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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 05/10/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 96 p. 149



Muy queridos hermanos sacerdotes,
muy queridos hermanos y amigos,

Saludo especialmente al coro de la Catedral, y a su Director que, después de unos meses de enfermedad, puede incorporarse de nuevo a su preciosa tarea y podemos volver a contar con vosotros en la celebración de esta Eucaristía. Bienvenido, D. Antonio Linares, y bienvenidos todos a esta Eucaristía.

Las lecturas de hoy contienen, a mi juicio, al menos tres enseñanzas que yo quisiera desglosar muy brevemente, de forma que nos ayuden a vivir mejor lo que estamos celebrando. Y lo que celebramos siempre en la Eucaristía es la Redención de Cristo. Una Redención que no pertenece al pasado, que no es un hecho del pasado. Tuvo lugar en un momento de la Historia, pero el abrazo de la Cruz, y del misterio pascual de Cristo, y la potencia redentora de la resurrección llegan hasta nosotros con la misma frescura, con la misma verdad que la mañana de Pascua, y nos abre el horizonte grande de la vida de hijos de Dios que Jesús nos ha abierto y nos permite vivir.

La primera de esas enseñanzas, que a mí me parece que nos pueden ser útiles, es algunos de los presupuestos que tiene esa parábola de la viña y el pasaje del profeta en la canción de su amigo por su viña. Su amigo es Dios. Y la viña, como hemos cantado en el salmo, es el pueblo de Israel. A nosotros nos es difícil imaginar lo que representaba una viña en la tierra y en el tiempo de Jesús, y antes, para quien la tenía. Tal vez en Andalucía lo podemos entender mejor, sobre todo las familias que provienen de ámbitos rurales, al pensar en lo que significaba tener unos poquitos olivos, como fuente querida de ingresos y de vida para muchas cosas: desde la leña, hasta la aceituna, y el trabajo hermoso y cuidadoso que se daba a esa pequeña propiedad que quizá tenía una familia humilde.

En el antiguo Israel era exactamente así. Sólo había dos propiedades que se salían un poco de lo ordinario, y eran la posibilidad de tener un viñedo, o unos pocos olivos, y la posibilidad de tener un pequeño rebaño, animales de los que obtener leche y carne cuando era necesario. Situaros en una agricultura que está casi al borde del desierto, y donde los recursos de agua son extraordinariamente limitados. La posibilidad de disponer de una tierra donde se pudieran plantar viñas significaba una tierra especialmente rica, y por eso una viña era un bien especialmente precioso, un signo especial de la bendición de Dios. Incluso, en los primeros siglos del cristianismo, cuando se hablaba de la bendición de Dios, con frecuencia, algo que había como permanecido desde el Paraíso acompañando a los hombres en la tierra de las espinas y los abrojos había sido las viñas, símbolo que anuncia también la felicidad del Cielo, o la abundancia de la vida que Cristo nos da y cuyo desbordarse experimentaremos en plenitud en la vida eterna.

En ese contexto, lo que Dios nos dice es lo que nos dice todo el anuncio de la Escritura que culmina en el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios y del Evangelio, la buena noticia. La buena noticia es que Dios quiere a su viña extraordinariamente. La gran noticia es: “Voy a cantaros la canción de amor de mi amigo por mi viña”. El Señor quiere a su Pueblo. El Señor nos quiere. Y es ese Amor suyo el tesoro más grande que nos es dado en la vida. La vida misma es fruto de ese Amor. Todo lo que hay de bueno en nosotros, también hay malo, ya lo sé, y también hay límites, pero todo lo que hay de bello, de grande en nuestros deseos, en nuestro corazón, en nuestras acciones, nuestros pensamientos, todo es don de Dios. Nuestra vida misma: somos don de Dios. Y lo que hay de bello en nuestras relaciones, el don que podemos ser los unos para los otros, también es don de Dios. Y esos dones, que se nos oscurecen tantas veces, son los que el Señor permite reconocer con el don de su propia Vida, desvelando el secreto último de toda la realidad creada, de la vida humana y también del mundo físico, del mundo material. Todo lo que ha sido creado es fruto de un desbordarse del Amor de Dios, del Amor que se ha entregado por nosotros en la Cruz, del Amor de Jesucristo, fiel, indefectible, sin condiciones, sin límites, sin que sea un tipo de amor que lo gasta el tiempo, o que lo aburre o lo vacía de contenido, sino un amor que sabe permanecer en los días buenos y en los días malos al lado del amado. Nosotros somos la viña del Señor.

Si el Señor nos diera esa gracia, que es la gracia de experimentar su Amor, de sentirnos privilegiados, queridos, de sentirnos, en la pobreza de nuestra vida, objeto de un Amor grande, tan grande que no somos capaces de representarlo ni siquiera con la experiencia del amor humano que tenemos a nuestro alrededor, o que conocemos, o incluso que hemos intuido, que hemos visto en el mejor de los poemas de amor: jamás hemos podido conocer un Amor como con el que somos amados por Jesucristo. Y ese Amor es nuestro, y nosotros lo hemos acogido en el Bautismo, y en la Confirmación, y lo acogemos cada vez que comulgamos al Señor. Y ese Amor se nos es dado discretamente, porque jamás interfiere con nuestra libertad. La provoca, eso sí. Nos invita a responder, eso sí. Y esa provocación a nuestra libertad es a la que nos llama la parábola de Jesús en el Evangelio.

Nosotros somos los que hemos recibido el encargo de la viña cuando fueron desechados los primeros labradores, los que crucificaron a Jesús. “Vino a los suyos, y los suyos no Le recibieron”. Y porque los suyos no Le recibieron, nosotros, que éramos forasteros, extraños a la alianza y a la historia de Israel, hemos recibido la gracia de conocer a Jesucristo. Hemos sido injertados en la viña, incorporados a las promesas y a la alianza. Y eso, sin ningún mérito nuestro, porque no hemos hecho nada para acercarnos a la fe. Simplemente, el Señor nos la ha dado. Y nos la ha regalado a través de una cadena grande de testigos, de santos, de cristianos que han sabido mantenerla hasta nosotros y nos han transmitido ese tesoro de la Fe.

La parábola iba dirigida a aquellos que iban a rechazar a Jesús, aquellos que estaban planeando la muerte de Jesús, sin duda alguna. Y Jesús les advierte, como diciendo: “conozco vuestros designios; y os será arrebatada la viña, y será entregada a otros viñadores que den su trabajo a su tiempo”. ¡Dios mío, que esas palabras no se dirijan a nosotros! Que no venga el Señor a nosotros y nosotros no Le acojamos. Fijaos que el Señor no nos pide, y nunca nos lo ha pedido, cualidades. Ni siquiera nos pide casi ni virtudes, sobre todo virtudes entendidas en cuanto que cualidades. El Señor no necesita eso de nosotros. Lo que necesita es nuestra libertad. Lo que nos reclama es nuestra libertad. Él nos da su Amor, y sólo nos pide que lo acojamos. De hecho, esa es la actitud fundamental de la Fe, acoger a Cristo en la vida. Y no porque Cristo necesite algo nuestro, no porque nosotros podamos darLe a Él algo, no porque nosotros así demos una especie de talla en la vida cristiana, o en la vida humana, sino porque acoger a Cristo es la única esperanza que hay para nosotros de poder vivir y respirar con plenitud, de poder amar la vida, amar a las personas, perdonar, ser perdonados, vivir con paz a través de la trama de mezquindades, a veces, y de pasiones que hay en nuestro propio corazón, o que hay en el entorno en que vivimos.

Que el Señor nos conceda esa gracia de responderLe a Él, para que Él pueda entrar en nuestro corazón, para que Él pueda entrar en nuestra vida y llenarla de luz, de gozo, de esperanza, de la vida nueva que Jesucristo trae siempre Consigo: el vino que multiplicó en la bodas de Canaá, los panes que multiplicó para aquella multitud, la alegría y la verdad que sigue multiplicando para quien Le acoge. “Vino a los suyos y los suyos no Le recibieron, pero a aquellos que Le recibieron les da el poder de venir a ser hijos de Dios”, que no nacen de la carne ni de la sangre, sino que nacen de la gracia que desbordantemente se nos da en Jesucristo.

Esa llamada, esa provocación a nuestra libertad es absolutamente actual. En el contexto en el que estamos, y teniendo presente lo que decía el Sínodo sobre Europa de hace años, que hablaba de una apostasía silenciosa, yo me pregunto si no estamos nosotros muy cerca de malgastar ese tesoro que se nos ha dado, de no vivirlo, en primer lugar, de una manera que nos permita a nosotros testimoniar la alegría y el gozo de esa vida nueva recuperada en Cristo; y, al mismo tiempo, en nuestro contexto cultural, mostrársela a otros, sin imponerla, sin pretender hacer de esa actitud ante la vida, que es pura gracia, una actitud hegemónica ni nada de eso, sino de vivir con libertad y con plenitud, con gozo, lo que somos, sin esconderlo, sin reducirlo a dimensiones más pequeñas de lo que es. Porque si Cristo nos ha redimido, eso es una explosión de vida que no se podría parar.

El tercer pensamiento está vinculado a la lectura de la carta del apóstol San Pablo, cuando él dice: “Todo lo que es humano, todo lo que es bueno, acogedlo. Todo lo que hay de verdadero y de bueno en la humanidad es como una preparación evangélica, es como algo que uno puede reconocer que nos prepara el camino hacia la paz de Dios”. Ese párrafo, en un lenguaje más sencillo, y más pobre, sin duda, nos dice que, cuando uno ha encontrado el Amor de Jesucristo, uno encuentra en todas las cosas los signos de Jesucristo. Cuando uno ha conocido a Jesucristo y la vida que Jesucristo nos da, uno reconoce en todo lo que hay de bueno y de verdadero en la vida de los hombres, de cualquier hombre o de cualquier mujer, en cualquier cultura, en cualquier lugar del mundo, en cualquier espacio de pensamiento, en cualquier tradición, uno reconoce como las semillas del Verbo, la imagen de Dios, el reflejo de la divinidad que se ilumina, ciertamente, sólo desde Cristo, y se queda oscurecida y empañada cuando Cristo no la limpia, pero que está ahí, y que uno puede reconocerla.

Esto tiene consecuencias muy concretas, muy prácticas. En lugar de subrayar constantemente las diferencias (como tantas veces tenemos la tentación de hacer, quizá todos, y en un mundo ideológico y crispado más todavía), el poder reconocer los signos de Cristo, aquello que apunta a Cristo en todo gesto de humanidad verdadera, el no experimentar nuestra Fe cristiana como algo añadido a nuestra humanidad, sino como aquello que nos permite reconocer lo humano, lo verdaderamente humano, lo bellamente humano, y que nos permite amarlo y rescatarlo de su desesperanza, o del entorno trágico que muchas veces lo rodea, en lo más bello de la experiencia humana. Cristo rescata lo humano. Y nosotros, Cuerpo suyo, miembros suyos, estamos llamados a vivir la vida con un afecto enorme por el hombre, con un afecto lleno de misericordia, sin paternalismos de ninguna clase, pero lleno de ternura, de misericordia y de afecto por la vida buena y verdadera de los hombres, de todo hombre y de toda mujer.

Yo creo que si recuperásemos un poco esa actitud, que va ligada a la verdad de la experiencia de Cristo en nosotros, muchos defectos, muchas limitaciones, muchos límites en nuestra comunicación con el mundo actual también caerían. Poder amar lo humano en cuanto humano, y poder buscarlo en la historia, y en la vida cotidiana, en nuestros vecinos, en nuestros lugares de trabajo, en las relaciones de unos con otros: buscar siempre lo humano, porque lo humano es siempre signo de Cristo. Y porque el corazón de todos los hombres, el alma de toda esa belleza que podemos a veces reconocer como briznas dispersas por la Historia, está hecho para Cristo, reclama a Cristo, busca a Cristo, pide a Cristo. Pide a Cristo para no ser vivido trágicamente.

Que el Señor nos conceda el don de renovar la gracia de Cristo, una gracia que nos es dada misteriosamente en cada Eucaristía. Que nos lo conceda de tal modo que nuestras vidas iluminen, e iluminando con la luz de Cristo, respondamos al Señor con gozo, con gratitud, por su Amor. Y, al mismo tiempo, nuestra luz pueda iluminar el mundo en que vivimos, las realidades, las personas, el corazón, las vidas de quienes nos rodean, de quienes son nuestros prójimos, porque viven y hacen el camino de su vida humana al lado nuestro. Que así sea para todos.

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