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La familia, una pequeña Iglesia; La Iglesia, una gran familia

Carta Pastoral con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

Fecha: 19/11/2006. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 80-85, p. 106



A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS
Y FIELES CRISTIANOS DE LA DIÓCESIS

Queridos hermanos y amigos:

1. La familia, una pequeña Iglesia

El lema del Día de la Iglesia Diocesana de este año nos invita a poner la mirada en esa realidad insustituible y decisiva de la experiencia humana que es la familia, y en la relación entre la familia y la redención de Cristo, viva en la comunión de la Iglesia. Las razones para ello son múltiples.

En primer lugar, está todavía viva en la memoria la preciosa experiencia del V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar el pasado mes de julio en Valencia, con la presencia del Santo Padre. Para quienes estuvieron allí, recordar la experiencia de aquellos días será siempre revivir una gracia grande, excepcional, que marcará profundamente la vida. La marcará porque era “ver con los ojos” que la Iglesia es un verdadero Pueblo, que cuando se expresa con espontaneidad tiene una belleza y una libertad que es difícil no reconocer. Para quienes no estuvieron, el testimonio de los amigos que vivieron aquel encuentro o la lectura de los textos del Santo Padre puede también ser una gracia grande.

En segundo lugar, aunque la familia es una realidad que podemos con verdad llamar “natural”, en el sentido de que expresa el ser constitutivo de la persona humana en prácticamente todas las culturas, a pesar de sus diferencias, la familia pone de relieve como ninguna otra realidad el efecto decisivamente transformador y humanizador de las realidades humanas que opera la Redención de Cristo.

Que en nuestro contexto cultural, que ha sacrificado todo a la producción y al consumo, la familia y el matrimonio, que es su fundamento, sufren daños terribles, es evidente. Que el perjuicio que desde muchas instancias, incluidos los responsables de la vida pública, se hace al matrimonio y a la familia, es inmenso y de muy difícil reparación, es también algo obvio para quien esté dispuesto a mirar la realidad sin prejuicios ideológicos. Legislaciones recientes en relación con el divorcio o con las parejas homosexuales, equiparándolas al matrimonio, equivalen a la abolición del reconocimiento y la protección debidas al matrimonio, lo que es suicida para cualquier sociedad.

En este contexto, recordar la relación profunda que une la familia y la Redención de Cristo es un gesto profético. Ese recuerdo es tanto más necesario cuanto que durante mucho tiempo hemos estado acostumbrados a pensar la vida de la familia, tal y como la conocíamos en nuestra tradición, como una cosa “natural” y, por lo tanto, en cierto modo, independiente de la fe cristiana. Y a la fe cristiana, en cambio, en cuanto que perteneciente al orden “sobrenatural”, como algo que sólo añadía, en el mejor de los casos, algunas motivaciones éticas más profundas a algo que era evidente y que podía sostenerse por sí mismo. El orden “sobrenatural”, el orden cristiano, era así, de paso e inconscientemente, convertido en algo exterior a la vida, en cierto modo irrelevante para ella, excepto como un factor que aportaba “motivaciones éticas” a algo consistente por sí mismo.

La evolución de los hechos ha probado lo profundamente equivocado de esa visión, que es necesario corregir con urgencia.  Si “Cristo, el Verbo encarnado, al revelar al Padre y su designio de amor, revela el hombre al mismo hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes, 22), la Redención de Cristo es esencial –y no simplemente un factor extrínseco, de “inspiración ética”– para la humanidad misma de los hombres, en todas sus dimensiones constitutivas, desde el matrimonio hasta el trabajo y la vida económica, política y social.
Es obvio, a estas alturas, cuando en nuestra sociedad se rompe un matrimonio cada pocos minutos, que no basta con ofrecer y transmitir “valores” o “principios”. Esa transmisión se ha quebrado o, sería más exacto decir, sencillamente “no funciona”. Porque tanto los “principios” como los “valores” son en gran medida abstracciones. Y los seres humanos no crecemos, no nos educamos por medio de abstracciones, sino por medio de los sentidos. Es decir, viendo, mirando a los adultos, aprendemos quiénes somos, qué es lo que vale la pena, qué es lo que llena de contenido la vida, cuál es su sentido y su significado. Por motivos muy similares, no funciona ya la escuela (o el sistema educativo, en general) como instrumento de educación moral.

En un contexto como éste, por el bien y la libertad verdadera de las personas y de las familias, es preciso proclamar que Jesucristo y la Redención de Cristo no son un “extra” opcional, un bien añadido a la vida, pero extraño a ella, sino la posibilidad misma de una humanidad verdadera que corresponda a las exigencias profundas del corazón. Por ello, es esencial redescubrir, y volver a vivir y a gozar, la relación profunda que hay entre la familia y la Redención de Cristo.

“La familia, una pequeña Iglesia”. Desde muy antiguo, la tradición cristiana llamaba a la familia “Iglesia doméstica”. Pues bien, la Iglesia es el lugar humano de la presencia y de la gracia de Cristo. Por ello, la familia es “Iglesia doméstica” cuando en ella puede reconocerse a Cristo como el centro de la vida familiar, como el que configura y sostiene las relaciones entre los miembros de la familia. Se crece “viendo”. Los niños se educan y aprenden a comprenderse a sí mismos y a la vida a la luz de lo que ven a su alrededor. Por ello, hay que repetir una y otra vez que educar, para una familia cristiana, no es tanto transmitir “principios” o “valores” como mostrar en la vida cotidiana que para esa familia, para esos padres y esposos, Cristo es lo más querido en la vida, el bien más precioso, porque es la garantía de su amor y de su esperanza. La persona de Cristo, la gracia de Cristo, son fundamentales para comprender y para vivir, no sólo la relación y el amor esponsal, sino la relación y el amor  entre padres e hijos. Es evidente que, para poder vivir así, para que Cristo sea el centro de la vida matrimonial y familiar, la familia necesita no estar sola. Necesita la Iglesia.

2. La Iglesia, una gran familia

“La familia”, decía el Papa Juan Pablo II, “es el lugar donde la persona es amada por sí misma”. En eso se parece a la Iglesia, porque en la Iglesia, cuando es fiel a su vocación y a su misión, la persona es acogida y amada por sí misma, y no en función de cualquier otra consideración, que siempre será secundaria.

El lugar indefectible de la presencia de Cristo es la Iglesia. Allí está su palabra, preservada a través de los siglos, lo mismo que la gracia de la comunión y de los sacramentos, por los que participamos de la redención de Cristo, y accedemos a la vida divina. En la Iglesia y en la comunión de la Iglesia aprendemos quiénes somos, qué significa ser esposo o esposa, o padre, o hijo, o hermanos. Aprendemos que el vínculo de todas esas relaciones que nos constituyen, y que nos permiten ser libres y amar y, en ese sentido, ser plenamente personas,  se ilumina y se consolida en la experiencia de “ser Iglesia”, esto es, en la experiencia de pertenencia al Cuerpo de Cristo.

Es evidente que, para que esto pueda ser una experiencia vivida, es necesario pedir insistentemente al Señor, y trabajar para que la Iglesia sea más y más, o en algunos casos vuelva a ser, “la casa y la escuela de la comunión” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte, 43). Dicho de otro modo, que la Iglesia sea “una gran familia”, en la que la persona es amada por sí misma, en la que es acogida siempre con misericordia, en la que es acompañada con paciencia, cariño y ternura, y amor a la verdad de su vocación, en el camino de la vida. En realidad, igual que la verdad misteriosa de la comunión matrimonial sólo se ilumina desde la relación de Cristo con la Iglesia, así la verdad profunda, y misteriosa también, de la vida familiar, sólo se comprende y se ilumina desde la experiencia de la comunión eclesial, fuente, sustento y plenitud de toda otra pertenencia humana.

Pero para ello es evidente que la Iglesia ha de recorrer un verdadero camino de conversión, que obtenga del Señor la gracia de que podamos crecer en comunión, y que haga de todas nuestras parroquias, comunidades, movimientos eclesiales y grupos, “una gran familia”. Es preciso que las parroquias vuelvan a descubrir la dimensión inherentemente comunitaria de la vida cristiana, y no se contenten con ofrecer unos “servicios religiosos”. Y es necesario, igualmente, que los movimientos y comunidades se sientas más y más como miembros del gran cuerpo de la Iglesia, al servicio de todo el cuerpo.

Redescubrir la dimensión comunitaria de la Iglesia, al mismo tiempo que la apertura imprescindible de cada realidad eclesial a todas las demás y a la Iglesia universal, es una necesidad urgente, no sólo ni  principalmente para el futuro de la Iglesia, sino sobre todo para el futuro de la familia, que es lo mismo que decir para el futuro del hombre.  

La familia, en efecto,  necesita la Iglesia, la gran Iglesia, la Iglesia universal. Esa necesidad de la Iglesia universal se hace más evidente en una sociedad como la nuestra, en la que la movilidad es un aspecto decisivo de la vida humana. Las personas y las familias viajan constantemente, se desplazan, cambian de residencia y de vivienda. En ese contexto, es un rasgo particularmente jugoso de la experiencia cristiana encontrar, allí donde una familia va, una comunidad cristiana con la que compartir la Eucaristía, en la que recibir el perdón de los pecados, con la que hacer juntos, al menos, ese tramo del camino de la vida. Es la experiencia de la catolicidad, de la universalidad del acontecimiento cristiano, de la unidad esencial del Cuerpo de Cristo. También de la unidad de la Iglesia, por encima de razas, pueblos y naciones. De ahí que sea tan importante que la Iglesia no sea concebida como vinculada a una “nación”, o a cualquier otro tipo de construcción política, de la que haría las veces de “capellana”, como lo ha sido siempre la religión en el paganismo respecto al poder. De ahí que sea tan importante preservar exquisitamente la libertad de la Iglesia de las instancias políticas y de las administraciones públicas. La libertad de la Iglesia, por encima de cualquier construcción política o cultural, su unidad y su catolicidad, son signos de la verdad de la vida de que es portadora, y al revés: cuando se ve a la Iglesia sumisa al dictado del poder, sometida más o menos subrepticiamente a categorías políticas o a ideologías, como por ejemplo al  nacionalismo, del tipo que sea, la fe se deteriora, su credibilidad se pierde, y la Iglesia se desertiza. España ha sido y es de muchas manera una prueba de ello. Los antiguos cristianos se referían a la Iglesia como a “una nación hecha de todas las naciones”, como a “un pueblo hecho de todos los pueblos”.  No habría que olvidar nunca que la catolicidad de la Iglesia, y por lo tanto su libertad, son la garantía fundamental de la verdad de la fe y de la redención, así como de su conexión con el corazón de los hombres.

La Iglesia “universal”, sin embargo, se realiza verdadera y plenamente en cada Iglesia Particular, presidida por un sucesor de los Apóstoles, en comunión con el sucesor de Pedro y vicario de Cristo, el Papa. Igual que en todas las Iglesias, pero tal vez más en la nuestra, por la condición de Granada de “frontera” cultural, sobre todo entre la modernidad y la post-modernidad, y también por otros factores, como su carácter universitario y en cierto sentido “internacional”, necesitamos crecer en Granada en nuestra conciencia de Iglesia Diocesana. Decir esto es, ante todo, tomar conciencia de nuestra comunión en Cristo, de la presencia de Cristo entre nosotros y de cómo esa presencia nos vincula a unos con otros para el bien de todos.
 
Hemos de pedirle al Señor que nos ayude a crecer en esa conciencia, de modo que podamos ser más y más signo de la caridad de Cristo para con los hombres, cercanos a sus esperanzas y a sus sufrimientos, signo, en definitiva, de la vida verdadera para la que hemos sido creados. Hemos de pedirle, y de trabajar, para que multiplique entre nosotros los signos de esa comunión, afectiva y efectiva, “para que el mundo crea”. Hemos de pedirle que nos sintamos más y más “un solo pueblo”, “una sola familia”, y que sintamos las necesidades de la Iglesia, materiales y espirituales, no como algo ajeno a nosotros, sino como algo que nos implica profundamente, que nos importa de un modo supremo, porque en nada nos va tanto la vida, y la calidad de vida, como en que florezca la vida de la Iglesia, como familia de familias, como lugar de la humanidad verdadera del hombre.

Así lo deseo para todas las comunidades cristianas de la Archidiócesis, así se lo pido a la Virgen de las Angustias. Lo pido para mí, que me ayude a ser instrumento de esa vida y de esa comunión en todos vosotros, y lo pido para todos los fieles cristianos de la diócesis.

A todos os bendigo de corazón.

En Granada, a 5 de noviembre del año 2006.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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