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Domingo XVI del Tiempo Ordinario

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 20/07/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 95 p. 118



Mis queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,
enfermos y otras tantas personas que nos siguen a través de las cámaras de televisión de Localia,

Lo primero que quisiera hoy es dar un pequeño testimonio. Hace apenas unas horas he llegado del Rocío, donde esta madrugada, más de 5.000 jóvenes se reunían después de la Eucaristía celebrada en Sydney, que habían seguido a través de las grandes pantallas de televisión colocadas junto a la ermita del Rocío, en un encuentro de una belleza extraordinaria. La belleza de la Iglesia, cuando uno puede reconocerse que forma parte de un Pueblo gozoso, alegre.

Muchos de los jóvenes que han ido habían participado en otras Jornadas Mundiales de la Juventud más cercanas (París, Roma, Colonia), y, por tanto, tenían la experiencia de lo que era vivir ese momento de gracia, ese momento de Iglesia. Sabían, por tanto, perfectamente a lo que iban. Se han alimentado del hecho de estar juntos. Se han alimentado de la Palabra de Dios.

Algunos empezaron a llegar el miércoles. Y desde el miércoles por la noche, hasta ayer a última hora de la tarde, ha estado el Santísimo expuesto permanentemente en la ermita del Rocío. Los grupos de las diez diócesis de Andalucía (y también de Extremadura y de Ciudad Real), han estado turnándose. Durante todo el día y toda la noche ha habido grupos de 50, 80 ó 100 jóvenes intercediendo por todos, pidiendo por sus vidas y por sus intenciones, al mismo tiempo que dando gracias por ser parte de la Iglesia y pidiendo por la Jornada de Sydney.

La primera de las noches que le tocó al grupo de jóvenes de Granada la adoración al Santísimo, tenían turno de cuatro a cinco de la mañana, y habían tenido un concierto de rock (un tanto curioso) que había terminado cerca de las dos de la mañana. Y yo pensé, “vendrán unos poquitos” del grupo, que en esos primeros días eran unos cien (ayer se incorporaron doscientos o trescientos granadinos más). Y a las cuatro estaban allí los cien como un solo hombre. Les pregunté si se habían ido a descansar un rato, y me dijeron que no, que no se habían acostado todavía. E hicieron su hora de oración con toda normalidad, una hora de oración apoyada en textos de Edith Stein, algo precioso, en un ambiente verdaderamente bello.

Las fuerzas de seguridad y la guardia civil estaban sorprendidos, y decían que no tenían nada de que hacer, porque el clima que había era como el de una familia grande, que es lo que sucede siempre en este tipo de encuentros.

Yo quiero dar gracias a Dios públicamente por la gracia que supone para aquellos que hayan ido a Sydney, sin duda alguna, y por la gracia que supone lo que han podido vivir un grupo tan numeroso de nuestras diócesis, unidos a lo que el Papa estaba proclamando y viviendo con los jóvenes en Australia. Mostrando así la unidad de la Iglesia, extendida desde donde sale el sol hasta el ocaso, como decimos en la Eucaristía, y de Oriente a Occidente, por todo el mundo, y que sin embargo es la misma Iglesia, es el mismo Cuerpo. Es el mismo Pueblo, que participa de la misma vida que Cristo nos da.

No quería dejar de dar ese testimonio. Y de dar gracias también al Obispo de Huelva, que tuvo esta iniciativa que inmediatamente secundamos todos los Obispos de Andalucía, y que ha sido un hecho verdaderamente precioso. Humilde, sencillo, no tenía nada de particular ni de especial: estábamos allí juntos, viviendo en las casas de las distintas hermandades del Rocío que nos las dejaron generosamente para estar allí esos días.

Era una alegría ver la aldea llena de jóvenes deseosos de vivir con la alegría de quien ha encontrado y conocido a Jesucristo, y que, por haber encontrado a Jesucristo y vivir en la comunión de la Iglesia, uno sabe quién es. Y aunque pueda tener momentos de oscuridad, y también dramáticos, de lucha, uno sabe que la historia termina bien, porque Jesucristo no nos abandona.

En cuanto al Evangelio de hoy, no quisiera dejar de comentaros algunas cosas. Son tres parábolas de Jesús (San Mateo ha reunido las parábolas en su capítulo 13, y la Iglesia nos propone hoy tres). Las tres tienen un rasgo común con muchas de las parábolas que Jesús enseñó, y es que son como ejemplos a través de los cuales Jesús se defendía de algunas acusaciones.

La parábola preciosa del grano de mostaza, o la de la levadura, responden a la crítica de que cómo es posible (ya os hablaba yo la semana pasada, en la parábola del sembrador, de ese tipo de crítica, que debió ser muy frecuente en el tiempo de Jesús) que este Hombre diga que viene del Reino de los Cielos, que trae la salvación y cumple las promesas hechas a nuestros padres (tan espléndidas, tan bellas, algunas de ellas tan impresionantes, que hablan de la transformación del mundo), si le vemos con sus sandalias y sus pies sucios, con un grupo de personas que no son de los importantes del pueblo de Israel, más bien pecadores públicos, publicanos (que solemos traducir por recaudadores de impuestos, pero que eran de un tipo especialmente odiado en el pueblo de Israel, porque no es que fueran funcionarios, como son hoy los recaudadores de Hacienda, sino que eran personas que alquilaban al Imperio Romano el cobro de los impuestos de una ciudad y luego ellos eran libres de poner los impuestos que querían para tener sus propios beneficios, como si fueran empresarios del cobro de los impuestos, con lo cual estaban siempre bajo la sospecha de hacerse ricos a costa de explotar a la gente con los impuestos, especialmente con el de las mercancías que entraban o salían de una determinada ciudad).

Y Jesús apela hoy a dos imágenes. Una, a la del grano de mostaza. El grano de mostaza es una semilla pequeñísima, no sé si tendrá un milímetro cúbico. Sin embargo, se planta en la tierra y se convierte en un arbusto. La imagen de que los pájaros vienen a posarse en él hace justamente referencia a una imagen del Antiguo Testamento que hablaba de la salvación de Dios como de un árbol que produce sombra y donde los pájaros (es decir, los reinos y las naciones del mundo) vienen a hallar sosiego. Es decir, que el Reino de los Cielos empieza de esta manera tan pequeña, pero le pasa lo que a la semilla del grano de mostaza.

Es verdad que nosotros, que conocemos un poco más de Biología que la que se conocía en tiempos de Jesús, lo que vemos entre la semilla y el árbol es una continuidad de procesos biológicos, más o menos complejos, que hacen que aquella semilla, con lo que lleva dentro de sí, al contacto con la tierra y la lluvia, desencadena un proceso que termina siendo un árbol. Pero el hombre antiguo no conocía esos procesos. El hombre antiguo simplemente veía que uno sembraba una cosa muy pequeña, y que de esa cosa muy pequeña Dios hacía una cosa muy grande.

Lo mismo pasaba con la levadura. Ellos no entendían el proceso químico o biológico que sucede en la fermentación de la masa del pan. Lo que sabían es que, si colocaban aquello, aquel pan se hacía más grande y más rico, más comestible. Y veían en esa transformación la obra de Dios.

Es en ese sentido en el que dice Jesús: “No temáis el ser pocos, no temáis el no tener poder en medio del mundo, porque es el poder de Dios el que hace la Iglesia”.

En esa misma defensa, hay una parábola que yo me quedé el domingo pasado con muchas ganas de comentar, y es cuando Jesús dice: “¿No habéis visto cómo el sembrador siembra su semilla, y luego duerme y espera a que llegue la hora de la cosecha?” El sembrador siembra, es decir, hace lo que tiene que hacer, y se pone en las manos de Dios, y es Dios quien hace la obra, y no tiene que estar pendiente, ni vive con la ansiedad de que esa obra la tengo yo que controlar en todos sus aspectos y detalles. Y esa idea del abandono en las manos de Dios, de la confianza en Dios, es la que quisiera subrayar en la primera de las tres parábolas de hoy, la parábola de la cizaña.

Esa parábola asumía una crítica. La crítica de decir: “Hay gente que Te sigue, pero en medio de esa gente que Te sigue hay otros que van sembrando cizaña”, como decimos también nosotros, haciendo referencia al gesto del Evangelio. ¿En qué sentido siembran cizaña? Al decir: “Ese hombre no puede venir de Dios, ¿no veis que viola el sábado, que hace curaciones en sábado, y eso es una especie de trabajo médico que seguro que está prohibido por la Ley? ¿No veis la gente que Le rodea?” Y trataban de desalentar a los discípulos para que no fueran con Él.

Y los discípulos experimentaban una tentación que experimentamos muchas veces los hombres. “¿Y si quitamos el mal de en medio de nosotros? ¿No sería entonces un mundo mejor?” Y Jesús dice: “No, eso es una tentación, porque al quitar el mal corréis el riesgo de quitar también el bien”. Esa tentación tiene mil formas en nuestra vida: quisiéramos una Iglesia en la que no hubiera pecadores; quisiéramos nosotros mismos presentarnos ante el mundo limpios de toda mancha; quisiéramos, a veces, evitar a personas a las que queremos el que caigan en riesgo de pecado, o de tentación.

Nos gustaría que nada de eso se aproximara a nosotros, pensando que así tendríamos un mundo perfecto. ¡Qué mentira! ¡Qué engaño! En primer lugar, porque lo que tendríamos siempre al final sería un mundo hipócrita, porque el mal no está fuera de nosotros, el mal está dentro de cada uno de nosotros. Y en segundo lugar, porque en esa especie de pánico al mal, en esa especie de ansiedad por arrancarlo, hay una profunda falta de fe, es el síntoma de una falta de fe.

El Señor no nos ha querido librar del riesgo de la libertad. Sabe que nuestra salvación es el Amor, y que el Amor no es algo a lo que se pueda forzar al ser humano. El Amor exige la libertad para florecer en nosotros. Y el Señor nos deja equivocarnos, nos deja morder el polvo, no hace milagros ni recorre caminos para evitar que a nosotros nos pase algo. No. Él confía tanto en su Amor como para no tener la tentación de quitarnos el riesgo de ser libres. Sabe que su Amor no está reñido con la libertad, sabe que su Amor tiene caminos que a nosotros se nos escapan, y que quitarnos la libertad sería quitarnos la posibilidad de amar.

En todas sus múltiples formas, ese sueño de un mundo bueno es un mundo bueno a base de imponer la bondad. Por ejemplo, ¡cuántas veces los cristianos, equivocadamente, y yo creo que por nuestra falta de fe, deseamos un mundo en el que las leyes fueran leyes cristianas! ¡Qué engaño! Si los hombres fueran cristianos porque la ley impone la bondad según la experiencia cristiana, aunque uno sepa que esa bondad es la bondad verdadera; un mundo que viviera la vida cristiana porque está impuesta por la ley, y que no saliera de lo más profundo del corazón, no sería un mundo cristiano. Sería un mundo profundamente hipócrita, profundamente falso. El cristianismo sólo puede florecer, como en una explosión de libertad, en el encuentro con la gracia.

Es verdad que nosotros, hombres modernos, concebimos la libertad como ruptura de cualquier vínculo serio, como carencia de relación con nada, nada más que con nosotros mismos y aquello que nos apetece o queremos, ya que la libertad de la cultura y el pensamiento modernos es una libertad genuinamente destructiva, que, como decía Haegel, “sabe destruir pero no construir”. Y lo mismo sucede con la autoridad, por ejemplo, que la concebimos en contraposición a la libertad, a la manera nazi, como de algo que se impone, que se fuerza sobre la libertad de las personas, cuando libertad y autoridad no son en absoluto dos cosas que se contraponen, sino que la verdadera autoridad hace más libre, ayuda a ejercer bien la libertad, fundamenta una libertad más sólida, más grande, más buena.

Puede parecer que lo que digo tiene poca relación inmediata con la parábola de la cizaña, pero si estáis atentos y miráis un poco, descubriréis en vuestra vida cuántas veces, y de cuántas formas, y en cuántas circunstancias diversas quisiéramos nosotros que no hubiera cizaña. Incluso quisiéramos arrancarla de nosotros mismos. El ideal de nuestra vida sería arrancar nuestra cizaña para que fuéramos un campo impoluto. ¡No! Eso siempre revela, o una pretensión sobre nosotros mismos que está llena de orgullo farisaico, o una falta de fe o de confianza en que quien vence al mundo es el Amor, el Amor infinito, no una imposición de un bien, por muy grande que fuera ese bien. Aunque ese bien fuera el Amor, no se podría imponer, porque destruiría aquello que trata de lograr. No es el método cristiano. No es el modo como Dios actúa con nosotros. No es el modo que hemos aprendido de Nuestro Señor Jesucristo.

Vamos a èdirle al Señor poder aprender esto a la hora de vivir como cristianos en este mundo, poder amar profundamente al pecador, como el Señor nos ama a nosotros, pecadores, como el Señor nos ha enseñado a amarLe, sin que eso signifique para nada amar el pecado; acompañar al ser humano como ser humano, en su drama, en su tragedia, en su debilidad, sencillamente, sintiendo una ternura infinita, la misma que el Señor siente por nuestras debilidades, porque a veces nuestras debilidades no son mucho más pequeñas que las debilidades que tanto nos escandalizan (¡los seres humanos nos llevamos muy poquito unos a otros!).

Sólo la misericordia de Cristo es capaz de curar las heridas del mundo, de curar, en primer lugar, las heridas de nuestro propio corazón. A esa misericordia, que se nos da en cada Eucaristía, que se nos vuelve a dar hoy, encomendamos nuestras vidas, y las vidas de las personas que queremos.

Palabras antes de la Bendición final

El día 25, día de Santiago Apóstol, es laborable. Y, por tanto, no es fiesta oficialmente. Sin embargo, al ser el Patrón de España, la Iglesia la considera fiesta de precepto, solemnidad. El hecho de que lo sea no significa que, puesto que las personas tienen que trabajar, quien tenga alguna dificultad razonable para asistir a la Eucaristía, naturalmente está dispensado del precepto, como es lógico. Pero si se puede ir, merece la pena ir. Para pedir por España, que lo necesitamos. Necesita nuestras oraciones, como necesita nuestro testimonio de fe.

Pero, repito, quien por motivos de trabajo, o por complicaciones de la vida, no pueda asistir, que no se cree conflictos de conciencia.

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