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Homilía en la Ordenación de Presbíteros

Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Santa Iglesia Catedral de Córdoba

Fecha: 29/06/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, IV-VI de 2002. Pág. 337



“¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”. La vida entera es demasiado corta y la palabra demasiado estrecha para expresar la gratitud a Dios por su misericordia con nosotros. El “yo” que se expresaba en el Salmo que hemos cantado en la lectura es el “yo” de la Iglesia, es el “yo” del mundo que da gracias a Dios por las maravillas del Señor en favor de los hombres. Esa maravilla es Jesucristo, el don de Jesucristo. Es toda la historia en la que Dios ha ido grabándose e implicándose hasta que fue posible un sí sin fisuras, capaz de acoger en sus entrañas el Verbo de Dios en la figura de aquella muchacha de Nazaret, de María. Pero el gran sí de Dios al hombre, la maravilla de las maravillas, es la Encarnación del Verbo, en la cual Dios se nos ha dado, desvela su misericordia infinita, ilumina nuestro camino de manera que aparece en el horizonte de la vida esa promesa de la vida eterna, de la vida inmortal. Y se nos da para nuestra peregrinación el don del Espíritu de manera que, sostenidos por Cristo mismo, hechos hijos de Dios por la Fe, el Bautismo y el alimento de la Eucaristía, podamos vivir nuestra peregrinación en una permanente acción de gracias, en una permanente explosión de alegría, en una permanente alabanza al designio misericordioso de Dios por su amor por nosotros.

Nos cuesta creerlo. No porque pensemos que Dios no sea capaz de maravillas, sino porque pensamos que nosotros no somos capaces de merecer un amor así. Y sin embargo esa es la inefable sorpresa, la inagotable fuente de alegría y de alabanza de la Iglesia. “¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de salvación invocando tu nombre”.

La Iglesia se expresa haciendo suya la alabanza de los Salmos, y así nos expresamos también nosotros dando gracias a Dios por su misericordia infinita. Pero esa misericordia, si estuviese limitada a un acontecimiento del pasado, no sería para nosotros, no tocaría nuestras vidas. Podríamos agradecer a Dios algo que hubiera hecho con algunos hombres en Palestina hace 2000 años, pero no tendría que ver con nuestras inquietudes, nuestros deseos, muestro corazón; con el deseo de felicidad que hay en nosotros, con el deseo, con la realidad del amor que hay en nosotros, con las frustraciones del amor que hay en nosotros; con las heridas del desamor o del egoísmo, con las heridas de la enfermedad y de la muerte, con la soledad que de tantas maneras amenaza como un virus el corazón humano, con la desesperanza de que la vida misma tenga un significado o valga la pena. Y esos virus, esas depresiones, son alimentadas de manera sistemática desde la opinión pública, desde los medios de comunicación social: “la vida no vale nada, la vida es un juego, la vida es una broma. Diviértete y no pienses nada, porque nada tiene respuesta”.

Y si Jesucristo fuera un acontecimiento del pasado no sería una respuesta. Pero no es, mis queridos hermanos, un acontecimiento del pasado. Jesucristo ha triunfado sobre la muerte y está vivo para siempre para interceder por nosotros, y su promesa es real. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Yo estoy con vosotros, seáis quienes seáis: de más cerca, de más lejos, quienes entendáis más, quienes entendáis menos, a quienes el lote de la vida ha dado más alegrías o más sufrimientos, a quien tiene más dudas o menos dudas. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

La acción de gracias que brota de la Encarnación del Hijo de Dios es, precisamente, inagotable porque, como dice el Concilio y recoge tantas veces el Santo Padre: “Por la Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a todo hombre a todo hombre y a toda mujer.” Y por la Fe y los Sacramentos somos partícipes de esa vida, de tal manera que esa unión, esa Alianza en su sangre nueva y eterna, se hace actual en nosotros. Cristo es contemporáneo nuestro, nosotros somos miembros de su cuerpo. Si ser cristianos tiene algún sentido, no es por seguir unas doctrinas, es por la Gracia infinita, inefable, de ser miembros del cuerpo de Cristo, de recibir su Espíritu y participar de su vida; ser hijos de Dios, vivir en la gloriosa libertad de los hijos de Dios, no determinados por ídolos como el poder o el dinero, o ese ídolo, el más vano de todos: la suerte, sino libres, porque sabemos quiénes somos, para qué se nos ha dado la vida, por qué el amor y la misericordia de Dios nos lo revela constantemente y nos sostiene en medio de la lucha y las dificultades de la vida. Nos sostienen en nuestra humanidad. Al modo como Cristo se hace presente y contemporáneo nuestro en su Cuerpo, que es la Iglesia, se le llama Sacramento.

Los Sacramentos no son ritos sin más, no son costumbres difíciles de entender y de explicar, con vestidos extraños y gestos extraños. Los Sacramentos son gestos que tienen sin duda una historia como la tienen todos los gestos. Hasta el modo en que pisáis en vuestras casas, hasta el modo en cómo os sentáis en la comida tiene una historia concreta, precisa. El modo de hacer estos gestos la Iglesia tiene una historia perfectamente explicable hasta el más pequeño de ellos, hasta el uso del incienso, la señal de la cruz, las inclinaciones de cabeza, todo, todo tiene una historia que forma parte de la historia de nuestro pueblo, la historia del Cuerpo de Cristo.

Pero no son ritos sin más. En esos gestos Cristo se hace presente, se hace actual, contemporáneo nuestro. La presencia que Él prometió está en la Iglesia, entre nosotros, el Pueblo santo de Dios, la Iglesia santa de Dios. Cuando decimos esta expresión, “Iglesia Santa de Dios”, seguramente vosotros no la aplicáis a vosotros mismos, quizás por un pudor elemental, porque uno es consciente de sus propios pecados, y dice: “¿como me voy a aplicar yo el adjetivo santo?”. Y sin embargo, también hoy es verdad; y cuando digo hoy, incluyo también todas las historias, incluso todos los escándalos que hay en la Iglesia. Cuando rezo el Credo digo: “Creo en la Iglesia Santa”, y lo digo con toda conciencia que estoy diciendo un verdad absoluta, una verdad sagrada. No porque los miembros de la Iglesia, mis queridos hermanos, vosotros, o nosotros los sacerdotes, o yo vuestro obispo, seamos santos en el sentido de no tener defectos, defectos temperamentales o defectos morales, o pecados. La Iglesia es Santa por otra razón; vosotros sois el Pueblo santo de Dios porque Cristo habita en vosotros y no os abandonará nunca. Porque cuando un sacerdote, incluso indigno, te perdona los pecados, no es el sacerdote quien actúa, es Cristo quien actúa. Y porque en ésta comunión de la Iglesia que es nuestro Pueblo cristiano, unida por los lazos del Bautismo y de la Eucaristía, está indefectiblemente la Misericordia y el Amor de Cristo que nos hace miembros de su Cuerpo. Por eso, pase lo que pase en los Medios… ¡Claro que en la Iglesia hay escándalos! ¡Claro qué en la Iglesia hay pecado! En todos los que somos miembros de la Iglesia; pero en la Iglesia hay siempre algo más que el pecado y la fragilidad de sus miembros, y ese algo más es la Santidad de Dios, el Amor de Dios, la Misericordia de Dios. Si la Santidad de Dios es su Misericordia, es su Amor, y ese Amor no nos falla nunca, la promesa de Cristo se cumple, y por eso vosotros sois el Pueblo santo de Dios. Y todos los que componemos el Cuerpo de Cristo somos la Iglesia santa de Dios. No por nuestras cualidades humanas y nuestras cualidades morales, sino por la presencia indefectible de Cristo en todos nosotros. Como decía antes, Cristo se hace contemporáneo nuestro, amigo nuestro, compañero de camino, sostén de nuestra fragilidad; brazo amigo para el momento de la caída, mirada alentadora para renovar una y otra vez la esperanza en la comunión de la Iglesia en los Sacramentos.

Y entre esos Sacramentos hay uno que es el que celebramos esta mañana, el Orden Sacerdotal, que tiene como finalidad sustantiva el hacer presente a Cristo de una manera personal en medio de la comunidad cristiana, en medio de su Pueblo. Ese es el significado de vuestra vida y el significado de vuestra misión. Y no hay nada más precioso que eso. Quisiera decíroslo, no con las palabras de un orador que dice cosas bonitas, sino con la autenticidad de un testigo: no hay un modo más grande de realizar la propia humanidad, la vocación de la persona, del hombre en cuanto hombre, que poder entregarle la vida a Cristo para que Cristo haga con mi vida su obra de amor, la Redención, su obra de generar en los corazones de los hombres la vida divina, la esperanza teologal, la certeza, la confianza en el amor de Dios; y al amor a la vida y a las personas y al mundo entero que brotan de esa esperanza. No hay nada más bello a lo que entregar la vida.

Podíais habérsela entregado a una mujer, y no sería más bello que vuestro ministerio. Podíais habérsela entregado a una familia, a unos hijos, y no sería más bello que vuestro ministerio sacerdotal. Si el Señor os ha llamado en verdad, como parece que os ha llamado, y si vosotros decís que sí a esa llamada, no estará vuestro corazón vacío ni desierto, os lo aseguro. Si le decís que sí al Señor y le entregáis vuestra no estará nunca vacío: lo llenará Cristo, lo llenará el espíritu de Cristo para darse a la Iglesia, y vuestra humanidad se entregará a la Iglesia, Esposa de Cristo, para que nazca en ellos la vida, y la fecundidad de vuestra vida será infinita. No es como la fecundidad de un padre, de un modo, también, inconmensurablemente más grande, distinto, pero no menos fecundidad; y no menos capaz de llenar el corazón de alegría, de gozo. Ojalá quiera el Señor que, con su Gracia, podáis experimentar esa plenitud, esa alegría de poder decir: “Mi vida es de Cristo y, porque es de Cristo, es de la Iglesia; y, porque es de Cristo, todo es mío: el mundo entero es mío”. Ojalá podáis experimentar esa alegría de ser, en un mundo cada vez más triste, “servidores de vuestra alegría”, como dice San Pablo (Cf. 2 Cor 1, 24). ¡Qué expresión más bella del ministerio apostólico! Servidores de vuestra alegría, de la alegría del Pueblo de Dios. Porque vuestra alegría no está en otro lugar más que si encontráis a Cristo, y mi vida está para que vosotros podáis encontrar a Cristo y conocer la alegría verdadera, la alegría de ser hijos de Dios, de tener una esperanza nueva que el mundo no puede dar, que no se compra: es la alegría de haber encontrado el amor infinito de Dios.

Tal vez haya sacerdotes o personas que os digan: “Pues nada, ánimo, ahora estáis en la luna de miel, pero luego, con el tiempo, se os vendrán las cosas abajo”. ¡Mentira! Mentira podrida. Yo os aseguro que tendréis esa alegría si vivís bien vuestra vocación. No os digo que no habrá momentos de prueba, que los va a haber, o que no haya momentos de dificultad o de tentación, ¡claro que los va a haber! Pero vuestra vida se cumplirá si permanecéis unidos en la comunión de la Iglesia con sencillez, sin doblez, y pidiendo, perseverando en la súplica al Señor: “por amor a tu Pueblo, no te olvides de mí, Señor”. Pedid por vosotros, por vuestra perseverancia, porque el Pueblo necesita vuestro testimonio sacerdotal, transparente, claro, nítido, libre, esplendoroso, de que Cristo lo es todo, y de que Cristo es la única esperanza, y de que todo lo demás, cuando está separado de Cristo, es mentira, porque sólo encuentra su verdad cuando está unido a Cristo; hasta el amor humano, el trabajo, la convivencia, la vida, separada de Cristo, no es más que una gran falsedad; unido a Cristo, todo tiene su significado bueno, todo tiene su valor, todo adquiere el puesto justo, verdadero, en la vida del hombre, al que corresponde un gozo: el gozo particular del trabajo, de la obra bien hecha, de convivir los hermanos unidos, del amor, de la familia, o del amor de los esposos. Y vosotros sois servidores de esa verdad del hombre que es la Revelación de Cristo, que es el don de Cristo, que es la misericordia de Cristo, y por tanto, servidores de la alegría del hombre, de los hombres. Yo os aseguro que si uno permanece en la comunión de la Iglesia buscando las ayudas que necesita, no encasquillándose en su propio orgullo, en su propia soledad, en sus propias cualidades, y suplicando humildemente la perseverancia por amor a su Pueblo, la fecundidad, la alegría de vuestra vida, la gratitud de vuestra vida, cuando llevéis 20, 25, 30, 50 años de presbítero será mayor que la de hoy.

Cuando os preguntaba antes en la sacristía: ¿Cómo estáis? Los tres me habéis ido diciendo cada uno con palabras ligeramente diversas, pero casi las mismas: “nervioso”. ¡Pero si Dios no viene a quitaros nada! Supongo que será nerviosos por Miguel y por la cámara de vídeo y por yo qué sé, pero no por otras cosas. ¡Si Dios es puro don! ¡Claro que esta celebración es una celebración hermosísima! De alguna manera es vuestra boda.

El otro día en una aldeita alguien me dijo:
-“Voy el sábado a la Catedral a una boda”.
-Y dije: “¿Cómo?”.
-“Sí, a la boda de un cura”.
-Y yo dije: “Pero ¿cómo? Será una boda que hace un cura.
-Sí, sí, si creo que la hace usted, pero es la boda de un cura, un cura que se casa con la Iglesia.

Claro, de alguna manera es vuestra boda, y eso justifica los nervios, ¡claro que es vuestra boda!

Todos nosotros le damos gracias al Señor de una manera bien sencilla por nuestra vida y le damos gracias al Señor por vuestro ministerio sacerdotal. Pero se la damos porque vuestro ministerio es para nosotros, no para mí como Obispo, sino para mí como persona. Cualquier día podéis tener, o puedo yo tener, la necesidad de que me perdonéis mis pecados y me quedarán perdonados por el Sacramento del Orden que hoy os confiere la Iglesia. Pero por la cuenta que nos tiene a todos, le damos gracias porque vuestras vidas son un regalo para todos, y son un regalo porque hace presente a Cristo. Ojalá todos los gestos de vuestra vida, todos los pasos que deis, todas las cosas que hagáis, todas las iniciativas que tengáis hagan presente a Cristo, proclamen a Cristo y susciten en el Pueblo cristiano, en los hombres y las mujeres, la alegría y la acción de gracias de poder decir: “Señor, ¡qué grande eres en medio de tu Pueblo! ¡qué grande eres en medio de nosotros! ¡qué alegría que no estamos solos en la vida, que Tú nos acompañas!” Y vosotros seáis un signo transparente, evidente, de que Cristo nos acompaña, de que Cristo está vivo. ¡Ojalá!

Eso es por lo que damos gracias, porque se hace posible en vosotros a través del Sacramento del Orden. Y eso es por lo que pedimos. ¿Verdad que lo pedimos con toda nuestra alma?

Tenemos escasez de sacerdotes, pero no necesitamos muchos, lo que necesitamos es que sean verdaderos sacerdotes. Bueno, si Dios nos da muchos verdaderos sacerdotes no le vamos hacer ningún asco, absolutamente ninguno. Pero si para que sean muchos fueran menos verdaderos sí que lo haríamos, pues ni los quiere Dios, ni los necesitáis vosotros. En cambio sí que necesitamos a Cristo, sí que necesitamos que un sacerdote sea sacerdote al cien por cien; que en lo que haga, que en todo nos resulte más fácil reconocer el rostro de Cristo, a través de esta humanidad concreta, de una forma de ser que se llama en éste caso Juan Diego, José Antonio o Vicente, pero en su humanidad tiene que resplandecer algo de ese amor infinito del Hijo de Dios.

Tendréis para eso una escuela todos los días, cada vez que digáis: “Tomad y comed. Éste es mi Cuerpo. Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre”, si no lo decís como un funcionario que repite palabras ajenas, sino que lo decís en nombre propio porque estáis actuando vosotros y actuando Cristo en vosotros. Eso es lo que significa esa expresión técnica “in persona Christi” si las decís con verdad, con el deseo de decir: “Señor por tu Pueblo, por quien Tú has dado la vida, por lo más bello que existe en la tierra que es éste Pueblo que Tú me has confiado”. ¡Dios mío! “Tomad y comed”, y miras a la gente a la cara. Mirad a vuestro Pueblo a la cara para decirles, para que os dé vergüenza si no lo decís con verdad, “tomad y comed, éste es mi Cuerpo” para vosotros, como Cristo; “ésta es mi Sangre derramada por vosotros para el perdón de los pecados”, no para cualquier cosa, para la vida de Cristo, para lo único que puede suscitar en los hombres una esperanza que no defrauda.

Yo creo que está claro por qué damos gracias y por qué pedimos todos: vuestros padres, vuestros amigos, las comunidades cristianas que os conocen y os han acompañado, los sacerdotes que han tenido algo que ver en vuestra vocación… Todos con un solo corazón: “Señor, Tú que has empezado la obra buena, llévala a término hasta el día de Cristo Jesús, para que nosotros podamos darte gracias y a través de vuestro ministerio se multiplique el número de los que también dan gracias”.

Vamos pues a pasar a celebrar el Sacramento. Y lo primero que se hace es preguntaros si venís libremente, si estáis dispuestos, si queréis recibir éste Sacramento.

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