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Palabras de bienvenida en el Encuentro de Jóvenes (selección de párrafos)

Encuentro de Jóvenes en El Rocío (Huelva) con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud

Fecha: 16/07/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 95 p. 131



El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo.
A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».
(Hechos 1, 1-8)


La promesa del Señor es justamente la promesa de nuestra humanidad cumplida. Y es que nuestra humanidad se cumple, no como fruto de nuestros esfuerzos, o de nuestra tecnología, sino que se cumple como gracia y como don. En la experiencia humana, lo que más despierta nuestra felicidad es el amor, y el amor es siempre una gracia y un don, no una conquista. El amor es siempre un regalo, no el fruto de un proyecto, o el final de una cadena que construimos, o de un estudio, o de un trabajo que nosotros nos hemos programado. Aparece en nuestra vida siempre como una gracia inesperada. Si es verdadero, es un milagro con el que no contábamos. Un milagro que deseábamos, que anhelábamos seguramente, a veces sin saber siquiera lo que era, y sin embargo, cuando lo encontramos, lo reconocemos como aquello para lo que habíamos vivido hasta ese momento, como aquello que es capaz de aproximar nuestra vida al cumplimiento de los deseos más hondos del corazón.

Eso, que es la experiencia humana que todos tenemos de la vida o del amor humano, empieza por el amor de nuestros padres, que es el primero que nos encontramos. Y lo encontramos también como gracia, si nuestros padres son unos buenos padres. Y esa experiencia es la que más nos ayuda a entender qué es el cristianismo. Porque el cristianismo sucede también en nuestra vida, como sucede el nacer, como sucede la obra de arte, imprevista siempre, y como suceden la amistad o el amor, que suceden en nuestra vida como una gracia, como un pequeño milagro, como un signo del milagro que cumpliría la totalidad de nuestra vida.

La promesa del Padre, la promesa de lo alto, el don del Espíritu Santo, la vida divina es aquello para lo que estamos hechos. Estamos hechos para un amor infinito que, si existe, si lo encontramos, la vida entera tiene sentido; y si no lo encontramos, nada, ni siquiera el amor humano, ni siquiera la belleza de la vida, ni siquiera las cosas más hermosas de la vida valen nada. Porque si no hay nada más que lo que hay, no hay nada, porque nada cumple del todo la existencia, y nada la cumple para siempre.

Nuestro corazón está hecho para participar de la vida de Dios, para un amor infinito, que nosotros hemos tenido el regalo de encontrar en Jesucristo. ¿Por qué sabemos que es así? ¿Por qué sabemos que Cristo es el Hijo de Dios? ¿Por qué sabemos que el don que Él nos hace es la participación en la vida divina? ¿Por qué sabemos que es verdad que Cristo vive, y que lo que Él nos da es precisamente aquello para lo que nuestro corazón está hecho? Lo sabemos, justamente, porque cumple la vida, porque corresponde, de una manera tan perfecta, y al mismo tiempo tan imposible e inesperada para nosotros, los anhelos más profundos de nuestro corazón.

Esto verdaderamente es un milagro. El milagro de una vida crecida, de una verdad para la que estamos hechos. La verdad que me permite saber quién soy yo, qué es el bien y cuál es la verdad de mi vida. La verdad que me permite conocer para qué estoy en la vida, cuál es la meta de mi vida. Que me permite saber que estoy hecho para llegar al Cielo y a la vida eterna, y para participar ya de ella en esta vida, del mismo modo que hemos llegado esta noche al Rocío, al final de un camino donde nos encontramos todos juntos en una comunidad de amigos. Y puedo saber que ésa es la razón de mi existencia. La razón por la que al final soy cristiano, y por la que sé que es verdad lo que soy. Porque sé que es verdad quién es Cristo y la vida que Cristo me da. Eso es la participación en el Espíritu Santo y en la vida divina, justamente la experiencia de una humanidad cumplida. Cumplida en su anhelo de Verdad, en su anhelo de Belleza, y sobre todo cumplida en su anhelo de Amor, de un Amor infinito.

Nuestro corazón es insaciable en su sed de Amor. Y ese Amor infinito para el que estamos hechos, y sin el cual la vida se convierte en algo insoportable, pesado, oscuro, incomprensible, en el fondo como una carga; ése Amor infinito es el que hemos encontrado en Jesucristo.

Y sabemos que es verdadero porque Él no nos lanza a un submarino amarillo de olvido o de evasión de la realidad, Él no elimina en absoluto nuestras limitaciones o nuestras flaquezas, ni elimina el drama de nuestras vidas, que es lo que nosotros haríamos si nos inventásemos un paraíso artificial: una plenitud de mentira, fabricada por nosotros a la medida de nuestros deseos. Él no suprime nada de nuestro drama y, sin embargo, nos permite caminar en la verdad, saber que somos amados, y gozar, llenar de sentido hasta la belleza más pequeña que pueda encontrarse en la vida, hasta un vaso de agua que se da a un compañero de camino: absolutamente todo encuentra su lugar y su sentido. Y por eso sabemos que eso no es un invento nuestro, que no lo hemos fabricado nosotros, por eso sabemos que es verdad lo que vivimos, y que es verdadero el camino que andamos. Porque si hubiera una receta para eso, os aseguro que la venderían en las farmacias, y que habría una multinacional que se habría encargado de fabricar esa felicidad.

No la hay. No hay más que Cristo, que puede conducirnos a la verdad de lo que somos, sin destruir nada de lo que verdaderamente nos constituye, sino al revés, articulándolo, sosteniéndolo, conduciéndolo a la verdad plena de nuestra vocación, en el sentido más profundo de la palabra.

Esa plenitud de vida, que esta constituida justamente por la certeza de cuál es la meta de nuestra vida, y de cuáles son las condiciones de esa plenitud de la que ya disfrutamos en una experiencia anticipada en la comunión de la Iglesia, es lo que nos da la certeza de que Cristo nos ha hecho partícipes de la libertad gloriosa de los hijos de Dios, del Espíritu Santo que Él poseía en plenitud como el Hijo, por la naturaleza del Padre.

Vamos a darle gracias. Vamos a vivir estos días como una gran acción de gracias. Y vamos a vivir estos días con un corazón sencillo, para poder disfrutar de la promesa de lo alto, que hace de nosotros hombres y mujeres verdaderos, que nos permite vivir la vida con una consistencia, con una certeza que hace de la tierra un hogar, y que hace del vivir, no simplemente un merodear en busca de algo que en el fondo pensamos que no existe, sino un caminar hacia un lugar que nos espera, que nos aguarda con los brazos abiertos, y ese lugar es Dios.

Que podamos vivir estos días con un corazón sencillo, de manera que esa promesa pueda cumplirse más en nosotros. Fijaos, ser testigos no es una obligación. El Señor les dice: “recibiréis la promesa de lo alto y seréis mis testigos”. ¿Vosotros conocéis a alguien que sea un hincha del Real Madrid, o del Barça, y que cuando gana su equipo, al día siguiente alguien tenga que decirle: “oye, que tienes que estar contento, que ha ganado tu equipo”? ¿Conocéis a alguien a quien su madre o su padre le tenga que decir: “que tienes la obligación de llamar a tu novia”? Si se nos tiene que recordar que el ser testigos de Jesucristo es una obligación, si se nos tiene que recordar como si fuera una obligación, es que no ha sucedido nada en nuestra vida. Porque si ha sucedido, no hace falta que nos lo digan, se nos nota. ¿Y en qué se nos nota? En la alegría de esa humanidad cumplida, en la alegría de esa plenitud en la que se nos es dado participar con todos nuestros defectos y nuestras limitaciones, de manera que quien nos ve reconoce que hay algo en nosotros que no es nuestro, porque es un regalo de Dios. Y ese algo lo anhela todo ser humano, aunque les dé rabia pensar que somos cristianos, aunque sientan una especie de resentimiento hacia la Iglesia, o sientan una desconfianza de la fe. El que encuentra a alguien que tiene motivos para contar la vida y la muerte con libertad, y sin perder la alegría y la esperanza, siente envidia, porque todo el mundo quiere eso para sí mismo, y vosotros queréis eso para vosotros. Si estamos aquí es porque lo hemos encontrado.

Le damos gracias al Señor y Le pedimos que el don de Cristo suceda más en nosotros en estos días, de tal manera que, sin necesidad de esforzarnos, se nos note que ha sucedido en nosotros esa gran gracia que llena la vida de esperanza y de gozo.

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