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Misa en la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 02/11/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 97 p. 175



Muy queridos hermanos sacerdotes,
muy queridos hermanos y amigos,

El salmo que acabamos de recitar es uno de los más bellos de todo el salterio. “Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios”. La alabanza es una actitud normal, cotidiana, para cualquiera que ha conocido la redención de Jesucristo. Un antiguo cristiano, Padre de la Iglesia, decía que, ante el misterio de Dios, sólo el canto de alabanza o el silencio hacen justicia, son justos, son adecuados. Y el motivo para la alabanza y para la gratitud lo tenemos siempre. ¿Por qué? Porque sus beneficios no cesan.

¿Cuáles son esos beneficios? Que no nos trata según nuestros pecados, ni según merecen nuestras culpas, sino que nos colma de gracia y de ternura, nos mira con una misericordia sorprendente, que nos cambia la imagen de lo que significa la idea de que Dios es justo, porque la misericordia y la ternura desborda el corazón.

¿Cómo nos trata el Señor así? Nos trata así entregando a su Hijo por nosotros. Entregándonos a su Hijo de modo que nosotros podamos vivir la vida de su Hijo y su Hijo pueda unirse a nosotros haciéndonos suyos. Eso es lo que San Pablo nos recordaba en el precioso texto que hemos leído como segunda lectura. “En la vida y en la muerte, somos del Señor”. Por eso, en otro lugar, dice: “Ya comamos, ya bebamos, ya durmamos, somos del Señor”, pertenecemos a Cristo. Pero esta pertenencia a Cristo, lejos de ser un motivo de esclavitud, un peso en nuestra vida, como los son muchas veces las pertenencias de este mundo cuando pertenecemos a algo o a alguien, es una pertenencia que nos libera, que nos permite ser nosotros mismos. No todas las pertenencias de este mundo son así. Es verdad que los seres humanos sólo somos verdaderamente humanos en la medida en que pertenecemos unos a otros. Porque el convertir en un ideal de la vida el no pertenecer a nadie es una de las utopías más falsas y más ridículas del mundo moderno, una de las patologías del mundo moderno: pensar que seremos más libres cuando no pertenezcamos a nadie. Cuando no pertenecemos a nadie, pertenecemos siempre a alguna imagen  de nosotros mismos, o a alguna pequeñez que tiraniza nuestro corazón, que lo esclaviza.

Es el Señor el que nos ha hecho de un modo que pertenecemos unos a otros, y nuestra vocación sólo se cumple en la relación mutua de unos con otros. Y es verdad que, en un mundo que concibe la vida de cada uno como aislada de los demás, de una manera individualista, empobrecida, las relaciones o pertenencias se convierten en pretensiones de dominio, en pretensiones de tiranía: dominio del hombre sobre la mujer, o de la mujer sobre el hombre; dominio de los padres sobre los hijos, o de los hijos sobre los padres; dominio, o poder, en los ámbitos de trabajo o en la vida social. Todo eso envenena las relaciones humanas y nos hace a veces pensar que cualquier pertenencia es, en principio, un mal. No. Pertenecer es siempre un bien.  Y sobre todo para quien conoce la pertenencia por excelencia que nos ha liberado, el señorío de Jesucristo, que nos permite vivir como hijos de Dios, acceder a la libertad de los hijos de Dios. Es verdad que el que Jesucristo sea nuestro Señor significa que Él nos posee, pero esa posesión suya, lejos de empequeñecernos, nos engrandece, nos libera. Mientras que, cuando el corazón no pertenece a Cristo, cuando no somos de Cristo, nuestro corazón pertenece a algo que vale menos que nuestro propio corazón; inevitablemente, somos de algo que vale menos que la vida: somos esclavos.

Por lo tanto, pertenecer a Cristo, que Cristo nos haya hecho suyos, es un motivo de alabanza. ¿Y de qué manera nos ha hecho Cristo suyos? Amándonos sin límite, dándose a nosotros en la comunión de la Iglesia, en el don del Espíritu Santo; dándonos su vida para que nosotros vivamos, no ya como criaturas de Dios, sino como hijos de Dios, y por ser hijos, también herederos, herederos de Cristo, coherederos de los santos, partícipes de la vida divina, ya aquí, en esta carne mortal nuestra, ya aquí, mientras caminamos por este mundo, en medio de las pasiones y de las pequeñeces de la historia, pero de una manera plena, y sin velos, sin fisuras, sin distancias, en una inmediatez absoluta y sin límites en la vida eterna.
Celebramos hoy la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Fijaos si la Iglesia da importancia a esta conmemoración, que viene después del día de Todos los Santos, que prevalece la Eucaristía de los Fieles Difuntos sobre la del domingo, que es la fiesta por excelencia. ¿Por qué? Porque celebrar esta Eucaristía por todos los fieles difuntos es un supremo acto de caridad.

Al mismo tiempo, es un recuerdo de lo que es nuestra vida, y de lo que es nuestra vida cristiana. El beneficio grande que el Señor nos ha hecho ha sido entregarnos a su Hijo, y con Él, su Espíritu, accediendo a la libertad de los hijos de Dios. En esa libertad y en esa esperanza está establecido firmemente nuestro corazón. Y esa libertad nos permite reconocer la esperanza que el Señor ha abierto de un modo precioso. Ayer recordaba yo que la relación que existe entre nosotros (porque Cristo se ha entregado a nosotros, se ha unido a nosotros y nos ha hecho su Cuerpo), es la relación en la comunión de los santos: la relación entre los miembros de un mismo cuerpo, diferentes, como lo son la mano y el ojo, como lo son el pelo y la boca, y sin embargo todos contribuyendo al bien del cuerpo, todos unidos, todos relacionados por la misma cabeza, que da direcciones a uno y a otro, de modo que cada uno sirva al bien de todo el cuerpo. Esa unión no la rompe la muerte, decía yo ayer. Y os lo vuelvo a repetir hoy. La muerte, para nosotros que vivimos en el pecado, nos hace parecer que nos separa para siempre, pero no es así. Desaparece nuestra forma física, pero misteriosamente seguimos todos unidos. El vínculo por el que todos somos formamos una unidad en el Cuerpo de Cristo no lo rompe la muerte. La muerte no tiene poder sobre el Cuerpo de Cristo.

Cristo ha resucitado. Y porque Cristo ha resucitado y nos ha incorporado a su Cuerpo, la victoria de su muerte es ya nuestra victoria. Es verdad que es una victoria en esperanza. Pero es también una victoria en la que tenemos las arras en el don del Espíritu, en la comunión de la Iglesia, en la posibilidad de vivir en el espacio de oxígeno puro de esa preciosa misericordia que el Señor ha abierto para nosotros en una fuente que no se agotará jamás. Jamás se agotará la paciencia de Dios, ni con nosotros, ni con los demás, ni con nadie. Jamás el Amor de Dios se agotará, o se fatigará, o cesará, ni para con nosotros, ni para con los demás, ni para con nadie. Mis queridos hermanos, ¿cómo no bendecir al Señor?

Sólo un ruego, en esta Eucaristía en la que, ante todo, suplicamos por nuestros hermanos difuntos. ¡Claro que suplicamos por aquellos que nos han acompañado en el camino de la vida!, que son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros padres, o marido, o mujer, o amigos; que son la expresión de esa ternura de Dios con nosotros. ¿Cómo no pedir por ellos? Pero yo os suplico un favor: que pidamos también por aquellos que no tienen a nadie que pida por ellos, que pidamos también por aquellos de los que nadie se acuerda, que pidamos por los que quizá han muerto en un grito de desesperación, o sin fe, o sin esperanza de ningún tipo. No porque dudemos de la misericordia del Señor, al contrario. Forma parte de la esperanza cristiana, como hemos pedido en la oración de la misa de hoy, esperar que todos tus hijos resucitarán. Yo estoy seguro de que el Cielo no sería el Cielo si alguien faltase, y como cristianos tenemos la obligación de esperar que no falte nadie, de confiar que el Amor de Dios es infinitamente más poderoso que el mal que los hombres somos capaces de hacer, que siempre es un mal torpe, pequeño, mezquino. Tenemos la obligación de esperarlo, de pedirlo, de desearlo, de confiar en la victoria del Amor de Dios. Sin negar la posibilidad de cerrar el corazón. Todos tenemos experiencia en nuestra vida cotidiana de que existe esa posibilidad, nosotros se lo cerramos al Señor muchas veces, pero también tenemos la certeza de que el infinito Amor de Dios tiene recursos que nosotros somos incapaces de imaginar.

Recordamos aquella oración de Jesús en la que dijo “Padre, Te doy gracias porque no se ha perdido ninguno de los que me diste”. ¿Quiénes han sido dados a Jesucristo? Todos los hombres. ¿O es que la muerte de Cristo es ineficaz? ¿O es que la voluntad de Dios que describe San Pablo, cuando dice “Esta es la voluntad de Dios, que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, es ineficaz?

Eso no significa que no tengamos un deber de suplicar para nosotros y para nuestros hermanos, hasta que la victoria de Cristo sea completa y haya vencido al último enemigo. El último enemigo, dice San Pablo, es la muerte. Pero nosotros, mientras tanto, unidos por estos lazos misteriosos del Cuerpo de Cristo, suplicamos unos por otros como hermanos, como compañeros de camino, confiados en la victoria y en el Amor sin límites, infinitamente más grande que ningún amor que nosotros seamos capaces de pensar, de imaginar, de expresar. Porque, aunque nosotros capaces de expresar la belleza del amor, nuestras palabras apenas arañan la superficie, apenas rozan la costra exterior de esa Belleza sin límites que es la gloria de Dios.

Que esa gloria de Dios, para la que Cristo nos ha creado, nos permita a todos participar de su Belleza, y que nuestro corazón, mientras vamos de camino, esté lleno de la alabanza y de la gratitud por ese don precioso que nos ha sido dado.

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