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Homilía en la solemnidad de la Inmaculada del año 2004, en el CL aniversario de la proclamación del Dogma

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 08/12/2004. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix Fiesta



“En esto consiste el Amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amo primero, y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Así resume el autor de la primera carta de S. Juan el conjunto de la experiencia de Dios, tal como Dios se ha dado a conocer en el acontecimiento de Cristo. Así podría resumirse todo el contenido del cristianismo, toda la novedad que Cristo ha introducido en la historia. Y así podría resumirse también el significado del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, cuyo 150 aniversario celebramos hoy.

En efecto, el 8 de diciembre de 1854 el beato Pío IX definía la Inmaculada Concepción de la Virgen María con estas palabras: “La doctrina que sostiene que la bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios todopoderoso, en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, ha sido preservada inmune de toda mancha de pecado original, ha sido revelada por Dios, y por lo tanto se debe creer de manera firme e inviolable por todos los fieles”.

No es ésta una verdad devocional, marginal al centro del misterio cristiano, como para ensalzar por obra de la piedad y el cariño de los fieles a la mujer “bendita entre todas las mujeres”. Una verdad sin la cual uno podría vivir, porque nada cambiaría en la vida sin esa proclamación.

No. En María se proclama esa absoluta primacía de la gracia, del venir del amor de Dios a nosotros del que hablaba S. Juan, que es esencial al acontecimiento cristiano y a la experiencia cristiana, que expresa la novedad cristiana frente a cualquier otra experiencia de Dios en la historia.

En el paganismo, o en otras experiencias religiosas, en efecto, siempre ocupa el primer lugar el esfuerzo del hombre por alcanzar a Dios, porque es la experiencia humana más inmediata, apenas el hombre percibe –y es tal vez el primer ejercicio, el primer “uso” de la razón humana– la desproporción entre su anhelo de absoluto y la radical incapacidad de aferrarlo, de apropiarse de él. Por ello, el temor define en gran medida la experiencia religiosa del hombre, o lo que es lo mismo, la experiencia humana. Dios es un interrogante, Dios es un desconocido. Todo apunta hacia Dios, pero Dios está siempre más allá. Y, sin embargo, prescindir de él, cesar en la búsqueda, matar el deseo, es al mismo tiempo matar lo humano, renunciar a lo específicamente humano, a la naturaleza “dramática” (en el sentido original) de la existencia. Tal vez evitar el drama, pero a la vez renunciar a la razón y a la libertad, y quedar así reducidos a la esclavitud de lo más instintivo en nosotros, y al sometimiento al poder.

“El amor arroja fuera el temor”, decía también el autor de la Primera Carta de S. Juan.  La oración cristiana es ante todo “Eucaristía”, acción de gracias. Y la experiencia cristiana es ante todo una experiencia de gozo y de alegría: “dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45). La experiencia cristiana es la experiencia del gozo, no de haber alcanzado a Dios, sino de que Dios, en Cristo y desde Cristo, sale a nuestro encuentro, como el padre de la parábola del Hijo Pródigo corre al encuentro del hijo perdido. A la luz de esta experiencia, que no puede expresarse sino como experiencia de la gracia, resulta que todas nuestras búsquedas y todos nuestros anhelos son el reflejo, la marca que ha dejado en nosotros el Amor originario que nos ha llamado a la vida con el único motivo de hacernos partícipes de su vida divina, de la vida de comunión del Dios que es Amor. Por eso, la experiencia cristiana es la del amor a la vida humana, la de la alegría por la realidad, la de la gratitud y el gozo por todo, porque todo lo verdadero, bueno y bello de este mundo es un signo, una señal, una indicación del camino hacia Dios, un reflejo de su belleza y de su gloria, una participación en su Ser. “Todo es gracia” para quien ha encontrado a Cristo. Y ningún mal de este mundo, ninguna violencia, ningún poder, puede ya destruir esa presencia buena del Amor infinito por el hombre, que se ha introducido en la historia en la Encarnación del Hijo de Dios, y que amaneció en María. 

 El dogma de la Inmaculada Concepción, pues, que proclama en María, madre de Cristo y modelo de la Iglesia, la primacía y el triunfo de la gracia, no es en modo alguno una doctrina periférica en el conjunto de la fe cristiana, sino que  realiza ese nexo a la luz del cual se entiende la antropología cristiana, la experiencia cristiana de lo humano y de la realidad creada. Porque María es la proclamación, existencialmente verificada, de la unión plena y total entre el cielo y la tierra, entre Dios y su criatura, por obra de la gracia y del amor de Dios. Ella es así como el espejo en que se realiza la vocación y el destino del hombre, y en quien se ilumina, sin suprimir el drama que suprimiría al mismo tiempo nuestra humanidad, el misterio de nuestra existencia. En ella brilla la mirada de Dios sobre nosotros, la invencible fuerza del misterio pascual, frente al cual “las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt 16, 18). Como ella, nosotros hemos sido amados y elegidos en Cristo, “para ser santos e inmaculados ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.  Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados “(Ef 1, 4-7).  S. Pablo, el autor de este pasaje, habla un poco más adelante de un “derroche” de gracia, en la revelación y en la redención. Ese derroche de gracia, o si queréis de amor (es lo mismo), cumplido plenamente en María, prometido y ofrecido a nosotros sea cual sea nuestra condición y nuestras circunstancias, es lo que hoy celebramos, junto con todo el pueblo cristiano.

No es casualidad que el dogma de la Inmaculada se proclamase sobre el trasfondo de un contexto cultural que estaba caracterizado sobre todo por la fragmentación y la negación de la experiencia cristiana, y por un alejamiento tal de Dios de la realidad que la afirmación del milagro y de la gracia se había vuelto, en la percepción de muchos espíritus nobles, algo irracional e increible. En ese contexto, el mundo moderno proclamaba la antropología de la suficiencia. Frente a toda dependencia, el hombre es el único dueño de sí mismo, y el único llamado a poseer la tierra, por la fuerza de su explotación de ella, por el dominio de la técnica. La plenitud, la paz, un mundo sin guerras ni violencia, el dominio de la inteligencia y la filosofía, todo eso sería realidad una vez que se hubiese eliminado la superstición de la fe y del dogma cristianos, que los ilustrados llamaban en ocasiones eufemísticamente “la religión popular”. El hombre era autónomo y omnipotente. “El hombre es desgraciado –escribía Holbach, uno de los pensadores de la Ilustración, al comienzo de su Tratado sobre la Naturaleza–, sólo porque no conoce la naturaleza”, y en lugar de aplicarse a ese conocimiento, pierde su tiempo en correr tras cosas “que están más allá del mundo visible”.   
 
En el mundo moderno, además, y en la medida en que el nuestro es el heredero de sus ruinas, también en nuestro mundo, la fractura de la experiencia cristiana se ha traducido en otras muchas fracturas que han dominado y en parte dominan aún el pensamiento, no sólo del mundo civil, sino también de muchos cristianos: la oposición entre fe y razón, entre fe y cultura, entre naturaleza (como algo cerrado en sí mismo y absolutamente accesible y dominable por la razón humana) e intervención divina, sea como revelación, como gracia o como milagro. En el fondo de todas estas fracturas, se percibe una oposición entre Dios y el mundo (de nuevo, el mundo como algo cerrado, y Dios como un mal artesano que está fuera de su obra, fuera de la realidad) que es específicamente moderna, y que –repito– ha marcado no poco el lenguaje cristiano de los últimos siglos,  pero que no tiene ninguna carta de ciudadanía en la tradición cristiana. Ese Dios, que es el “dios de los filósofos”, de quienes se llamaban a sí mismos “ilustrados”, es el que es de hecho el dios de una religión popular, demasiado pequeño para que la razón humana pueda creer en él. A partir de semejante imagen de Dios, Feuerbach tenía razón cuando decía que el absoluto no era sino una proyección alienante de sí mismo.
 
En la tradición cristiana, sin embargo, gracia y libertad no se oponen, porque la gracia no se opone a nada, sino que precede a todo. La gracia, como el amor, es creadora, lo crea todo, y crea también la libertad como respuesta y como don de sí al amor ofrecido.

No quisiera decir que el dogma de la Inmaculada ha sido formulado como una reaación a las posiciones de la antropología moderna. No. En la contraposición entre Eva y María que aparecen ya en S. Justino y en S. Ireneo en el siglo II (y luego más desarrollada en s. Efrén) se desarrolla ya la designación del ángel en la anunciación como “llena de gracia” en el sentido de la doctrina de la Inmaculada, y contiene ya el núcleo de lo que el magisterio pontificio proclamará mucho más tarde. Los testimonios de los Padres de la Iglesia son muy numerosos. En el siglo VII ya se celebraba en Oriente la fiesta de la Concepción de la Virgen el día 8 de diciembre. Lo que el Magisterio hará será sólo poner de relieve un aspecto del acontecimiento cristiano que las circunstancias o el contexto de la época tiende a dejar en la sombra, quebrando la unidad de la revelación, y que por eso es particularmente significativo en un momento determinado.

Es verdad que nuestro tiempo no es ya  el de Prometeo y de los superhombres, excepto en ciertos discursos “oficiales” y en la ciencia ficción. Más bien es el de “los niños humillados”, como escribía Bernanos. La preocupación dominante en nuestro momento cultural es menos la de hasta donde puede llegar el hombre –ya sabemos perfectamente que podemos matarnos por millones, y llegar a destruirnos del todo–, cuanto la de cómo lo humano puede, a pesar de todo, sobrevivir a nuestro poder y a nuestra ciencia. Y sin embargo, la sombra de Prometeo planea por entero sobre nuestra cultura. Porque la rabia, la violencia, la depresión del hombre contemporáneo es la de quien se hacreído Dios y descubre que no lo es. La de quien ha querido la luna, como el Calígula de Camus, y al descubrir que no la tiene, “llora porque las cosas no son como uno quisiera que fuesen”. Es la de quien se creía que el dominio de la naturaleza le iba a dar la felicidad, y de repente se da cuenta que tanto el dominio de la naturaleza como su propia felicidad se le escapan, y con ellos, la alegría y la razon para vivir. Y en ese marco, permitidme decirlo, y decirlo hay, tal vez en el corazón de Prometeo se abre una herida, una fisura, una grieta. Y esa grieta tal vez permite de nuevo volver la mirada hacia otro lugar, hacia un milagro posible. Y el falso dios pudiera volver a ser verdaderamente grande, es decir, ser capaz de abrazar su propia humanidad tal como es, tal como Dios la abraza. Tal como Dios la abrazó por primera vez en maría, para ya nunca dejarla de su mano.
 
A la luz de todo esto, ¿qué es lo que la verdad de la Inmaculada significa para nosotros hoy? Subrayaré sólo dos aspectos que me parecen esenciales. El primero es que la plenitud que anhelamos, para la que nuestro corazón está hecho, la felicidad, el amor, la unidad y la paz, no son algo que nos podemos dar a nosotros mismos. El drama de nuestra vida no lo resolverá la técnica, ni el “progeso”, ni instancia humana alguna, porque se juega a otro nivel. El drama humano se juega en la presencia de Dios. Por ello, lo verdaderamente racional, cuando uno percibe el espesor, la densidad de lo real, la profundidad del misterio que llena todas las cosas, y especialmente la vida humana, es volverse hacia Dios. Es suplicar, es orar. Es buscar los signos de Aquel cuya gracia sale a nuestro encuentro. Estoy hablando del amor de los esposos, o el de los padres y los hijos, o el de los hermanos. Estoy hablando de las relaciones en le trabajo, del clima de la vida, del mundo de la convivencia cívica y social. Estoy hablando de todas las cosas que amamos, que nos importan, que valen y que tienen que ver con nuestra alegría y con nuestros sufrimientos. Estoy diciendo que todas esas cosas tienen que ver con Dios, y que la plenitud y la alegría, como la vida, como el amor mismo, sólo pueden obtenerse como una gracia de Dios. Volverse a Él y suplicarle por esa plenitud no es una dimisión de lo humano, ni una distracción, sino la realización suma de la razón y de la libertad.

El segundo aspecto –y el más directamente  implicado en el dogma de la Inmaculada Concepción– es que esa plenitud no es una utopía, o un sueño, o una montaña imposible que el hombre tuviese que escalar penosamente, y a la que sólo llegarían los fuertes. La gracia y el amor de Dios ya están en medio de nosotros, ya están en nuestra historia, y nunca jamás se apartarán de junto a nosotros. “¿Quién de vosotros, si vuestro hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un  pescado le dará una serpiente? Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo no dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?”.  Dios nos ha dado todo en Cristo. La plenitud ha sido ya realizada en una mujer, en una muchacha sencilla de Nazaret, a quien Dios se ha dado de tal modo que Él y ella era uno, y ella vino a ser su madre.
Y ella es la prenda de nuestra salvación. Sea cual sea nuestra historia, nuestro temperamento, nuestras cualidades, nuestra situación. Aunque esa situación fuera la más espantosa humanamente, la más desesperanzada, la gracia de Dios está intacta para nosotros. Su amor es invencible. Como para el buen ladrón en la cruz, los brazos de Cristo están siempre abiertos para todos y para cada uno. No hay mal en el mundo que pueda vencer la fuerza y la belleza de ese amor que hemos conocido porque ese prodigio de mujer que es la Virgen nos lo ha entregado.

Sólo me queda agradecer a la orquesta Ciudad de Granada, y al Coro, y a los solistas –Victoria, Leticia, Carlos y Pablo–, y a la directora de la orquesta, Gloria Isabel, y a la del coro, y al gerente de la orquesta, así como al Ayuntamiento, su colaboración a este momento de gracia, que nos ha permitido celebrar la Eucaristía de este 150 aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción como corresponde al lugar que Granada ha tenido en la defensa de esta verdad esencial de la fe católica, permitiendo que el pueblo cristiano de Granada pueda vivir esta Eucaristía ayudado por una de las obras maestras de la música cristiana. Gracias a todos, y que el Señor, y la Virgen, os recompense con sólo ellos saben hacerlo, y os colme a todos de bendición, en vuestro trabajo y en la vida.

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