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Carta del Obispo de Córdoba sobre la amenaza de guerra en Irak

Fecha: 30/01/2003. Publicado en: Boletín Oficial de la Diócesis de Córdoba, I-III de 2003. Pág. 173



30 de enero del 2003


Queridos Diocesanos:

La creciente amenaza de una guerra en Irak, con sus terribles consecuencias para miles de personas inocentes, invita a todos los cristianos a tomar postura desde el Evangelio y la Tradición de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II ha hecho suya aquella exclamación de Pablo VI en su visita a la sede de las Naciones Unidas, repitiendo en sucesivas ocasiones: “¡Nunca más la guerra!”. Con esta afirmación no se trata de negar la existencia de conflictos, ni el derecho de los Estados a defenderse de agresiones injustas, ni la necesidad de preservar un orden internacional basado sobre la justicia y el derecho. El Papa acaba de recordarnos que “la guerra nunca es un medio como cualquier otro, al que se puede recurrir para solventar las disputas entre las naciones”. Ni siquiera la defensa de algunos valores tan importantes como la seguridad y el orden, justifica por sí misma el recurso a la guerra, “salvo en casos extremos y bajo condiciones muy estrictas, sin descuidar las consecuencias para la población civil durante y después de las operaciones”.

La primera pregunta que surge es si nos encontramos ante uno de esos casos extremos. Que un país pueda almacenar armas de destrucción masiva (extremo éste que aún no ha sido comprobado por los inspectores de Naciones Unidas) sería ciertamente una noticia inquietante, más aún si se trata de un gobierno que no se caracteriza por el respeto a los derechos humanos ni a la legalidad internacional. Pero ese hecho no justifica lo que se ha dado en llamar “guerra preventiva”, que de ningún modo reúne las características que justifican el recurso legítimo a la fuerza en casos extremos.

Por otra parte, debe ser la comunidad internacional, representada en el organismo de las Naciones Unidas, quien asuma la responsabilidad ante las posibles faltas que cometa uno de sus miembros, en este caso el régimen irakí. Si un miembro de esa comunidad internacional, basado en su poder y en su hegemonía, decidiera por su cuenta una intervención militar, el sistema de reglas internacionales se derrumbaría y sería sustituido por la ley de la jungla, lo que tendría consecuencias catastróficas, no sólo para el orden internacional, sino para la convivencia misma en el interior de los estados y naciones.

Por último, no podemos olvidar los terribles sufrimientos que una eventual guerra provocaría a millones de personas inocentes. La maquinaria de guerra que ya se ha empezado a poner en marcha provocará una enorme destrucción con millares de víctimas, y ahondará el sufrimiento y la desesperación de una población ya extenuada por doce años de embargo. Todo ello sin olvidar que semejante conflicto será explotado por quienes manipulan y tergiversan la religiosidad del pueblo, presentándolo como una nueva agresión de occidente (que ellos consideran cristiano, aunque en la realidad esté hoy tan alejado de la tradición cristiana y de lo que fueron sus raíces) contra el mundo musulmán. La hoguera de Oriente Medio, que ha consumido ya tantas vidas humanas y causado tanto odio y tantas venganzas podría inflamarse de un modo que daría lugar a consecuencias incalculables.

En este momento en que nos arrastra a la guerra una corriente que parece humanamente imposible parar, es importante recordar lo que el Papa ha dicho a los representantes de las naciones: “la guerra nunca es una simple fatalidad”, y por el contrario, “es siempre una derrota de la humanidad”. La guerra se puede y se debe evitar, sin que esto signifique comodidad o inhibición frente a las violaciones del derecho, o ante las amenazas que pueda representar un gobierno o una nación determinadas.

Para los cristianos, esta coyuntura dramática es también una ocasión de hacer presente la novedad de vida que hemos encontrado en Jesucristo, fundamento de la verdadera paz. Como recordaba la encíclica Pacem in Terris del Beato Juan XXIII, la paz no puede asegurarse sino en el ámbito del designio de Dios para el mundo. Dicho de otra manera, no hay paz sin justicia, y no hay justicia sin perdón. Y nos damos cuenta de que tanto la justicia como el perdón superan la capacidad de los hombres, incluso cuando ponen en juego sus mejores cualidades. Es necesario que la mente y el corazón se abran al poder renovador de Dios, y por eso la oración debe estar en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de la paz.

Por ello, junto a otras iniciativas que podamos tomar en las comunidades cristianas y en la Iglesia Diocesana –y la primera de ellas es la de ser cada uno instrumento de misericordia y de perdón, de paz y de reconciliación en su entorno, porque el amor a la paz y la tarea de construirla empieza en el corazón de cada uno, y se verifica con los más próximos–, os invito a los cristianos especialmente a la oración por la paz. Oración en las familias, en las parroquias, en las comunidades, en los grupos y movimientos. Y en este año del rosario, os invito igualmente a ofrecer el rezo del rosario, o de algunos de sus misterios, para que el Señor, por la intercesión de la Santísima Virgen, nos abra a todos el corazón al don de la paz, y nos dé la energía –las virtudes– necesarias para trabajar por ella.

Os bendigo a todos de corazón,

† Javier Martínez
Obispo de Córdoba

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