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Homilía en la solemnidad del Corpus Christi

Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 02/06/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, IV-VI de 2002. Pág. 331



Mis queridos hermanos sacerdotes, seminaristas, miembros de la Agrupación de Cofradías, representantes de la autoridad municipal y queridos niños que habéis hecho todos este año la Primera Comunión. La tenéis recientita, ¿no? Me imagino que la mayoría la habréis hecho en el mes de mayo. Sois los predilectos del Señor, los que estáis más cerca de Él y Él más cerca de vosotros.

Mis queridos hermanos y amigos, un año más nos reunimos sencillamente para celebrar y dar gracias por el don más grande que es la persona de Jesucristo. Pan de nuestra vida, sustento de nuestra vida, alimento de nuestra vida. Sin Jesucristo la vida humana no realiza su plenitud, no descubre su vocación, no descubre su verdad, su destino; y por lo tanto, no puede vivirlo, aunque lo intuye, porque no tiene la energía del Espíritu para vivir y caminar en la vida según esa verdad. Por eso Jesucristo es el bien más grande, es el regalo más grande. Yo sé que a vosotros os han hecho, con motivo de la Primera Comunión, un montón de regalos, ¿verdad que sí? Pero el regalo más grande en la vida, no sólo el día de la Primera Comunión sino toda la vida, es el Señor. El mismo Jesús es un regalo precioso, que vale más que la vida incluso, porque la vida es bonita gracias a que está el Señor. Y la vida es bonita, no porque en ella no haya dificultades -que las hay y muchas-, o no porque en ella hagamos las cosas mal -que las hacemos-. La vida es bonita porque es un don del amor de Dios y porque el Señor y su misericordia y su amor es más grande que todas las pequeñeces que pueden hacer la vida difícil, oscura, muy dura a veces. Y por eso celebramos al Señor siempre. Estar junto al Señor, o recordarle, es un motivo de alegría.

Hemos terminado el año litúrgico en el que la Iglesia va celebrando lo que el Señor ha hecho por nosotros. Ese año empieza por noviembre, en Adviento, cuando nos empezamos a preparar para la Navidad; luego celebramos la Navidad, los Reyes, y luego celebramos la Pasión del Señor y la Semana Santa y luego su Resurrección y el don del Espíritu. Eso es lo que el Señor ha hecho por nosotros, que se puede resumir en una cosa muy sencilla: el Señor ha venido a compartir el camino de la vida, nuestro, de los hombres. Desde el niño recién nacido, que llora porque de repente se siente fuera del calor del seno materno y no conoce todavía nada de lo que es mundo, hasta el llanto de los enfermos o la traición de los amigos, que también la experimentó el Señor y la soledad de ser víctima de un juicio injusto. El Señor ha compartido nuestra condición de hombres y mujeres para mostrarnos el amor infinito de Dios. Eso es lo que Dios ha hecho por nosotros: entregarnos a su Hijo para hacernos a nosotros hijos de Dios; unirse a nosotros, hacerse amigo nuestro para que nosotros participáramos de su vida, para que pudiéramos vivir toda la vida sostenidos por Él. Jesucristo, el Hijo de Dios, se ha hecho compañero nuestro de camino, amigo cercano, ha experimentado la soledad, las lágrimas y el sufrimiento de los hombres. Nos ha hado su vida y la ha dado por nosotros, y nos ha dado su Espíritu para que nosotros podamos vivir con Él dentro de nosotros, de tal manera que nosotros, que éramos criaturas de Dios, ahora somos hijos de Dios y participamos de su misma vida, porque Jesucristo está en nosotros.

Entonces, en este día del Corpus ¿qué es lo que celebramos? Pues todo eso junto: la Navidad, la Semana Santa, la Pasión, todo junto. Celebramos que el Señor está en medio de nosotros y está para siempre. En realidad la Eucaristía es el modo, uno de los modos -el más importante-, por el que el Señor cumple una promesa que les hizo antes de entrar en el cielo a los discípulos. ¿Os acordáis cuál es esa promesa? A ver, ¿quién lo sabe? “Que nos iba a dejar el Espíritu Santo y que iba a estar con nosotros siempre”. Exactamente, que iba a estar con nosotros todas los días, hasta el fin del mundo. No sólo los días bonitos que estamos contentos, también los días tristes, también los días grises, también cuando llueve y hace sol. En todas las estaciones. El Señor es amigo nuestro en todas las estaciones, todos los días está con nosotros. Y sobre todo está ahora de varias maneras: está, por ejemplo, a través de su Palabra que nos recuerda lo que el Señor nos dice, nos recuerda su amor, lo que ha hecho en la historia por nosotros. Está también -y esa es su forma más plena- a través de todos los Sacramentos, pero sobre todo en el Sacramento de la Eucaristía, porque allí está Él mismo en esa forma de alimento nuestro. ¿Para qué? Pues para sostener nuestra vida. ¿Qué nos pasa cuándo no comemos? Que nos morimos. Pero antes de morirnos nos quedamos flacos y pasamos mucha hambre, ¿no? Y no es bonito pasar hambre. ¿Habéis tenido mucha hambre alguna vez? Mucha mucha no, porque en realidad vivís en un sitio donde… Pero vamos, eso de que cuando está uno acostumbrado a tener el bocata todos los días y que pasen las horas y no haya el bocata un día… ¿Verdad que se hace un agujero aquí tremendo? Bueno, pues imaginaros si eso es un día, dos días, tres días, muchos días… Si nos falta el Señor es como si hubiera en nuestra vida mucha hambre. ¿Hambre, de qué? Del amor de Dios. ¡El hambre que tenemos es hambre del amor de Dios! Y si nos falta el alimento que es el amor de Dios, la vida se queda pequeña, triste, pierde su razón para vivir, su razón para estar contento, para esperar.

Por eso nosotros hoy le damos gracias al Señor por su promesa, porque nos prometió estar siempre entre nosotros y porque esa promesa la cumple. Y os estaba diciendo que la cumple a través de su Palabra, la cumple a través de los Sacramentos. Y de todos los Sacramentos, aquél en el que el Señor se nos da más cerca y más intensamente es el Sacramento de la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor. ¿Y sabéis de otra forma en que está también? Es muy bonito, y muy importante, acordarse que también está en esa forma cuando nos queremos. En realidad todo el amor que hay en el mundo es como un reflejo del amor de Dios, porque todo tiene su origen en el amor de Dios. El amor con el que os quieren vuestros padres. ¿Verdad que es muy bonito que os quieran vuestros padres? Si no os quisieran sería muy triste la vida. Pues el amor con que os quieren vuestros padres, el cariño que os tienen, es un reflejo: como cuando habéis visto en un río que se refleja el sol y parece como si brillara, como si tuviera perlas o diamantes o cosas así, y brillan, o la luna en el mar también. Todo amor bueno que hay en esta vida es un  reflejo, como todo lo que hay en esta vida es un signo de Dios, todo. Y el reflejo y el signo más grande, las personas, es una imagen de Dios. Entonces, cuando el Señor está entre nosotros y nos da su Espíritu, una cosa muy bonita que pasa es que todos somos un cuerpo, que todos somos un Pueblo unido con un solo corazón y con una sola alma, y todos podemos querernos, y ese querernos es un signo de que Dios está entre nosotros.

Dejadme ahora que hable un poquito para los mayores, y vosotros pensad lo que os he estado diciendo. También en la amistad con vuestros amigos, o el cariño de los hermanos o de los titos. Todo lo que hay de cariño bueno en esta vida es un reflejo de  Dios y tiene su fuente en el amor de Dios por nosotros, por eso nos habla de Dios. Nada habla tanto de Dios como el amor. Quedaros saboreando un poquito eso, yo les quiero decir alguna cosa más también a los mayores.

A nadie se os escapa, y todos lo tenéis en vuestra mente, que celebramos este año el Corpus en un momento de dolor para el mundo, de dolor para mí, como Obispo de la Iglesia católica, de dolor para la Iglesia católica y de dolor para España, en un contexto en el que nuestra historia y nuestra realidad tiene tanto que ver con la belleza que ha surgido de la fe, pero también con los errores o pecados que cometemos quienes estamos en la Iglesia.

No quiero juzgar, no puedo juzgar como si yo estuviera por encima de ellos, a mis hermanos obispos del País Vasco. Mis pecados son probablemente mucho mayores. Y cuando digo que no puedo juzgar es porque no soy capaz de ponerme en su lugar, ni sé qué hubiera hecho. Por tanto no es mi pretensión juzgarlos como uno que se considerara a sí mismo ni mejor ni más bueno en ningún sentido; pero me duele la realidad de un escrito que hace daño a la Iglesia, y que hace un profundo daño a la fe. Probablemente la situación, y las presiones de un sector de la población vasca explicarían esta situación, pero no la justifican. Si creemos en Jesucristo, nuestra fe en Él es una fuente de libertad. Y tomar partido en una cuestión que divide al pueblo cristiano en el País Vasco, y hiere profundamente al pueblo español en todos los sentidos, es un error grave porque confunde la fe del pueblo. En la medida en que, como Obispo, me siento responsable con ellos de todo lo que suceda en la Iglesia, pido perdón por ese error, porque es un error grave. Tenemos que pedirle al Señor, y es a esto a lo que nos llama la presente situación, que recuperemos todos la verdad de la fe. En la historia, incluso en la historia reciente de España, nada hace tanto daño a la fe como el querer sostenerla desde instancias políticas o ideológicas. ¿Por qué? Porque es como si la fe en Jesucristo no pudiera sostenerse por sí misma o desde sí misma. Eso, en nuestra historia, ha deteriorado mucho la fe del pueblo cristiano, porque lo confunde. Y esto es en el fondo, a mi humilde juicio, lo que pasa en el País Vasco, donde la fe tiene unas adherencias ideológicas tremendas. Pero esas adherencias son un daño para la fe misma.

¿Cómo es posible que uno pueda tomar partido y no darse cuenta de que las víctimas, quienes sufren, están todas de un lado? Ese error es un error nuestro y espero que podamos convertirnos. La única respuesta a este error grave es la conversión, es decir, apoyarse más en el Señor, caer en la cuenta de que a quien necesitamos es a Jesucristo, no soluciones humanas, no soluciones que son, en el fondo, sólo políticas. Todo lo que construya la comunión y la fraternidad entre los hombres en ese orden será bueno, ¡claro que sí! Pero nuestra esperanza no está en ningún tipo de ideología. Nuestra esperanza está puesta en Jesucristo. Y nosotros, como Iglesia, vivimos en este mundo sostenidos por la fe en Jesucristo y por la comunión.

Escuchábamos en la segunda lectura de hoy: “Todos somos miembros del mismo cuerpo”. ¿Y dónde aparece este criterio en la problemática que estamos tocando? Todos comulgamos del mismo Pan, y Jesucristo no hay más que uno. No hay un Jesucristo para los vascos y otro para los que no son vascos, o no hay un Jesucristo para los nacionalistas y otro para los no nacionalistas. ¿Qué determina nuestra vida? ¿La ideología o el partido en el que estamos, o la determina nuestra fe cristiana? Si somos cristianos, y más aún si somos sacerdotes (os lo digo a vosotros y me lo digo a mí, para que si un día yo actúo o hablo delante de vosotros en una clave que no sea la de Jesucristo, seáis vosotros los primeros en corregirme porque no estaría haciendo un servicio a la misión que el Señor me ha confiado sino a otra cosa), lo que determina nuestra posición frente a la realidad es la fe. En repetidas ocasiones el Papa nos ha recordado que la Iglesia no se confunde con una determinada posición política o social, ni está vinculada a una ideología o a un partido, ni a un modo determinado de concebir la vida social. Lo que sí se debe exigir a los partidos es que salvaguarden la dignidad humana y la vida moral y los derechos fundamentales de las personas. Pero lo que ha sucedido en este caso es que se ha tomado una opción política nacionalista, evidentemente nacionalista. En un contexto de división tan trágica como se está viviendo en el País Vasco y en toda España, con sangre y con tantos muertos por medio, decantarse por un sector es un error grave. Y yo no quisiera que ese error lo pagase nuestra fe.

¿A qué nos invita esta situación? A convertirnos, a mirar más al Señor, a aprender del Señor eso que decía el Concilio, que la Iglesia es vínculo de unión entre los hombres, y lo es cuando vivimos para Jesucristo. La Iglesia tiene una misión social que hacer muy importante, pero somos tanto más capaces de hacerla, cuanto más libres somos, precisamente por la libertad que nos gana el Hijo de Dios. Cuanto menos determinada está nuestra vida por el Hijo de Dios y más por opciones políticas o por compromisos con realidades de este mundo, menos capaces somos de sostener la fe y de sostener el bien que este mundo necesita.

Me parece que no es posible celebrar verdaderamente hoy el Corpus sin pediros que supliquemos juntos por esa purificación de nuestra fe, por esa purificación de nuestra libertad. Pedid también por nosotros, los pastores: que sepamos guiaros en esa libertad de la fe, que no nos dejemos determinar en nuestra misión por opción política alguna, porque habremos dejado de serviros a vosotros en aquello que es nuestra misión propia. Y pidamos perdón por el daño que esta intervención ha podido hacer. Precisamente, porque somos un solo Cuerpo, no me desentiendo de la responsabilidad de todo el Cuerpo. Cuando a uno le duele una mano, la otra no dice: “a mí no me importa”. Hay que curar esa mano. Tenemos que curar en nosotros lo que haya de adherencias ideológicas, de falta de libertad de la fe.

Vamos a pedir perdón también nosotros porque, de una manera o de otra, somos cómplices de ese modo de afrontar la realidad en el que la fe en Jesucristo no es el criterio determinante. Que el Señor tenga misericordia de todos nosotros, que cuide de nuestra fe, que es lo que más necesitamos para vivir; que cuide de nuestra adhesión a Jesucristo, que cuide de la gracia de Cristo y de la misericordia de Cristo en nosotros, sin la cual no hay posibilidad de una vida verdaderamente humana. Os lo juro por mi vida.

Hagamos juntos profesión de esa fe.

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