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“Tu gracia vale más que la vida” (Sal 62, 4)

Prólogo al libro

Fecha: 01/01/2007. Publicado en: "Los mártires granadinos de 1936", escrito por D. Santiago Hoces Pérez, sacerdote diocesano



Los antiguos cristianos gustaban de celebrabar la Eucaristía sobre los sepulcros de los mártires. Aún hoy, cuando se consagra el altar de una iglesia, se depositan en él reliquias de los santos. Esta costumbre no se debe al deseo de hacer un homenaje a los "héroes" cristianos. Su sentido es más profundo.

En primer lugar, son ante todo los santos, y especialmente los mártires, quienes actualizan en la historia la ofrenda y el don de Cristo: "Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros (...) Esta es mi sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados", En la pasión y muerte de su Hijo Jesucristo, Dios ha establecido y sellado una "alianza nueva y eterna" con todos los hombres, Dios ha revelado que su amor por el hombre, por el destino y la vida de cada hombre y de cada mujer, es "más fuerte que la muerte". Pues, en efecto, "no hay mayor amor que dar la vida por aquellos que uno ama", como dijo justamente el Señor antes de comenzar su pasión.

Hay una relación inviolable entre la ofrenda de Cristo en la cruz, el sacramento de la Eucaristía, y ese "sacramento" que es el cuerpo vivo de Cristo, su esposa, la Iglesia. Ella, a lo largo de la historia, ofrece su cuerpo y su sangre –como su Esposo– por la vida del mundo. Así, unida a Cristo, desvela el significado de la Eucaristía, y cumple el deseo de su Esposo: "Haced esto en conmemoración mía". La Iglesia lo hace , en la Eucaristía y en la vida.

La ofrenda de la vida de la Iglesia a los hombres –o más bien, la ofrenda de Cristo a los hombres que permanece en la historia a través de su cuerpo, en la Eucaristía y en la Iglesia– se hace particularmente expresiva en los santos, y sobre todo en los mártires. El santo no es primeramente una figura religiosa de cualidades excepcionales. El santo es el hombre verdadero, esto es, el hombre redimido por Cristo, el hombre que es de Cristo. Y, por ello, porque es de Cristo, es libre para hacer de toda su vida un don para los hombres, realizando así la verdad de la existencia humana, y dando con ello testimonio del Hijo de Dios.

Aquí está la otra conexión entre la vida de los santos y la Eucaristía: ellos no dan testimonio de su virtud –esa cuestión, por lo general, les importaba a ellos más bien poco–, sino de Cristo, "lo único necesario" (Lc 10, 42), el bien más precioso y querido. Tan querido, que entre perder ese bien y perder la vida vale más perder la vida, porque teniendo a Cristo la vida no se pierde nunca, y si uno perdiera a Cristo para siempre, la vida estaría ya perdida. Ese testimonio es el que resplandece sin ambigüedades en los mártires, en ese ejército de innumerable de hombres y mujeres, de ayer y de hoy, que "han lavado sus vestiduras en la sangre del cordero" (Apo 7, 14). Ellos actualizan la cruz de Cristo. Ellos dan testimonio de la verdad de las palabras el Salmo: "Tu gracia vale más que la vida" (Sal 63, 4).

El martirio –el don de la vida hasta derramar la sangre– es dado a quien Dios quiere para bien de todos. Pero "martirio" en griego, que era la lengua de los primeros cristianos, quiere decir "testimonio", y todo el contenido de la vida de la Iglesia es precisamente el testimonio de Cristo. Por eso, el martirio es el signo más elocuente de la vida de la Iglesia, y el horizonte permanente de la misión de todos los bautizados. "El mártir –decía Juan Pablo II en su encíclica sobre la Fe y la  Razón– es el testigo más auténtico de la verdad de la existencia". Todo el ser de la Iglesia es vivir en esa verdad, o lo que es lo mismo, en la redención y en la gracia de Cristo. Y toda la misión de la Iglesia –de todo aquél que ha encontrado a Cristo– consiste en testimoniar al mundo, en la vida cotidiana, que Cristo es el bien más querido, porque es la fuente y la meta de la libertad y de la vida.

Por todo esto es un gozo presentar, mediante estas pobres líneas, la segunda edición del libro de D. Santiago Hoces Pérez sobre algunos de los mártires de la Archidiócesis de Granada en la persecución religiosa del 1936. D. Santiago ha sido el vicepostulador en la Archidiócesis de esta causa, a la que ha dedicado en estos últimos años su tiempo y su vida, y que incluye quince sacerdotes de la actual Archidiócesis de Granada, más un seminarista y un joven de Acción Católica, y otros diecinueve sacerdotes de parroquias que hoy forman parte de la Diócesis de Almería, pero que en el tiempo de la persecución pertenecían a la de Granada. Digo que en el libro se presentan “algunos” de los mártires, porque, al igual que ha sucedido en tantas otras diócesis españolas, es indudable que hubo más mártires, especialmente seglares, cuya sangre fue derramada por causa de su fe en Jesucristo y su pertenencia a la Iglesia, y no por razones políticas. Y sin embargo, su memoria por diversas razones se ha debilitado, o los testigos de su muerte han desaparecido, o las razones precisas de esa muerte no han podido ser probadas por uno u otro motivo, y no han sido incluidos en los procesos de beatificación instruidos por las diócesis o por las diversas órdenes o congregaciones religiosas.

Como es sabido, la Archidiócesis de Granada comprendía en 1936 algunas parroquias pertenecientes a la provincia de Almería, que más tarde serían incorporadas a la actual Diócesis de Almería. Con buen tino, D. Santiago ha incluido a esos diecinueve sacerdotes entre los mártires granadinos, lo mismo que otros dos mártires que ya han sido beatificados por Juan Pablo II, porque los procesos de sus martirios iban unidos a los de los religiosos que fueron martirizados con ellos: el Beato Manuel Martínez Sierra, párroco de la parroquia de la Divina Pastora de Motril, beatificado en marzo de 1999 junto con otros siete Padres Agustinos martirizados en Motril, y el Beato Francisco Arias Martín, martirizado en Cienpozuelos (Madrid), que fue beatificado en octubre de 1992 junto con otros mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, de la que era novicio. Son, pues, treinta y ocho pequeñas biografías de hermanos nuestros que prefirieron la muerte a renegar de Cristo.

Nadie desea la muerte de personas inocentes, y tampoco la falta de libertad para la vida de la Iglesia, que es el tesoro más grande que Dios ha confiado a los hombres. Y sin embargo, es un hecho que las persecuciones han fortalecido siempre a la Iglesia, por la sencilla razón de que han purificado nuestra fe en Jesucristo, y la han segregado de la ganga de nuestras ambiciones o intereses humanos. De hecho, los antiguos cristianos y los Padres de la Iglesia no pensaban que la persecución era un mal, y que ese mal había de resolverse cambiando el gobierno del imperio romano. Basta con pensar en La Exhortación al martiro de Orígenes, o en tantos otros textos de la antigüedad cristiana que reconocen en el martirio la realización suprema de la vida humana, una gracia especialísima que cumple y da plenitud a la existencia humana. San Efrén, por ejemplo, que vivió en la Alta Mesopotamia, y que padeció, ya después de la conversión al cristianismo del emperador Constantino, los efectos de la persecución de Juliano el Apóstata desde su llegada a Antioquia en julio del año 362 d.C., decía claramente que la persecución era un crisol que purificaba la vida de la Iglesia, y ponía de manifiesto quiénes se habían hecho cristianos, no por su fe en Cristo, sino sólo en función de los beneficios temporales que reportaba el ser cristiano después de la conversión del emperador. Así lo expresa en un bello himno compuesto precisamente durante la persecución de Juliano, probablemente en el 363:

Aunque el plomo había pensado
que era como la plata,
y el cobre, cuyo contacto vuelve impuro,
se había adornado para acercarse al oro,
ese crisol, del que se pensaba que causaría tanto daño,
se ha vuelto adversario de sí mismo.
Ha separado a su feo cobre
de nuestro oro.
¡No te angustie el crisol que te aborrece,
y separa de ti su propia ganga!
¡Purifica en él tu belleza y tu verdad,
y mírate en Jesús, tu espejo!
(Himno De Ecclesia, VIII, 5)

San Efrén llega a decir que las persecuciones, al sacudir a la Iglesia, sacuden a los que se han apoyado en ella “solo por oportunismo”, como el viento sacude las hojas secas de los árboles. La persecución es “esa brisa que sacude a los marchitos, pero madura a los fieles” (Himno [De Ecclesia], estrofas 3, 5, 10, en la colección de los Himnos contra Juliano el Apóstata, escrito también durante la persecución del emperador Juliano, probablemente en los comienzos del año 363). Y en ese mismo himno expone cómo hay quienes acuden a la “viña” de la Iglesia sólo en el verano, sólo para comer de sus frutos, pero luego huyen en el invierno. Merece la pena citar por entero las dos últimas estrofas de este himno:

13. Como el verano,en efecto,
había adornado a los temporeros,
como si ellos también fuesen
viñadores en la viña,
vino el invierno a desenmarcararlos:
para ellos todo era recoger y salir bien cargados.
El viñador, en cambio,
se queda,
y es crucificado con el tronco
cuyos frutos ha comido.
¡Venid, seamos colgados del leño
que nos ha dado el Pan de Vida!

14. Ya que Nuestro Señor también a mí me ha dado
disfrutar, en verano,
de los frutos y la sombra
de esa rama universal,
¡que esté yo entre los trabajadores
que sufren el desprecio del invierno!
¡Que no haya para mí
dos estaciones,
dentro de ella cuando es verano,
y en invierno fuera!
¡Concedenos, Señor, que por tu gracia,
todos nosotros perseveremos en Ti!

 La persecución, que siempre tiene lugar porque la Iglesia está viva, o por lo que en una iglesia determinada queda de vida cristiana, y porque los poderes del mundo perciben esa vida como una amenaza para su pretensión de dominio absoluto sobre las conciencias y sobre los hombres, no es, de hecho, peligrosa para la Iglesia. En la clave de la fe es un bien. Mucho más temibles que la persecución, para la Iglesia (y para el mundo, porque el destino del mundo estará ya para siempre vinculado al de la Iglesia), son los pecados y los escándalos de la misma Iglesia, y sobre todo, el debilitamiento de la fe, es decir, la incapacidad de reconocer la presencia viva de Jesucristo en la Iglesia como fuente y plenitud de nuestra vida y de la vida del mundo. Dicho de otro modo, el verdadero mal para la iglesia no es la persecución, sino la secularización interna, y su consecuencia irremediable, que es la domesticación de la Iglesia por el mundo, la asimilación de la Iglesia a los criterios y las categorías del mundo, la incapacidad de proponer al mundo la novedad de Cristo.

Cuando este mal sucede, y estoy pensando, evidentemente, que esta situación define en una medida no pequeña nuestra condición actual, entonces la Iglesia ya no comprende ni siente como propios textos como los que acabo de citar. Tampoco entiende toda una serie de textos evangélicos o de los otros escritos del Nuevo Testamento que testimonian el mismo modo de sentir, la misma tradición. Pienso en el pasaje en que Jesús nos dice que “si al dueño de la casa le han llamado Belzebú”, no podemos esperar que el mundo trate mucho mejor a sus servidores (Mt 10, 25), o en esa misteriosa proclamación con la que se cierran las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5, 11p.), con su correlativo, no menos sorprendente: “¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque de ese modo trataron vuestros padres a los falsos profetas” (Lc 6, 26). Que estos textos no fueron entendidos de forma meramente “espiritual”, sino que se reflejaban de modo muy concreto en la vida de la Iglesia, lo prueba el relato del libro de los Hechos en que los Apostoles son apresados y llevados ante el Sanedrín, “y después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y los dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre [de Jesús]” (Hch 5, 40-41). Igualmente, San Pablo les dice a los cristianos de Colosas: “A vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo... no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él”. Exactamente en el mismo espíritu, el autor de la carta a los Hebreos les dice a sus destinatarios, posiblemente un grupo de sacerdotes judíos convertidos a la fe en Cristo, y que de algún modo están padeciendo persecución: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate, unas veces expuestos públicamente a ultrajes y tribulaciones; otras, haciéndoos solidarios de los que así eran tratados. Pues compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera” (Hb 10, 32-34).

Cuando la Iglesia empieza a pensar, en cambio, que su condición ideal es la de “ser aceptada” y aplaudida por el mundo, cuando considera que su “armonía con el mundo” es un criterio fundamental en su relación con él, eso la lleva inevitablemente a pensar también que lo que hay que hacer es luchar contra los perseguidores, o negociar con ellos, o tratar hacerse con el poder del mundo para poder “vivir en un mundo cristiano”, y aunque no lo confiese así, para evitar la pasión. Pero si eso no se puede, al menos habría que tratar de evitar a cualquier precio los conflictos con el mundo... Pero cuando la Iglesia llega a creer que el eludir la pasión, el pactar con los perseguidores o el derrocarlos forma parte de su misión, entonces la Iglesia ha dejado de ser la Iglesia, esto es, la seguidora y la discípula de Jesús. Entonces ha roto su continuidad con la tradición cristiana y, paradójicamente viene a entenderse a sí misma como el soporte y el sostén de un orden social determinado, como estando al servicio de ese orden, aunque fuese un orden democrático. Y entonces la Iglesia se ha transformado en una ideología, o en todo caso, ha perdido su sustancia cristiana de tal modo que sólo puede ser (en tanto que residuo) instrumento para los intereses políticos de algún partido o de alguna ideología. Y esto, para el ser y la vida de la iglesia, es algo infinitamente más temible que la persecución.

En este contexto, las vidas de los mártires son una bocanada de aire fresco. Ellos nos hablan de la realeza y del señorío de Cristo, nos hablan de la belleza de la humanidad redimida por Cristo, y de la libertad que hay en Cristo. Esa libertad es un bien tan precioso que quien la ha conocido o la posee no lo cambia por ningún bien de este mundo. Las vidas de los mártires nos hablan también de la esperanza de la Iglesia, o más bien, proclaman la poderosa fuerza de la gracia que sostiene esa esperanza, siempre vacilante, siempre temblorosa, pero invencible, precisamente porque la gracia que la sostiene es inagotable. Así lo expresaba el poeta Charles Péguy, en un precioso texto con el que quiero terminar la presentación de este libro de D. Santiago sobre los mártires granadinos en 1936:

Yo mismo me quedo sorprendido, dice Dios.
Mi gracia tiene que tener, en efecto, una fuerza increíble.
Y brotar de una fuente inagotable y como un río inagotable.
Desde esa primera vez que brotó, y desde siempre que brota.
En mi creación natural y sobrenatural.
Mortal e inmortal.
Desde aquella vez que brotó, como un río de sangre, del costado abierto de mi Hijo.
Qué grande tiene que ser mi gracia y la fuerza de mi gracia para que esa pequeña esperanza, vacilante al soplo del pecado, temblorosa a cualquier viento, llena de ansiedad al menor soplo,
sea tan invariable, se mantenga tan fiel, tan recta, tan pura; e invencible, e inmortal, e imposible de apagar; como esa llama pequeña del santuario
que arde eternamente en la lámpara fiel.

Una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos.
Una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos.
Una llama llena de ansiedad ha atravesado el espesor de la noches.
Desde esa primera vez que mi gracia brotó para la creación del mundo.
Desde que mi gracia brota siempre para la conservación del mundo.
Desde esa primera vez que la sangre de mi Hijo brotó para la salvación del mundo.

Una llama inextinguible, imposible de apagar ni con el soplo de la muerte.
 (Charles Péguy, en El pórtico del misterio de la segunda virtud).

† Francisco Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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