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Homilía en la Misa de Oración por la paz

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 07/04/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, IV-VI de 2002. Pág. 315



Celebramos esta Eucaristía en el tiempo de Pascua. Todos los días de esta semana de la Pascua son solemnidad, son fiesta grande. Y la Eucaristía de hoy, memoria de la resurrección de Jesucristo, es la clave de la esperanza humana, de la esperanza del mundo. Muchas personas en la Iglesia llaman a este domingo el de la Misericordia Divina, justamente porque la oración de la misa dice “Oh Dios, que por tu infinita misericordia has revelado la resurrección de Jesucristo”.

La fiesta de la misericordia nos hace ver que la resurrección de  Jesús es precisamente la fuente que abre para el hombre la esperanza verdadera. Todo el significado de la redención de Cristo, de la encarnación, de la pasión y muerte que acabamos de celebrar, y de la resurrección es justamente que los hombres tengan vida, para que nosotros vivamos. La resurrección de Cristo es la clave del reconocimiento verdadero de la dignidad de la persona humana, el fundamento último de los derechos humanos. Si Cristo no ha resucitado, si cada persona humana no tiene un destino eterno e infinito, garantizado por la sangre de Cristo, por el sello de Dios, la vida humana queda al juego exclusivo de las luchas de poder, de los intereses humanos. Y entonces, esos deseos del corazón de una unidad más grande de una convivencia afectuosa de unos con otros aparecen como deseos sin objeto, sin finalidad, destinados exclusivamente a frustrarse, a deshacerse. Por eso toda la obra redentora de Cristo, como todo al obra de la creación, es una obra de amor. Pero en la redención de Cristo se manifiesta esa dimensión misericordiosa del amor de Dios, repito, fundamento del sentido de la dignidad de la vida humana, del reconocimiento del valor sagrado de cada persona humana, y fundamento de unas relaciones únicas que sólo se pueden dar en el seno de un mundo cristiano en el que se reconoce en cada persona el destino único de la vida eterna. Los hombres somos en la historia compañeros de camino para la vida eterna, llamados a ser, en definitiva, hermanos.

En esta celebración se une otro aspecto que nos pone ante los ojos muy crudamente la necesidad de apoyarnos en esta verdad profunda de la resurrección, y que es la llamada que hace tres días el día 5 hizo el Papa a que en todas las iglesias del mundo en este domingo se orase por la paz en Oriente Medio, especialmente por la paz en Tierra Santa, por la paz entre el pueblo de Israel y el pueblo Palestino. Oramos no simplemente para hacer un gesto público de solidaridad con el dolor humano. Oramos porque sabemos que Dios escucha la oración. Oramos para pedirle a Dios que Él realice lo que a los hombres parece imposible. En efecto parece imposible la paz entre esos dos pueblos. Es una guerra que, intermitentemente, dura ya casi 55 años, desde el año 1947. Y es una paz que parece imposible porque cualquier prevalencia de uno sobre otro puede conducir a la exterminación de uno u otro. Solo desde Dios, y desde la perspectiva de Dios, cabe la posibilidad de que se abra un camino nuevo que respete los derechos del pueblo de Israel, tan sacudido por la historia, y que al mismo tiempo respete la dignidad los derechos del pueblo Palestino que vive allí y que no puede ser echado impunemente de su casa. Esas dos exigencias que parecen inconciliables, y que de hecho humanamente son agravadas porque en las dos culturas existe -o forma parte de su mundo cultural- la idea de la venganza, sólo la conversión, la vuelta a Dios, puede abrir un camino de esperanza, porque, en definitiva, sean lo que sean las culturas, el corazón de los hombres está hecho para la paz, para convivir, para poder mirar un rostro humano y reconocer en él un posible hermano, o al menos alguien a quien debo tratar como yo desearía ser tratado. Eso es algo que está inscrito en el corazón del hombre.

Nosotros, que conocemos la dignidad de cada persona humana, porque sabemos que Cristo ha resucitado, vamos a pedir por esa paz imposible, para que todos los que puedan contribuir en ella abran su corazón a los deseos de paz y comprendan las necesidades del otro; que haga posible la reconciliación y el perdón. Subrayo esta idea del perdón porque se hace muy evidente para llegar a la paz en ese conflicto, en todos los conflictos humanos, pero en ese de una manera especial. La dinámica de la venganza es una espiral que no termina nunca. La venganza puede siempre justificarse por las heridas hechas -que siempre las hay- y por un reclamo de la justicia. La justicia reclama venganza. O se puede introducir en esa dinámica de la justicia un elemento que hace posible una justicia mayor, que es el elemento de la misericordia, el elemento del perdón, o realmente no hay posibilidad de solución para ningún conflicto humano. El Papa decía en su discurso para el 1 de enero de este año en la Jornada Mundial de la Paz: “No hay paz sin justicia”, sin una justicia equitativa para todos; y “no hay justicia sin perdón”. De alguna manera los dos pueblos implicados directamente en ese conflicto -aunque un conflicto en el Oriente Medio ahora mismo es facilísimamente exportable a un conflicto Mundial, Dios no lo quiera- tienen experiencia, aunque no sea como la nuestra, de la misericordia de Dios. El Corán comienza con la invocación en el nombre de Dios clemente y misericordioso; por tanto hay una experiencia de la misericordia de Dios. Y basta leer cualquier texto del antiguo testamento. Pienso en el profeta Oseas, o en Ezequiel, o en Jeremías o en el mismo Pentateuco. La historia de Israel es la historia de una misericordia, aunque no sea la misericordia definitiva: la roca sobre la que uno pueda construir la vida. La vida es amor y es misericordia, porque Dios es amor y es misericordia. Pero aunque para ellos no sea como lo dimos los cristianos, sí tienen una experiencia de la misericordia de Dios.

¡Señor, abre los corazones! Esa misericordia es lo único que puede generar la energía, el deseo eficaz y los medios para una paz verdaderamente justa. Supliquemos hoy todos al Señor, insistentemente, por esta paz. Y pidamos también al Señor que cada uno de nosotros, en los conflictos más pequeños en los que nos vemos implicados diariamente, que podamos ser por esta misma vía, que es la única, constructores de paz. La paz empieza en el corazón de cada persona por la gratitud de la misericordia recibida. Que el Señor haga florecer en el corazón de cada uno de nosotros, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros vecinos, en nuestros lugares de trabajo el deseo ardiente de la verdadera paz, de la paz que nace de Dios y que genera como fruto una humanidad buena, una humanidad que se mira con afecto: que nos miremos con afecto unos a otros.

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