino comenzar, y habremos de seguirla y ahondarla en el curso de los próximos años, ya es un don muy grande poder partir de ellas ahora mismo en nuestro trabajo pastoral y educativo, y poder proponerlas como claves fundamentales para la vida cristiana en toda la Diócesis. Porque es verdad que lo son.

Las claves que hemos señalado son: 1. La Centralidad de la persona de Cristo. 2. La primacía de la gracia. 3. La espiritualidad de comunión. 4. Una cultura de la caridad. En algunos grupos se añadía a estas cuatro claves una relativa a la santidad.


7. LA EXPERIENCIA CRISTIANA ES UNA EXPERIENCIA HUMANA UNITARIA.

Sólo quisiera hacer tres observaciones antes de desarrollar brevemente estas cuatro claves. La primera es que entre las cuatro claves que al final hemos señalado se da una peculiar unidad, una relación que las hace inseparables, y que es bueno comprender, porque esa comprensión ayuda a descubrir mejor su verdad profunda y la unidad de la experiencia cristiana. En cada una de ellas y en su relación mutua habremos de seguir profundizando, con la ayuda del Señor. Así, por ejemplo, sería muy enriquecedor percibir la relación profunda que hay entre el reconocimiento de la primacía de la gracia, un aspecto sustantivo de la fe cristiana particularmente olvidado en nuestro contexto actual, y la posibilidad de una verdadera cultura de la caridad. Igualmente, desde el momento en que se cae en la cuenta de que el cristianismo es la relación de fe y amor con la persona de Jesucristo, y no una serie de cualidades humanas abstractas o de valores a adquirir, la primacía de la gracia recupera su relevancia y su significado, porque la fe y el amor a Cristo sólo pueden ser respuesta: la respuesta a la revelación de su verdad y al don de su amor.

La vida cristiana, en efecto, es una unidad porque es una experiencia que toca al centro de la vida, y afecta a todas sus dimensiones. Con otras palabras, el encuentro con Cristo, cuando contiene todos los factores que le constituyen, determina desde ese momento la vida entera del hombre, sus relaciones, sus obras, su moralidad (en cuanto modo de orientarse hacia la plenitud por fin posible “en Cristo”), y su cultura (en cuanto que la configuración de su existencia y la huella que esa configuración deja en la historia expresa siempre dónde está el centro de la vida, dónde y cómo conciben los hombres la plenitud de lo humano).

La vida cristiana, la vida de la Iglesia, es la vida que nace de ese encuentro, y constituye una verdadera experiencia humana, y por tanto unitaria, coherente. La inteligencia humana puede reconocerla en su unidad, pero la mirada no puede percibirla en su unidad sino contemplando sus distintos aspectos, y la palabra humana no puede describirla -excepto en la obra de arte-, sino desglosando esos aspectos. Es verdad que si cualquiera de esos aspectos es mirado con la suficiente profundidad se llega al núcleo de la experiencia, en el cual está todo, y se descubren a través de ese aspecto particular todos los demás. Cuando no es así, cuando la mirada es superficial, como sucede hoy con frecuencia, la experiencia se reduce, los diferentes aspectos se convierten en algo parcial y se contraponen entre sí, y la vida cristiana se convierte en una “utopía” imposible, compuesta de mil “exigencias” difícilmente compatibles entre sí, o simplemente incompatibles, y desde luego, imposibles de construir como obra del hombre, igual que sería imposible construir “las Meninas” aunque se nos diera el listado de todos los pigmentos que forman el cuadro, y sus respectivas proporciones. Ese era uno de los problemas de fondo de los fariseos, y ése es, más aún, uno de los grandes problemas del hombre moderno, que ha creído por un momento poder construir su plenitud desde sí mismo y por sí mismo. Era G. K. Chesterton quien decía que “el mundo moderno estaba lleno de ideas cristianas que se habían vuelto locas”. Y con ello se refería sin duda a esta fragmentación de la experiencia cristiana en los diferentes aspectos que la configuran, en la que cada uno de ellos -la experiencia de la libertad, por ejemplo, o de la solidaridad, o del amor-, es separado de su contexto, hipertrofiado y finalmente transformado en otra cosa, que sólo conserva el nombre prestigioso con que la “otra cosa” se llamaba en el mundo cristiano.


8. LA SANTIDAD ES LA HUMANIDAD VERDADERA.

La segunda observación es acerca de la intuición certera que ha llevado a algunos grupos a señalar “la santidad” y la preocupación por la santidad como una de las claves importantes de la Carta Apostólica del Papa. Es cierto, lo es. Más aún, diría yo, es la clave de las claves, es la finalidad última de todo, también de la creación y de la redención. Es aquello para lo que existe la Iglesia, y la pastoral de la Iglesia, y es aquello para lo que los hombres hemos sido creados. Eso es lo que significa “la vocación universal a la santidad”, de la que habló el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Lumen Gentium, poniéndola antes de las diferentes vocaciones y estados que se dan en la Iglesia, incluso antes de su constitución jerárquica y el ministerio apostólico, para mostrar que incluso éstos están al servicio de una sola cosa, que es el designio salvador de Dios, la santidad de los hombres.

Pero precisamente el término “santidad”, como casi todas las grandes palabras del vocabulario cristiano, es un ejemplo de esa dislocación de la experiencia cristiana de la que hablábamos hace un momento. La santidad es entendida con mucha frecuencia sólo de una manera parcial y empobrecida. Eso sucede de muchas maneras, pero una de las más insidiosas es, por ejemplo, cuando una frase como “tenemos que ser santos”, que puede apoyarse en principio en pasajes de la Escritura como “sed santos porque yo soy santo” (Lev 19, 1; 1 Pe 1, 16) , o “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), se dice o se entiende implicando que la santidad es algo que el hombre puede realizar por sí mismo, dependiendo fundamentalmente de su voluntad o, si es que ésta ha de ser auxiliada por la gracia, se entiende la gracia casi exclusivamente como una ayuda extrínseca, que tendría como función casi única fortalecer la voluntad. Semejante posición, expresada innumerables veces en contextos cristianos llenos de generosidad y de buena voluntad, puede enmascarar perfectamente en ropaje cristiano posiciones morales más propias de la modernidad que de la fe, como son la concepción de la moralidad de la filosofía kantiana o el emotivismo irracional propio de una buena parte del discurso moral de nuestras sociedades. Así reducida, transmutada, lo que parece exigencia de santidad lleva dentro de sí el germen del ateísmo y la increencia, porque de semejante posición no puede brotar la alegría, sino sólo esa amargura y esa frustración tan características del hombre moderno, que le conducen tan fácilmente al escepticismo cínico de quien ha entregado la vida a una falsedad. La alegría verdadera sólo puede nacer de la fe: “¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

El término “santidad” designaba en su origen aquello que caracteriza el ser de Dios, lo divino, frente a lo “profano”. En el fondo designa la trascendencia divina: la santidad es lo que distingue a Dios del mundo, es la vida propiamente divina. En este sentido tiene un significado ontológico antes de tener un significado moral. Y la santidad es la vocación del hombre porque el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 27), y ha sido creado para participar de la vida divina, es decir, para la santidad, algo que desborda infinitamente las posibilidades de su naturaleza, incluso sin contar con el pecado, pero que nos ha sido dado por Cristo y con el don de su Espíritu Santo.

Cuando la experiencia del encuentro con Jesucristo les lleve a los Apóstoles y a los primeros discípulos a hacer la inaudita afirmación de que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8), empezarán también a entender que la santidad de Dios es su amor, gratuito, sin condiciones ni límites, infinito. Y que el hombre, acogiendo el amor que Dios nos da en Jesucristo, acogiendo su Espíritu “Santo”, participa por gracia en el ser de Dios de un modo singular, y se realiza así por gracia aquella vocación para la que fue creado, que transforma también su corazón y su vida moral. Sí, la santidad es la vocación del hombre, aunque el hombre no la pueda realizar por sí mismo, y por eso la santidad coincide con la humanidad verdadera. Tomando los términos del nº 1 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, podríamos decir que los factores que constituyen esa vocación son “la íntima unión con Dios”, y la unidad entre los hombres, consecuencia de la anterior. La “íntima unión con Dios” sólo es posible imaginarla si Dios toma la iniciativa.


9. LA DIMENSIÓN PERSONAL DE LA VIDA CRISTIANA.

Al poner en conexión las cuatro claves que el Señor nos concedió descubrir en la Carta del Papa, se ha puesto muy de manifiesto lo que podríamos llamar “la dimensión personal” o, si se quiere, “relacional” de la vida cristiana. Pues si bien se piensa, las cuatro claves que hemos señalado, y que son fundamentales para la identidad y la misión de la Iglesia todas son de ese tipo que podemos llamar “relacional”: la centralidad de la persona de Cristo, la primacía de la gracia, la espiritualidad de comunión o la caridad. Todas designan el modo de relacionarse con Dios propio de quien ha experimentado la redención de Cristo. Pero son eso, formas de relación. Y no podría ser de otro modo porque la persona humana, creada a imagen de la Trinidad Santa, está constituida por sus relaciones, es sus relaciones, y fundamentalmente su relación al Dios Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Esa relación la crea, y la crea como persona, y es la fuente y el criterio de todas las demás relaciones en las que la persona va desarrollando su existencia: la relación con sus padres y con su familia, la relación entre los sexos, la relación con los amigos y vecinos, y las demás, incluida la relación con su propio cuerpo y con la creación material.

Este acento en lo constitutivamente personal de la vida cristiana me parece un rasgo fundamental de la invitación que el Papa nos hace a recuperar nuestro ser y el sentido de nuestra misión. Es un signo y una indicación para superar el peso de una tradición intelectual que acaso podemos llamar no muy inadecuadamente “racionalista”, en la que apenas hay lugar, o no lo hay en absoluto, para lo propiamente personal, reducido a lo subjetivo sin referencia alguna más allá de sí mismo. Ciertamente, la recuperación de la tradición viva de la Iglesia, y la fecundidad de una misión que, fiel a la tradición, pueda ser significativa para el hombre, pasa por la superación de esta herencia intelectual y por la recuperación de la antropología “personal”, “comunional”, propia de la experiencia cristiana. O, mejor aún que por la recuperación de una “antropología”, como si se tratase de un saber, habría que decir que pasa por la renovación de esa experiencia de la Redención y del Espíritu Santo que se nos da en la comunión de la Iglesia, y que renueva y transforma todas nuestras relaciones, y todo nuestro modo de articularlas y de comprenderlas.

Al entregaros tanto estas Claves como las Orientaciones y Prioridades que siguen, elaboradas con tanto cariño e ilusión, preparadas con la colaboración de tantas personas, quiero poneros en guardia contra una tentación muy concreta, y muy propia de la mentalidad dominante en nuestro tiempo: la de confiar nuestra vida a los «programas» de un modo mecánico, como si ellos, automáticamente, pudieran resolver lo que sólo depende de nuestra libertad. En realidad, esa tentación de confiar la alegría de nuestra vida a las fórmulas, a los sistemas, a los programas, refleja el miedo a los riesgos que conlleva el ejercicio de la razón y de la libertad. Aunque pueda parecer paradójico, ese miedo se ha convertido en un rasgo característico del hombre de hoy. El Papa también pone en guardia contra esa tentación: «No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» (NMI, 29).

Sólo me queda, antes de enumerar y comentar brevemente las cuatro claves, glosando apenas los textos del Papa que hablan de ellas en la Carta Apostólica Novo millenio ineunte, y de formular las Orientaciones y Prioridades Pastorales para los próximos años, pedir al Señor que Él acomode a su voluntad nuestros deseos, nuestra reflexión, y nuestros trabajos, y luego los haga eficaces y fecundos. Y que María Santísima, que precede a la Iglesia en el camino de la fe, nos conduzca e interceda por todos nosotros, por toda la Diócesis de Córdoba, en este inicio del tercer milenio.

Os bendigo a todos de corazón.

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba


II. CLAVES PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN,
SEGÚN LA CARTA APOSTÓLICA DE
JUAN PABLO II NOVO MILLENIO INEUNTE


1. CENTRALIDAD DE LA PERSONA DE CRISTO.


El cristianismo es la relación de fe y de amor con Cristo, el Hijo de Dios encarnado, que murió y venció a la muerte, y vive para siempre. No es el cristianismo un sistema de ideas, ni una mera serie de obligaciones, morales o rituales. El cristianismo es la aparición en la historia de esa Persona en la que se revelan las profundidades de Dios y el designio de Dios en nuestra vida.

El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura... (NMI 4,2).

¡El cristianismo es la religión que ha entrado en la historia! (NMI 5,1).

El misterio de Cristo, fundamento absoluto de toda nuestra acción pastoral (NMI 15,3).

No es casual que el Papa le dedique a la persona de Cristo el capítulo segundo de la Carta Apostólica, si se tiene en cuenta que su primera Encíclica estuvo también dedicada a Cristo, el Redentor del hombre (Encíclica Redemptor Hominis), y que unos meses antes de la Carta Apostólica había ordenado la publicación de la importantísima Declaración Dominus Jesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia.

«Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21),[...] eso es lo que los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy, no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? (NMI 16).

Jesucristo sigue presente, vivo, operante en la historia, a través nuestra, y quiere «encontrarse» con los hombres y mujeres de nuestro tiempo. O podemos “mostrarles” que está vivo, entre nosotros, por los frutos que genera en nuestra humanidad, o difícilmente sentirán interés por acercarse a la fe. La mayor debilidad de la Iglesia hoy es la debilidad de nuestra fe, que hace que no testimoniemos al hombre de hoy a Cristo como Alguien actual, vivo, presente, que tiene todo que ver con nuestra persona, nuestra vida, y nuestra alegría...
   
Tampoco es arbitraria o caprichosa esta afirmación de la centralidad de Cristo en el Magisterio del Santo Padre, porque en nuestra pastoral, en nuestra predicación y en nuestra educación en la fe, la persona de Cristo ha sido en algunos casos trágicamente reducida: de ser el Revelador del Padre y el Redentor del hombre, el Hijo de Dios encarnado, ha pasado a ser un hombre religioso, como uno más de entre otros. Ciertas maneras de hablar de “Jesús de Nazaret” son un signo de esta reducción.

«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta certeza ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se ha avivado ahora en nuestros corazones por la celebración del Jubileo. De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta Presencia nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» (Hch 2,37).

Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! (NMI 29)


2. PRIMACÍA DE LA GRACIA.

No está desvinculada de la anterior, porque si la salvación es la obra de una Persona, y la obra de esa Persona es su amor hasta darse por entero, esto es una gracia. Todo amor es una gracia, sólo puede ser una gracia, o no es amor. Lo que salva nuestras vidas es la gracia del amor obediente de Cristo.

En el momento que vivimos esto es preciso subrayarlo constantemente, porque la salvación no consiste en lo que nosotros seamos capaces de realizar por nosotros mismos. Como escribe San Juan: «En esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10); o también San Pablo: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

Parte de las perplejidades actuales, o del sentimiento de frustración pastoral, es consecuencia de una cierta pérdida del sentido de la gracia, favorecida por tendencias muy profundas de la cultura actual. No es una problemática de nuestra Diócesis, sino de toda la Iglesia. Mucha de nuestra predicación y de nuestro trabajo pastoral sigue teniendo como punto de arranque las exigencias de la fe, el compromiso de la fe, es decir, sus consecuencias. Seguimos dando la fe por supuesta, cuando la tarea principal es suscitarla en quienes no la tienen, o sostenerla en quienes la tienen, pero la tienen muy frágil.

En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia [...] no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5).
La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad [...] Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Dios que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! (NMI 38).

En el mundo que estamos viviendo, una persona sólo puede interesarse por la Iglesia si encuentra en ella algo que necesita para su vida: y ese algo es sólo el amor infinito e incondicional de Jesucristo, que es lo que el hombre busca siempre, aunque muchas veces él no lo sepa. En su Cuerpo, en la Iglesia, el hombre ha de poder encontrar el amor y la misericordia de Jesucristo, dirigido a cada uno, y como una realidad humanamente reconocible. Cuando uno lo encuentra, entiende enseguida sin mucha dificultad qué significa la gracia, y la primacía de la gracia.


3. ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN.

Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo.

¿Qué significa todo esto en concreto? [...] Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes de pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.
Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Gal 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento (NMI 43)

La comunión es don de Dios, fruto del Espíritu Santo, y tarea de todos. La comunión es el signo de la fe, es su fruto; hay que pedirla porque es un milagro. Y precisamente porque es un milagro es el signo que hace posible y humana la fe. El Señor mismo, en la oración sacerdotal, la noche de la última cena, condicionó a la comunión la fe del mundo (Jn 17, 20-21). Y por eso también, la primera súplica tras la consagración en varias plegarias eucarísticas es precisamente el don de la comunión: “que quienes participamos del cuerpo y de la sangre de tu Hijo seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”. Hay una vinculación profunda entre la experiencia de la comunión y la sacramentalidad de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, lugar donde Cristo se comunica a los hombres.

La comunión bien vivida no es algo meramente sentimental, sino realidad teologal, el modo cotidiano de la vida de la Iglesia, el ser mismo de la Iglesia. Está totalmente vinculada a la sacramentalidad de la Iglesia. Una Iglesia en comunión es una Iglesia consciente de que su ser es para comunicar a Cristo a los hombres, y esto, para que los hombres vivan.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, bien estructurado, rico en pluralidad de formas, no uniforme. La comunión tiene poco que ver con la concepción de la unidad que predomina en el mundo, que es más bien uniformidad.


4. LA CULTURA DE LA CARIDAD.

Esta “cultura”, que es como el reflejo hacia todo hombre y hacia el mundo de la comunión de amor de la que el cristiano ha sido hecho partícipe por gracia, se expresa de múltiples maneras: opción por los pobres, ayuda al hombre -“el hombre es el camino de la Iglesia”-, urgencia de que la Iglesia sea un signo del amor de Dios por toda persona humana, en todas sus necesidades, acompañándole y sirviéndole en su vida.

Sobre la caridad se extiende la Carta del Papa ampliamente, y dice de ella cosas bien importantes. Merece la pena citar el texto completo, para comentarlo después:

A partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que han comenzado tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse (cf. Mt 25, 35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página comprueba la Iglesia su fidelidad como Esposa, no menos que sobre la ortodoxia.

No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede sentirse excluido de nuestro amor, desde el momento en que «con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre» (GS 22). Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia la opción preferencial por ellos. Mediante esta opción se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades (NMI, 49).

En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que en nuestro tiempo haya quien se muera de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de la asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse?

El panorama de la pobreza se puede extender indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social. El cristiano, que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que Él dirige desde este mundo de la pobreza [...]

Hoy la caridad requiere mayor creatividad. Es la hora de una nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.

Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como «en su casa». ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras (NMI, 50).

El Papa pone en relación directa la caridad con la comunión eclesial, porque ésta ya es fruto y creación de la “caritas” divina, que se nos ha dado en Cristo. La comunión eclesial, que es como hemos visto el modo de vida de la Iglesia, y que viene caracterizada por la vida como don, no tiene su fin en sí misma, sino que es “como un sacramento o señal” de la unidad de todo el género humano (LG,1), esto es, de la vocación verdadera del hombre como persona, o lo que es lo mismo, como imagen creada del Hijo de Dios. La caridad es el dinamismo de esa comunión de la Iglesia, fruto del Espíritu en ella, que se extiende a todos los hombres. Precisamente en ese “extenderse” como caridad a todos los hombres, la comunión se muestra (a la propia Iglesia y al mundo) como obra de Dios y signo de su presencia, y no simplemente como la pertenencia protectora que da calor y sirve de refugio, y que podemos encontrar en las sectas o en otros grupos humanos.

En tanto que caritas, la misma etimología, que hace derivar la palabra latina caritas del sustantivo griego jaris, “gracia”, la caridad es inseparable de la experiencia de la gracia. “Lo que habéis recibido gratis dadlo gratis” (Mt 10, 8). En tanto que amor “activo y concreto”, la caridad no es un imperativo moral abstracto, sino que sólo puede nacer de una persona y dirigirse a otras personas.

Por eso precisamente puede también decir el Papa que Mt 25, 35-36 (la sorprendente descripción del juicio final que hace Jesús) “no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página comprueba la Iglesia su fidelidad como Esposa, no menos que sobre la ortodoxia”. La vinculación entre caridad y fe, como entre comunión y fe, es decisiva. La comunión y el amor de los cristianos es -ya en los relatos del libro de los Hechos de los Apóstoles- la fuente del crecimiento de la Iglesia, y por lo tanto, el gesto humano que suscita la adhesión a la verdad de la fe (cf. Hch 2, 44-47).


III. ORIENTACIONES Y PRIORIDADES PASTORALES
EN LA DIÓCESIS DE CÓRDOBA
PARA LOS PRÓXIMOS AÑOS


1. TRABAJAR POR CRECER EN LA COMUNIÓN,
COMO MODO DE VIDA DE LA IGLESIA
Y SIGNO DE LA VERDAD DE LA FE PARA EL MUNDO.


Esto significa reconocer y afirmar la sacramentalidad de la Iglesia como lugar donde nos encontramos con Cristo, y como método para que se cumplan en las personas las promesas de Cristo (vivir en la verdad, en la alegría, en la caridad, posibilidad de una certeza en la esperanza de la vida eterna).

1º. Favorecer y fomentar el reconocimiento mutuo, el afecto, y la colaboración en la misión, dentro del respeto mutuo, de las distintas vocaciones, estados de vida y carismas en la Iglesia (sacerdocio ministerial, vida consagrada, fieles cristianos laicos).

2º. En el ámbito del presbiterio diocesano, cultivar el espíritu de comunión verdadera entre los sacerdotes, con la colaboración de la Delegación Diocesana del Clero:
- Aprovechando las reuniones de arciprestazgo, lo mismo que otras ocasiones de encuentros formales e informales, para crecer en la comunión.
- Tratando de que en nuestra relación no queden aspectos fundamentales de la vida fuera, y haya por parte de todos, compañeros, arciprestes, vicarios, y obispo, cada cual según su responsabilidad, una atención a la persona del sacerdote y a su bien integral.
- Participando todos más en las convocatorias diocesanas, en primer lugar personalmente si es posible, y alentando la participación de los fieles si corresponde.
 
3º. Promover de forma especial la comunión y, donde sea posible, y dentro del respeto profundo a la vocación de cada uno, también la colaboración con la vida consagrada y con sus obras en la única misión de la Iglesia.

4º. Cuidar que el conjunto de la actividad pastoral en las parroquias y en todas las demás comunidades e instituciones de Iglesia se manifieste más claramente la sacramentalidad de la Iglesia como lugar de encuentro con Cristo, para la vida de los hombres:
- Favoreciendo siempre, en la medida de lo posible, la comunión y la colaboración de distintas realidades eclesiales, tanto en las parroquias y arciprestazgos como en las Vicarías y en la pastoral diocesana.
- Haciendo siempre explícito, en cualquier tipo de actividad (también en las obras educativas y sociales) que toda la razón de ser de la Iglesia y de sus obras es anunciar a Cristo, y comunicar la vida que Cristo da a los hombres.
- Recordando que ninguna realidad de Iglesia (institución, grupo o comunidad) termina o acaba en sí misma, sino que en la vida propia de la comunión de la Iglesia cada miembro, cada parte del cuerpo, remite a la totalidad del cuerpo, y sobre todo a Aquél de quien la totalidad del cuerpo es expresión, “sacramento”.
 
5º. Impulsar decididamente la creación de los Consejos de Economía y de Pastoral Parroquiales.

6º. Dar los pasos necesarios para la creación del Consejo Diocesano de Pastoral.

7º. Favorecer y promover lo más posible la dimensión comunitaria de las parroquias y otras instituciones de la Iglesia.


2. RECUPERAR EL GOZO DE LA EVANGELIZACIÓN
EN UN MUNDO SECULARIZADO
COMO LA ÚNICA MISIÓN DE LA IGLESIA.


“Preveo -decía el Papa Juan Pablo II en el nº 3 de su Encíclica Redemptoris Missio-, que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos”. De todos es conocida su insistente llamada a la Nueva Evangelización. También lo es aquel famoso pasaje de Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi 14, en que afirmaba una vez más que la evangelización es la única misión de la Iglesia: “La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y una misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa”. Porque somos conscientes de ello, y también de que “la fe se fortalece dándola” (RM, passim), nosotros queremos obedecer a la llamada del Santo Padre a la Nueva Evangelización trabajando decididamente por que la vida de nuestra Iglesia sea un anuncio permanente, con la palabra y con el testimonio de la propia vida (testimonio en donde la comunión es el elemento determinante), de que Jesucristo es la esperanza de los hombres, y la fuente de una humanidad verdadera.

1º. Optar por una evangelización que se centre en la persona de Cristo y que tenga siempre en cuenta ese “principio esencial de la visión cristiana de la vida” que es “la primacía de la gracia”, aprovechando todas las ocasiones pastorales:
- Celebraciones litúrgicas, especialmente en las que asisten alejados y personas sin referencias de vida cristiana. Potenciar para ello la Delegación Diocesana de Liturgia.
- Espacios diversos de educación en la fe, y especialmente las catequesis pre-sacramentales.

2º. Cuidar la fe del pueblo cristiano, y tratar de despertarla donde está adormecida, se ha perdido o no existe, a través de los instrumentos y realidades diocesanas que favorecen el despertar de la fe o el acercamiento a ella: Misiones populares renovadas, Cursillos de Cristiandad, Comunidades Neocatecumenales, Comunidades religiosas u otras realidades eclesiales dedicadas a la evangelización, Movimientos antiguos y nuevos, etc.

3º. Revitalizar la catequesis, como un proceso de crecimiento y de maduración en la fe, con especial atención a los jóvenes y a los adultos, y seguir trabajando en la recepción del Catecismo de la Iglesia Católica y del Directorio General de Catequesis como instrumentos fundamentales de referencia para la educación en la fe.

4º. Cuidar la atención pastoral al catolicismo popular que se expresa sobre todo en las Hermandades y Cofradías, de modo que se ayude a las personas a descubrir y a vivir con gozo la riqueza de la fe en todas sus dimensiones, para que puedan a su vez ser sujeto activo y consciente en la evangelización del mundo.

5º. Favorecer el conocimiento, la difusión y la utilización, y continuar desarrollando desde donde están, los centros diocesanos de estudio y de formación, con una especial atención a la formación teológica y bíblica de los laicos.
 
6º. Desarrollar la Delegación de Medios de comunicación social como instrumento de evangelización, y promover la difusión de la revista diocesana Primer Día.

7º. Afrontar de un modo adecuado a cristianos, y en el contexto de Córdoba, la relación entre el cristianismo y las demás religiones, particularmente el judaísmo y el islam.

8º. Iniciar los pasos para que, si se dan las condiciones adecuadas, la Diócesis asuma, en los modos previstos por la Iglesia, un territorio de misión ad gentes en otro continente.


3. DEDICAR UNA ATENCIÓN PASTORAL PREFERENTE AL MATRIMONIO Y A LA FAMILIA, A LA JUVENTUD Y A LA PROMOCIÓN DE LAICADO (DE UN PUEBLO CRISTIANO CONSCIENTE DE SU IDENTIDAD), COMO ÁMBITOS ESPECIALMENTE URGENTES DE EVANGELIZACIÓN.

La problemática que hoy acucia la vida de tantos matrimonios y familias, así como la preocupación por los jóvenes, son retos especialmente fuertes en nuestro mundo. Son también, si se afrontan adecuadamente, un cauce privilegiado para mostrar la suprema pertinencia y conveniencia del evangelio para la vida real, es decir, el bien que Jesucristo y la vida de la Iglesia son para las personas.

1º. Potenciar y desarrollar las Delegaciones Diocesanas de Matrimonio, Familia y Vida, de Juventud, y de Apostolado Seglar, incorporando a ellas personas de distintas realidades eclesiales y contando más con las comunidades religiosas que trabajan en estos campos.

2º. Asumir, difundir y utilizar más en la vida pastoral el reciente documento sobre el matrimonio y la familia de la Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, así como los instrumentos formativos que seguirán de la Subcomisión de Familia de la Conferencia.

3º. Potenciar, dentro de la dimensión comunitaria de la vida de la Iglesia, los cauces por los que unos matrimonios ayudan y acompañan a otros matrimonios, bien en el ámbito de la comunidad más inmediata, sea parroquial o de otro tipo, o bien mediante la creación en la Diócesis de cauces específicos de ayuda profesional al matrimonio y la familia.

4º. Facilitar más la participación de los fieles en las iniciativas diocesanas que existen o se vayan poniendo en marcha en este sentido en los ámbitos del matrimonio y la familia o de pastoral de la juventud.

5º. Hacer en algún momento una reflexión a fondo sobre los problemas que plantean estos ámbitos (familia, juventud, presencia de los laicos cristianos en el mundo del trabajo y de la vida pública, etc.), así como sobre la vocación específica de los fieles cristianos laicos, que nos permita abordar estos retos con más conciencia de sus posibilidades para la evangelización.

6º. Favorecer programas de educación afectiva y sexual para adolescentes basados en la antropología cristiana y en el magisterio de la Iglesia.

7º. Favorecer y potenciar, en las parroquias, en las familias y en las comunidades cristianas, la pastoral vocacional, tanto para los Seminarios Diocesanos como para las distintas formas de vida consagrada.


4. PROMOVER UNA CULTURA DE LA CARIDAD / GRATUIDAD, EN EL SENO LA IGLESIA, Y EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE, TAMBIÉN EN EL MUNDO, COMO SIGNO DE LA GRATITUD POR LA REDENCIÓN Y DE AMOR AL HOMBRE EN EL QUE CRISTO SE ENCARNA, Y COMO LA ÚNICA CULTURA QUE CORRESPONDE VERDADERAMENTE AL SER DEL HOMBRE.

Hablar de una “cultura de la caridad” como la cultura de la Iglesia, y como la cultura que la Iglesia promueve en el mundo, es, en primer lugar, recuperar el concepto de “caridad” en su riqueza y en su densidad teologal plenas; es también poner de manifiesto que la caridad no es para la Iglesia una cuestión de “expertos”, o reductible a tareas u obras asistenciales o promocionales. Se trata de la expresión visible del modo de vida de un pueblo, para el cual la dignidad de cada persona humana es siempre algo sagrado, y el amor a la verdad y al bien de la persona, de cada hombre y de cada mujer, la actitud.

1º. Continuar con nuestra opción preferencial por los pobres, con especial atención a las nuevas pobrezas que surgen en nuestra sociedad, e iluminando las tareas que llevamos a cabo en este sentido con una conciencia cada vez más clara de lo que significan como expresión de la vida que el Señor hace posible en nosotros y de la gratitud por ella.

2º. Dedicar una atención especial a los enfermos, creando si fuera preciso en las parroquias equipos de visitadores de enfermos, o de ministros extraordinarios de la Eucaristía, de modo que los enfermos puedan experimentar lo más cotidianamente posible el cuidado maternal y la compañía de la Iglesia.

3º. Seguir promoviendo, a través del Instituto Diocesano de Pastoral Redemptor Hominis, el conocimiento, la difusión y el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia. Alentar desde el Instituto, en su momento, una reflexión conjunta con las personas que trabajan en ámbitos específicos de las necesidades y de las pobrezas humanas, para comprender más concretamente qué significa una “cultura de la caridad”.

4º. Creación de las Cáritas Parroquiales (o interparroquiales si es verdaderamente más útil) donde no existan, y promoción de las que existen, descubriendo el espíritu y la misión específica que tienen.

5º. Compromiso para seguir manteniendo entre todos la casa para marginados sin hogar «Madre del Redentor».

6º. Creación y desarrollo de la Delegación Diocesana para la atención a los Inmigrantes.

7º. Desarrollo y cuidado de la Delegación Diocesana de “Manos Unidas”.

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