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Alocución en la acogida a Mons. Rouco Varela, Arzobispo de Madrid

En su Toma de Posesión

Fecha: 22/10/1994



Sr. Arzobispo, querido D. Antonio:

Me ha correspondido el honor de darle la bienvenida y prestarle obediencia en nombre de esta Iglesia de Madrid, que el Señor de la grey, por medio del ministerio del Santo Padre, ha querido confiar a su cuidado de pastor. Nuestro corazón, esta tarde, rebosa de gratitud a Dios, por Jesucristo nuestro Redentor, nuestra vida y nuestra esperanza.

Damos gracias a Dios, que en su misericordia grande no se olvida de su pueblo, y que, gracias a la sucesión apostólica, hace posible que la Verdad y la Vida que hay en Cristo lleguen hasta nosotros. Damos gracias por todos y cada uno de los diez obispos que ha tenido la archidiócesis de Madrid desde su fundación hasta hoy, y especialmente por quienes han sido nuestros pastores más recientes: el Arzobispo D. Casimiro Morcillo, el Cardenal Vicente Enrique Tarancón, y, estos últimos once años, el Cardenal Angel Suquía, a quien tanto debemos los madrileños. Y hoy damos gracias a Dios por usted.

Damos gracias a Su Santidad el Papa Juan Pablo II, sucesor de Pedro, que en los dieciseis años de su pontificado, que también celebramos hoy, no ha dejado de proveer y de velar infatigablemente por todas las Iglesias, y también de una manera muy visible, por nuestra Iglesia de Madrid. Quisiéramos hoy hacerle llegar el testimonio de gratitud, de adhesión y de afecto de todos los fieles católicos madrileños. Y damos gracias también a la Iglesia hermana de Santiago de Compostela, que, con ese profundo sentido de lo católico que le da el sepulcro del Apóstol, ha sabido desprenderse con generosidad, aunque con dolor, de su querido pastor para entregárnoslo a nosotros, porque así lo requería el bien de la Iglesia.
 
    Señor Arzobispo, los católicos madrileños le acogemos con una alegría y un gozo grandes. Es verdad que Madrid es un lugar acogedor por naturaleza. Muchos de quienes vivimos aquí, o incluso de quienes hemos nacido aquí, tenemos nuestras raíces en otros lugares de la geografía española. Pero en Madrid nadie nos sentimos extraños. Y, sin embargo, nuestra alegría no se debe sólo a esto, sino a que la Iglesia recibe a su Obispo como al que "viene en nombre del Señor". Más aún, vemos en su persona al mismo Señor, que permanece en medio de nosotros "todos los días, hasta el fin del mundo", y acompaña nuestras vidas con su verdad y su gracia por medio del ministerio episcopal. Esa es la grandeza de su ministerio, y ése es nuestro gozo más verdadero.

Le recibe, D. Antonio, una Iglesia viva y jóven, con un deseo grande de ser guiada en el camino de la unidad, y de llevar a cabo la misión que Cristo le ha confiado: anunciar el Evangelio a todos los hombres, y hacer posible que todos puedan participar de "las insondables riquezas de Cristo"; esto es, la certeza de una misericordia y de un amor infinitos que nos son dados, y con ello, el sentido de la vida y la esperanza de la vida eterna. En esta Iglesia encontrará siempre muchos sacerdotes y religiosos, hombres y mujeres, y muchos fieles cristianos laicos, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, su vida entera, por amor de Jesucristo y de su Iglesia. No le ocultaré que también hay dificultades, las propias de un organismo vivo, y tan complejo como es la Iglesia de Madrid. Como hay los problemas propios de una macrópolis, que por sus mismas dimensiones tiende a la deshumanización. Pero en las unas y en los otros encontrará siempre el apoyo del Señor y la cercanía y la fidelidad de la Iglesia.

Al comenzar, Señor Arzobispo, esta nueva etapa de su vida de pastor, que es a la vez una nueva etapa de la Iglesia de Madrid, en la que el Señor ha querido vincularnos con los mismos vínculos de amor con los que están unidos Cristo y la Iglesia, le aseguramos que podrá contar con nuestra obediencia fiel, como a Cristo mismo entre nosotros; con nuestro apoyo y nuestro afecto; y con nuestra oración. Pedimos al Señor que le dé fortaleza para enseñar la verdad católica sin desmayo, en comunión con nuestro Santo Padre el Papa; una caridad sin límites para dar la vida por aquellos cuya vida en Cristo Dios le ha confiado, de modo que pueda ser en todo "forma y modelo de la Iglesia", y guiarnos a todos por el camino de la santidad; y la prudencia necesaria para regir este pueblo numeroso, construyendo con paciencia la comunión que es don de Dios, y signo visible de la presencia viva de Cristo en nosotros. Y pedimos que a nosotros, sus colaboradores, sus sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, y a toda la Iglesia de Madrid, nos conceda Dios "la obediencia de la fe", y el sentido de Iglesia necesario para vivir como la familia de Dios, unidos a nuestro pastor, para que Cristo sea conocido y creído en el mundo.

¡Bienvenido a Madrid, D. Antonio! ¡Bienvenido a la que desde hoy, por voluntad de Dios, es su casa, su tierra y su familia! ¡Dios le fortalezca y le bendiga, le allane el camino y multiplique los frutos de su ministerio, para que crezca por su mano el número de los que damos gracias a Dios! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

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