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Invitación al Encuentro Diocesano sobre los Sacerdotes del próximo 30 de Noviembre de 2002

Fecha: 20/11/2002. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, X-XII de 2002. Pág. 237



A LOS SACERDOTES, MIEMBROS DE INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Y RESPONSABLES DE MOVIMIENTOS, GRUPOS Y ASOCIACIONES DE VIDA CRISTIANA


Queridos hermanos y hermanas:

No sería posible que la vida de cada uno de nosotros, y la de los miembros de nuestras comunidades, se cumpliera según la medida infinita del corazón humano si en estos momentos de cambios profundos en la vida cultural, social y religiosa del mundo, no atendiéramos la llamada insistente, dramática incluso, del Santo Padre a “recomenzar desde Cristo”. Por eso estas palabras del Papa no deben ser comprendidas como un eslogan para consumo espiritual de nuestras comunidades y grupos, sino una provocación, personal, a volver siempre al amor primero, a Aquel amor al que hemos confiado la plenitud de nuestra vida, con la seguridad que es el único que puede lograrla. Se trata de pedir la gracia del inicio, en la que cada persona decide definitivamente frente a Cristo.

En este sentido, la madre Iglesia no cesa de acompañarnos y de invitarnos a mirar hacia delante con esperanza, a recordar los puntos esenciales que nunca deben faltar en la configuración de nuestra existencia cotidiana: en estos últimos meses lo ha hecho con una instrucción dirigida a los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, “Caminar desde Cristo” (Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio), en Pentecostés de 2002; y otra instrucción dirigida a los presbíteros, “El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial”, animándoles desde el principio a elevar la mirada y a ver los campos dorados para la siega, y, en el corazón del mundo, al Señor de la historia, esperanza para los hombres. Y no faltan tampoco, después de la exhortación Christifidelis laici, las numerosas referencias a la vida de los laicos que traspasan, como no podría ser de otra manera, toda la enseñanza de la Iglesia. Todos nosotros, laicos, sacerdotes y miembros de la vida consagrada, somos invitados a la gracia de la conversión: “Sé lo que eres”.

La eficacia de las ORIENTACIONES PASTORALES, y en particular la de la PRIORIDAD de la comunión que os he señalado para el presente y el futuro inmediato, no puede confiarse al automatismo de unas determinadas acciones, de unos encuentros diocesanos. De esto somos todos conscientes. Más bien estos Encuentros tienen la finalidad, en primer lugar, de expresar la comunión que ya existe entre nosotros por el sacramento del bautismo y por la participación cotidiana en el sacramento de la Eucaristía; y, en segundo lugar, de ayudar a cada uno a aproximarse, sin prejuicios, al otro “como uno que me pertenece”. Son muchas las iniciativas que, a nivel personal y dentro de nuestras comunidades, pueden nacer de la obediencia a Cristo en el modo de relacionarnos, de valorar, acompañar y apoyar los estados de vida distintos dentro de la Iglesia.

En los “Encuentros diocesanos” anteriores hemos centrado la atención en el valor propio de la vida laical, y de la vida consagrada. El próximo 30 de Noviembre, queremos hacerlo en la vida del sacerdote. La instrucción a la que nos hemos referido anteriormente, y en la que la Congregación para el Clero recuerda, después del Concilio Vaticano II, la enseñanza que la Iglesia, repite los aspectos esenciales de la vida y el ministerio de los presbíteros: que el sacerdote es “de Cristo”, y sólo de Él, como hace visible el sagrado celibato; que está llamado a vivir un ministerio de comunión, de guía y de servicio, al servicio de una iglesia particular pero teniendo como horizonte la iglesia universal; que sin la presencia de Cristo, representado por el presbítero, una comunidad no sería plenamente eclesial; que una mayoría de los hombres esperan aún encontrar a Cristo, y que los sacerdotes, como buenos pastores, deben salir en su busca.

Después de los cuarenta años de andadura del Concilio, y recogiendo ya los frutos de la experiencia que el Espíritu Santo ha promovido en el seno de la Iglesia, muestra la belleza del ministerio que la Iglesia encomienda a sus ministros, plenamente integrados en la comunidad y sostenidos por ella: “Para servir a la Iglesia -comunidad orgánicamente estructurada por fieles dotados de la misma dignidad bautismal, pero con carismas y funciones diversos- es necesario conocerla y amarla, no como la querrían efímeras corrientes de pensamiento o ideologías diversas, sino como ha sido querida por Jesucristo, que la ha fundado. La función ministerial de servicio a la comunión, a partir de la configuración con Cristo Cabeza, exige conocer y respetar la especifidad del papel del fiel laico, promoviendo de todas las formas posibles la asunción por parte de cada uno de la propia responsabilidad. El sacerdote está al servicio de la comunidad, pero a su vez se encuentra sostenido por la comunidad. Éste tiene necesidad de la aportación del laicado, no sólo para la organización y la administración de su comunidad, sino también para la fe y la caridad; existe una especie de ósmosis entre la fe del presbítero y la fe de los otros fieles. Las familias cristianas y las comunidades de gran fervor religioso a menudo han ayudado a los sacerdotes en los momentos de crisis. Es también importante, por este motivo, que los presbíteros conozcan, estimen y respeten las características del seguimiento de Cristo propio de la vida consagrada, tesoro preciosísimo de la Iglesia, y testimonio de la fecunda labor del Espíritu Santo en ella.

En la medida en que los presbíteros son signos vivos y al mismo tiempo servidores de la comunión eclesial, se integran en la unidad viviente de la Iglesia prolongada en el tiempo, que es la sagrada Tradición, de la que el Magisterio es custodio y garante. La fecunda referencia a la Tradición concede al ministerio del presbítero la solidez y la objetividad del testimonio de la Verdad, que en Cristo se ha revelado en la historia. Esto le ayuda a huir del prurito de novedad, que daña la comunión y vacía de profundidad y de credibilidad el ejercicio del ministerio sacerdotal.

De modo especial el párroco debe promover pacientemente la comunión de la propia parroquia con su Iglesia particular y con la Iglesia universal. Por lo mismo, debe ser también verdadero modelo de adhesión al Magisterio perenne de la Iglesia y a su disciplina” (El Presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 16).

La hostilidad que los poderes de este mundo está desplegando contra la Iglesia en los últimos tiempos ni debe intimidarnos, ni confundirnos, por muchos y poderosos que sean sus medios y su capacidad de influencia sobre las personas. No sólo el pueblo de Dios sabe reconocer la grandeza del don que por gracia ha recibido de la ternura del Padre por medio del Espíritu. También los hombres y mujeres sencillos, la mayoría de los jóvenes y adultos de nuestros pueblos, de los barrios en que se levantan nuestras parroquias, colegios y conventos, están a la espera de “algo” que necesitan más que el comer, y que no conocen. La propuesta de una comunidad en la que la vida de cada persona es valorada por sí misma, donde es posible amarse de un modo verdadero y duradero, en la que cada uno puede sentirse en casa, acompañado eficazmente en la aventura de la vida, interesa infinitamente más que todas las formas de tiniebla, violencia y amargura que proyectan sobre el mundo los que pretender reducir la grandeza y la dignidad de las personas a los intereses de unos pocos, de reducir al hombre creado a imagen y semejanza de Dios a la condición de “votante” y “consumidor”. En definitiva, y como decía un santo padre, “lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas sino grandeza de alma”.

El “Encuentro Diocesano de Adviento” es una invitación a dar gracias a Dios por las maravillas que Él está haciendo entre nosotros, y a escuchar juntos lo que hoy el Espíritu dice a la Iglesia: “Rema mar adentro”, con la fe y la esperanza de los apóstoles, con la energía de los santos que a través de una travesía de dos mil años, con frecuencia en medio de fuertes tempestades, han transmitido la presencia viva y poderosa de Cristo en el mundo. Os espero a vosotros y a vuestras comunidades.

Con mi afecto y mi bendición para todos,

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba

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