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Novena de las Angustias

Basílica de Nuestra Señora de las Angustias

Fecha: 18/09/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 96 p. 187



Querido D. Blas, D. Francisco,
queridos hermanos sacerdotes,
Presidente de la Junta de Gobierno de la Hermandad,
miembros de la Junta de Gobierno,
queridos hermanos y amigos,

Es una gracia especial y un gozo muy grande para mí celebrar este año la novena de la Virgen de las Angustias. Hace cinco años que vine a Granada como Arzobispo, y el primer año de mi estancia aquí la celebré, y ya desde el año pasado me hacía mucha ilusión poder celebrar este quinto aniversario viviendo juntos estos días preciosos de gracia que son la preparación a la solemne salida procesional del domingo.

He querido dedicar la novena de este año a un tema, que iremos desgranando poco a poco a lo largo de los días y bajo la imagen de nuestra Madre, que es el tema de la esperanza. Evidentemente la esperanza cristiana, lo que significa la esperanza para un cristiano.

Las razones para escoger este tema, al que yo me aproximaré poco a poco desde distintos ángulos, son varias, y algunas de ellas muy obvias. La primera de todas, porque yo creo que vivimos en un mundo saciado de bienes materiales y, al mismo tiempo, desesperanzado. Como dicen algunos anuncios, tenemos todo el mundo al alcance de la mano a través de los móviles, o de Internet, o de tantas cosas buenas que el Señor ha permitido al hombre obtener, mediante su inteligencia, para tener un mayor dominio de la naturaleza y, al mismo tiempo, unas posibilidades de comunicación entre los hombres que son sin duda un bien. Pero es como si hubiéramos obtenido ese poder, como si hubiéramos obtenido esa capacidad de poseer cosas, que no podían ni siquiera imaginar las generaciones anteriores a nosotros, al coste de una pérdida humana. Porque, si la posesión de tantos bienes no satisface al corazón y la esperanza es un bien tan escaso en nuestro mundo, algo sucede.

Es obvio que la esperanza es un bien escaso. El porcentaje de personas que, en el mundo rico y desarrollado, el mundo occidental, aunque hay un mundo lejos del occidental (y las olimpiadas de este año nos han permitido verlo) que participa de ese mismo desarrollo: todo el cinturón del Pacífico, y otras zonas del mundo. Pero lo cierto es que, en lo que podríamos llamar la cuna de ese desarrollo tecnológico y de esa ciencia (Europa y Norte América, zonas y países extraordinariamente ricos), el porcentaje de depresiones, de soledad humana, de personas que no esperan nada realmente de la vida, el porcentaje de suicidios es altísimo en comparación con otras zonas que no han tenido acceso a esa riqueza. Por lo tanto, algo pasa en nuestra sociedad cuando la posesión de esos bienes, a los que sin embargo dedicamos tantísimo esfuerzo, y a veces sacrificios tan penosos, no está en proporción con el crecimiento de la alegría, de un gozo que permita mirar al futuro, a la vida, con afecto y, por tanto, con esperanza.

Esa es una razón. Tenemos que pedirLe al Señor que nos dé la sabiduría para comprender eso que sucede en nuestra cultura, en nuestro mundo, y no sólo en el nuestro. Yo leía no hace mucho algo referente al Japón, una cultura preciosa, que pertenece a ese círculo que no es la cuna de la civilización que tenemos en Occidente, y que hemos exportado al resto del mundo. Y Japón vive una situación parecida a la que viven los países occidentales. Es la única población del mundo oriental donde el número de suicidios es tan alarmante como el que pueda ser en cualquiera de nuestros países, donde la soledad de las personas, el vacío de la vida, el vacío del corazón que hay en muchas personas, se parece mucho al del mundo occidental. Y uno sospecha, al percibir ese detalle de una población que también envejece (que también disminuye, aun siendo una población de una tradición muy expansiva), que algo le pasa. Tal vez eso nos puede dar una clave. No es algo que pasa sólo en nuestros países. Es algo que sucede y que quizá va ligado a un cierto tipo de desarrollo que, cuando no está acompañado de un crecimiento humano igualmente grande, al que se presta la misma atención que al aspecto tecnológico, se vuelve contra el hombre y contra la felicidad de los hombres.

Otra razón, la más importante sin duda, y por eso la subrayo, para tocar el tema de la esperanza es el hecho de que Jesucristo se ha presentado siempre a Sí mismo como Aquél que es capaz de saciar los deseos de los hombres. Yo pensaba que a esta Eucaristía le correspondía el evangelio de las bodas de Canaá. Y la razón de escoger las bodas de Canaá era que en nuestra vida humana, independientemente de la cultura en que vivamos, hay un momento en el que se nos acaba el vino, en el que se nos acaban las fuerzas, la esperanza. Probablemente en todos los siglos, y en todas las culturas, hay momentos en la vida donde uno tiene que preguntarse: para qué vivimos, por qué vivimos, por qué esforzarse, qué es lo que hace que sea razonable afrontar las fatigas de la vida. Y tiene que haber una razón. Y debe ser una razón más grande que la vida, puesto que las personas a veces somos capaces de arriesgar la vida por la vida de otros o por algún bien. Tiene que ser algo que llene de contenido,  no que elimine esas dificultades. Eso sería una droga, lo que Marx y muchos otros han pensado de la religión, una especie de opio que tranquiliza, y no es eso a lo que aspiramos. Eso no es lo que Jesucristo nos da. Jesucristo no es ninguna droga. Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Jesucristo, que se presenta a Sí mismo como Aquél que es capaz de satisfacer las necesidades del corazón humano y de responder a sus preguntas, es el Esposo que aparece en la lectura del Evangelio que hemos leído. Y aparecería también de una manera o de otra en cualquier otro Evangelio que hubiésemos leído. Porque no hay pasaje del Evangelio en el que Cristo no se presente a Sí mismo, de un modo o de otro, como Aquél que cumple las promesas que Dios ha hecho a nuestros padres. Es decir, las promesas hechas al Pueblo de Israel, y la esperanza y los deseos de las naciones. Habría que destrozar el Evangelio, se quedaría uno sin nada, si uno pudiera arrancar de él esa presentación que Cristo hace de Sí mismo. A veces lo hace de manera muy delicada y sutil. Precisamente porque, si hubiera dicho desde el principio “Yo soy Dios”, habría sido apedreado allí mismo y se habría terminado su ministerio. Y, por tanto, lo hacía siempre de una manera muy delicada.

La parábola que hemos escuchado, la de las vírgenes necias y las vírgenes sabias, es la descripción de una boda. Y no sé si lo habéis pensado alguna vez, pero es una boda en la que sólo se habla del esposo, no se habla de la novia. No hay novia. En las bodas palestinas, en los tiempos de Jesús, en las tiendas de los beduinos del Medio Oriente, las familias de los esposos hacían las negociaciones sobre la dote en la tienda que ejercía de cámara oficial. Y cuando terminaban las negociaciones, venían los dos en cortejo y los amigos del novio y las amigas de la novia que estaban esperando. Y era un mal síntoma el que los novios no tardasen, porque significaba que los padres de la novia habían valorado poco a su hija, y por tanto había que negociar mucho la dote. Y aunque la boda estaba ya pactada, había que estar como esperando. Pero, si os fijáis, ésta es una boda en la que sólo está la mitad de la boda. Por un lado, el esposo, y por otro, las amigas de la novia que esperan. Parece muy sutil, pero ¿por qué? Porque Jesús está hablando de Sí mismo. Él es el Esposo.

Lo dijo también en otras ocasiones, cuando le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan?” “¿Pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos en la boda?” ¿Puede ser la boda un momento de ayuno? Esa es otra manera de Jesús de decir: Yo soy el Esposo. ¿Qué Esposo? El Esposo que habían prometido los profetas. El Esposo que se había herido con la traición y el adulterio de su Pueblo, Israel. El Esposo celoso que no toleraba que Israel, su amada, su Pueblo santo, se entregase a otros dioses, o pusiese su corazón en otros dioses. Pero de esa manera tan delicada, donde sería difícil acusar a Jesús sólo a través de esas frases porque no estaba diciendo “Yo soy Dios”, es exactamente eso lo que estaba diciendo. Y esa afirmación está implícita, aludida, sugerida, dicha de este modo que no diese lugar a un linchamiento público de Jesús, en cada página del Evangelio. Hasta en las que parecen más anodinas, aquellas que a nosotros nos parece que dicen menos, si uno empieza a hurgar en ellas, y a hacerlo en el contexto del lenguaje que se usaba en tiempos de Jesús, uno descubre que Jesús no hace más que decir de alguna manera todo el rato: “Yo soy el Reino de Dios. Yo soy la esperanza prometida. Yo soy Dios, que viene a ser el Pastor bueno de su pueblo”, como decía el profeta: “Yo mismo buscaré a mis ovejas descarriadas, yo mismo las pastorearé”. Y Jesús, cuando dice “Yo soy el buen Pastor”, también lo está diciendo suavemente, de modo que, el que tenía oídos para oír, oía, y el que no tenía oídos para oír, no se enteraba. Pero el que tenía un corazón sencillo, entendía lo que Jesús estaba diciendo.

No quiero distraerme más con estos detalles. La otra razón para hablar de la esperanza es que Jesucristo es verdaderamente quien cumple. Y ser cristiano es haber encontrado justamente esa capacidad, es decir, esa Persona que es capaz de, sin eliminar nada de nuestro drama humano (sin suprimir nada de las fatigas, o de las dudas, o de los combates que caracterizan la existencia humana), iluminarla de tal modo que permite vivir con sosiego, con paz; que permite afrontar la vida, hasta en los momentos más duros, sin perder la certeza de que nuestra historia termina bien. Y termina bien porque Dios nos revelado en su Hijo un Amor sin límites que ha abrazado ya todas nuestras miserias, a Quien no le escandalizan ni nuestra pobreza, ni nuestras miserias, ni nuestro pecado, porque nos ha amado con un Amor sin límites. Y ese Amor sin límites, la experiencia de ese Amor sin límites, se llama cristianismo. Y es ese Amor el que le da valor a la existencia y a la vida, el que la llena de buen gusto, y el que hace posible la esperanza, incluso en momentos en los que humanamente parece que no habría ninguna razón para la esperanza.

Y esta es la tercera razón por la que hablar de la esperanza, dentro de la novena de la Virgen de las Angustias y en el contexto del mundo en el que estamos, me parece absolutamente apropiado y razonable. En mi experiencia humana, en mi experiencia de sacerdote, no he conocido nunca un dolor más terrible que el de una madre que ha perdido a un hijo. Por desgracia, no son sólo por accidentes, sino por sobredosis, por suicidio, por ligerezas en el uso del alcohol y de las drogas en los fines de semana, por el alcohol mismo… La experiencia de madres que sufren la pérdida de un hijo es frecuente en la vida pastoral de cualquier sacerdote. Esta misma mañana he conocido a una persona que un hermano suyo, joven, se había quitado la vida este verano. Y mi pregunta inmediata ha sido: “¿Cómo están tus padres? Y, sobre todo, ¿cómo está tu madre?” Porque yo he visto lo que significa el dolor de una madre que pierde un hijo.

Mirad por un momento a la imagen de la Virgen que nos preside. No sólo pierde a un hijo. Sin duda pierde al mejor de los hijos, porque no somos capaces de imaginarnos cómo el Hijo de Dios trataría a su Madre. Si no somos capaces de entender el tipo de cariño de una relación de Dios con cualquiera de nosotros, ¿cómo comprender la relación de Dios con alguien de quien ha querido ser Hijo? Con qué extrema delicadeza, ternura, con qué extrema gratitud trataría Jesús a su Madre. Yo creo que somos incapaces de representarnos esa relación, porque habría que imaginarse cómo sería la relación de dos personas que no conocen el pecado más que fuera de ellos, y nosotros somos todos pecadores, y por tanto no somos capaces de imaginarnos el Cielo, es decir, un mundo en el que no haya pecado. Pero tampoco somos capaces de concebir la profundidad del dolor de perder al mejor de los hijos, de verlo maltratado por los hombres, de haberlo visto ajusticiado y condenado como fruto de las más misteriosas realidades de este mundo, del pecado del mundo. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. “Pasó haciendo el bien”, y el premio que recibió fue la condena a muerte en una cruz.

En esta situación, nosotros veneramos esta imagen de la Virgen. Y aun siendo la más terrible que podríamos poner delante de nuestros ojos, la ponemos como signo de esperanza. ¿Qué es lo que gritan todas esas flores que hay en la puerta de las Angustias? ¿Por qué vienen nuestras familias, por qué venimos aquí a orar? Porque sabemos que Ella conoce nuestro dolor. Pero también porque sabemos que Cristo, en su Amor por el hombre, ha llegado a transfigurar ese dolor. Él dijo “nadie me quita la vida, Yo la doy porque quiero”. Es decir, su muerte no fue algo que padecía, no fue sólo pasión, sino que transfiguró la pasión en una ocasión de relación de Dios, en un Amor sin límites por los hombres. Y, por tanto, hasta la situación humanamente más terrible, que es la que nos describe la imagen, la soledad de la muerte y el silencio del sepulcro, Jesucristo las ha abrazado para que nadie se pueda sentir solo en esa circunstancia, y para mostrar que la luz de su Amor llega a esas circunstancias, que Él también ha vencido a la muerte, que no hay dolor humano o situación humana que pueda vencer al Amor con el que somos amados, al don de la redención de Cristo, que es la fuente de nuestra esperanza.

Todos nosotros venimos aquí todos los años. Y a mí me parece que aproximarse con temor y temblor a este misterio es una gracia tan grande que nos permite a cada uno vivir, afrontar nuestra vida mejor, y a todos juntos, como Pueblo cristiano, reencontrar las razones para la alegría, para amar la vida en su realidad concreta, porque no hay situación en la vida de la que Cristo esté ausente. Y cuando uno se agarra a Él, se apoya en Él, Cristo es una fuente inagotable de esperanza y de alegría, de gracia y de gozo. Y es ese gozo el que suscita la esperanza, el que nos permite no sólo seguir viviendo, sino mirar al futuro con esperanza.

Hay otra razón que yo no diría que menor, porque estas tres que acabo de mencionar no hacen más que poner de manifiesto lo importante que es que todos los cristianos redescubramos de nuevo las razones que tenemos para la esperanza, y es el hecho de que la última encíclica del Papa era sobre la esperanza, Salvados por la esperanza. Y eso pone de manifiesto cómo la Iglesia percibe la necesidad de redescubrir las razones para la esperanza en el mundo contemporáneo.

Voy a subrayar un último punto. Sabéis que el Santo Padre ha convocado un Año Jubilar Paulino. ¿Qué ha querido hacer el Papa Benedicto XVI cuando ha convocado este año? Llamar la atención sobre la figura de San Pablo, que describía su posición ante la vida de una manera muy sencilla. Él era fariseo, discípulo de fariseo, educado en la Ley por uno de los más grandes maestros del judaísmo, hebreo, hijo de hebreos, y, por tanto, un judío de raza que tenía todo aquello de lo que un judío podía presumir. Él dice: “Todo eso lo tengo por nada al lado del conocimiento de mi Señor, Jesucristo, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de alcanzar a Cristo”. Y el Santo Padre nos propone la figura de Pablo, mirar esa certeza de Pablo, que se expresa apasionadamente en sus cartas, y redescubrir el papel que él tiene como testigo privilegiado de la experiencia cristiana en el momento mismo de sus orígenes, del nacimiento de la Iglesia, y justo alguien que ya no ha sido testigo del ministerio público de Jesús como el resto de los Apóstoles, sino en una condición más parecida a la nuestra, pero para quien el encuentro con Cristo marcó la vida de tal manera que lo cambió por entero. Y el Papa ha querido subrayar la importancia de San Pablo para la conversión de nuestra propia fe y para sostenernos en ella en este momento del mundo, y por eso ha querido convocar este Año Jubilar Paulino.

Estos días yo acabo de aplicar el decreto del Santo Padre a la Diócesis proclamando unas cuantas iglesias de la Diócesis como iglesias jubilares, y unas cuantas jornadas, de acuerdo con las normas que la Santa Sede y el Santo Padre han dado para el Año Paulino. La Basílica de las Angustias será uno de los templos jubilares. Y en esta Basílica, lo mismo que en la Catedral, habrá la posibilidad, ciertos días del año, que están señalados en el Decreto y de los que tendréis conocimiento, ya han salido publicados en Fiesta, se podrán obtener las gracias jubilares del mismo modo a como fue en el Jubileo del año 2000. No son todos los días, pero sí aquellos días, que son más importantes en el año litúrgico, o de las fiestas más queridas para el Pueblo cristiano, son días especiales en los que puede obtenerse la gracia del Jubileo. Y a través de la gracia del Jubileo, el Santo Padre nos invita a mirar la figura de San Pablo, de forma que también el diálogo que yo tendré estos días sobre la esperanza intentaré que estén centrados en los textos de las cartas de San Pablo. Habrá otras muchas iniciativas, como un temario para dar a conocer a San Pablo, para que podáis aproximaros a esa figura deliciosa que yo os invito a descubrir.

Pero que sepáis que la clave de la experiencia humana de San Pablo y de su vida personal y apostólica está en esto que os acabo de decir. Él encontró a Cristo, y ese encuentro con Cristo transfiguró su vida tan por completo que pasó de ser perseguidor a ser proclamador del Evangelio, constructor de la Iglesia, a quien no le importaban los padecimientos. Decía también: “¿Quién nos podrá apartar del Amor de Cristo? ¿El hambre, la espada, la desnudez? Nada, ni en este mundo, ni de los poderes del mundo, ni en el futuro, ni en el pasado, absolutamente nada puede apartarnos del Amor de Cristo”. A eso estamos llamados todos: a un encuentro con Cristo en el que realmente sea Él nuestra vida y nuestro corazón.

Vamos a pedirLe al Señor, por intercesión de la Virgen de las Angustias, que en estos días podamos encontrar a Cristo como Aquél que realmente satisface y llena desbordantemente las esperanzas de nuestro corazón, sean cuales sean las circunstancias en las que estamos, aunque fueran de un espesor de pecado grandísimo, que nosotros mismos no seríamos capaces de rasgar o de responder, como dijo el profeta, “aunque vuestros pecados fueran rojos como la grana, yo los haré blancos como la nieve”. Sean cuales sean nuestras circunstancias, Cristo tiene el poder de vencer a la muerte, Cristo tiene el poder de sembrar vida en el desierto más árido, Cristo tiene el poder de transfigurar y de llenar nuestro corazón de alegría verdadera, no de esa que se viene abajo, sino “de la alegría y de la esperanza que no defraudan”, como dice San Pablo. Una esperanza que no defrauda, porque “el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”. Que así sea para todos nosotros y para todo el Pueblo cristiano.

Antes de la Bendición final:
Entre las muchas misas de la Virgen que tiene la liturgia romana, sobre todo después del Año Mariano de 1987, hemos celebrado la Eucaristía dedicada a la Virgen Puerta del Cielo. Es paradójico mirar esa imagen [de la Virgen de las Angustias] y, sin embargo, a lo que esa realidad de la muerte de Cristo nos abre, y del Amor sin límites de Cristo, y el dolor humanamente sin límites de la Madre, a lo que nos abre es lo que anunciaba la primera lectura: “Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva”, una ciudad preciosa, engalanada como una novia para su esposo, en la que ya no hay ni luto, ni llanto, ni dolor, porque su luz es el Cordero, su centro es el Cordero, Él, que quita el pecado del mundo, que se ha entregado para nuestra vida. Que en estos días vivamos un poco sumergidos en el entorno de este misterio que tanto bien, tanta luz, tanta alegría hace nacer en la vida de cada uno, estemos donde estemos y sean cuales sean las circunstancias que estemos viviendo.

Vamos a terminar la Eucaristía con la Bendición del Señor, para vosotros y para todas vuestras familias, y también para aquellos que nos están siguiendo o que nos seguirán estos días a través de Internet.

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