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Los valores permanentes de la vida, en tu Iglesia

Carta Pastoral con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

Fecha: 13/11/2005. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 74-79. p. 196



CARTA DEL ARZOBISPO DE GRANADA
A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS
Y FIELES CRISTIANOS DE LA DIÓCESIS
CON MOTIVO DEL DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA

13 de noviembre del año 2005.

Queridos hermanos y amigos:

I. Vivimos en el mundo de lo efímero. Un estudio de hace no muchos años, hecho en un país del hemisferio norte y del mundo occidental, observaba que la persona estaba sometida al impacto de una media de 16.000 mensajes publicitarios al día. La mayoría de ellos, y con frecuencia los más ingeniosos y atractivos, anuncian cosas que no son en absoluto necesarias, y ni siquiera especialmente útiles para la vida. La vida sería lo mismo, y en no pocos casos, sería mejor, si esos productos no existieran, o no se metieran a los hombres por los ojos. La publicidad ofrece y vende, por lo general, sólo productos efímeros. Y, sin embargo, como su mensaje es siempre religioso –pues siempre promete la felicidad (la plenitud, el cumplimiento de nuestra humanidad)–, su impacto transmite implícitamente (y muchas veces explícitamente) la idea de que nuestra humanidad misma es algo también efímero, sin sentido ni meta, saciable con nada, y de que la felicidad es, por tanto, algo que se consigue a bajo precio en el mercado. Pero nunca de una vez por todas, por supuesto, sino a base de estar comprando siempre “lo último”. Lo cierto es que, en nuestro mundo, casi todo o todo es efímero, casi todo es banal: y tienden a ser banales también la palabra, la convivencia política y social, el trabajo y el amor, la vida y la muerte.

No sería justo en absoluto hacer de la publicidad la responsable única de esa experiencia de la vida como algo sin sustancia y sin significado. Los factores que intervienen para crear “el imperio de lo efímero” (como lo ha llamado Gilles Lipovetsky) son múltiples, y entre ellos no hay que olvidar al menos dos: en primer lugar, el que durante mucho tiempo se les han estado vendiendo a los hombres, desde los centros de cultura y de poder, falsos “absolutos”, como la raza o la clase social, la llegada del paraíso marxista o el progreso de la ciencia, que darían a los seres humanos la paz y la felicidad, y en nombre de los cuales se pedía a los hombres sacrificar sus vidas y las de sus semejantes.

En segundo lugar, también somos responsables de esta situación quienes, siendo portadores de la plenitud verdadera, de la Vida y de la Gracia divinas, hemos reducido tales bienes a algo banal también, en muchos casos puramente decorativo en la vida (que transcurre por otros caminos, y se mueve por otras claves), sin capacidad de conmover, sin belleza ni atractivo alguno para el corazón humano. El Don por excelencia que es la redención de Cristo ha quedado reducido a pura ley formal, o a puros “principios” o “valores” morales, a dinámicas de terapia psicológica, o a una ideología más en el mercado de las ideologías compitiendo entre sí. Algo, en todo caso, que no es en primer lugar la pasión de nuestra vida, y que difícilmente podemos decir que llena nuestro corazón.

En un contexto así, los hombres y mujeres que fueron cristianos, y que fueron educados en la fe, la pierden con facilidad. La pierden, no porque hayan encontrado que la fe era falsa, o que había razones para negarla, sino, literalmente, porque la fe que han encontrado en nosotros no sostiene la vida. Lo que les mostramos no es, a veces, sino un despojo de la experiencia cristiana, y tampoco tiene gran cosa que ver con las inquietudes y los deseos del corazón. En la raíz del vacío que marca nuestra cultura, está con frecuencia la decepción y el resentimiento. Y es que el vacío, el sinsentido, la vida al servicio del consumo y de la evasión, no son lo espontáneo en la persona humana, no son nunca un dato primario de la experiencia, sino una especie de “retirada”, un momento segundo, un movimiento marcado por la frustración. De ahí pasa enseguida a ser una industria: el vacío de los seres humanos, su soledad, y la indefensión y la inconsistencia que nacen de esa soledad, son algo extraordinariamente rentable para los intereses y los poderes del mundo.

II. El corazón puesto en lo efímero es una fuente de violencia. Además, por supuesto, el corazón no está hecho para vivir así. Es cierto que el corazón del ser humano –el ser humano–, está hecho para servir, es decir, para entregarse y darse. Pero no a cualquier cosa, y no de cualquier manera. Por ejemplo, el corazón no está hecho para servir a la mentira, si la percibe como mentira. Aunque la herida del mal que lleva dentro le pueda llevar muchas veces a mentir, o incluso a vivir en la mentira, es obvio que nadie quiere ser engañado. Cuando la persona se siente engañada siempre se produce un sufrimiento, siempre es una humillación, siempre es una ofensa a su dignidad.

Algo parecido podría decirse en relación con el amor: el corazón de la persona está hecho para un amor que no sea excusa para “usar” a las personas, que no sea “en función” de algo que se quiere obtener de ellas (ni siquiera un bien como su salvación), sino que tenga como objeto único el bien de la persona misma: el reconocimiento y la gratitud por su existencia, por el don misterioso y único que cada persona es en sí misma. Independientemente del juicio que uno tenga sobre si un amor de estas características puede darse en este mundo, o de si se da con más o menos frecuencia, el corazón está sin duda hecho para un amor así. Y no sólo para un amor así por momentos, ocasionalmente, sino de manera permanente, de forma que la vida entera esté como inmersa, sostenida por un amor permanente, fiel, incondicional, y, por lo tanto, misericordioso.

“Amar”, escribía Gabriel Marcel, “es decirle a alguien: «Yo quiero que tú no mueras jamás»”. Al margen de la cuestión (nada banal, sin duda) de si eso se puede o no se puede decir razonablemente en esta vida, o de si eso se lo puede decir razonablemente un ser humano a otro ser humano, lo que es cierto es que el amor (si es verdadero), al menos el que cada uno quisiera recibir, lleva inscrito dentro de sí una cierta exigencia inextinguible de eternidad, de permanencia, incluso más allá de la muerte. La publicidad y el marketing saben muy bien de esta exigencia profunda de la persona cuando vinculan la obtención de la felicidad a la compra de un producto. Y cuando se afirma que el amor no existe, que “todo es pura química”, que al fin y al cabo no existe más que la utilización más o menos sutil y disfrazada de los demás, es siempre con un cierto tono de decepción y desencanto. Es el desencanto de una gran esperanza frustrada, un desencanto muy similar al que señalábamos más arriba hablando de la pérdida de la fe: el desencanto lleno de dolor que se produce en quienes rechazan la fe cristiana porque no han encontrado cristianos en los que resplandezca la verdad de Dios (era el caso de Nietzsche, por ejemplo).

Aproximarse a la realidad del amor humano pone de nuevo de manifiesto que el corazón está constitutivamente abierto al infinito, a Dios. Y por eso vivir en lo efímero produce violencia, es la fuente primera y radical de la violencia. La mentira de instalar el sinsentido, el vacío, lo efímero, como el fondo último de la realidad y de la vida, no puede conducir sino a instalar la violencia en el corazón de lo cotidiano (que es donde empiezan las guerras). Esa trágica mentira no puede dar lugar sino a una filosofía, y a una ética y a una política, y a una estética, de la violencia, que justifican la violencia y el resentimiento, que en realidad los alimentan, aunque parezcan rasgarse continuamente las vestiduras escandalizados de su existencia. Aunque es necesario reconocer que también esa filosofía, en último término, da homenaje a las exigencias profundas de verdad y de bien del corazón humano, y trata de vestirse (como no podía ser menos), de razón, y de razón moral. A comienzos de los años cuarenta, el novelista G. Bernanos hablaba con desdén de los políticos que se burlan de la moral, pero que viven de la moral de los demás. Muchos son los hombres que mienten, pero por alguna misteriosa razón que tiene que ver con la naturaleza de las cosas, nadie presume de ello.

Estas reflexiones ponen de manifiesto que el ser humano no está hecho para la mentira, o para el egoísmo, o para cosas que valen menos que la propia vida. Nuestra cultura puede vivir instalada en lo efímero, pero, por la misma razón, es una cultura que se muere a chorros, que ya no se puede proponer como ideal de humanidad, y que no hace fácil a los hombres amar la vida o vivir contentos. De hecho, nuestro mundo es un mundo hastiado de bienes de consumo y de desesperanza. El ideal social de la cultura de lo efímero es, o la sociedad drogada, o la venta de D. Quijote. Ninguna de las dos situaciones puede considerarse con seriedad como verdaderamente humana.

III. Jesucristo, que vive en la Iglesia, es la respuesta siempre actual a las preguntas y a las esperanzas del hombre. La situación cultural y social que acabo de describir es una llamada a abrir de nuevo la inteligencia a la posibilidad de la fe. En nuestro mundo contemporáneo, a la luz de la preocupante evolución reciente de la cultura en nuestros países, empieza a haber círculos de pensamiento y de cultura para los que una recuperación, un redescubrimiento de la tradición cristiana sería la única salida posible al marasmo de confusión en que vivimos. En el mundo del pensamiento, se oyen más y más voces que invitan a liberarse del dominio de la visión del mundo chata y estrecha del positivismo cientista, mucho menos al servicio de la verdad o del bien común que de los intereses del poder económico y político.

Pero la responsabilidad para con esa situación es también para los fieles cristianos una llamada a purificar la fe, a repensarla hasta el fondo y a vivirla con más transparencia y verdad. Decir “tradición cristiana”, por ejemplo, no es decir una visión del mundo cerrada y nostálgica de tiempos pasados. En absoluto. Lo que a veces conocemos como “tradición” no son sino manifestaciones fragmentarias, deformes, y a veces fósiles, de una vida cristiana que ya ha entregado su alma al espíritu del mundo. La Gran Tradición es, al contrario, y en la medida en que “transmite” la Vida divina que se nos ha dado en Cristo, una explosión de libertad y de amor, una disciplina sacramental y eucarística que genera un pueblo de hombres libres, una identidad nacida de la redención de Cristo, que por sí misma invita a dialogar y a confrontarse con cualquier posición humana, y a amar a todos los hombres, y a darse sin reservas por la vida del mundo, como Cristo.

No todo es efímero en torno a nosotros, sin embargo. Hay una persona en la historia, hay una realidad humana en la historia que responde plenamente a las exigencias profundas del corazón humano. “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida” (Jn 14, 6). Cristo es el Reino de Dios. Su persona viva es la Gracia. Y su Don, el Espíritu mismo de Dios, el aliento divino de vida que une a los hombres en un pueblo nuevo. Es un pueblo distinto a todas las naciones, “marcado” por la comunión que es el sello de la Vida divina, una comunión que tiende siempre a coincidir con los límites del mundo, es decir, que anhela no tener límites, ni en el tiempo ni en el espacio.

La Iglesia es este pueblo, nacido de la Pascua, nacido del costado abierto de Cristo. La Iglesia es la realidad humana, el espacio humano donde mora, indefectiblemente, el Espíritu Santo de Dios, el Espíritu de la Verdad y del Amor, que constantemente sostiene y vivifica esta “nueva creación” en Cristo. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el “espacio” corporal en el que mora Cristo, y en el que Cristo se comunica y se da a los hombres. En el Cuerpo de Cristo, aun lleno de llagas, está Cristo. Y por eso la Iglesia, como me habéis oído decir muchas veces, es lo más precioso que hay en la tierra, la realidad humana y social más bella que ha habido jamás en la historia. Y por eso la vida de la Iglesia, vivida con verdad y sencillez, es la mejor propuesta para la vida, lo mejor que puede vivir o que se puede proponer a un ser humano.

Jesucristo es toda la riqueza de la Iglesia, todo su Bien. La Iglesia sólo existe para comunicar a Jesucristo a los hombres, para incorporarlos en Cristo a la familia de Dios y para permitirles vivir como hijos. “No se nos ha dado bajo el cielo otro nombre por el que podamos ser salvos” (Hch 4, 12). En la Iglesia, en su Cuerpo, Cristo se acerca a cada hombre y a cada mujer, y le susurra o le grita, le testimonia, “la sublimidad de su vocación”, el amor infinito, la posibilidad de un espacio de libertad, de misericordia y de humanidad verdadera. En la Iglesia, la Redención se hace experiencia, y el hombre es arrancado de su desarraigo, de su vivir en el vacío, del imperio de lo efímero. La experiencia de la misericordia y del amor gratuitos despierta en el hombre el sentido de la dignidad humana, del valor de la vida, y abre el corazón a la gratitud y a la alegría. “El profundo estupor ante la dignidad humana se llama Evangelio; se llama también cristianismo” (Juan Pablo II).

IV. ¡Ayuda a tu Iglesia! Si hay en nosotros una brizna de fe fresca, la primera ayuda a la Iglesia, y a nuestra propia vida, por tanto, es convertirnos. Es volver a abrir el corazón a la fe y a la tradición cristiana, a sus fuentes. Abrirlo al anuncio, esencial a la experiencia cristiana, de que en la comunión de esta familia, en la amistad de estos hombres y mujeres (“comunión” se llama esta amistad en el lenguaje técnico cristiano), en la vida de este pueblo, hecho de pobres gentes llenas de defectos, está sin embargo Cristo. Y con Él, la plenitud que corresponde plenamente a las exigencias del corazón. Toda la plenitud y la alegría que es posible en este mundo, anticipo en esta vida mortal del gozo y de la alegría del Cielo.

Vivimos “tiempos recios”, como diría Santa Teresa. Ser cristiano, manifestarse como tal en el trabajo o en la sociedad, no es “políticamente correcto”. La libertad de vivir la comunión de la Iglesia empieza a ser de nuevo peligrosa. ¡Cuántos cristianos viven una especie de persecución larvada, y a veces explícita, por el mero hecho de serlo, y de manifestarse como tales! No es que eso nos extrañe (nos lo advirtió el Señor, y hasta es un signo de vitalidad de la Iglesia: pues nadie en su sano juicio persigue ni ataca a los muertos). Lo que quiero decir es que las circunstancias, siempre providenciales, nos reclaman al testimonio de la comunión eclesial. Nos reclaman a redescubrir que nuestra primera y decisiva pertenencia es a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo. Naturalmente, en un carisma o en una obra determinada, con un temperamento preciso. Todos tenemos un rostro, expresión de nuestra historia. Pero en la Iglesia, todas las historias están al servicio de la única historia, la de Cristo con los hombres, y de una única pertenencia, la pertenencia al Cuerpo de Cristo, a la Iglesia “Una, Santa, Católica y Apostólica”. Y que lo que alimenta y sostiene esa pertenencia vale, y que lo que la rompe o la debilita, no vale y viene del Maligno. Y es, además, una traición a los hombres y al mundo, que sólo tiene nuestra comunión como signo fidedigno de la presencia de Dios entre nosotros, para escapar al dominio de lo efímero y volver a pisar tierra firme. La tierra firme de la misericordia de Dios, que “no tiene fin”, que permanece para siempre.

Ayudar a la Iglesia es desear, pedir, trabajar por esa comunión. Es tratar de hacerla visible en la vida, en los lugares de trabajo y de estudio, en el mundo. Es sentirnos cristianos y testimoniar sin timidez que lo somos, por encima de cualquier otra pertenencia de este mundo. Es expresar, con libertad, tanto en la palabra como en los hechos y en nuestra forma de vida, la plenitud que Cristo nos da. La verdad de su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Ayudar a la Iglesia es también sostenerla económicamente, sostener sus obras. Si uno valora lo que supone ser miembro de la Iglesia, esto es lo más normal, lo espontáneo, lo que uno quiere hacer. En España hemos estado, sin embargo, y durante mucho tiempo, acostumbrados a que muchas de las obras de la Iglesia (de culto, educativas, sociales) hayan estado de modos diversos sostenidas por las administraciones públicas. Al hacer esto, en realidad, las administraciones no hacen sino cumplir su deber para con un pueblo que tiene una tradición determinada, y en algunos casos respetar sus derechos inalienables. Pero es posible que en el futuro hayamos de afrontar la misión de la Iglesia en otras circunstancias. Yo pido al Señor que, suceda lo que suceda, los cristianos no vendamos nuestra primogenitura por un plato de lentejas. Que no vendamos la fe. Sostener la libertad de la Iglesia puede ser duro –hasta muy duro– a corto plazo, y más cuando no estamos acostumbrados a ello, pero es a la larga la única forma de que la Iglesia –todos los que la formamos– pueda realizar su misión, y la única forma de que haga el servicio al mundo más indispensable que ella puede hacer: testimoniar a todos los hombres que Cristo es el Bien más querido, la única esperanza verdadera para el mundo, “la gracia que vale más que la vida” (Sal 63, 4).

Os bendigo a todos de corazón.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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