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Intervención en el Encuentro Diocesano sobre la Vida Consagrada

Casa de Cursillos de Cristiandad “San Pablo"

Fecha: 28/09/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, VII-IX de 2002. Pág. 119



Muchísimas gracias, Jesús [Sanz Montes], por esta riquísima exposición que a todos nos hace pensar, y que a todos nos enriquece. Yo he visto que tú tenías un texto escrito y que no has leído, sino que has ido glosando sobre la marcha. Ya que no nos ha dado tiempo, nos das también la posibilidad de quedarnos con el texto y hacerlo llegar y difundirlo. Yo pienso que hay una riqueza enorme en lo que has dicho a lo largo de tu exposición, y en muchas ocasiones se entendía que la riqueza era mayor de lo que decías; que lo que hacías eran como sugerencias que tenían un trasfondo detrás muy grande. Una de las formas con la que podemos contribuir también, al menos a las comunidades religiosas o los distintos miembros de los distintos institutos de vida consagrada, lo mismo que a los laicos que quisierais, es haceros llegar el texto íntegro de la exposición. A los monasterios de vida contemplativa por supuesto que se lo haremos llegar, porque además están aquí tanto como nosotros o más que nosotros en el día de hoy, ¿no? Porque desde hace semanas están viviendo el Encuentro, y rezando y ofreciendo su vida por el Encuentro, y hoy lo están viviendo de una manera especial. Creo que incluso con la grabación se les va a poder hacer partícipes de todo, ¿no? Por lo tanto, se les puede hacer llegar para que, aunque sea en diferido, como en los partidos del mundial, pero que puedan ellas vivir nuestra comunión.

Yo sé que no nos queda tiempo, y que estamos en una sociedad en la que para resistir muchas horas sentados, y ya llevamos unas poquitas, hace falta que la película tenga por lo menos siete Oscars, si no enseguida nos agitamos, ¿no? Pero tampoco sabría ser vuestro Pastor si me resisto a no deciros nada, o a limitarme al momento de la homilía, porque sería tan largo que añadiríais mala fama a mi ya mala fama en la longitud de las homilías. Y entonces, teniendo en cuenta que puede favorecer luego las ganas con que acometáis la comida, a mí me gustaría decir unas pocas cosas. Tal vez no pensando tanto en los religiosos, como recordando un poco el marco del significado profundo de los que estamos aquí, y pensando en la utilidad y el valor de lo que hemos oído; y sobre todo en la utilidad y el valor de todos los que están aquí, y de los que no están aquí, que de maneras diferentes han consagrado su vida a Jesucristo, y el valor que tienen para nosotros, para los que no participamos de su vida. Y le pido al Señor que también nos ayude a comprender mejor qué es lo que está pasando, qué es lo que hemos perdido y qué es lo que podemos recuperar; qué es lo que está en el fondo de esas cinco vías que proponía al final Jesús en la conferencia.

Casi me atrevería a decir dónde está la razón profunda de por qué una vida consagrada es hoy un grito profético por sí mismo, dicho en un lenguaje muy intraeclesial. De una manera más laica se podría decir: Lo más revolucionario que ha hecho la redención de Cristo en el mundo, el hecho político de más trascendencia en el mundo, después de la muerte y la resurrección de Cristo, es la virginidad consagrada. Y no hay realidad de más trascendencia política en el mundo. Porque el hecho de consagrar la vida a Cristo, sea la forma que sea, significa proclamar con la propia vida que Jesús es Señor, que Jesucristo es Rey, y que todos los demás reyes y señores de este mundo no son más que vanidad. Y eso es explosivo en la historia. Sencillamente, ha sido explosivo en la historia: ha hecho veinte siglos de santidad, de libertad, de belleza,… Y yo creo que los mismos religiosos, y la Iglesia, no somos conscientes de ello. Porque esto significa, entre otras cosas, que si la vida consagrada pasa un mal momento, ese mal momento no es un mal momento para los religiosos: es un mal momento para todos. Es una situación trágica para todos, y a mí me importa, y no sólo como Pastor: me importa como cristiano. Porque una Iglesia sin vida consagrada puede ser una ONG muy eficaz, puede ser lo que queráis, una empresa de educación o lo que os dé la gana, pero no es la Iglesia de Jesucristo. El fruto más decisivo y maduro, donde se hace más evidente la Redención de Cristo, es en que haya personas perfectamente sanas, inteligentes, afectivamente exquisitas y llenas de buena salud psicológica, física y mental, que dan su vida a Alguien y dejan todo lo demás. Eso proclama por sí mismo que Jesucristo lo es todo. Y sin eso, la Iglesia no es la Iglesia de Jesucristo.

Por tanto, el bien de la vida religiosa nos importa a todos nosotros. Os importa a padres de familia, nos importa a sacerdotes, nos importa a todos. ¿Por qué? Porque la vida consagrada representa el ser de la Iglesia y el problema nuestro en ésta. El problema nuestro, de los cristianos de la Iglesia, en este momento de la historia en que vivimos, consiste en lo siguiente. Desde hace dos siglos, hemos dejado que el mundo nos diga quiénes somos, hemos dejado que el mundo nos diga qué es ser cristiano, qué es la Iglesia, qué es lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer, cómo tenemos que entendernos a nosotros mismos. Con lo cual, en la medida en que aceptamos ese marco en el que la sociedad nacida de la Ilustración coloca a la Iglesia, terminamos fácilmente no siendo inteligibles para nosotros mismos; es decir, no nos entendemos, porque nos empezamos a entender en unos términos que no son los de la tradición cristiana, sino los de la tradición liberal o la tradición del estado moderno. El estado moderno y la cultura que lo sostiene decide qué es lo que puede hacer la Iglesia, qué es lo que puede ser la Iglesia, qué es lo que significa ser cristiano, por ejemplo, diciendo que hay una libertad para las religiones, como si el cristianismo fuera una religión más. No, mire usted, nosotros no somos una religión, el cristianismo no es una religión. Ese es uno de los modos que nosotros aceptamos el lenguaje y la forma de hablar que el mundo nos dicta. Por tanto, para responder a la realidad de una manera que nos sirva a todos, sacerdotes, fieles cristianos laicos, para responder a la preocupación por la vida consagrada, la primera cuestión a la que tenemos que responder es: ¿Quién es la Iglesia? Y es algo que tenemos que plantearnos todos, porque todos estamos implicados; y en esta realidad, que es la vida de la Iglesia, la salud de unos miembros depende de la salud de los otros, y nadie podemos sentirnos indiferentes a lo que suceda en una arteria tan vital para la vida de la Iglesia como es la vida consagrada.

¿Quién es la Iglesia? El concilio recordaba que hay muchas imágenes que describen a la Iglesia, pero hay una que, no sólo no está al mismo nivel que las demás imágenes, sino que contiene dentro de sí una definición de la Iglesia. Y la palabra es la Esposa de Cristo. La Iglesia es la Esposa de Cristo. Y esto no es una creación tardía. Esto está en el mismo anuncio del Evangelio de la buena noticia. Una de las formas más bellas, más genuinas, más autenticas del modo en que Cristo propone su divinidad es presentarse a Sí mismo como el Esposo. Y Él habla de Sí mismo como el Esposo en bastantes ocasiones en el Evangelio. Y el Esposo es una referencia a Yahvé: el Esposo es Yahvé. En la tradición judía del antiguo testamento, en el lenguaje de la escritura que los discípulos de Jesús habían aprendido desde niños en las sinagogas, Israel es la esposa y Yahvé es su Esposo. Cuando Cristo habla de los amigos del esposo, refiriéndose a sus discípulos, o cuando cuenta la parábola de las vírgenes necias -una parábola donde no hay novia, sino sólo novio, sólo esposo-, está presentándose claramente a Sí mismo como el esposo esperado por los profetas y por la antigua alianza, que se ha hecho carne, y en su encarnación se ha unido a la humanidad, la ha unido a Sí mismo haciendo de ella su esposa, y haciendo verdad lo que es el principio clarificador de lo que significa incluso el matrimonio humano. Serán los dos una sola carne. Por eso la definición de la Iglesia como Esposa de Cristo lleva consigo inmediatamente la otra gran imagen, que no es imagen sino definición. La Iglesia es Esposa de Cristo porque se ha unido a nosotros de un modo tan absolutamente incondicional y tan absolutamente fiel, que el matrimonio, el amor de un hombre y una mujer, sólo es comprensible a la luz de ese misterio de Cristo. Como diría San Pablo de Cristo y de su Iglesia, el amor terreno creado que ha dado lugar a toda la historia de la literatura desde que nosotros la conocemos, unos tres mil años a.C., y que seguirá dando lugar a más poesía, más drama, más literatura mientras el mundo exista, mientras haya mujeres y haya hombres. Eso es un reflejo, puesto en la creación, de aquello que Dios quería cuando creó el mundo, que es entregarse a Sí mismo a su propia criatura, y unirse a ella de tal modo que la criatura estuviese llena de Él, identificada con Él, siendo una cosa con Él. La Iglesia es la Esposa de Cristo. Es esa humanidad a la que Cristo se ha unido para comunicarle su especie y hacerla una cosa consigo. Y en la medida en que la Iglesia es la Esposa, es decir, en que todos nosotros -nuestra comunión constituye la realidad de la Iglesia y cada uno de nosotros constituye esa Esposa- pertenecemos por lo tanto a Cristo, en esa medida nosotros participamos de la redención, es decir, de la libertad con respecto a los poderes del mundo. Y la vida consagrada, en todas sus formas, es el modo de vida de la esposa hecho carne, el modo de la vida de la Iglesia, el modo de vida de la alianza bautismal, que es una alianza esponsal, signo visible público para todos nosotros y para el mundo. Por eso la vida consagrada tiene que existir en la Iglesia. Y tiene que existir con frescura, con libertad. Tiene que existir de una manera gozosa, porque la vida consagrada nos dice a todos los demás cristianos, me dice a mí, Pastor, que Cristo lo es todo de tal manera que uno puede darle efectivamente la libertad, la afectividad y las posesiones: que uno puede darle toda la vida, porque Él lo es todo. Y eso, yo, Obispo; vosotros, estudiantes; vosotros, matrimonios, parejas de novios: todos necesitamos verlo. No sólo que se nos diga. ¡Verlo con nuestros ojos! Con estos ojos nuestros, necesitamos ver en vidas humanas que Cristo lo es todo para una vida. Y si no lo vemos, vuestro noviazgo no tiene sentido, o entenderéis vuestro noviazgo a la luz de lo que dicen “Crónicas marcianas”. Y la única manera de entender vuestro amor, vuestro amor humano -no estoy hablando de nada de espiritualina o misticoide, estoy hablando de las fibras del amor entre un hombre y una mujer-, es entenderlo a la luz del don que Dios hace de Sí mismo a su criatura en Cristo, que encuentra su respuesta en la Iglesia, Esposa que vive para su Esposo y que se realiza de manera visible y pública en las personas que uno conoce que han consagrado su vida a Cristo. Pero necesitamos verlo. Necesitamos verlo para ser cristianos. Necesitamos verlo para vivir con gozo que somos la Esposa de Cristo, y que por tanto somos libres de este mundo, y este mundo no condiciona ni el gozo, ni la esperanza, ni la verdad de nuestra vida.

Vuelvo a mi afirmación inicial. La encarnación del Hijo de Dios es el hecho político, estético, ético, poned las dimensiones que queráis, es el hecho de la historia humana, el centro de la vida humana, la razón de ser de la creación, el hecho de más trascendencia política en la historia del mundo. Justamente, porque Dios se ha hecho Esposo de su criatura, surge la posibilidad de unas personas que viven su esponsabilidad para Cristo. Eso es tan así, que todo el mundo comprende que la dignidad de la mujer es un tema importante en el discurso político del siglo XX y de nuestro momento histórico. ¿Y si yo os dijera que la posibilidad histórica de la dignidad de la mujer empieza a existir en la historia porque unas jóvenes, de las que conocemos veintidós nombres -porque son las primeras mujeres cuya biografía conocemos-, deciden romper todas las reglas del imperio romano, según las cuales los padres disponían del matrimonio de sus hijos, para consagrarse como vírgenes a Cristo? ¿Si yo os dijera que el hecho de que vosotras hayáis podido elegir vuestros maridos libremente, sin que lo hicieran otros tutores legales o padres por vosotras, y que el matrimonio, tal como nosotros lo conocemos, ha sido posible en la historia porque al menos esas veintidós mujeres, rompiendo todas las reglas de una cultura multisecular y llena de prestigio como era la cultura romana, prefirieron sacrificar su vida, porque las veintidós murieron mártires, a perderse su consagración como esposas de Cristo? En el discurso sobre la dignidad de la mujer probablemente nunca os dirán esto, pero esto está cantado en la historia. Y eso sigue siendo verdad hoy.

Ante la tiranía con la que la cultura y el poder quieren agostar la vida humana y la misma presencia de los cristianos, la presencia de la vidas consagradas es una proclamación de que uno no puede construir la vida sobre esa mentira, de que hay otra propuesta, y otra propuesta de la que uno no puede avergonzarse; otra propuesta que uno pueda gritar al mundo como espacio de libertad. No es muy diferente nuestra situación de la que era en el tiempo de Lucía, Ágata, Inés, Cecilia, Anastasia, por mencionar sólo algunas de aquellas veintidós mujeres del siglo II. Pero entonces, aunque tenemos que analizar nuestros problemas vocacionales, lo que tenemos que recuperar, ante todo, es esto. Y desde aquí, estoy seguro: no tengáis ningún miedo, las vocaciones vienen. ¿O es que los chicos de nuestra generación no buscan que se realice la plenitud de su corazón? Para ello, no tienen nada más que mirar a alguien. Y si hay donde mirar, estad seguros de que tenéis vocaciones, no tengáis la menor duda. Lo que tienen es que poder mirar a alguien que pueda decir “yo soy feliz”.

Termino con esta anécdota. En estos debates sobre si la Iglesia está fuera del mundo, que dicen que pertenecemos al pasado, yo cada vez digo más: “Oiga, yo soy de cultura alternativa”. Y lo digo cada vez con más conciencia. Yo soy una alternativa al marasmo de tristeza, de amargura y de violencia en la que vive la gente. Me duele muchísimo que la gente viva así, pero doy infinitas gracias a Dios de no estar, por gracia de Dios, en ese marasmo. En un momento así, la vida consagrada ¡claro que puede florecer, explotar! La lógica del mundo secular, de esa sociedad que parece tan poderosa, no se sostiene a sí misma, no es capaz de sostener la alegría de nadie. Y esto lo reconocen los mismos ideólogos cuando no están en campaña electoral, es decir, cuando se le escapa algo de verdad de su corazón.

No tengáis miedo. Pedidle al Señor que podamos recuperar la conciencia de lo que somos. Y los que habéis sido ya llamados, no viváis vuestra vocación como si fuerais los últimos de Filipinas, por favor. Os necesitamos. Necesitamos vuestro gozo. Y yo, como Pastor, y mis sacerdotes, como presbíteros, estamos para servir a que podáis proclamar y gritar ese gozo en el mundo. Ese gozo es el evangelio hecho carne, es Cristo hecho carne, es Cristo que os une a Él como esposas. Así es como la tradición de la Iglesia os ha entendido. No hay ninguna mutilación en eso, todo lo contrario. Todo es nuestro, nosotros de Cristo y Cristo de Dios. Por favor, disfrutadlo.

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