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Palabras del Obispo en la clausura del Encuentro Diocesano de Pentecostés

Casa de San Pablo de Cursillos de Cristiandad

Fecha: 18/05/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, IV-VI de 2002. Pág. 321



Yo quisiera subrayar algunos puntos que han aparecido a lo largo de los testimonios.

El pensamiento que probablemente caracteriza más nuestro tiempo se llama nihilismo, que significa (nihilismo viene de una palabra latina “nihil”) nada. Y el nihilismo viene a decir que nada es serio, que no hay nada que dé sentido a las cosas, que la realidad no tiene ningún sentido, que la vida no tiene ningún sentido, que el origen nuestro es nada, y que el fin de nuestra vida es nada.

Jean Paul Sartre, uno de los  filósofos que citaba esta mañana José Luis Restán, educó en los años sesenta a una buena parte de la juventud que leía sus obras con pasión pensando que iban a descubrir el mundo. Pero lo que encontraban era lo que dio título a una de sus obras, “La náusea”. Y esa náusea sigue viviendo en el mundo, y dice que el hombre no es más que una cerilla que se ilumina entre dos oscuridades. Esto es quizá la forma de vida y el pensamiento que más caracteriza al hombre de nuestro tiempo: la vida es nada, y las palabras son todas vacías, y el amor es una mentira, y todo lo que el hombre hace es en realidad una gran mentira, porque todo, en el fondo, es nada.

Y todo lo que parece serio, no es nada más que una forma de mentir, porque lo que caracteriza las relaciones humanas, la actividad del hombre, es la voluntad de poder. Y lo que parece amor, en realidad no es más que luchas de poder: entre el hombre y la mujer, entre los padres y los hijos, o entre los hijos y los padres, luchas de poder entre las organizaciones humanas, entre las empresas, luchas de poder entre los partidos, y luego entre los Estados. Y fuera de eso no hay nada. Es terrible, y muy pocas veces lo encontraréis formulado con esa crudeza, pero lo cierto es que ese es el pensamiento que hoy parece dominante en el panorama mundial que trata de justificar la praxis y los modos de actuar de millones de personas; lo que está detrás de muchos de los mensajes que recibimos y de muchos de los periódicos que leemos.

El pensamiento nihilista tiene un padre, conocido, igual que los testimonios que hemos oído tienen todos un padre conocido, es decir, un momento en el que suceden. El padre del pensamiento nihilista es un filósofo alemán que se llamaba Federico Nietzsche. Y Nietzsche escribió una obra, hecha de frases sueltas que va acumulando a lo largo de su vida, que se llamaba “El anticristo”. Es una obra cargada de resentimiento contra la fe cristiana. Yo he recomendado a los seminaristas que lean a Nietzsche, porque estoy convencido que esa es la forma de pensamiento que domina, la que se esconde detrás de muchos “dogmas” aceptados por la mayoría sin la más mínima discusión. La experiencia cristiana está en las antípodas de este pensamiento nihilista. Los testimonios que hemos escuchado y que se han referido al amor entre los esposos, y a la capacidad de un amor gratuito con los más pobres, y a la posibilidad de vivir el trabajo y las relaciones laborales como algo que construye la persona y la vida social, y al valor de la educación como ayuda para introducir a cualquiera en una verdadera relación con la realidad; toda esa vida proclama que la realidad, la creación, merece la pena, tiene un sentido, es positiva.

Recuerdo un pasaje del anticristo de Nietzsche  que a mí me marcó mucho cuando lo leí. Dirigiéndose él a los cristianos, decía más o menos: “Mejores canciones tendríais que cantarme para que yo creyese en vuestro Redentor, que ése, a quien vosotros llamáis vuestro Redentor, da la impresión de que os ha atado a todos con cadenas, y todas vuestras canciones son tristes. Así no hay manera de que nadie pueda tomarse en serio vuestro mensaje”. Evidentemente no se refiere a las canciones, sino a una pregunta que también se hacía un gran cristiano del siglo XX, Bernanos, que en cierta ocasión escribía: “Vosotros decís palabras terribles, palabras como gracia, perdón de los pecados, vida eterna... Si esas cosas que decís son verdad, ¿dónde demonios escondéis vuestra alegría?”.

A este mundo desesperado tras el espejismo de las ideologías sólo le queda el poder puro y duro, la nada. En un contexto así, nosotros somos portadores de una alegría que nace de la fe, de la presencia de Cristo en la realidad entera que llena todo de significado, capaz de sostener nuestro amor, nuestras familias, nuestro trabajo. Hemos encontrado la razón para dar la vida contentos. La alegría. Y nuestra primera misión es justamente que los hombres puedan reconocer nuestra alegría.

El premio Cervantes 2002, Alvaro Mutis,  decía días antes de recibir su galardón: “A mí la literatura no me ayuda a entender la realidad, sino que me permite escapar de un presente que detesto”. Si la vida es detestable... para nosotros no. Porque hemos encontrado a Jesucristo, la vida no es detestable. La vida puede ser dura, puede tener momentos difíciles, pero hay siempre Alguien conmigo que conoce el final de la historia, y que sabe que el final de la historia es el de un amor que ha vencido ya al enemigo del hombre, a la muerte en todas sus formas. El enemigo puede ser muy poderoso, pero Cristo ha vencido al mundo, Él ha vencido a nuestro enemigo, Él ha vencido la tristeza que brota de la nada.

La primera misión no son “cosas que hacer”... Lo más importante que hoy se nos da, en este bellísimo Encuentro, en los testimonios que acabamos de escuchar, es el fortalecimiento de nuestra fe, la certeza en la presencia poderosa de Aquel que es para nosotros motivo de alegría y de acción de gracias, fuente de nuestra comunión. Esta comunión es la que acontece, de un modo misterioso, en la Eucaristía que celebraremos dentro de un rato.

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