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Homilía en la Eucaristía en el V Centenario de la muerte de la Reina Isabel la Católica

Capilla Real de Granada

Fecha: 27/11/2004. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix Fiesta



Queridos hermanos Arzobispos y Obispos,
Autoridades,
Queridos hermanos y amigos:

Los cristianos nos reunimos siempre junto al altar de Cristo para darle gracias a Dios. Nuestra oración se llama Eucaristía, que significa precisamente eso: acción de gracias. El motivo de nuestra gratitud es siempre nuevo, y a la vez no tiene fin: se llama Jesucristo.

En Jesucristo, en efecto, los hombres accedemos al don más grande: participar de la vida divina, llegar a ser hijos de Dios. Unos hijos que pueden dirigirse a su Padre con la confianza de los niños, y que viven despreocupados bajo la mirada de un Padre que tiene contados “hasta los cabellos” de nuestra cabeza. En Jesucristo hemos conocido y experimentado la misericordia infinita de Dios, y el perdón de nuestros pecados, fuente inagotable de alegría. En Jesucristo hemos conocido “la esperanza que no defrauda”, la esperanza de la vida eterna, para la que hemos sido creados, y de la que tenemos ya una misteriosa experiencia aquí en la tierra, en la comunión de la Iglesia. En Jesucristo hemos conocido  la dignidad inalienable de la persona humana, el valor de la vida, de toda vida humana, siempre. En Jesucristo hemos conocido la verdad del amor humano y del matrimonio de un modo que corresponde a las exigencias profundas del corazón del hombre y de la mujer. En Jesucristo hemos conocido la posibilidad de construir en este mundo una sociedad basada en la confianza y en la libertad, en el aprecio por la razón y el derecho, en el gozo por el bien de los demás y en el afecto mutuo.

¿Cómo podríamos no dar gracias por tanto bien? ¿Cómo podríamos avergonzarnos de esta experiencia humana, la más bella que hay en la historia? En medio de mil traiciones y debilidades, a través de períodos enteros de corrupción o decadencia, la gracia de Cristo no ha dejado nunca de estar presente entre nosotros, y de  abrir para los hombres, en toda clase de culturas, en circunstancias diversas, y en todas las clases sociales, la posibilidad de una humanidad resplandeciente de verdad y de bien, de amor por la razón y por la libertad, de afecto por la vida.

De esa acción de gracias al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, no es separable la cadena de personas a través de las cuales la fe cristiana ha llegado hasta nosotros. Todas ellas, al igual que las mil circunstancias contingentes que hacen la historia, forman parte del designio bueno de Dios para nosotros. Pero en esa cadena hay un elemento, el más misterioso de todos, que es la libertad de los hombres. Por eso, en nuestra acción de gracias, es esencial “esa muchedumbre enorme que nadie podría contar” de personas de fe, hombres y mujeres de toda raza, pueblo y nación, de todas las clases sociales, de diferente condición cultural, que menciona el libro del Apocalipsis, y que han dado un testimonio especial de fe y de amor a Jesucristo. Ellos son miembros del cuerpo de Cristo, son el cuerpo y la forma histórica de la gracia.

En Granada, pero también en España en general, una de esas personas que juegan un papel en la providencia por la que hoy nosotros somos cristianos, es la Reina Isabel. No es difícil dar gracias por su figura, en cuanto se la conoce, porque es una figura llena de encanto cristiano. No celebramos nosotros sus victorias, o su contribución a la cultura, o sus extraordinarias dotes de gobierno, que las tuvo, sino su calidad cristiana y sus virtudes cristianas. Fue una mujer de fe, y de honda piedad, llena de fortaleza en su fidelidad a la Iglesia y al Evangelio. Fue una esposa y una madre ejemplar. Siempre se mantuvo firme en su conciencia de que todos los hombres, los indios recién descubiertos al igual que los vencidos, eran poseedores de un alma inmortal, y como tales debían ser tratados con un respeto grande a su dignidad, como ella los trató siempre. Es admirable el interés con que en el Codicilo que acompaña a su Testamento, pide a su hija la princesa, y al príncipe, su marido, “que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean por manera que no se exceda en cosa alguna”. Es admirable en su humanidad el trato a los vencidos, especialmente si se las compara con el que se les daba por lo general en esa época en otras latitudes, y en otras culturas.

La Reina Isabel destaca por su grandeza humana en un contexto en que la violencia, la mentira y la corrupción eran moneda corriente, incluso entre eclesiásticos. Pronto, una reforma de la Iglesia que no acababa de ir a las verdaderas raíces del mal que había en ella, y el absolutismo naciente, iban a dar lugar a una Europa profundamente dividida, en la que por primera vez después de muchos siglos Cristo y su cuerpo no iban a ser la clave de comprensión de lo humano, ni de la actividad humana, ni de la vida política y social. Y así empezaría una fragmentación y una destrucción de lo humano cuyos últimos episodios han sido las horribles experiencias de las dos guerras mundiales, provocadas por las ideologías que ocuparon el lugar de la fe.

Precisamente porque la figura de la Reina Isabel no es un patrimonio exclusivamente granadino (aunque ella amaba entrañablemente –“más que a mi propia vida”– a esta ciudad, y por eso quiso ser enterrada en ella), sino español y  europeo, y también americano, a esta celebración de acción de gracias, en el quinto centenario de su muerte, han querido unirse a nosotros, fieles cristianos de Granada, un nutrido grupo de arzobispos y obispos de la Conferencia Episcopal Española.

En nombre de la Iglesia de Granada, a todos os doy las gracias. Sé del esfuerzo que habéis hecho para poder uniros a esta celebración, después de peregrinar ayer al sepulcro del Apóstol Santiago, y presentar al Señor las necesidades y las intenciones de nuestras Iglesias de España, por intercesión de aquél a quien los pueblos de España debemos el don de la fe y de la comunión.
Saludo y doy las gracias también a las autoridades presentes, civiles y militares, de Granada y de otros lugares de la provincia eclesiástica.     

En esta acción de gracias por lo que la Reina Isabel supone en la historia de nuestra fe, hay dos aspectos que vienen espontáneamente al corazón y a la mente: la unidad de los pueblos de España, y la evangelización de América.

La unidad de los pueblos de España ha sido y es un bien grande, de naturaleza propiamente moral, como lo es siempre la unidad de los hombres cuando está fundada en algo más grande que los meros intereses de poder. Aunque hoy esa unidad esté amenazada por esos mismos intereses, es preciso pedirle al Señor que no se rompa, que sepamos mantenerla  de modo que se permita la libre expresión de cada pueblo en una multiplicidad armónica. En la historia, la separación entre pueblos que han vivido unidos largo tiempo no se produce jamás sin violencia y sin sufrimientos enormes. Por eso preciso trabajar por esa unidad, sembrando el amor y fomentando la cooperación de unos con otros y el afecto mutuo donde otros alientan el odio y la división.
 
La “unidad del género humano” forma parte esencial de la misión de la Iglesia. En una antropología no cristiana, la unidad se obtiene siempre afirmándose a uno mismo “frente a otros”, “contra otros”. En clave cristiana, en cambio, la unidad, en la familia como en la polis, significa la afirmación de los otros, la donación por el bien de los otros, el amor de los otros por lo que son, y no por interés en lo que tienen. Por eso esa unidad no es contra nadie, sino a favor de todos, y siempre abierta al horizonte de todos los hombres, del mundo entero. En el contexto cultural nuestro, tan distinto del de la Reina Isabel, la llamada a los cristianos a trabajar por esa unidad entre los hombres es una urgencia particular, que requiere una especial sabiduría. Requiere también un amor verdadero a los hombres que sólo puede ser fruto de una participación en el Espíritu de Dios.

A la otra gran obra de la que ella fue inspiradora, la evangelización de América, ya  hemos hecho referencia. Aunque sin duda, como en toda obra humana, hubo mil miserias y pecados, contra los que la Reina ya advertía e hizo lo posible por  evitar, la Evangelización de América es una de las empresas más bellas y exquisitamente humanas de la historia de los encuentros entre pueblos: y los innumerables santos que han surgido, y que no cesan de surgir, en aquellos benditos pueblos hermanos nuestros son un elocuente testimonio de ello.         

Como Reina cristiana, la reina Isabel gobernó el reino de este mundo  sabiendo que ella pertenecía a otra polis, a la “otra ciudad”, que tenía otra ciudadanía en el Reino de los cielos. Y a la vez, sabía que esa ciudadanía, que es la decisiva, se jugaba en las decisiones de la vida cotidiana, en la conducción de los asuntos de este mundo, en la responsabilidad con la realidad y con la historia.   Nunca dejó de ser consciente de ello, y eso le permitió esa libertad y esa fortaleza que le son tan características.

Nuestro mundo es bien diferente del de la Reina Isabel, pues nosotros estamos al final de una modernidad que encuentra dificultades para sobrevivirse a sí misma, y que se disuelve en nihilismo. La Reina, en cambio, representa el comienzo de la modernidad. Hay que decir, sin embargo, que ella, como posteriormente algunas otras grandes figuras de la reforma católica, representa la posibilidad de una modernidad distinta, mejor y más plenamente humana que la que se ha construido sobre la llamada “razón secular”, que tantas veces se ha mostrado amante de la razón y de la libertad sólo en apariencia. La Reina Isabel es signo de la una modernidad que no estaba construida sobre la fragmentación de la realidad y de la conciencia, en vistas al dominio absoluto del hombre sobre el mundo material, o sobre la exacerbación de la separación entre natural y sobrenatural, con todas las desastrosas consecuencias que esa exacerbación ha producido y sigue produciendo en la cultura cristiana europea.  Era una modernidad, en cambio, construida sobre la centralidad de Cristo como condición de un amor verdadero a la dignidad, a la razón y a la libertad de los hombres, incluidos los diferentes.  y condición de un amor a la vida y a la realidad entera, algo que en nuestro mundo se muestra cada vez más difícil y extraño.   

El momento en que vivimos en Occidente, y la ocasión de esta acción de gracias a Dios por la fe recibida, y en memoria una gran gobernante cristiana como la Reina Isabel, nos invita de nuevo a pensar en los elementos que constituyen esa “otra ciudadanía”, esa otra polis que es la Iglesia, y su significado específico para la ciudad terrena. Toda política, hasta la aparentemente más banal, no lo olvidemos, tiene unas implicaciones teológicas. Y el acontecimiento cristiano, que probablemente no es una religión en el sentido normal que se da al término “religión” en el vocabulario secular, tiene, desde luego, unas implicaciones políticas, de las que somos a veces muy poco conscientes los mismos cristianos. Nosotros mismos hemos admitido como normal una separación tan radical entre la fe y la vida y hemos contribuido de tal modo a ella, que somos tal vez los primeros responsables de un laicismo cuyas consecuencias ahora nos escandalizan.

Dejadme señalar brevísimamente, en el marco en que es posible aquí, algunas de esas implicaciones, algunos de los rasgos esenciales de las consecuencias políticas de la ontología que se deriva de la experiencia cristiana. Aunque la historia ponga de manifiesto multitud de caídas y de traiciones a estos ideales, la existencia misma de un pueblo cristiano implica por sí misma estos rasgos, que es necesario recordar, primero porque tal vez los olvidamos demasiado fácilmente, y segundo, porque son de una dramática actualidad:  

El primero es la imposibilidad de la divinización del Cesar, o del imperio. En el mundo pagano, el Cesar y el imperio son siempre dos absolutos, se presentan a sí mismos como dioses. Esa divinización no era sólo cosa de la antigüedad, existe igualmente hoy con otras formas. A ellos, al Cesar y al imperio, se les somete todo: el juicio, la libertad, la conducta, la vida. Los cristianos, en cambio, respetuosos siempre con las leyes y las autoridades que no atentan contra la ley de Dios, saben siempre que al Cesar  hay que darle “lo que es del Cesar”, que el culto sólo se le da a Dios, y que sólo Dios es el dueño de la conciencia de los hombres, de su libertad y de sus vidas.

El segundo es que la violencia, que sin duda llena la historia (y hace de ella una historia de pecado), no es un dato primigenio, originario de la realidad. La violencia no pertenece al orden de las cosas como son, sino que es una intromisión destructiva en ese orden. El conocimiento de un Dios que es amor, que crea todas las cosas por amor y, más aún, es tan grande en su amor que se entrega a sí mismo por la redención de su criatura, hace que el significado último de todas las cosas, y especialmente de la vida humana, sea un misterio de amor. Por ello, para un cristiano, la violencia o la competitividad no son nunca el modo por el que progresa la historia, sino el modo en que se destruye lo humano. Sólo el amor crea, sólo el amor construye, sólo el amor hace progresar y crecer la humanidad.

El tercero es la centralidad absoluta de la persona humana y de lo humano, como un bien sagrado e intangible. “El profundo estupor ante la dignidad de la persona humana se llama evangelio, se llama también cristianismo”, decía Juan Pablo II en su primera Encíclica. La verdad y el bien de la persona, alma y cuerpo, en todas sus dimensiones, son el centro mismo de una experiencia que consiste en acoger a un Dios que quiere unirse a su criatura hasta el punto de hacerse uno con ella, para llenarla con su amor y con su vida.

Como el acontecimiento de Cristo –Encarnación del Verbo, victoria de Cristo sobre la muerte, don del Espíritu Santo–, afecta a la humanidad en cuanto tal, y por tanto a todos los hombres, resulta que la vida cristiana, cuando es vivida con sencillez de corazón, genera un corazón “ecuménico” (por decirlo con una sola palabra), capaz de abrazar a todo ser humano como a un hermano, capaz de perdonar siempre, capaz de amar a los enemigos, incluso cuando se viera en la obligación de luchar con ellos. Y sólo sobre un amor así –que no existe sino como participación en el amor de Dios–, es posible una convivencia plenamente humana. Sólo sobre un amor así es posible pensar y construir una paz verdadera.

 Y por eso también es esencial a la vida de la Iglesia, a la luz de nuestra experiencia de Dios y por tanto de la realidad, el valor de la vida humana desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural, y la verdad sobre el amor humano, y la verdad sobre el matrimonio (que sólo es la unión de un hombre y una mujer), y sobre la familia. En ese reconocimiento de la verdad de la persona, un factor esencial es también el amor especial a los más débiles, a los más pequeños e indefensos, a los que sufren más. Al servicio de este bien de la persona y de la familia, de cada persona y de cada familia –porque en clave cristiana el bien de cada uno coincide con el bien común–, existen todas las demás realidades de la vida política y social: la educación, el mercado, la vida de la ciudad y sus leyes, las asociaciones libres de todo tipo.    
 
El cuarto y último elemento que quiero mencionar, también muy olvidado entre nosotros mismos (tal vez el más olvidado, y tal vez la fuente del olvido de los demás), es el hecho de que la Iglesia no consiste en la mera agregación de quienes tienen las mismas ideas o comparten los mismos valores, llamados a veces  “valores cristianos”; tampoco es una organización, o una “institución”, en el sentido mundano del término. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, congregado en torno a la Eucaristía. La Iglesia es un cuerpo social, un pueblo estructurado, una realidad visible unida por los lazos de la comunión en el Cuerpo de Cristo. Y esos lazos son más poderosos que los de la familia, la nación, la lengua o la raza. Esta pertenencia a la Iglesia, para quien ha encontrado a Jesucristo, “vale más que la vida”, y no es un bien negociable, y menos aún, con los poderes del mundo; porque esa pertenencia –al ser la Iglesia el lugar donde Cristo se me da, la humanidad histórica de Cristo, su “cuerpo” y mi “cuerpo”, desde el que sé quien soy, y para qué estoy en el mundo–, esa pertenencia es precisamente la fuente de la verdad y de la vida, la fuente de la esperanza y de la alegría.   

En esta Eucaristía de hoy, al dar gracias al Señor por lo que la Reina Isabel hizo por la fe católica y por cómo la vivió, le pedimos también al Señor por su alma. Que ella goce ya de la visión prometida a los siervos fieles, y que a nosotros nos inspire su ejemplo de esposa y de madre, de mujer y de gobernante cristiana.  Pedimos al Señor que, si Dios fuera servido con ello y fuese para el bien de la Iglesia y de los hombres, sus virtudes sean reconocidas por la autoridad de la Iglesia, y los cristianos podamos venerarla públicamente e impetrar su intercesión ante el Señor.

Y que a todos nos conceda el Señor, y su Madre, la Virgen Inmaculada, ser hoy, en este mundo nuestro, testigos de la fe, es decir, ser el pueblo cristiano en que resplandece esa humanidad que nace de la presencia en medio de nosotros del Dios tres veces Santo.

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