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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 07/09/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 96 p. 131



Muy queridos hermanos sacerdotes,
muy queridos hermanos y amigos,
saludo también especialmente a las personas que, fielmente, domingo tras domingo, nos siguen a través de las cámaras de Localia,

Retomamos con esta Eucaristía el ritmo normal de la vida, después del mes de agosto, donde todo se mueve de su sitio, y donde, al menos, las Eucaristías de los domingos no han sido acompañadas por mí. Comenzamos de nuevo el curso con un deseo muy grande de que sea el Señor quien nos llene de sentido, multiplique su bendición y su gracia sobre nosotros, de modo que los días de este curso que empieza puedan estar llenos de gozo y de gratitud.

Curiosamente, el Evangelio de hoy termina con la expresión: “Allí donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. De un modo distinto, es esto lo que dicen también las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El núcleo de la experiencia cristiana es justamente esa Presencia y esa Compañía de Cristo.

¿Quiénes son los que están reunidos en el nombre del Señor? Quienes están reunidos por amor a la común vocación que, como seres humanos, tenemos de ser hijos de Dios y a participar de la vida divina. ¿Qué excluye eso? Excluye intereses. Cuando lo que nos une son intereses, aunque puedan ser intereses muy legítimos y muy justos, no estamos reunidos en el nombre de Cristo. Excluye el que nosotros podemos tener proyectos sobre las demás personas. Cuando nosotros nos hacemos una idea de cómo tienen que ser las demás personas, o queremos que sean de una determinada manera, o que respondan a una determinada necesidad nuestra, y manipulamos la vida y las relaciones humanas para que los demás se adecúen a lo que, en definitiva, es mi proyecto, no estamos reunidos en el nombre de Cristo.

Estamos reunidos en el nombre de Cristo cuando acogemos a los demás como son, como un regalo del Señor, como parte del modo y la Presencia del don de Cristo. Curiosamente, así es como hemos recibido, y como recibimos, a aquellas personas que nos son más inmediatas, y que determinan más nuestra vida. Nadie hemos escogido a nuestros padres. Tampoco los padres escogen a los hijos. Ni a los hermanos. Y habría mucho que hablar sobre si, incluso en el matrimonio, las personas se escogen unas a otras, a pesar de que la inmensa mayoría de las veces lo crean. Sí se han escogido libremente, pero se han encontrado, y se han encontrado porque, en la red inmensa de relaciones que constituyen nuestra vida, Dios así lo ha querido.

Pero podría fijarme en las personas que son nuestros prójimos, empezando por esas relaciones tan estrechas, tan íntimas, a las que me acabo de referir (marido-mujer, padres-hijos, hermanos…), y sólo es posible cuando uno reconoce la presencia de Cristo en ellos. Por eso, para vivir la vida humana, nuestra vida humana, vuestras relaciones humanas, normales, tenemos necesidad de Cristo. Para amar, y para que la vida sea un intercambio de amor que hace que la vida tenga color, y pueda ser vivida con gusto y con alegría, es necesario poder reconocer en ella, en toda ella, los signos de Cristo que están en todas partes, sobre todo en las personas que tenemos alrededor. Y poder reconocerlos con alegría, con gozo, como un regalo único.

Yo os aseguro que éste es el contenido de nuestra vida humana, éste es el contenido de nuestra peregrinación humana. Y, en la medida en que nos olvidamos de él, la vida se vuelve algo nebuloso, confuso. Y los movimientos de nuestro corazón, herido además por el pecado, se hacen confusos para nosotros mismos. Es decir, el camino de la vida deja de ser un camino de alegría, de gratitud, un camino sencillo, que no hay más que andar paso a paso para tener la seguridad de que llegamos a casa, porque estamos bien acompañados, porque el Señor no nos deja de su mano, para convertirse en algo complicadísimo. Y esa es, en buena medida, la experiencia de muchas personas que nos rodean, y de nosotros mismos muchas veces. La ausencia de Cristo en la vida hace que casi todo (o a la larga todo, si se mira en profundidad) se vuelva ininteligible, nebuloso, confuso, porque no tiene una meta, porque el camino no tiene prioridad, porque uno vive (como dice un libro muy conocido) como un náufrago, o como perdido en un bosque, sin saber que hay alguien de quien fiarse que te pueda sacar del bosque, o llevarte a un lugar donde puedas alimentarte y calentarte al fuego y ser bien acompañado.

Por eso os decía al comienzo que ése es el contenido de la experiencia cristiana: la experiencia de una vida acompañada por Cristo. Y esa Compañía ilumina nuestra inteligencia, los deseos de nuestro corazón, el uso de nuestro tiempo, el valor del tiempo libre, el valor de los gestos de amistad, de afecto, de amor, desde los más pequeños hasta los más grandes: ilumina absolutamente todo, y hace de la vida algo bello, que se puede vivir con gusto. Es ese gusto por la vida lo que más nos falta a los hombres contemporáneos. Y la razón última, si uno pudiera analizarlo con detenimiento, es justamente esa ausencia de Cristo que hace que el hombre, aunque esté acompañado, aun en el seno del matrimonio o de la familia, se sienta solo, confuso y perdido en la vida, sin saber para qué vive uno, o a dónde dirigirse, o en quién confiar.

Subrayo esto porque me parece lo más importante del Evangelio de hoy, porque siempre tenemos que volver al punto de partida en nuestra reflexión sobre la fe cristiana. Siempre hay que volver al origen. Cuando el origen lo damos por supuesto, también ahí nos perdemos fácilmente, o los árboles nos impiden ver el bosque.

Ciertamente, lo que el Evangelio dice antes de la corrección fraterna, y lo que ha dicho antes el profeta, sólo tienen sentido en el marco de una comunión de personas en la que, en primer lugar, se reconoce a Cristo. Corregir es la tarea más difícil que hay en esta vida, la más difícil de las tareas humanas. Tan fácilmente se introduce, incluso en el corazón del que corrige, sentimientos de orgullo, de afirmación de uno mismo, o de querer tener razón, o de sentirse mejor que el otro…, tan fácilmente se enturbian las relaciones, que corregir se hace extraordinariamente difícil.

Sólo en el marco de una comunidad cuyo centro es Cristo, que nos permite, por lo tanto, mirar a las personas en función de su destino, de su vocación, de que han sido creadas exactamente igual que yo para participar de la vida divina, para participar del Amor infinito de Dios; sólo en ese marco la corrección se puede hacer con humildad, con sencillez, hasta sin temor a equivocarse. En el sentido de que, si uno se equivoca, eso es humano, no es demasiado grave, porque quien no tiene más deseo que el bien de las otras personas, si se equivoca en la corrección está siempre dispuesto a corregirse él mismo y a cambiar. Por lo tanto, no tiene nada que temer en esa corrección. Es perfectamente libre. Fuera de la Presencia de Cristo, la corrección se convierte en un juego extraordinariamente viscoso de envidias, de soberbia, de orgullo, de afirmación de uno mismo. Incluso en las correcciones de los padres a los hijos. Parece que uno podría dar por supuesto que los padres a los hijos los quieren siempre bien. Pero no. Hace falta convertirse para poder querer bien a un hijo. Hace falta que el Señor sea lo primero, antes que el hijo, para poder corregirle bien, para poder corregirle con humildad, para no usar la paternidad como una especie de lugar de afirmación de uno mismo. Sólo desde ahí las palabras de Jesús, y la regla que Él da para vivir entre nosotros, tiene sentido.

“No tengáis -decía el Apóstol- entre vosotros ninguna otra deuda más que el Amor”. Cuando Cristo está en medio, nuestras relaciones son así. Todo lo que nos vincula unos a otros es el Amor. Pero eso es lo más bello de la vida. No tenemos otros vínculos. No hay otros aspectos que enturbian la relación que nos une. Todos somos miembros del único Cuerpo de Cristo. Más heridos, menos heridos, más torpes, menos torpes, más cargados de pecados, y de miserias, y de límites, o menos cargados, pero todos estamos vivificados por el mismo Espíritu de Cristo, por la misma Presencia de Cristo. Y eso hace de la relación humana algo extraordinariamente bello, y que nos perdemos con tanta facilidad, sencillamente, por no caer en la cuenta de este dato elemental, sencillo, pero fundamental para nuestra vida.

Vamos a darle gracias al Señor. Nunca está tanto Cristo en medio de nosotros como en la Eucaristía, donde el don entero de su vida, de su Redención, de su gracia, nos es dado. Y nos es dado hoy, aquí, en este momento, a pesar de todos los obstáculos que pueda haber en mi corazón. Y ese don regenera el corazón, y regenera la vida constantemente. Vamos a pedirle al Señor que ese don abra también nuestro corazón a unas relaciones humanas donde la única deuda que exista entre nosotros sea la deuda de amarnos, y donde la única competición que exista entre nosotros sea la de competir por quién ama más.

Si fuéramos capaces de mostrar esto en nuestra vida, de mostrarlo a la luz pública, de mostrarlo en la calle, de mostrarlo al mundo como modo de vida, yo os aseguro que la gente nos preguntaría inmediatamente cuál es el secreto de nuestra alegría, correrían hacia nosotros para preguntarnos: “Explicadnos cómo es posible vivir así”. No somos mejores que nadie. Sólo por una razón: porque Cristo está en medio de nosotros.

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