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Alocución en la despedida Mons. D. Ángel Suquía

Eucaristía en la Plaza de la Almudena

Fecha: 25/09/1994



Querido Sr. Cardenal:

Me ha correspondido a mí, como Obispo auxiliar más antiguo, dirigirle estas breves palabras de despedida en nombre de toda la archidiócesis, y debo decir que me es muy grato, a la vez que doloroso, cumplir con este deber.

Me es muy grato porque es una ocasión para testimoniar públicamente la gratitud que la Iglesia de Madrid   obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y seglares   tiene por su persona, y por estos once años de su ministerio episcopal. Esa gratitud brota de la fe, de la certeza que tenemos los fieles católicos de que el Obispo es, en virtud de la sucesión apostólica, el vínculo necesario de nuestra participación en la gracia y en la vida que Cristo nos da. Y esa gracia y esa vida son, para quienes hemos conocido a Cristo, lo más querido que tenemos en este mundo.

Pero en esta ocasión, además, tenemos los católicos madrileños muchos motivos concretos para la gratitud. Tantos que resulta difícil enumerarlos. Damos gracias a Dios, en primer lugar, por su magisterio incansable, de palabra y por escrito, en una comunión sin fisuras con el Vicario de Cristo y con la Santa Sede. Esa comunión es siempre indispensable condición de la vitalidad cristiana y apostólica de una Iglesia particular. Damos gracias a Dios por un ministerio pastoral fiel y cercano   todo lo cercano que permitía esta inmensa realidad que es Madrid  , y por una vida que no ha tenido otro objetivo que hacer verdad su lema episcopal: entregarla "por nosotros y por todos". Damos gracias a Dios por tantas obras y trabajos orientados sólo al mayor bien de los fieles: pienso, por ejemplo, en la desmembración de la archidiócesis y la erección de las dos nuevas diócesis de Alcalá y Getafe; en la terminación y la dedicación de la Iglesia Catedral de Madrid; en la organización y puesta en marcha de la primera visita pastoral sistemática que se lleva cabo en la archidiócesis después del Concilio; en el crecimiento de las vocaciones sacerdotales; en la erección en Madrid de un nuevo seminario misionero; en el cuidado de las comunidades y realidades eclesiales, viejas y nuevas; en la promoción de las causas de los santos en el ámbito diocesano; y en tantas otras cosas en las que se ha manifiestado su servicio humilde y fiel a esta Iglesia que el Señor le había confiado.

La Iglesia de Madrid le quiere, D. Angel, y da gracias a Dios por el Pastor que ha tenido en estos años, en el que hemos podido palpar la providencia con que Dios cuida a esta porción de su pueblo. Prueba de ello es la multitud de fieles aquí congregada. Y prueba de ello son también muchos otros, que por mil razones no han podido acompañarnos en esta celebración, y que le han expresado a usted mismo su afecto por carta o de palabra, o nos han pedido a otros que le hiciéramos saber que su oración le acompañaba.

Naturalmente que ha habido y hay dificultades. Nadie como usted las conoce. Vivimos tiempos apasionantes para la fe y para la vida de la Iglesia, y a la vez "recios", como decía Santa Teresa de los suyos, y el oficio de pastor lleva aparejado consigo una cierta participación en la pasión de Cristo. Pero también usted sabe que "los sufrimientos por el Evangelio"(2 Tm 1,8) son para todo cristiano, cuando se viven en la fe, un motivo de gozo en el Señor. Fue el mismo Señor Jesús quien dijo que "el discípulo no puede ser más que su maestro". Y también: "Dichosos vosotros cuando os injurien, os persigan y digan de vosotros con mentira toda clase de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos"(Mt 5,11).

Decía al comienzo que pronunciar estas palabras era un deber a la vez grato y doloroso. La parte que corresponde al dolor nace de lo que esta celebración tiene de despedida. Y toda despedida, porque entraña una separación, ligada a nuestra condición mortal, es dolorosa. Aunque entre cristianos también las despedidas, al igual que las demás realidades de la vida, se viven de otro modo que en el mundo, entre quienes no conocen la esperanza de la vida eterna ni tienen la comunión en la Eucaristía. Para nosotros, en efecto, ninguna despedida es definitiva, ni siquiera la de la muerte, porque nada tiene el poder de separarnos a quienes la misericordia de Dios ha unido en el único Cuerpo de Cristo.

Pero en este caso, además, no hay, propiamente hablando, separación. Pues cuando el día 22 de octubre el nuevo arzobispo, D. Antonio María Rouco Varela, tome posesión de la Iglesia de Madrid, usted, que hasta ese momento seguirá siendo Administrador Apostólico de la archidiócesis, pasará a la condición de Arzobispo Emérito. Pero será usted, hasta el día en que Jesucristo le llame "a entrar en el gozo de su Señor"(Mt 25,21.23), Arzobispo Emérito "de Madrid". Eso significa, ante todo, que la archidiócesis sigue teniendo para con quien ha sido su pastor la obligación bien precisa de sostenerle y de acompañarle con la oración y el afecto. Pero significa también que esta Iglesia, que el Señor le confió un día para que usted la amara y se entregara a ella con la misma entrega y el amor de Cristo, podrá contar siempre con su oración, y también con su experiencia y su consejo.

Señor Cardenal: la archidiócesis de Madrid, que tantas gracias ha recibido de su ministerio episcopal, no va a olvidarle. Siempre nos tendrá cerca, siempre podrá apoyarse en nuestra plegaria y en nuestra piedad filial. Como nosotros sabemos que nos lleva en su corazón de pastor: y esa certeza hace crecer nuestra confianza en Cristo y nuestra fortaleza. Que el Señor le bendiga siempre, como a nosotros nos ha bendecido en estos once años por medio de su persona.

† Javier Martínez.
Obispo Auxiliar de Madrid

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