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Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 27/07/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 95 p. 125



Queridos hermanos sacerdotes,
muy queridos hermanos y amigos,

El Evangelio de hoy nos pone ante los ojos, propone a nuestra reflexión, cuatro pequeñas parábolas de Jesús, reunidas en esa colección de parábolas que ha hecho el evangelista San Mateo en su capítulo trece.

El término parábola, para nosotros, significa ese tipo de comparación que usaba Jesús. Sin embargo, significa cosas diversas, y no son siempre todas iguales. A veces significa comparación, metáfora. Otras veces significa pequeño relato que contiene dentro de sí una enseñanza. Ese relato puede estar más o menos desarrollado. Por ejemplo, el relato de un hombre que encuentra un tesoro escondido es muy breve, en cambio el relato del hijo pródigo es una pequeña historia, que reúne la vida entera de una familia. Otras veces, el término parábola significa enigma. Y ése es el significado que tiene cuando dice Jesús: “A vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero para los de fuera todo son parábolas”, todo son enigmas, viene a decir, “porque oyendo, no oyen, viendo, no ven, entendiendo, no entienden, a menos que se conviertan y Yo les cure”.

En la colección de las cuatro pequeñas parábolas de hoy habría muchas cosas que decir sobre cada una de ellas. Yo voy a fijarme sólo en un detalle. Primero, en la red barredera, esa comparación que hace el Señor. El Reino de los Cielos se parece a una red que los pescadores echan en el mar, y la van arrastrando, y cogen toda clase de peces. Y luego, unos valen para ser llevados al mercado, son comestibles, y otros no lo son, y los pescadores los devuelven al mar, los tiran.

¿Qué quiere decir con eso Jesús? Jesús se está refiriendo de nuevo a la crítica acerca de quienes le acompañaban, acerca de quienes eran sus discípulos. Porque sus discípulos no pertenecían a eso que desde la edad Moderna se llaman las élites, sino más bien a la gente sencilla, y más bien a lo que en el judaísmo se llamaba pecadores. Aunque los pecadores, según el judaísmo, no eran siempre personas moralmente malas. A veces eran personas que habían asumido ciertas profesiones que se suponía que llevaban dentro de sí una maldad moral. Era el caso de los publicanos, por ejemplo, o los jugadores de dados, o los pastores, sospechosos siempre, en una tierra donde no hay linde, de llevar a pastar sus rebaños a tierras que no les correspondían.

Jesús se defiende de esa acusación diciendo: el Reino de los Cielos se anuncia a todos, y sólo Dios, en el Juicio final, podrá discernir quién era merecedor del Reino de los Cielos y quién no. Sólo el Señor hará ese juicio. No somos nosotros quienes tenemos que hacerlo.

En ese sentido, por el contrario, ¿por quiénes siente Jesús una preferencia especial? Un día lo dijo, en relación con su Madre. Cuando Él estaba predicando, Le comentaron: “han venido tu Madre y tus hermanos”. Y Jesús dice con toda claridad: “¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos? El que hace la voluntad de Dios, el que escucha la Palabra de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Por tanto, ¿por quién tenía preferencia Jesús? ¿Por las élites? No, es más, si alguna vez hay alguna dureza en sus palabras, va dirigida justamente a quienes se consideraban a sí mismos las élites religiosas, los escribas, los fariseos, los miembros del Sanedrín, el grupo de los sumos sacerdotes… A aquellos es a quienes Jesús dedica sus palabras más duras. Nunca a los pecadores. Y muchas veces da a entender que los pecadores comprendían mejor el anuncio del Reino de los Cielos que esas supuestas élites que, sin embargo, rechazaron claramente a Jesús.

Jesús no se dirige a las élites, a diferencia de tantas veces en nuestra pastoral, o en la pastoral promulgada por algunas instituciones de la Iglesia de los tiempos modernos, que muchas veces se ha dicho: “si se evangeliza a las élites, si se hacen cristianas las élites, luego eso tendrá una repercusión en el pueblo”. Eso no es nada cristiano. Ciertamente, no corresponde al método de Jesús. Y eso conduce al escándalo de muchas personas. Porque, al final, lo que se hace es pactar con las élites, no evangelizarlas. Y élites, muchas veces, lejos de guiar al pueblo hacia el bien o hacia la verdad, lo que hacen es corromperlo. Y ese pacto de la Iglesia con las élites, produce escándalo en los de corazón sencillo.

El Señor no hacía semejante distinción. Esa es una distinción típica de la Edad Moderna. El Señor buscaba el corazón abierto, el corazón sencillo, y muchas veces el corazón sencillo estaba en los pecadores, justamente porque los pecadores tenían conciencia de su herida, y se dirigían a Dios como un mendigo que suplica. Mientras que los justos, los que supuestamente eran justos; los fariseos, por ejemplo, como estereotipo, sin duda expresionista (es decir, sin matices), de la persona que se considera justa delante de Dios (que se dirigía a Dios como alguien que se puede poner frente a Él reclamando sus derechos: “yo he sido bueno, yo cumplo la Ley, yo ofrezco hasta el diezmo del comino y de la menta”, y es Dios quien tiene obligaciones para conmigo); el que se sitúa así delante de Dios, está tan lejos de Dios que, ciertamente, no puede entender a Jesús, no puede entender su anuncio, no puede acoger su mensaje.

Le falta la sencillez de corazón. Y yo creo que esa falta de sencillez de corazón es lo que Jesús llama en alguna ocasión la blasfemia contra el Espíritu Santo, es decir, la incapacidad de reconocer la gracia. Frente a eso, no es que Dios no perdone ese pecado; es que Dios es tan respetuoso con la libertad del hombre que, frente al hombre que se niega a la gracia porque se considera con derecho delante de Dios, Dios se retira, sencillamente, o busca otra manera de insinuarse, de abrir, de ablandar ese corazón. Pero Dios no fuerza al hombre contra sí mismo jamás. Dios no violenta la libertad del hombre. No es su método. No es su forma de acercarse a nosotros. Él nos propone su Amor, nos ofrece su misericordia, se entrega por nosotros, carga con nuestras culpas, con nuestros pecados, derrama su sangre por nosotros, pero nunca nos constriñe o nos fuerza a hacer un bien que, en el momento en que se ha hecho a la fuerza, en el momento en que se ha hecho con una cierta violencia, deja de ser bien. No sirve para que nuestra vida crezca y, por lo tanto, tampoco sirve para el designio de Dios ni para nuestra salvación.

Algo tan sencillo, como esa pequeña comparación de la red barredera, da muchísima materia de reflexión para nosotros. Dios no necesita nuestras cualidades. Dios no necesita que seamos personas excepcionales para hacer su obra en nosotros. Dios sólo necesita nuestra libertad. Si nosotros le decimos que sí a Dios, el más pobre de los pobres, el más sencillo, el más humilde, generará en torno a sí un espacio de vida y de libertad absolutamente inimaginable y desproporcionado a los juicios que los hombres hacemos basados en nuestras posibilidades y en nuestras cualidades. Y si introducimos en nuestra relación con Dios ese juicio humano sobre quién vale y quién no vale, sobre quién es importante y quién no es importante, quién está más cerca de Dios o quién está menos cerca de Dios, o quién tiene más status en virtud de categorías puramente humanas, estamos perdidos: estamos vaciando de contenido y falseando el núcleo más íntimo y profundo del Evangelio de Jesucristo.

Sólo unas palabras con respecto a las otras dos parábolas que acabamos de escuchar que a mí me conmueven siempre más, porque explican algo esencial de la moralidad cristiana que hemos perdido, y es la parábola del tesoro escondido y la parábola de la perla. ¿Quién, dice el Señor, que encuentra un tesoro escondido en un campo no entierra el tesoro, va y vende lo que tiene lleno de alegría, y compra aquel campo para quedarse con aquel tesoro? En la moralidad cristiana, frente a un tipo de moralidad más estoica, o frente a un tipo de moralidad muy moderna que dice que a Dios, para probarnos, Le gusta ponernos pruebas, el más difícil todavía, para ver si somos capaces de obedecerle… (todas esas imágenes de Dios son tan burdas, tan groseras, tan paganas, tan alejadas de la experiencia de Dios que nos da Jesucristo), Jesucristo dice: es verdad que el comerciante de perlas vendió todo cuanto tenía, pero lo vendió para comprar una perla que valía más; es verdad que el hombre que encontró el tesoro vendió lo que tenía para comprar aquel campo donde estaba el tesoro, pero porque el tesoro vale más que todo lo que tenía. Y lo vende lleno de alegría. No como nosotros vivimos muchas veces ciertos rasgos de la moralidad cristiana, o de la vida cristiana, que los vivimos como si nos hubiera caído un peso encima. Es decir, en términos de obligación, en términos de cumplimiento… Eso no puede ser una moral adecuada al Dios verdadero, ni es una moral adecuada al corazón del hombre.

Jesús sabe que nuestro corazón está lleno de deseos, y de deseos de cosas buenas, de bien, de verdad, de deseos infinitos, y no censura esos deseos, al contrario, apela a ellos. Porque el hombre tiene deseo de riqueza, pone el ejemplo del hombre que encuentra el tesoro, y dice: por encontrar ese tesoro vale la pena venderlo todo. ¿Por qué? Porque ese tesoro te hace más rico. ¿De qué está hablando? Del Reino de los Cielos, es decir, de la comunión con Él. ¿Cuál es el tesoro? ¿Cuál es la perla grande? Jesucristo, Él mismo. Cuando uno ha encontrado a Jesucristo, cuando uno ha encontrado de verdad lo que Jesucristo significa en la vida, ¡claro que no le importa perder cosas, o perder la vida por Jesucristo! Porque si tiene a Jesucristo, lo tiene todo siempre, lo tenemos todo siempre. Si nos falta Jesucristo, podemos tenerlo todo y no tenemos nada. Todo lo que tenemos se nos va: la juventud, la salud, los éxitos profesionales… La vida se nos va.

El más grande de esos éxitos profesionales, o el poder del dinero, o el poder del status social, o el poder disponer de muchísimos medios para hacer la vida cómoda y feliz, todo eso desaparece, no tiene ningún valor por sí mismo si no hay algo más que eso. En cambio, cuando tiene a Jesucristo, todo eso, si se tiene, se puede agradecer como un don, pero no es eso lo que nos hace felices, no es ése el don grande que llena la vida, que llena el corazón, que satisface. La perla preciosa es Jesucristo. Y uno, cuando lo ha encontrado, puede vender todo lo que tiene, puede prescindir de todo lo que tiene.

San Pablo lo dijo, en la Carta a los Filipenses, de una manera preciosa. Él era, como buen fariseo, educado en la Ley, discípulo de Gamaliel (que era uno de los maestros de la Ley), hebreo, hijo de hebreos, todo aquello de lo que un judío podía enorgullecerse. Y sin embargo, San Pablo dice: “Todo aquello que tenía, al encontrar a Jesucristo, lo tengo por pérdida, lo tengo por basura, con tal de ganar a Jesucristo, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por nada para alcanzarle a Él y el poder de su resurrección”. Esas palabras fueron mi lema sacerdotal cuando yo fui ordenado de presbítero. Todo lo tengo por nada al lado del conocimiento de mi Señor Jesucristo.

Él es la perla preciosa. Él es el tesoro que hace que la vida sea bonita. La vida con Cristo, hasta cuando está llena de heridas o de sufrimientos, es hermosa, es algo por lo que se puede dar gracias, es algo que se puede vivir con alegría. Cuando falta Cristo, y la esperanza y la misericordia que Cristo pone en nuestro corazón, al final la vida está como tocada por un cáncer de muerte que hace que no sea capaz de generar en nosotros una alegría grande.

Por eso, ¡qué bella es la imagen, qué adecuada es la imagen del tesoro escondido, de la perla preciosa! Pero no penséis que es que al Señor Le gusta vernos privados de cosas. No, al Señor Le gusta que lo poseamos todo, al Señor Le gusta que crezcamos. La moral cristiana no es una moral de machacar al ser humano. Eso son los poderes del mundo los que lo machacan. Eso es el Enemigo, Satán, quien trata de humillar al hombre y de machacarlo. Jesucristo trata siempre de engrandecerlo, como engrandeció a su Madre, símbolo de todo lo que es el designio de Dios para con el hombre. El Señor engrandece nuestra pobreza, y engrandece dándose a nosotros, dándonos con Él, con el don de Sí mismo, una riqueza que vale más que todas las riquezas y que todos los bienes de este mundo.

Quiera el Señor concedernos esa sabiduría que nos permite apreciar ese regalo que es Cristo, que nos permite apreciar el buen gusto que pone en la vida, en todo lo que somos, la alegría que pone en la vida el poseer a Jesucristo y el vivir de su misericordia. Quiera el Señor darnos esa gracia, la primera, la más fundamental de todas, que hace que nuestro corazón desee más de esa fuente que jamás se agota, de esa fuente que sacia nuestra sed constantemente, sin agotar jamás, porque es un Amor que no tiene fin. Que así sea para todos.

Preces:

Hoy es el último día de este curso que esta Eucaristía se transmite a través de las cámaras de Localia para tantos enfermos y no enfermos que se unen. Por toda esa comunidad de amigos que nos reunimos todos los domingos a la una para celebrar las maravillas del Señor con nosotros. Que el Señor nos cuide a lo largo del verano. Que el Señor nos sostenga y nos bendiga a todos, por supuesto también a los que estamos aquí. Y que Él nos conceda a todos un descanso y unas vacaciones que hagan crecer en nosotros el amor a Jesucristo, y el amor a la Iglesia, y la esperanza de la vida eterna. Roguemos al Señor.

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