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A las tres de la tarde

Viernes Santo, Campo del Príncipe, Granada

Fecha: 25/03/2005. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 74-79. p. 261



A esta hora se produjo el escándalo. El escándalo mayor de la Historia. El Hijo de Dios se ha hecho uno con el hombre de tal modo que el Inocente ha venido a gustar lo más amargo de la condición humana: la traición, la soledad y el abandono de los amigos, el juicio injusto de los hombres, la experiencia de la muerte. Así, “la alianza nueva y eterna”, iniciada en la Encarnación, tiene su cumplimiento y su consumación en la cruz. La cruz es la Encarnación llevada hasta el final, es el Amor llevado hasta el extremo, hasta el límite, es decir, hasta donde no hay límites, ni condiciones, sino sólo una misericordia infinita.

Y Tú, madre, estás ahí, junto a tu Hijo. Silenciosa, herida de muerte también Tú –no hay en el mundo dolor más grande que el de una madre que ha perdido a su hijo, y que lo ha perdido como Tú lo perdiste –, humillada y avergonzada de la miseria humana, y, sin embargo, en paz. En paz y cierta de que el amor de Dios, que Tú habías reconocido tantas veces en la mirada de tu Hijo, no podía dejarse vencer por el mal de los hombres. En paz, y esperando el triunfo de la gracia. 

Y es que, naturalmente, nosotros no celebramos la muerte de un hombre, o el dolor de una madre. No habría nada que celebrar ahí. No hay belleza ni dignidad alguna en la tortura de un ser humano, en su ajusticiamiento injusto y cruel. No hay belleza en un cadáver, ni en el dolor de una madre que ha perdido a su hijo. Si nosotros celebramos la muerte de Cristo, si podemos representarla sin avergonzarnos de ella y sin apartar la mirada, es porque esa muerte es un acontecimiento único, que es lo que parece, y no es lo que parece. Nosotros vemos la muerte de Cristo a la luz de su resurrección, que conocemos por el testimonio de los Apóstoles, preservado en la Iglesia, y por los frutos de santidad, de alegría, y de vida que Cristo vivo hace nacer en el Pueblo que Le acoge. 

No me cansaré de repetirlo: Dios ha querido morir para que nosotros vivamos. Dios se ha entregado para que nosotros pudiéramos conocer a Dios, y la inmensidad inefable de su amor por nosotros. Dios, si podemos usar ese lenguaje, se ha puesto, literalmente, “en nuestro lugar”, y muere en lugar nuestro, para que, por su muerte, nosotros alcancemos la misericordia y la vida.

Precisamente ahí, el Dios de Jesucristo se revela como el Dios verdadero. No podíamos imaginarnos así a Dios (de hecho, no nos lo habíamos imaginado así nunca antes del cristianismo, ni después), pero podemos reconocerle como Dios verdadero cuando se ha manifestado, no en el poder, sino en el amor.  No el Dios de los pensamientos humanos, el que es sólo una proyección de nuestros deseos o de nuestras estructuras sociales. No un Dios creado por los hombres para consolarnos, para evadirnos y olvidarnos de la realidad en un mundo herido de desamor, y enfermo. No el Dios cuyo poder se revela en la arbitrariedad, y en su capacidad de aplastar a los hombres, que justifica y sanciona sus ansias y sus sistemas de poder. Sino el Dios que  se revela como Amor, que se hace uno con nosotros para que nosotros vivamos.

 Y al revelarse Dios como Amor, como comunión de personas  (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se entrega por nos nosotros, que nos entrega su intimidad y su vida para que vivamos de ella, nos revela también quiénes somos, cuál es el valor de nuestra vida, cuál es nuestro destino. ¡No estamos hechos para la muerte, sino para la vida! Nuestro destino es la vida eterna, una vida divina, participación por gracia de la vida y del amor de Dios. El último de los hombres (en las medidas humanas), el más pobre y el más pequeño, el más enfermo, tiene un valor infinito. ¡Su vida vale la sangre de Cristo! Tu vida, mi vida, vale la sangre del Hijo de Dios. Con razón podía escribir Juan Pablo II: “El profundo estupor ante la dignidad de la persona humana se llama evangelio, es decir, buena noticia. Se llama también cristianismo”.  

No cabe más que la adoración, el silencio que adora. Que llora, pero que llora conmovido de gratitud y de gozo. Hasta el amor de este mundo, cuando es verdadero, admira, sorprende, sobrecoge, reclama la  contemplación y la adoración. Y eso es así porque todo amor es signo, es participación en el Amor infinito de Dios. Pero cuando es Dios mismo, el constructor del cosmos, el hacedor de las galaxias y las estrellas, y las montañas y los glaciares, y los mares, y el tallista del cuerpo y del rostro humanos, el hacedor de la mente y del corazón, el que se entrega a la muerte por amor a ti y a mí, pequeñas y pobres criaturas que en el mejor de los casos habremos sido olvidados por nuestros seres más queridos en dos o tres generaciones, y se entrega para que tú y yo vivamos para siempre gozando de su amor y de su misericordia, sólo cabe el canto que da gracias o el silencio que adora. 

Es de aquí de donde nace la belleza de las imágenes y de los pasos de la Semana Santa. No veneramos la muerte, sino el Amor que en la muerte de Cristo ha desposeído a nuestra muerte. No admiramos la tragedia y la desesperanza de la muerte o del dolor, sino la belleza inmensa de una gracia, una misericordia que no nos atrevíamos ni siquiera a imaginar. No adoramos el triunfo del mal, la violencia y la injusticia, sino a Dios, que en Cristo ha hecho triunfar de un modo inaudito su Amor sobre la violencia y la muerte, y ha transfigurado el sentido de todo dolor y de toda muerte.

Mis queridos hermanos: desde la muerte y la resurrección de Cristo, ninguno de nuestros sufrimientos, pequeños o grandes, es sólo nuestro. Cristo se ha unido a nosotros de tal modo, que todo lo nuestro Le afecta a Él, que Dios vive con nosotros todas las heridas, todas las marcas de la vida. Nosotros, por la fe, tenemos el don de saber esto, y de poder celebrarlo. De saber que no estamos nunca solos, que vivir no es nunca, hasta en la soledad humana más extrema, estar solos, estar abandonados. Pero Dios está, y ya para siempre, cerca de todo sufrimiento humano, de todas las lágrimas, de todos los que sufren y mueren, aunque ellos no lo sepan. 

A Ti, Madre querida, que nos fuiste entregada por tu Hijo en la cruz, a Ti presentamos hoy las “otras pasiones” de tu Hijo, las de tus otros hijos, las nuestras. A Ti presentamos los sufrimientos de los ancianos y de los enfermos, a Ti presentamos el dolor de los matrimonios rotos, de las mujeres, los jóvenes y los niños abusados, maltratados o explotados. A Ti presentamos las víctimas de la injusticia humana, y de las catástrofes naturales. A Ti presentamos, especialmente, las víctimas en todo el mundo del terrorismo y de las guerras, las víctimas del odio y del ansia de poder. Acoge a los muertos, sana y alivia con la esperanza de la vida eterna a los heridos y a los familiares destrozados, y ayúdanos a nosotros a construir, en nuestra ciudad y en donde estemos cada uno de nosotros, y en la medida de la responsabilidad de cada uno, una civilización, una cultura, de la verdad y del amor, en la que siempre el amor prevalezca sobre los intereses, sean del tipo que sean.

Intercede, Madre, por tus hijos reunidos aquí hoy para adorar, juntos y en silencio, el momento de la muerte de tu Hijo. Intercede por nuestros difuntos, que el Señor los haya acogido en su misericordia y gocen ya de la hermosura infinita de Dios, y de tu compañía y la compañía de los santos. Ruega al Señor por la paz del mundo y por todos los hombres.

Que el misterio pascual de Cristo, que su muerte y su resurrección sigan generando en esta tierra una vida nueva, una vida hecha de la fe y de la esperanza, del amor y de la alegría que la sangre de Cristo ha obtenido para nosotros.

Que así sea.          

Campo del Príncipe, Granada, a 25 de marzo del año 2005.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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