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Un cuento: "La Zamarra"

Fecha: 01/01/1967. Publicado en: Revista (actualmente Crítica) (enero 1967), 17.24.



Llueve. Desde el año aquel que hasta el río había cambiado de curso no había vuelto a llover tanto. Está la noche rojiza y el silencio es pardo, con andares de añublo y barrizales. En el tabernón mugriento que hace las veces de chigre, de almacén y de fonda hay menos voces esta noche.

-Yo me lo sé la mar de bien, que no fuimos valientes. Eso es lo que pasa. Somos un atajo de gochas de Teberga, sin ni nada de nada.

-¡Cállate, Andrés! Nadie tiene la culpa de nada aquí. Si Enrique se fue a la presa fue porque quiso. Allá él y sus cosas.

-Y porque fue valiente.

-Bueno. Y porque fue valiente. Pero cállate.

-No os hago gracia porque lo que digo son verdades de aquí a Buenos Aires, y tenéis miedo. ¿Por qué si no está esto tan quedo y no jugáis esta noche? ¡Sidra, sobrín! ¡Que estos mozos se mueren de ganas por emborracharse!

-¡Andrés!

-Pero a mí, sobrín, ya sabes: prefiero cazalla. Está triste la noche.

-Y tú, borracho.

-No. Yo, valiente. Cuando la cazalla me brilla dentro, soy tan valiente como Enrique. Tan valiente como el que más. Sólo que a mí no me dura, ¿sabes? Pero gracias a eso se va viviendo, qué quieres...

Se hizo un silencio largo y húmedo.

-Lo malo -decía un viejo por allí- está en irnos. Lulo, ¿vendías tú a tu mujer si te dieran un millón?

-Hombre, una cosa es...

-No, señor, es lo mismo. Y si no hay cariño por lo de uno, más vale descabritarse, que para la recompensa que da esta vida...

-Yo, porque sé que no me lo dan (el millón, digo), que si no...

- ¡Eso!

-Lo malo, abuelo, está, y a ver si se entera, en que no hay valor ni gloria en ninguna parte. Yo tenía que ir en el mismo coche que Enrique cuando tomaron la curva de través en vez de... ¡La cazalla, abuelo, la cazalla! ¡Y si tanto quieren a sus faenas y a sus pedrizales, no haber dejado que los de la presa empezaran las obras! ¡Eso mismo!

-Y gracias, digo yo siempre, que no se traga la presa el pueblo, como a los de La Miariega. ¡Esos sí que las pasan!

-¿Que no se lo traga? ¿Y Enrique? ¿Y Luciano? ¡Se lleva a los hombres, que es peor! Seis mozos como seis carbayos... Muerta y bien muerta está esta braña por siempre jamás.

-Amén, amén.

-Y si no, tiempo al tiempo.

-Bueno; para lo que sirve...

-,Quéee?

-Que para lo que sirve...

-Cállate, voceras; si os hubieran santiguado los morros a tiempo con una buena guiada... ¿Y el respeto a los tuyos, qué?

-No creo que ellos lo quieran para nada...

-Mira, a mí no me da más, para la veiguina que tengo; pero mi padre, que en gloria esté, decía siempre que el campo, para visto, vale, pero que muy más otra cosa es dar el callo.

-Saca las cartas, sobrín, que esto se enfría.

Fuera sonaba la lluvia, amarga como un llanto.

-Si valiéramos para... ¡Quiá! Si ni protestar en regla sabemos para curar las tierras de los de la expropiación.

-¡Sabemos vivir, jefe, vivir, que ya es bastante!

-Eso sabía Enrique, por lo visto...

-Yo digo que fue valiente y nosotros no, ¡qué le vamos a hacer!, más que cuando estamos borrachos. Tiene su mérito, ¿no? Pues ya está.

-Enrique murió porque tenía allí su hora, y no hay más. Como los que se quedan. Como los de todas partes.

-¡Qué sabrás tú de por qué se muere nunca!

Temblaron los cristales al batir de la nortada. Vinieron las cartas.

-Yo lo siento por Julia. Nunca ha tenido suerte esa mujer.

-Yo, no; le está bien empleado.

-Bueno, corta.

-¡Más cazalla, sobrín! Que esta noche hace falta más valor que nunca...

-Está.

-No fuimos valientes...

* * *

La noticia vino al día siguiente en «La Nueva España». Así:

«Tineo, 6.- Ayer tarde, día 5, en la carretera de Tineo a la central hidráulica de Soto, un Land-Rover Santana, matrícula O. 2652, se salió de la carretera al patinar en una curva, según afirmaron testigos presenciales del siniestro. Los ocupantes, Manuel Fernández, de veintitrés años; Benigno Alonso, de veintidós; Enrique Pueyo, de veintiséis; Baldomero de Luis, de treinta; Macario Fernández, de treinta también, y Luis Píriz, de diecinueve, resultaron todos muertos. Sus cuerpos han sido trasladados a la Diputación de Tineo, donde hoy tendrá lugar un solemne acto funeral «corpore insepulto», con asistencia de las autoridades y de los dirigentes de la empresa. Con éstos, asciende a 29 el número de víctimas que ha costado el salto de la hidroeléctrica de Soto.»

La Julia oyó la noticia como el cobro de una cuenta saldada ya hace mucho tiempo.

-Ya lo sabía yo esto-le dijo al que se la trajo-; mi hijo fue siempre muy terco para sus cosas.

Luego: «¡Olvido, échales una mano a los bichos!» Y se fue a Tineo, sierra arriba.

Tineo tiene sabor de ferias y de un lejano San Roque, con la plaza llena de gente.

-Buenas tardes, señora.

-Uno era mi hijo, ¿sabe usted?

* * *

Durante muchos años, Enrique había vivido sin chistar. Le gustaba andar a los nidos o a las truchas o tirar cantos al río. Nunca pensó si se aburría o si sería raro o normal estar tan solo como estaba él. Únicamente un día, a la vuelta de la feria, se le ocurrió que le gustaría ser alguien y tener una zamarra como los tratantes de verdad.

-No -dijo la Julia-. No. No hay cuartos.

Los había. Desde hace tres años era él, Enrique, el que hacía los tratos, y vaya...

-No. No hay cuartos. ¡Con lo que cuesta ganarlo, para que el día de mañana no falte...!

-Madre, nunca es el día de mañana.

-¡Una que...! -Julia se calló. Julia hablaba siempre muy poco.

-Madre, le mandaré dinero todos los sábados. Ya verá cómo se pone contenta.

Un lunes, blanco y sin nublo, Enrique fue a Soto a por su zamarra y a por su vida. Alguien le dijo adiós desde el corredor de una panera. Le gustó a Enrique oír su nombre, y con la camisa blanca de ir a misa enfilo feliz el camino de Tineo.

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